La semana empezó igual en todo el país: peregrinaciones de ahorristas llegaron a los bancos horas antes de que abrieran sus puertas. Con la resignación de que quizá volverían a sus casas sin respuesta -y peor, con las manos vacías-, fueron, fuimos, con la necesidad de volver colectivo ese tiempo de angustia y por qué no, okupar ese nodo del sistema financiero. Les que se queman con leche… Crónica de una forma de sublimar un trauma que es señal de identidad argentina.



El microcentro porteño es un laberinto de incertidumbre. El día después del anuncio del Ministro de Economía Hernán Lacunza sobre la restricción a la compra de dólares, los arbolitos de calle Florida ofrecen “cambio, cambio”, pero sólo aceptan cambiar de dólares a pesos.  A metros de ahí, los ahorristas hacen filas que dan la vuelta a la esquina, quieren ser los primeros en entrar cuando abran los bancos. En la explanada de la Casa Rosada, los periodistas hacen guardia, en alerta ante la catarata de sorpresivos anuncios oficiales. Sobre Rivadavia, tres camionetas de la Federal y de la Policía de la Ciudad permanecen estacionadas. Sobre la otra calle, los camiones de caudales.

 

Cualquiera que escriba “Bancos/Microcentro” en el Waze descubre la hilera de globitos rojos que señalan un mapa plagado de esas entidades. Desde Rivadavia hasta la Avenida Corrientes. Por 25 de Mayo, Reconquista y San Martín. Todos los bancos del país tiene sede en ese radio. 

 

cepo-dolar_01_port

 

Todavía no son las 10 de la mañana. Frente al Provincia, en San Martín al 100, la fila comienza en las escaleras del hall. Los clientes esperan arropados que se abran las puertas, parecen miniaturas enmarcados por las tres puertas de hierro marrón, gigantes, de la casa. No son los 9 grados lo que los tiene incómodos. La cola se extiende una cuadra; un señor con bastón encabeza la formación. 

 

La mayoría va a retirar sus ahorros en dólares; otros, a moverlos a una caja de seguridad y algunos a comprar. Los tenedores de fondos comunes de inversión también se acercan para averiguar cómo seguir. Los menos intentan abrir una caja de ahorro en dólares.

 

Cruzando la calle, sobre Reconquista, la imagen se repite. A las 9 de la mañana empezaron a llegar ahorristas. Sobre Rivadavia, otro grupo le da la espalda a la Casa Rosada y espera que empiece a girar la puerta color bronce del Banco Nación.

 

—La cola siempre llega hasta el kiosco que está a media cuadra. Pero hoy dobla la esquina —compara Roberto, testigo desde su puesto de diarios. 

 

“Esta ida masiva a los bancos habla de que si a la plata no la tenés con vos, si no la ves, si no tenés físicamente el billete no confiás en la pantalla que te dice que eso está ahí – interpreta Julia Strada, politóloga y economista, integrante del CEPA y columnista en C5-.  

 

De hecho, hay teorías que explican cómo la financiarización se aceleró a mediados de la década del 70 con los sistemas informáticos. Hay gente que prefiere tenerla encima y correr el riesgo de que se la roben antes que desaparezca del sistema y no tener a quién reclamar”. Para Strada, la tecnología fue apropiada por el capital. La pantalla del homebanking, en definitiva, es administrada por el sistema financiero.

 

 

Las campanas de la Legislatura anuncian las 10. 

 

La peregrinación comienza a entrar al Nación. Se ven caras de sueño, de desvelo, de susto. Saben que tendrán que esperar por lo menos hasta el mediodía para que los atiendan; y quizá volverán a casa sin respuestas. En Informes, un recepcionista dirige las inquietudes. Detrás suyo, unas columnas sostienen la cúpula. Por los vidrios rectangulares entra luz natural que ilumina el salón central en el que se ubican los empleados. Sobre las paredes cuelgan banderas argentinas y un pasacalles que dice “Sergio Palazzo conducción”. Los mostradores de mármol delimitan las oficinas con el pasillo. Enfrentados, siguiendo la forma circular se elevan otros mostradores. Algunos de bronce y otros más modestos. Por distintos rincones hay policías. Parece una escena de La Casa de Papel. 

