Una de las artistas performáticas más interesantes de su generación, Elizabeth Mía Chorubczyck, activista queer de 25 años, se suicidó hace dos días: repitió, en una especie de última intervención, lo que había hecho como acto artístico un año antes. En 2013, el periodista Matías Máximo la entrevistó para una crónica que fotografió Nora Lezano. Ahora, la despide en este homenaje anfibio.



El día que le dieron su DNI con el nombre de Elizabeth fuimos a festejarlo. Cuando nos sentamos lo sacó y lo puso sobre la mesa: quería que todos lo vieran. Estaba contenta, legalmente identificada. Ahora, cuando fuera al médico o a votar, tendrían la obligación llamarla Elizabeth Mía Chorubczyck. Entre los amigos, ella seguía prefiriendo que le dijeran Effy. Esa noche después de algún trago (recuerdo un Lady Madonna a base de gin) pensamos escribir un libro (“Mi nombre es Elizabeth”): narraríamos el recorrido desde que le pedí permiso para trabajar su obra en una tesis hasta que le dieron el documento. Mi plan de posgrado, incompleto, se llama “Arte y performance queer” y tiene varias carpetas dedicadas a ella.

 

Algunas veces nos reuníamos en cafés, otras pactábamos encontrarnos un rato antes de las performances para hablar y tener detalles de cómo había sido la producción. Aunque nacimos casi el mismo año, ella tenía una sabiduría que para mi ruta en el devenir del género hacía de cada charla una clase magistral. Se tomaba su obra con la seriedad de un especialista y la soltura de los que tienen claro qué es lo que quieren transmitir. Aunque, se le veía en los ojos, a veces temblara por dentro, por fuera no titubeaba: el mensaje era una misión que no dejaba espacio al pánico de escena.

 

Muchos hacen de sus angustias una piedra que se les atora en la garganta. Se quedan estáticos, esperando que “suceda algo”. Effy no: su obra es el acontecer de los dramas cotidianos. Por no querer estar dentro de la heteronorma, por ser una transexual, bisexual, casta, judía, atea y extranjera. Desde sus primeras performances la carne fue el elemento y el mundo su puesta. Imaginemos el acto de Shakespeare “All the World´s a Stage” como lema: “Todo el mundo es el escenario/ y hombres y mujeres meros actores”.

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Hace cinco años, para ir al trabajo, Effy se vestía como varón. Sufría porque no tenía ganas de ponerse la ropa que la cultura le asigna a los genitales. Empezó un tratamiento de estrógenos. Seguía en ese puesto administrativo con un jefe homofóbico y a escondidas se ponía vendas en los pechos tímidos que de a poco iban apareciendo. “¿Qué hacer con tanta angustia?”, se preguntó.

 

Escribirla:

 

“Yo no soy un fiambre, no soy más particular de quien me lea, ni creo serlo, ni pretendo serlo. Pero sí tengo pretensiones, y también creo cosas. Esto es parte de las cosas que pienso”, dice en el primer capítulo de “Effymine, la serie”. Una primera persona hormonada que de a poco se transforma en una tercera críptica, donde los seres abandonan sus nombres para ser iniciales de sentimientos enredados.

 

Desde que Effy empezó a estudiar en el IUNA, donde sus compañeros la vieron dejar sus remeras sueltas y reafirmarse en vestidos, encontró un espacio que le daba crédito a lo que hacía, aunque no tenía plan de recibir un título. “Curso las materias que me gustan y estoy anotada en artes plásticas, pero con los problemas de mi identificación incluso voy a clases donde no estoy anotada”, me dijo una tarde por Congreso. Tenía la voz dulce y hacía chistes, contestaba a todo y repreguntaba: lo que querías saber de ella, quería saberlo de vos.

 

Cuando por fin dejó el trabajo que la taladraba vino una reafirmación por la que ya no bajaría la cabeza ni habría lugar para vendas. Aulló al mundo y lo enchastró de sangre con Nunca serás mujer: “Una vez una persona me dijo: aunque vos te sientas mujer, te crezcan las tetas, tomes hormonas, te operes los genitales, nunca serás mujer porque no menstruás ni sabés lo que eso significa”. ¿Ah no? ¡Sangre! Trece veces sangre.

