El Festival Azabache reunió en Mar del Plata a maestros y promesas del periodismo y la ficción. Cuatro días y cuatro noches en las que escritores, cronistas y editores de literatura negra y policial de América y Europa le hicieron honor a su histórica fama de noctámbulos y bebedores. El backstage contado desde el interior de la cofradía.



Fotos: Ariel Perissinotti

 

“¡Yon!, ¡Yon!, ¡Yon!, ¡Yon!, ¡Yon!” : el coro, con aplausos y zapateos, llevó al tipo más alto de la fiesta, el rubio visible desde cualquier perspectiva, mientras tomaba un whisky alto también, por lo largo digo, acodado en la barra del bar marplatense La Guagua, a levantar el codo, apoyar el vaso y dar un paso de gigante para meterse en la ronda, a bailar a los saltos con un estilo que mezclaba tijeras de cosaco con nostalgias de ska. Antes, “Yon”, Jon Lee Anderson, el cronista de tantas guerras, el maestro de cronistas, el que contó como nadie lo que casi nadie, esa noche del sábado 12 de mayo, había estado charlando con muchos de los otros invitados del Festival Azabache de Mar del Plata y se había fascinado con las ilustraciones de Iñaki Echeverría: hubo intercambio de tarjetas ahí.

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Y si empiezo a contar por acá, por el baile, es porque en el centro de cualquier festival, incluso adentro de la palabra misma, hay una fiesta. En el caso del Azabache, el festival de literatura negra y policial que, entre el 10 y el 13 de mayo, unió en su segunda edición a casi sesenta escritores, cronistas, periodistas y editores en un clima eufórico, cálido y feliz, casi como de viaje de egresados, más.

Entonces vayamos, como fueron todos y cada uno de los participantes, otra vez al centro: antes de que “Yon” fuera el bailarín de la noche, Leonardo Oyola (escritor, las novelas Kriptonita, Santería, entre otras), se había dejado llevar, con sus pasitos que recuerdan, por su delicadeza y por la manera de revolear la cabellera, las crines por momentos, a los de un little pony poseído por Michael Jackson y por algún cowboy curtido de cumbia. Cuando bailó con su mujer, la también escritora Alejandra Zina (Barajas), fueron la pareja de la noche, una de esas que Hollywood pondría en foco mientras todos los demás girarían alrededor, veloces y difusos. Otros que gastaron la pista fueron el guionista y crítico literario Santiago Maisonave con una impecable coreo estilo caminata lunar o Thriller y el gran cronista argentino salud Cristian Alarcón, espectacular, con una danza de esas que terminan en el piso y con los brazos abiertos y la cabeza hacia atrás, una danza de esas que vienen con la certeza de ser coronadas por aplausos. Y así fue.

 

La fiesta había empezado un rato antes, cuando, unos de una marisquería, otros de una pizzería, otros no sé de dónde, fueron llegando a La Guaga. Cuando ya éramos unos cuarenta, la dueña bajó la persiana. Y ahí quedamos, achicándole el stock de alcohol: fueron whiskys, mojitos, daiquiris, fernets con coca, martinis, Bloody Marys. Surtida la lista. Pero no pienses en ningún reviente, lector. También había niños, como Vicky, la hermosa nenita de tres años de Juan Carrá, el cronista marplatense que se multiplicó en diez mesas y tuvo a su cargo la compleja gestión que logró que Jon Lee Anderson volara casi cuarenta y ocho horas desde el país en el que estaba, Afganistán, si no recuerdo mal, para venirse a este festival en las antípodas. Los nenes no fueron los únicos abstemios: dos cronistas jóvenes, de esos que se meten con asesinos y ladrones y logran charlar con ellos como si fueran amigos, Sebastián Hacher y Javier Sinay, que habían llegado en ómnibus desde Buenos Aires dos días antes, también descollaron por sobriedad.

