La vida al interior del Hotel Gondolín responde a otro tiempo y a otra dimensión. Allí pasa el #9M Luz Aimé Díaz, encerrada, cumpliendo prisión domiciliaria por un delito que no cometió. Y de allí parten sus compañeras rumbo al Congreso: marchan por ella, contra la justicia patriarcal y por las 12 trans asesinadas en lo que va del 2020. “Nosotras paramos al mundo. Las travas y trans somos parte de este mundo, y venimos a discutirlo”, escribe Lara María Bertolini.



El sol golpea la vereda. El chino del super de enfrente se asoma. Muchas chicas están sentadas en el borde del árbol que está en la entrada del Gondo. Un taxista pasa y toca bocina, ellas saludan. Una vecina pasea un cuzquito y nos regala un buenas tardes: todas contestamos de igual manera. El azul profundo de la fachada le da fuerza a la cuadra.

 

Llegás y Zoe o Marisa (mamá Marisa) te acercan agua o tereré y una silla, y se arma la charla. Somos parte del barrio. Los vecinos pasan, algún que otro enamorado pregunta por tal o por cual. Muchas van de compras, otras asoman sus cabezas y miran desde las ventanas de los pisos superiores a ver quién ha llegado. El pasillo breve de la entrada te lleva a un patio interno y la escalera interminable a los pisos superiores. Como balcón de coliseo, cuando hay reunión todas se asoman, opinando y preguntando. Cuántas se habrán acodado a la baranda de la escalera escuchando o confesando, llorando. Y, por qué no, la más afortunada lo habrá hecho amando o siendo amada.

 

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La vida al interior del Hotel Gondolín responde a otro tiempo y a otra dimensión.

 

En estado de letargo, de incertidumbre. Así pasa los días Luz Aimé Díaz, presa por ser una chica transgénero, acusada por un crimen que no cometió. Cumple prisión domiciliaria. Está encerrada en su cuarto, controlada por una tobillera. Pero a pesar de todo, siente que no está sola y que desde el movimiento travesti trans, las activistas que sabemos lo que es tener una identidad tan violentada y desapoderada la estamos apoyando. Lo hacemos desde el bachillerato Mocha Celis y El Gondolín, bastiones del acorazado transgénero travesti que navega en este mar de binaridad de cemento.

 

“Aimé”, así la llaman las compas del Hotel, que se salvan entre sí de golpizas, abusos, adicciones, desamparos. También están las pocas (ínfimas) que trabajan gracias al cupo laboral trans implementado más por entendimiento que por acción real de gobierno o sus instituciones. Buscan por todos los medios posibles que se respeten nuestros derechos, esos que se escriben pero pocos leen.

 

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—Dale —le respondieron en su casa cuando contó que se autopercibía mujer y que le gustaría cambiar la forma de vestirse. Tenía 13 años.

 

Luz llegó a Buenos Aires desde Embarcación, Salta, para estudiar. Trajo a cuestas la prostitución que ejerce desde que era niña. Tiene 23 años. Este trágico destino transgénero la llevó a ser acusada de “Homicidio triplemente agravado en grave tentativa, por ser cometido en ocasión de un robo, por la indefensión de la víctima y por ser cometido por más de dos personas”.

 

El 23 de junio de 2018, la llevaron para tener sexo a cambio de dinero en un departamento de Palermo. Eran dos hombres. Lo que Luz no sabía era que el dueño de la casa era un gay al que estos dos tipos habían violentado, atado y amordazado. Ella no podía ver ni percibir su presencia; su visión es muy débil. Quedó casi ciega por la piña que le dieron cuando era adolescente. Por eso, Luz ignoraba esta presencia, no era participe ni cómplice. Sólo estuvo en ese lugar laburando, como estuvimos todas.

 

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A la víctima la encontró su hermana varios días después. Hizo la denuncia y cuando comenzó la investigación, en las cámaras de seguridad saltó la figura de Luz saliendo del edificio. Las que estuvimos en el ejercicio de la prostitución, después de ganarnos el mango queremos terminar pronto y salir. Quizás porque sabemos que después de hacer nuestra tarea pueden asesinarnos, inclusive para no pagarnos.