 

En una sala del IUNA un médico le hizo la extracción frente a los profesores y los compañeros de curso, justo cuando se cumplía un año desde el inicio de su tratamiento hormonal. Medio litro de sangre corrió por la sonda: lo que menstrúa un útero cada año.  

 

-Reparto la sangre en 13 dosis representando las menstruaciones desde abril del 2010 a abril del 2011, y hago con cada una de ellas acciones relacionadas con lo que viví cada mes en la construcción de mi identidad de género. 

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Con su menstruación Effy salió a la calle y colgó tampones, bebió la sangre frente a un calvario, se hizo mascarillas y borró el nombre que tenía su dni. Se enchastró la cabeza e hizo un cuadro sangriento. En OSDE sangró una vidriera:

 

“Mi endocrinólogo me agrega un inhibidor de testosterona. Cuando voy a comprarlo la farmacia me informa que la obra social no lo cubre y me es difícil sobrellevar el importe. Consulto con alguien de mi cobertura (OSDE) y me da una planilla diciéndome que con completarla recibo el medicamento gratis. La planilla era para enfermos de cáncer de próstata “, escribió en su guía de trabajo.

 

A ella no le importó que en el camino a su cuerpo tuviera que hacerse pasar por enferma decáncer de próstata. A esta altura lo que dijeran los papeles era relativo, como sus múltiples identidades en los documentos y pasaportes de Argentina e Israel.

 

“¿Qué es la identidad para mí? Algo que muta. En ‘Lesbians in Bed´comparto mi cama con mi pareja de aquel momento e intercambiamos la genitalidad. Ella tenía mi pene y yo su vagina, un intercambio muy simbólico en el lenguaje heteronormativo, sin embargo mediante el título, un pene flácido y un consolador nos proclamábamos lesbianas en la fotografía”, me explicó una tarde Effy, antes de ir a sacarse fotos con Nora Lezano. Para esa producción no tenía tacos (no usaba) y puso en Facebook si alguien tenía un par talle 41 para prestarle. Susy Shock tuvo la gentileza, y Effy apareció en la casa de la fotógrafa con los tacos y un pionono. Al rato, quedó desnuda. Con una manzana.

 

Después de achicar el departamento donde vivía e invitar a mucha gente a ocuparlo para denunciar su asfixia, hizo el Proyecto Visible, en el que pedía a los participantes que se pusieran un vestido muy importante para ella (uno que dividió a su familia en una fiesta de fin de año entre los que la aceptaban y los que no), y les sacó fotos para hacerlos visibles a través de ella.

 

Recuerdo la vez que Effy organizó un evento con objetos que a uno lo habían acompañado toda la vida. Yo tenía algo perfecto para sacarme de encima: el cuaderno Sarmiento en el que mi mamá escribió los primeros años de mi vida. Una cápsula de penas que ni siquiera tengo dentro de un cajón, sino bajo el ropero: para no encontrarlo de casualidad y porque todavía no me animo a tirarlo.

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Mi mamá ya no está y ese cuaderno me resulta muy triste. Siempre dispuesta cuando el mundo necesitaba ser liviano, Effy me dijo: “Voy a volverlo un collage y no va a ser más una carga”.

 

El cuaderno sigue abajo del armario. 

 

Pongo su nombre en mi buscador y salen muchas cosas. Una entrevista que había olvidado:

 

¿La sexualidad es política?

 

-Mi sexualidad seguramente está muy relacionada a mi compromiso activista, pero como una herramienta, no como una bandera ni como una finalidad. En éste último tiempo mis luchas han estado relacionadas principalmente a la despenalización del aborto y a la genuina igualdad de género entendiendo que los hombres son igual de víctimas que las mujeres del machismo. Yo no puedo quedar embarazada, ni tampoco soy hombre como para que mi causa principal sea el reconocimiento del mismo como víctima del machismo. Sin embargo mi lucha y mi compromiso social tiene que ver con algo que va más allá de mi cuerpo y de mi sexualidad. Si puedo mediante mi cuerpo hacer un puente para que mi punto de vista sea comprendido o al menos problematizado, obviamente que pongo el cuerpo.

 

¿Crees que hay teorías, como la queer, que demandan poner el cuerpo?