 

En una de las paredes del sector “25 de Mayo”, la publicidad de una familia sonriente.  “Ahorrá para la casa de tu hijo. Abrí una caja de ahorro para menores en Unidades de Vivienda (UVI)”, dice el cartel. Abajo, al lado de un potus, una mujer se apoya contra esa misma pared meciendo el cochecito mientras su bebé sonríe. Está esperando hace más de una hora para retirar los dólares. Su otra hija, que tendrá dos años, se mueve despreocupada con un saquito rojo con corte de princesa que le llega a las rodillas. A unos metros, dos señoras se sientan a tomar agua en un banco largo de madera oscura con base de cemento. Alguien les cuida su lugar en la fila de parados mientras ellas descansan sus piernas. 

 

En el sector “Reconquista”, hay fila para hacer la fila. Cincuenta personas esperan su turno para que la empleada del banco les de el número que les permitirá ser atendidos en la caja.

 

—Tenés 150 personas adelante —dice la mujer de rodete sin perder la paciencia.

 

Ahí está Mariano. Trabaja en un organismo público y vive en Urquiza, con su novia, diseñadora de interiores freelance. Quiere retirar de su cuenta el puñado de dólares que compró con su aguinaldo, cuando escuchó que después de las elecciones podía haber desbarajuste. Sabía que no era muy soberana su decisión, pero prefirió hacer valer el dinero recibido por su esfuerzo. Arrancó la mañana haciendo la cola en la sucursal de su barrio. Esperó más de una hora rodeado por jubilados: es día de cobro. Llegó a la caja. Le dijeron que no podía retirar su dinero porque esa no era la sucursal donde estaba registrada la cuenta. “En otras oportunidades pude hacer todo ahí, pero hoy no me dejaron.” Vino hasta el microcentro. No cree que pase nada más grave aún con la economía, lo hace por todo lo que le contaron sus padres y abuelos, y le fue quedando en la memoria. 

 

* * *

 

En la esquina de Reconquista y Bartolomé Mitre, las columnas de hormigón del Banco Hipotecario funcionan como una sombrilla que impide la entrada de calor. Los vidrios del edificio diseñado por Clorindo Testa reflejan imágenes amarillas: son los camiones de caudales que avanzan despacio por su frente. En un lateral, otro camión estacionado, color blanco, de la empresa Brinks. Parado junto a la puerta, un policía de pie, con las piernas abiertas como una V invertida, hace una mirada panorámica de la zona. Hoy se ven muchos más camiones blindados: traen los brotes verdes a los bancos para satisfacer la demanda de los ahorristas preocupados. El Banco Central se desprendió de $20 mil millones de dólares  de sus reservas para abastecer a las entidades.

 

“Es erróneo juzgar a la gente que intenta conservar sus ahorros -advierte Julia Strada-. Detrás de cada persona hay una historia y una memoria colectiva cíclica. Viene pasando desde el Rodrigazo. Quedó el registro de que es mejor resguardarlos y tenerlos en tu casa. Esto supone dos niveles de desconfianza: en el peso y en el sistema. Significa que asumís el riesgo de que te roben a vos antes que a la confiscación.” La economista subraya que la incertidumbre actual no es miedo al control cambiario sino a la inestabilidad que el gobierno genera con sus anuncios. Finalmente, el sistema es más solvente que el gobierno.

 

* * *

Son las once de la mañana. El subsuelo del Galicia está repleto. Todos los sillones naranjas y marrones -que replican los tonos del logo- están ocupados. También las sillas redondas naranjas. Sesenta personas esperan sentadas; quince, de pie. En silencio. Un guardia patrulla handy en mano.

