En el camino que llevó al papa del aeropuerto a ver al Presidente había algo de guión: “¿Parará el Papa en la cárcel de mujeres?”, decía el animador de la televisión. Y el Papa paraba. Muchos aplaudían. Rosa Cáceres, no. Ella, un clavo en cada mano, está crucificada frente a la embajada de Brasil. Tiene 5 hijos y 7 nietos y llora, pero no de dolor sino de bronca por la injusticia. Es una de las siete personas crucificadas que reclaman por los derechos de 5 mil trabajadores de una empresa hidroeléctrica brasilera instalada en el país, pero simboliza a los borrados del sistema, a tantos otros que también fueron olvidados.



La televisión muestra un país de fiesta. El papa Francisco acaba de aterrizar en Paraguay y es como la llegada del hombre a la Luna. La televisión hipnotiza, el único reflejo de la mayoría es sacarle fotos con el celular al televisor, una mamushka de imágenes que se guardan como garantía de que eso que se retiene en la memoria realmente está sucediendo.

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En las calles hay una fiesta inolvidable, durante los 20 kilómetros de recorrido que hace el Papa entre el Aeropuerto “Silvio Pettirossi” y el Palacio López, en donde lo espera el presidente Cartes. En el camino, el Papa ensaya paradas que parecen salidas de protocolo, pero que tienen algo de guionado, porque los animadores de la tele las van anticipando.

 

“Parará el Papa en la cárcel de mujeres?”, dicen. Y el Papa para. En toda esa fiesta de banderas, cantos, emoción, alegría y clima de procesión interminable, un ritual que se repetirá hasta el domingo, hay siete personas que están acostadas en una cama de madera, con clavos en sus manos. Hay siete personas crucificadas, protegidas del sol y de la lluvia que se turnan para molestarnos a todos. Hay siete personas crucificadas frente a la Embajada de Brasil, que reclaman por los derechos de 5 mil trabajadores. Y ellos simbolizan no solo a sus compañeros de la represa hidroeléctrica Itaipú, sino que encarnan el país de los olvidados. Los que fueron borrados del sistema. Los crucificados. Los desesperados que esperan por Francisco, el Papa que acaba de llegar a esta tierra.

 

 

Carlos González nunca soñó con este papel que le toca interpretar. Es uno de los voceros de la protesta de los crucificados y de a poco se acostumbró a hablar con la prensa internacional. Dice que la prensa local no les da mucha atención, porque Itaipú (la segunda represa hidroeléctrica más grande del mundo) presiona a los medios locales con el poder de su pauta publicitaria. Carlos tiene 57 años y trabaja desde los 20. Se afilió al sindicato después de la caída de Stroessner. Antes no se podía, te mataban, dice. Igual, ya en democracia, vio morir a dos compañeros en una huelga que fue reprimida a balazos. Ahí, señala, adelante mío, tres balazos por la espalda le dieron. Explica el conflicto de Itaipú, que ya lleva más de 25 años, con palabras simples. Dice algo así: ellos fueron contratados para trabajar en la represa, pero nunca reconocieron sus derechos. Nunca extra por vacaciones, nunca extra por productividad, nunca vales de comida. Para los trabajadores brasileros sí, pero ellos no. Quedaron olvidados. La empresa, todavía hoy, pone una excusa: que Carlos y el resto de sus compañeros fueron contratistas de otra empresa. Una estrategia judicial quizás cierta, pero no válida: Carlos trabajó en la represa, puso (y expuso) su cuerpo a los riesgos de una obra monumental. Los crucificados que están acostados sobre una cama de madera lo escuchan. “Mirale las manos”, pide Carlos. Hablá con ellos. Y hablamos.

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Son hombres de pocas palabras. Casi acostumbrados a la rudeza de sus trabajos, no parecen capaces de describir el dolor que sienten. Dice Gerardo, de 49 años, mientras su mujer lo abanica. “Siento dolor por estar acá, por pasar los días de una manera tan indigna. Pero confío en que Francisco va a parar y nos va a escuchar”. Su mujer no se cansa de abanicarlo. Porque en Paraguay el calor y la humedad son una estación permanente. Y así con otros compañeros, pocas palabras, hasta alguna humorada. ¿Cuánto tiempo más van a estar así?

 

Hasta que habla Rosa.

 

Está en el medio de la carpa, tres compañeros crucificados a cada uno de sus lados. Y si está en el medio es porque Rosa es la fuerza más poderosa de esta lucha. Rosa podría estar en el medio del escenario de todas las misas de Francisco de aquí hasta el final de su papado. O podría bailar en el medio de un teatro de Broadway, bajo el chorro de luz iluminándola. Rosa empieza a hablar y escuchamos todos. Y eso se llama carisma, o ángel, o estrella.

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Y eso lo llevan unas pocas personas en este mundo. Rosa, por supuesto, con un clavo en cada mano, en patas en este lugar inmundo, es una de ellas. Tiene 7 hijos y 5 nietos. Y llora cuando se larga a hablar, pero no por la tristeza de estar así sino por la bronca que le genera la injusticia. “Por qué si hay tantos hombres en la carpa tenés que estar vos ahí, mamá? No hay nadie que lo pueda hacer por vos?”, le preguntan sus hijos. Y Rosa les dice que no, que no le importa eso, porque esa lucha es lo mejor que puede enseñarles.

 

Hay un Francisco sonriente en la carpa, una gigantografía como las miles que hay en toda la ciudad. Y también un televisor chiquito, de los de 14 pulgadas, en donde los crucificados esperan escucharlo. Sueñan, también, con que Francisco pare durante su camino. El papamóvil va a pasar por la esquina. Vuelve Carlos, que estaba hablando con otro medio, y cuenta más del conflicto. Dice que con Lugo habían podido avanzar en algunos de los reclamos, pero cuando fue derrocado, todos estos conflictos de trabajadores pobres (así dice, “trabajadores pobres”) dejaron de tratarse. Habla de un país que tiene el 50% de su gente viviendo en la pobreza. De trabajo informal y de leyes que no se cumplen, con jornadas de trabajo de 10, 11 horas. “Con Lugo teníamos mejor salud y más educación. Ahora todo está peor. Pero a los ricos nos les importa, porque ellos tienen todo”. Ellos, los crucificados, esperan con un cartel al Papa de los humildes: “Bienvenido Santo Padre. Te esperamos frente a la Embajada de Brasil con 7 crucificados. Por la gran injusticia y el abandono de los gobiernos de Paraguay y Brasil”. ¿Y si el Papa decide no parar?

 

“Nosotros vamos a estar acá, esperando”, dicen. Esa es la fe de los desesperados.


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