Si cerrás los ojos y te pido que te imagines a un desaparecido, ¿qué figura te representás? Apostaría a que no es un obrero, pregunta y responde Federico Lorenz. La historia de los obreros del astillero Astarsa fue otro de los textos seleccionados en la categoría crónica del Concurso Federal de Relatos: “Héroes: la Historia la ganan los que escriben”, organizado por la Secretaría de Políticas Socioculturales del Ministerio de Cultura de la Nación.



I

 

Yo no sabía en ese momento que la última vez que iba a ver a Jaimito con vida sería en el mismo hospital donde años después pasé la noche cuidando a mi padre. Recién ahí, cuando operaron a mi viejo, me di cuenta de que ya había estado antes en el “Sagrado Corazón”: cuando Jaimito, Luis Benencio, estaba internado con cáncer y la quimio lo tenía medio volteado. Una tarde le llevé la computadora portátil para que viera las imágenes de la toma de 1973, cuando con un grupo de obreros navales ocuparon los astilleros Astarsa, porque uno de ellos había muerto quemado en un accidente de trabajo.

 

Yo no sabía que era la última vez que lo iba a ver con vida, pero sí que estaba mal. Y tenía ganas de que viera las imágenes en blanco y negro del noticiero de Canal 9. Hacía dos años que estaba tras ellas: el crudo del noticiero que mostró la hazaña de mis “navales”, los trabajadores de astilleros de la zona Norte. Yo, que tenía sus fotos de entonces, que había entrevistado a los sobrevivientes, a sus hijos y compañeras, los pude reconocer: el Bocha, el Huguito, el Tano. Y Jaimito, mi amigo, el que estaba en el hospital, muy ocupado explicándole al periodista, que no se cansaba de decirle “compañero”, cómo habían triunfado sobre la patronal en esos días de junio de 1973.

 

La distancia entre ese hombre orgulloso, de ojos claros y pelo enrulado, enumerando las conquistas, y la sombra calva acostada en la cama de hospital, debería haberme advertido de lo cerca que estaba la muerte. Tan cerca como lo había estado en los portones del astillero donde Jaimito daba cátedra de sindicalismo en su “Día de la Victoria”. Pero me distraje, porque quedé atrapado por el brillo de sus ojos. En ese otoño de 2011, cuando volvió a verse fuerte y joven junto a sus compañeros, su mirada clara tenía el mismo orgullo y la misma alegría que la de 1973. Era la mirada de haber vencido, de haber sido parte de la historia.

 

II

 

Si cerrás los ojos y te pido que te imagines a un desaparecido, ¿qué figura te representás? Apostaría a que no es un obrero. Probablemente te hayas imaginado a alguien más de clase media, acaso un universitario, capaz que hasta a la Oreiro de la película Infancia clandestina. Pero es que la forma en la que fuimos procesando nuestro pasado no es inocente: algunas imágenes se consolidaron y desaparecieron otras. Aunque se encarnizó especialmente con los trabajadores, la propaganda de la dictadura construyó un estereotipo del “subversivo”: el joven de clase media aburrido e insatisfecho, que “no va a la universidad a estudiar”, propenso a la propaganda de las organizaciones armadas. Los familiares de las víctimas, para enfrentar ese discurso y reclamar por sus hijos, tuvieron que negarlo y, sin querer, lo reforzaron.

 

Además, aún del lado de los buenos hay privilegios. Sencillamente, los obreros no tienen la misma llegada a la tele, a los libros, a los abogados, al exilio, que otros militantes. Vimos La noche de los lápices, La historia oficial, Garaje Olimpo e Infancia clandestina, pero, ¿dónde está la película que nos cuenta la lucha y la represión del movimiento obrero? La verdad es que todavía no hay una. Hay documentales, algunos, pero aún falta un filme de alcance masivo que nos ayude a conocer las historias de los militantes sindicales. Algo así como una Patagonia rebelde, pero de los años setenta.

 

Todavía no hay.

 

II

 

Tuve la suerte de conocer a algunas personas extraordinarias, que podrían perfectamente ser los protagonistas de una película como esa. Gente común, del montón. Como Jaimito. Personas que, en un momento dado, por la época en la que vivían, o por una situación concreta de maltrato, o simplemente porque su mejor amigo estaba ahí y ellos no podían dejar de acompañarlo, se empezaron a meter “con los muchachos”, en el sindicato, cada vez más. Eran trabajadores de Tigre y San Fernando que, a comienzos de los setenta armaron una agrupación sindical clasista. Primero comenzaron las charlas a la salida, el fútbol del domingo, el asado en la casa de alguno de ellos. Después había que ir a tal reunión sin preguntar mucho, hasta que de repente, se habían metido por completo en esa lucha.