 

Una mujer y su hija vigilan atentas. Procuran un asiento donde mitigar la espera.

 

—Ésto te hace rememorar las viejas épocas —dice el hombre que las acompaña.

 

Los tres se quedan en silencio, con la mirada sobre la placa luminosa que cubre las ventanillas de atención al cliente. Seguramente cada uno indague en su mente y ubique en su cronología un momento especial. Y así, los hitos económicos generales se convierten en  marcadores temporales de las vidas particulares.

 

—Me acuerdo que en 2001 yo estaba en otro banco y la fila subía por las escaleras. Hoy es otra cosa —indica el hombre.

 

La joven, en cambio, se acordará del último viaje que hizo cuando el dólar no había pisado los 30. 

 

¿Por qué la economía ocupa un lugar tan inmenso en la memoria colectiva nacional? Naturalizamos los recuerdos que linkean vivencias con catástrofes financiera que detonaron la historia del país: “Me gradué durante la hiper”, “Nací en pleno corralito”, “Conocí Madrid con el dólar a 20, cuando volví estaba a 40”. ¿De qué manera el 89 y el 2001 constituyeron una experiencia formativa? ¿Cómo es que estos hechos se construyen en los relatos como un momento fundamental en su biografía? ¿Cuáles son las memorias emotivas que se activan con este nuevo desastre? ¿Qué efectos genera?

 

Los banqueros lo dicen: no hay otro país en el mundo que pase sistemáticamente de crecimiento a megacrisis, sin escalas. Esto moldea una particular relación con el sistema bancario y genera una memoria histórica (“Que no me vuelva a pasar lo que ya me pasó porque en ese momento no hice tal cosa y después lo lamenté”). Genera un trauma inusual: sentir que en materia de ahorro puede pasar cualquier cosa. La reacción es consecuencia de una mezcla insólita: memoria histórica y familiar, comportamiento en manada y grupos de whatsapp. 

 

“Hay una gran diferencia con el 2001, y es el tema de los teléfonos, la masividad y la rapidez con la que las noticias y las fake news llegan a los celulares -compara Juan Manuel Telechea, economista, magíster en Desarrollo económico por la UNSAM-. Esto genera más paranoia, en parte fundamentada. Te llegan mensajitos de un amigo que resulta que conoce a una cajera que dice que están vaciando el banco y que vayamos ya a sacar los dólares.” Esto genera una bola de nieve contraproducente para la economía: la profecía autocumplida. Además, se suma a la incertidumbre generada por la rareza con la que se anuncian determinadas medidas. 

 

“Los argentinos y las argentinas somos líderes en educación financiera: todos sabemos qué es un bono, el reperfilamiento, la reestructuración, las Lebac y la Leliq, lamentablemente” retoma Telechea. El economista reconoce los efectos de vivir asediados por ésta cuestión: “La parte traumática es muy influyente a la hora de tomar decisiones económicas. Si perdiste mucha plata, aunque después reine la estabilidad, vas al banco y te acordás de las las persianas cerradas”.

 

La ciudad está sitiada, también, por los afiches de La Odisea de los Giles, la película argentina tan taquillera que superó en espectadores a Endgame. Otra vez: las propuestas culturales captando el humor social.

 

“Muchas veces el arte se adelanta a las ciencias sociales -señala Telechea-. Es sensible y rápido para captar lo que está latiendo. En el 2001 hubo temas de la Bersuit como `Se viene` que adelanta el estallido socioeconómico.” La Odisea de los Giles muestra a un grupo de personas que ponen sus ahorros en el banco, durante el 2001, porque creen que la palabra de los técnicos. La realidad les demuestra que ellos, con sus conocimientos más tangibles, otra información y criterio, a la hora de tomar decisiones pueden ser tan hábiles como un especialista.