 

En agosto de ese año, dos meses más tarde, Luz estaba en la esquina de siempre esperando que alguien se le acercara, cantar precio y quizás ganarse unos pesos. Pero eso no sucedió. Se la llevaron detenida. Luz no tenía idea por qué. Luego de un silencio eterno se enteró de la acusación.

 

La noticia llegó al Mocha Celis, donde estudia Luz. Pronto se creó una Comisión por su absolución y la foto de su sonrisa tensa enmarcada con su pelo negro se hizo viral en las redes sociales. La Comisión fue creada por el colectivo LGBT+ y profesores del bachillerato. La apoyamos porque sabemos de su nobleza y de su esfuerzo por estudiar -incluso casi sin poder leer- y progresar; y padecemos el odio y la persecución a hacia la población trans.

 

Desde el equipo de defensa de Luz Aimé, integrado por Luciana Sánchez, Josefina Alfonsín, de la Procuración Penitenciaria de la Nación, y por mí como acompañante, activista travesti y estudiante de Abogacía de la Undav, batallamos ocho meses para sacarla del penal de Ezeiza.

 

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Luz padeció todas las vejaciones y maltratos de parte de los operadores y agentes de la policía y penitenciarios.

 

Estuvo encerrada injustamente, ya que las personas con discapacidad pueden cumplir prisión domiciliaria. Debería haber accedido a este beneficio desde un principio, amparada por la Ley 24.660. El 2 de abril de 2019 le dieron prisión domiciliaria.

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La acusación, que está en su primera etapa, tampoco respeta su identidad de género, como lo establece la ley. La nombran como “el travestido”, oprobio y ofensa grave a los derechos humanos ejecutada en un proceso judicial que requiere de un trato tanto profesional como de cuidado. A esto se le suma lo débil que fue la búsqueda de los autores reales y lo rápida que fue la acusación hacia Luz.

 

Hoy esperamos una nueva fecha: el 3 de abril comienza el juicio.

 

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La presencia de identidades transgéneros como nuevas partícipes sociales y políticas excede las formas y conceptos jurídicos y exige reinterpertarlas. Es factible que los caminos de la instrucción y fundamentación jurídica sean equívocos. Esperamos una luz para Luz, una luz en esta lúgubre vida donde no es el destino sino la sociedad, la justicia y la historia las que se ensañan y se transforman en perfectos travesticidas y transfemicidas.

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Cuando me pidieron escribir sobre el caso de Luz Aimé, se arremolinaron un montón de temores. En un principio pensé: cómo explicar un caso que afecta a un grupo social, como el travesti transgénero, sobre el que la mayoría del público no conoce sus problemáticas estructurales. Segundo, cómo hacer comprender la inequidad jurídica, la pérdida del principio de inocencia y del debido proceso ante la acusación que contra ella cursa, ergo contra todo nuestro grupo identitario.

 

Desde el principio de las construcciones democráticas hubo un factor fundante para el control social: el binarismo y el biologicismo. Fundaron la heterosexualidad obligatoria como única posibilidad de desarrollar una sociedad “normal”. Las relaciones sociales se impusieron desde la familia tipo, y las identidades que no respondieran a ese mandato no sólo quedaban excluidas sino criminalizadas. Antes, existía la posibilidad de disimular las prácticas sexuales y sociales ajenas a esa obligación y preservarlas dentro del closet. Pero hubo identidades que al no poder disimular o mimetizar sus prácticas sexuales e identidad transgénero fuimos detectadas y perseguidas sistemáticamente. Éramos disruptivas en toda ocasión y momento. Al no poder esconder nuestro deseo y corresponder con nuestra realidad, las travestis transgénero fuimos las primeras en ser detectadas y puestas dentro de los parámetros de lo abyecto, lo delincuencial.

 

Pero para nosotras, como para Luz Aimé Díaz, hubo una situación mucho peor.