 

Pusieron tanto en dar esos pasos que algunos hasta perdieron la vida. Pero otros, los que los recuerdan, y los que te piden que los recuerdes, no. Aunque se van poniendo viejos o están enfermos y desde que los conocí, hace diez años, algunos ya murieron. Las batallas por la memoria no necesariamente son ruidosas, en feriados o aniversarios. La lucha contra la explotación no tiene un día fijo de una batalla, como la de San Lorenzo. Algunos de ellos cayeron como las hojas del almanaque, en una batalla que durante muchos años fue silenciosa y cruel, pero que nunca abandonaron. No solo tuvieron que sobrevivir a la derrota, sino que luego lidiaron contra el olvido y la injusticia. Algunos de ellos lograron llevar a sus delatores y verdugos a juicio, otros trabajaron décadas para que eso sucediera pero sin poder llegar a verlo, como Jaimito, que remó años para que se hicieran los juicios, pero murió antes de las sentencias.

 

Son trabajadores navales. Debería escribir “eran”, porque el astillero en el que trabajaban no existe más. ¿Pero quién puede dejar de ser aquello que lo hizo persona, aquello en lo que encontró lo mejor y lo peor de sí mismo y de sus compañeros? Son obreros navales, aunque los hayan corrido a tiros y secuestros de la fábrica, aunque hayan matado a la mayoría de ellos, aunque hoy en el antiguo astillero Astarsa se estén construyendo departamentos y guarderías náuticas de lujo, en el mismo lugar donde se botaban barcos y se hacían asambleas.

 

Fueron militantes sindicales de la Juventud Trabajadora Peronista: armaron la agrupación obrera montonera más fuerte de la zona norte del conurbano: la “José María Alesia”, en homenaje a un compañero muerto por las quemaduras que sufrió en un accidente de trabajo. Fue a causa de esa muerte que en mayo de 1973 “los navales” tomaron Astarsa, el astillero privado más importante de la Argentina. Fueron las imágenes de esa toma las que le llevé a Jaimito al hospital.

 

En junio de 1975, en el pico de movilizaciones del “Rodrigazo”, Jaimito y sus compañeros fueron vanguardia junto a otras agrupaciones en las grandes marchas que se organizaron en todo el país. En el verano de 1976 ya habían asesinado a varios de ellos. Para abril del mismo año los documentos de inteligencia de la policía decían que de esas “organizaciones de superficie”, como la agrupación Alesia, ya no quedaba nadie. O sea: los habían asesinado, secuestrado, o se habían tenido que esconder.

 

III

 

Todo pasó muy rápido. Después de la toma de 1973 “los navales” parecían invencibles. Discutían de igual a igual con los patrones y habían corrido a la burocracia sindical.  Instalaron el control obrero de la producción a través de la Comisión Obrera de Higiene y Seguridad: los delegados se rotaban en ella, junto a los capataces e ingenieros, para determinar la insalubridad de los trabajos y decidir si se trabajaba o no, y cuánto se pagaba ese trabajo. Jaimito y sus compañeros ganaron la comisión interna de su sindicato: se transformaron en los más peligrosos “bichos colorados”, como les decían a los obreros “zurdos”, aunque fueran peronistas. Pero ya ese mismo año el ministro de Trabajo, Ricardo Otero, había anunciado que “a los bichos colorados se los extermina con el mejor insecticida nacional”. A partir de 1974, a “los navales”, que no paraban de crecer, los persiguieron de todas las formas. Su lucha, construida en círculos concéntricos que iban desde la fábrica a sus casas, combinando movilización y fuerza, se replegó de la misma manera. Los corrieron del astillero, después los buscaron y los mataron en las calles y, finalmente, los cazaron en sus casas. Pelearon contra la “Santísima Trinidad”: la burocracia sindical, la patronal y la policía. Y perdieron.

 

Para derrotarlos, la Triple A mató a algunos durante el gobierno democrático de Perón e Isabel Perón; el Ejército secuestró a otros y perdieron a sus líderes. Al Tano Martín Mastinu, le decían el “Tosco de la Zona Norte”: lo secuestraron en 1975 y lo tuvieron que largar por las movilizaciones, pero está desaparecido desde 1976. Al Huguito, que lo reemplazó, lo levantaron en el tren, justo el día en el que se iban a mudar a una casa más segura. Ana, su hija, todavía recuerda cuando se abrieron las puertas del vagón del que esperaron en vano con su hermana melliza y con mamá verlo salir. Huguito era el mejor amigo de Jaimito, que bautizó así a su hijo.

 

Nombres y apodos que son rostros en las pancartas, caras congeladas en su juventud, fotografías recortadas de una fiesta de casamiento mitológica. ¡Era el casamiento del Tano, que siempre iba al frente! Todos habían trabajado en la construcción de su casa, como todos eran parte de la agrupación sindical. Eran amigos y compañeros, sin saber muy bien dónde empezaba lo uno y terminaba lo otro. Pasaban de un espacio a otro sin solución de continuidad y por eso la derrota fue un daño tan grande. Porque fue mucho más que el fracaso de un proyecto político: fue la destrucción de una forma de vida.

 

De ellos, de los muertos, hablan con amor y reverencia quienes los sobrevivieron. Agigantan sus gestos, sus acciones, pero las cuentan y las arman tan grandes que dejan espacio para revisar sus defectos, sus fallas, y terminan descubriendo que los quieren más precisamente por haber discutido, por haberse equivocado. La derrota posterior no hace más que agigantar los años que lucharon juntos.