 

* * *

En el subsuelo del Banco Nación hay tres hileras diferentes. La de la derecha es para la compra de divisas. La del medio, para operar con las cajas de ahorro. Las de la izquierda, para las de seguridad. Todas superan las treinta personas.

 

Un hombre de alrededor de 80 años llega con una bolso marrón desgastado en la mano. En los pies, medias azules y franciscanas.

 

—¡Está a 59! — vocea, y todos saben de qué habla.  

 

En seguida se le acerca un policía y lo acompaña hacia las cajas.

 

De vuelta en su posta, el policía recibe un regalo. Una mujer le ofrece su paquete de grisines mientras pregunta: 

 

—¿Cuál es la demora?

 

—Se calcula diez minutos por metro. 

 

Todos empiezan a mirar para el piso, hacen cálculos de cuánto tiempo más deberán estar parados.

 

—Me faltan cuatro horas —suspira ella.

 

En la hilera de enfrente, dos pibas improvisan juegos de la infancia. Bailan y chocan sus pies, se ríen. Las dos llevan el pañuelo verde en la mochila. Una señora de pelo rubio ceniza las ve y sigue su camino hacia la salida, con la cartera enganchada firme del antebrazo. Laura tiene 68 años. Sacó 30 mil dólares de la caja de ahorro y los puso en una caja de seguridad en el mismo banco. Había intentando hacer la operación el viernes pero no pudo. En 2001 perdió todo. Si hoy si le pasara lo mismo se muere:¿cómo los recuperaría? Ya dejó de trabajar en el estudio jurídico.

* * *

En los despachos de los bancos se juega otro partido. Héctor Tripiciano se pasa la mañana entre el Galicia y el Santander Río. Su empresa, Grupo Sertec, ponía los excedentes en los fondos comunes de inversión y con el dinero que generaba se pagaban sueldos. Hace 36 años que se especializan en insumos industriales, especialmente para la industria del cemento. Son 50 personas trabajando en la sede de Quilmes y en las sucursales de Olavarría y Mar del Plata. “Hoy fue puras reuniones, bancos y cortar bulones”, dice Héctor.

 

“El tema es que después de las medidas del miércoles de Lacunza, el jueves no se pudo operar. Las páginas de los bancos no nos permitían rescatar los fondos. Tampoco el viernes, nos decían que el lunes. Teníamos cinco millones de pesos, no es una cifra menor. Cuando el sábado me fijé, la tenencia valorizada nos marcaba una pérdida del 65%. Es decir que de los cinco millones se había transformado en un millón quinientos. El sábado yo veía una pérdida del 65%. Llevo tres noches sin dormir”, cuenta.

 

Para poder pagar los sueldos tuvieron que cambiar dólares. Para poder cambiar dólares, tuvieron que esperar que el home banking se habilitara, y así. Hoy resulta que no perdió el 65%, si no menos. “Hay que saber esperar”, sabe.

 

cepo-dolar_02

 

“Aún estemos en el medio del incendio, es urgente discutir teoría económica -dice Julia Strada-. El gobierno reconoció su problema inclaudicable: que lo estructurante en la Argentina es la falta de dólares y que erraron en el abordaje de la economía argentina. Los dólares son un bien escaso, y como les gusta decir a los liberales: la economía es la administración eficiente de los bienes escasos. Si habilitás la fuga no es eficiente esa administración. Cada crisis tuvo como balance un diagnóstico que no fue el correcto. Si no logramos que esa sea la conclusión de esta etapa va a volver a legitimarse este discurso y van a volver a legitimarse nuevos personajes que lleven adelante esta política.”

 

Ayer el dólar cerró a $58,41. Las reservas cayeron u$s 954 millones, en parte por el retiro masivo de los ahorristas. Hoy a las 10 los bancos volverán a abrir con la esperanza de que la peregrinación de “personas físicas” no sea masiva.

 

 

 


¿Te gustó la nota?

Suscribite al boletín de Anfibia

AUTORES

LECTURAS RELACIONADAS