 

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En su Teoría de la Pena, Eugenio Zaffaroni habla del “delito de autor”. Se refiere a aquel ser humano que cumpliría ciertos requisitos o parámetros para poder ser catalogado como criminal. Pero ante el emerger de las identidades transgénero aparece una nueva categoría de delito en esa teoría: el delito por identidad existencial, que fue muy utilizado para justificar la persecución contra las personas transgénero desde los años 50, a través de los edictos policiales 2f y 2h, hasta 1997 cuando fueron derogados y se crearon los códigos contravencionales. En el inconciente colectivo quedó la certeza cultural y consuetudinaria del ser delincuencial identitario. Con esa carga negativa -sumada a la hipersexualización atada a la prostitución obligada-, la criminalización hacia las travestis transgénero se presenta como un hecho fáctico y probado.

 

Quizás esta teoría suene pesada, pero es el camino más directo que encontré para explicar por qué Luz Aimé es acusada injustamente. Como estudiante intermedia de la carrera de abogacía ésta es mi primera intervención para pensar cómo proceder ante la categorización criminal de una identidad transgénero, sumada a la inocencia de Luz Aimé. Siendo una trava (sí: acostúmbrate, no es un insulto es mi identidad travesti, trava) que estudia derecho me la paso buscando argumentos, esos argumentos que los jueces necesitan saber respecto del dogma jurídico y cómo ésto crea lagunas jurídicas identitarias. El año pasado cursando Nociones del Derecho Civil en la Undav mi profesora me abrió la mente. Ángela Rosalía Mora me desafió a desandar teorías jurídicas y retomarlas para defender a mis hermanas, hermanes, les que estamos fuera del arco de la binaridad jurídica.

 

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Estamos en este #8M y #9M como estuvimos en las asambleas previas al paro. Fuimos las primeras oradoras, desandamos la discusión anacrónica y nefasta. Los feminismos nos vamos abrazando. Quieran o no la lucha es contra el patriarcado y la cisnorma, ahí estamos todxs. Realizando esta acción, desterramos cualquier cuestionamiento hacia nuestra participación. Como lo pensó Lohana, poco a poco el movimiento feminista entendió que las identidades transgéneros y no binaries son parte de la lucha feminista.

 

De repente llegaron ellas, entraron a la asamblea carteles en mano y el nombre de Luz Aimé Presente. Ellas con la frente en alto, como reinas, caminaron orgullosas de defender a su hermana (alguna medio dormida, porque la noche había sido larga pero igual fue).

 

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Hoy preparamos la bandera, la voz y la furia trans travesti mientras los travesticidios y tranfemicidios aumentan. Y muchas como Luz esperan que el sistema judicial que cree que todo lo sabe aplique la ley de identidad de género y deje de ejecutar violencias, patologización, discriminación y criminalización previa. Muchas de las chicas del Gondolín están esperanzadas, otras quieren enfrentar a los jueces o ir a la tele y decir su verdad. Aunque a veces esta sociedad es más cruel que la misma justicia y mejor manejarse con cuidado. Me cuesta creer que estoy escribiendo ésto. Quizás estoy más vieja y más aplacada pero pronto aparece: es que la furia trans y trava se lleva en la sangre y en el alma. Muchas dan opiniones que sacuden la realidad, entienden cómo nos violentan jueces y operadores judiciales. Ellas se potencian, se abrazan, saben que la lucha no es fácil. Saben que no es fácil se trans o trava en esta sociedad.

 

Al 8 de marzo, 12 trans fueron asesinadas en lo que va del 2020. El Gondolín marcha junto a otras organizaciones, como las villeras. Reclama por Luz Aimé y por las 12 muertas y asesinadas victimas de la violencia estructural e institucional, cultural y social. Porque esta violencia fue increscendo durante el gobierno macrista, que se excusó de esas 400 muertes reglamentando tardíamente el cupo laboral trans.

 

Por eso el #9M “el Gondo” marcha, se hace voz y carne del “paramos el mundo” porque no podemos tolerar más la violencia y la forma en que matan a travas y trans. La inequidad es brutal. Nosotras paramos al mundo. Las travas y trans somos parte de este mundo, y venimos a discutirlo todo.

 

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