 

-No. Creo que las teorías queer demandan poner la mente. Conozco personas heterosexuales con una vida clasificada como heteronormativa que son muchísimo más queer que lesbianas, gays, travestis y transexuales que tienen prácticas corporales clasificables como queer. Pero sus discursos y formas de codificar el mundo son totalmente cerrados y normativo-naturalizados. Lo importante es no confundir la forma del contenido. Una obra de teatro sobre una pareja compuesta por dos varones homosexuales no es necesariamente queer en su contenido, mientras que una obra sobre una pareja compuesta por un hombre y una mujer heteronormativos puede serlo. Lo importante es sobre qué se busca reflexionar o qué cuestiones naturalizadas se quieren sacudir o señalar como no-naturales.

 

Effy y su reclamo: no nos volvamos homo, ni trans, ni lesbonormativos. A pesar de lo duro que pueda ser, seamos capaces de pensar y sentir.

 

A mediados de 2012, organizó en casa Brandon “Effy ofrece sexo oral”. Ella, en un rincón, sometida a recibir de a uno a quien quisiera la experiencia. Antes de entrar el participante elegía la duración del servicio y una vez dentro Effy le ponía unos auriculares que estaban conectados a un Mp3. Le abría las piernas, se arrodillaba y pedía le sujetaran el pelo.

 

Después apretaba play y se ponía el reproductor en la boca, mientras te masajeaba las piernas.

Me acuerdo lo incómoda que era la situación, porque con la voz de Effy en los auriculares salían relatos de mujeres violadas, golpeadas y acuchilladas por sus parejas.

 

Lo porno era un arma. Un mensaje a la masturbación mental: cuando el placer no es compartido se vuelve tortura.

A Effy el documento le costó incluso después de la ley de Identidad, porque como nació en Israel (donde aceptaron cambiarle el nombre pero no el género), frente a las autoridades locales los trámites se trababan por la mezcla de datos. También le costó la intervención de reasignación genital: como todavía no fue reglamentada, la obra social no quiso reconocerla.

 

Desde que empezó a hormonizarse pensaba en la operación de reasignación, aunque no le importaba tener más o menos pechos, solo era una desintonía con lo genital. En ese momento se corrió por unos días de las redes sociales y volvió solo cuando pudo contar que todo había salido bien. Aunque después tuvo que volver a ser internada varias veces por constantes infecciones urinarias. En la marcha del orgullo de 2013, todavía tenía puesta la sonda vesical: la llevaba encintada en una pierna. Los brazos en alto y el cartel que decía “No existen dos géneros, existe uno: ¡el que elige cada cual!”. Otra de las pancartas exigía el aborto libre, seguro y gratuito, una lucha que Effy repetía en sus discursos.

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Durante un encuentro de performers en 2012 leyó un largo listado de cosas que había hecho: “Obligué a docentes y compañeros a desnudar su torso para entrar en mi vagina hostil usurpada por mandatos machistas. Achiqué el departamento donde vivía e invité a mucha gente a ocuparlo para denunciar mi asfixia. Me suicidé en la facultad y rendí un examen drogada con la sobredosis de Clonazepan, organizando un funeral con morgue psiquiátrica incluida”.

 

Cuando nos enteramos que Effy se había suicidado, su hermano del alma Lucas Gutiérrez me dijo que tenía que ir a ver el cajón aunque estuviese cerrado: “Tengo que comprobar que no es una de sus performances” me dijo llorando.

 

El cuerpo de Effy se fue y nos deja muchas preguntas, ya que ese era un vehículo principal en su arte. Desde que tenía DNI buscaba trabajo y se quejaba de que no lo podía encontrar. Se quejaba también de que a pesar de tener nombre de mujer y sexo de mujer la sociedad seguía con estigmas, algunos que ya estaban y otros nuevos, reservados a las “mujeres”. Ya se extraña su inconformismo y sus reflexiones.

 

Hablamos de respeto a los deseos del otro, pero cuesta no ser egoísta.

 

Effy: me cuesta compartir tu último deseo, morir tan joven.

 

En esta generación donde ya no somos criminales de la ley por nuestras sexualidades, donde corremos con ventaja por los derechos ganados a taco y sangre de nuestrxs mayores, todavía necesitamos de muchas Effys para ponerle el pecho a lo “normal”. 

 


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