 

IV

 

Debe ser muy difícil tener la victoria al alcance de la mano y saber que la perdieron para siempre; y que, en esa pérdida, se fueron también las vidas de tantos seres queridos. Debe ser una enormidad sentir eso. Por eso es que la verdad, la verdad, yo honro a los muertos, pero a los que más quiero es a los vivos. Porque resistieron entonces, porque tuvieron que lidiar con sus memorias y las de ellos, porque durante muchos años no encontraron espacios para recordar sus luchas.

 

Yo tuve la suerte de conocer al Bocha, Héctor González, que se murió de cáncer en los pulmones, tal vez como consecuencia tardía de las condiciones de trabajo con las que lucharon. Era lo que en política se llamaba un “simpatizante”, apenas un “periférico”, pero eso no quiere decir que no se jugara la vida como todos. Al margen de que a Héctor le reventaron la casa para llevarse a sus cuñados. El 24 de marzo de 1976 el Ejército entró en los astilleros con listas de los “agitadores y activistas”. El Bocha fue a trabajar ese día y todos los días hasta 1978, cuando ya no pudo más: le dolía la cabeza cada vez que entraba porque el mundo en el que había vivido estaba patas para arriba y sus mejores amigos rajados o muertos. En el astillero pisaban fuerte los que les habían hecho la contra hasta 1976, los delatores y unos cuantos acomodaticios.

 

Ahora Carlito, Carlos Morelli, es el guardián de la memoria de sus compañeros. No le alcanzan ni las palabras ni las horas para hablar de esas personas comunes que fueron sus compañeros en esos años. Carlito era el delegado suplente del Tano Mastinu. En vísperas del golpe, dejó de ir al astillero y no lo pisó más como trabajador.  Piensa que capaz se les pasó la oportunidad. Que tuvieron la victoria al alcance de la mano, y por no haber seguido a los más decididos, perdieron. Como me dijo una vez: “algunos siguen luchando desde su lugar, o remontando ese barrilete que no remonta ni en pedo porque no tiene cola.  Seguimos yendo a las marchas y cuando volvemos en colectivo nos baja la cana bajo la lluvia, y somos unos viejos chotos que todavía estamos dándoles vueltas. Y que sabemos que es medio al pedo seguir yendo a una marcha que no te dan pelota. Y entonces yo recién ahora entendí lo que decían los muchachos en el 74, en el 75: “esto se lo sacás a los tiros o no se lo sacás”. Y se quedó serio, repitió varias veces esa idea, y terminó con los ojos brillantes: “Recién ahora entendí a los muchachos, me llegó tarde”.

 

V

 

Jaimito piensa que Huguito le salvó la vida. En su nombre, militó incansablemente por la memoria de sus compañeros, por impulsar los juicios a los civiles cómplices. Jaimito era uno de los pocos con quienes se podía hablar de cualquier cosa: de la lucha, de los proyectos, de la violencia que habían ejercido, pero también de los miedos y de las debilidades. Él lo sabía bien, porque en un momento no pudo más y lo habló con su responsable, con Huguito. Y Rivas, el Huguito, que lo quería y lo conocía tanto, tanto, pero tanto, que por Jaimito se había metido en la Agrupación, le dijo que aflojar estaba mal pero que él era un peligro mayor en esas condiciones. Que se tomara unos días para pensarlo. Decirle eso, en 1976, era despedirse: en esos días grises, fue la forma digna que Hugo tuvo de decirle adiós. A Jaimito debería haberlo sancionado, denunciado, porque era su responsable, pero era uno de los “muchachos”, ¿cómo hacer algo así?

 

Por eso, creo yo, una tarde que conversábamos con Jaimito acerca de la posibilidad de un hecho cuestionable que yo creía habían producido ellos, él aceptó conversarlo. Pero me dijo como al pasar que últimamente le estaba molestando que se dedicaran tantos estudios a la rigidez de la moral revolucionaria y a la violencia de los montos y a lo equivocado del proyecto, con muchos etcéteras. Y me soltó la pregunta:

 

—¿Por qué no hablás de lo que nos hicieron a nosotros?

 

Se refería, claro, a los secuestros, a lo asesinatos, a las violaciones de esposas en el barrio de trabajadores navales. Pero estoy seguro de que también reaccionaba contra el despojo de sus historias.

 

Desde entonces no dejo de pensar que los verdaderos héroes son los sobrevivientes, que se bancaron la derrota y las primeras memorias urgentes de los años ochenta que, como también se construyen con olvidos, al principio no los incluyeron. Hay que ser de una madera especial para bancarse eso: la derrota y el olvido. Porque una cosa es ser uno de esos héroes de los libros o de las películas; pero otra muy distinta es ser una persona común, como vos o como yo, que sintió que la victoria estaba a la vuelta de la esquina, que puso todo para alcanzarla, y que de golpe despertó para ver que se la había perdido, que se la habían quitado y que tantos como él habían dejado la vida en ese camino.

 

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