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Antes, antes de la fiesta, digamos en el círculo concéntrico contiguo, comimos. Con esa mezcla de estatura y currículum, Anderson dominaba la mesa. Estudió la carta con Alarcón; se decidieron por lenguado y chernia, y hablaron de sus aventuras. Los demás -era una mesa de cronistas- preguntaban. En el mismo tono se había desarrollado la tarde: un panel los juntó con Josefina Licitra y Juan Carrá. Ahí, la pregunta por el bien y el mal, lo que es criminal, lo que no lo es y quién puede determinarlo, dejó como saldo al numeroso público que convocaron, y que suele convocar el Azabache, bastante enfervorizado y lleno de preguntas. Licitra, con la calma inteligente y sobria que parece caracterizarla, habló de dar cuenta de la complejidad para evitar “el maniqueísmo, que siempre genera odio”. Anderson, de su experiencia cuando cubrió la guerra en El Salvador: al diario para el que trabajaba sólo le importaba lo que estaba relacionado con Estados Unidos. El quería contar otra cosa, todo lo que estaba pasando, toda la crueldad, toda la furia y la belleza de una insurgencia con la que quedó comprometido para siempre. Así fue, rebelándose contra los pedidos de sus jefes, que se convirtió en el cronista que es hoy. Alarcón habló de inseguridad, habló de narcotráfico, habló de lo que cuesta una vida de delito: “Un desastre sentimental y familiar. Tony Soprano no existe”, remató y después del remate la cosa siguió en el Corso, una de las sedes del lado B del Azabache, el bar de enfrente de la sala grande de la Plaza del Agua, sede principal del festival. Ahí, a té con leche y whisky, según quien, Anderson se lamentaba por los problemas que le generaba su trabajo en Sudán: un país africano que es el infierno y “que no le importa nada a nadie”.

 

Antes, antes, en el tercer círculo concéntrico, el almuerzo del sábado, el día en que todos los invitados del Festival se habían por fin reunido, hubo para todos los gustos. Yo me fui al puerto, a encontrarme con algunos de los escritores madrugadores que habían ido a un desayuno con el público en Villa Ocampo. Ahí, en Puerto Gallego, alrededor de platos y platos de mariscos, la charla giró en torno a la literatura y la vida misma. Oyola, Zina, Echeverría, el escritor y editor Esteban Castromán, el escritor y crítico Hugo Salas y el escritor y editor Ricardo Romero hablaron de lo suyo. Castromán y Echeverría, padres recientes, hablaron de sus hijos, de la sensación de extrañeza de separarse de sus bebés. Romero, sentado junto a su novia, anunció próxima boda y una luna de miel aventurera en el Transiberiano de Moscú a Pekín. En algún momento, la cosa pasó a la literatura.

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Decía, Salas, que a su juicio lo que se está produciendo hoy es más referencial que lo de la década pasada. La literatura, menos encerrada en sí misma, menos concentrada en la pura palabra, habla más directamente del mundo: más o menos esta era su lectura. Romero dudó, dijo que a él lo referencial no le interesaba demasiado. Pero terminó coincidiendo: “No refiero a ninguna realidad concreta, pero es cierto que escribo sobre las cosas que me importan, como la amistad, por ejemplo”. Un indicio de interés de cualquier auditorio es el silencio. Cuando Salas contó la historia que lo llevó a escribir su primera novela, Los restos mortales, el silencio de la mesa se podía tocar: fue el asesinato de su madre, cuando él tenía 17, a manos de su medio hermano y la ex mujer de su padre. Había escrito siempre. Pero desde ese momento ya no pudo hacerlo. Recién cuando comprendió, muchos años y psicoanálisis después, que tenía que contar esa historia, logró volver a escribir. Y cómo.

 

Estuvimos todos, todo el tiempo, juntos como hermanos, dando vueltas de acá para allá, algo que se estructura con dos mapas: el de las mesas y charlas y el de los bares y restoranes. Quién sabe qué es más importante. Lo primero que pregunta un escritor cuando llega a un festival: ¿en qué restorán almorzamos gratis? Una vez ubicado el punto, todo el mundo se relaja y vuelve a pensar en lo que dirá cuando le toque hablar en público. Estuvimos todos también en los desayunos: de 8 a 11, el último piso del Hotel Valles, copado por escritores. Ahí, el cronista Rodolfo Palacios y su mujer, también periodista, Mercedes Méndez, anunciaron su próxima paternidad.

 

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Ahí,  Leopoldo Brizuela disfrutó tranquilo las felicitaciones de todos por el Premio Alfaguara. Ahí, Carlos Salem, el escritor argentino residente en Madrid que junta premios como si fueran botellas de cerveza por Europa, se conmovía por la atención que recibía, por fin, en su propio país. Ahí, también, me tomé el primero de muchos cafés con Gustavo Nielsen, la estrella indiscutida de este Azabache y hermano mío desde la edición anterior: porque también sirven para eso los festivales, para conocer gente, para hacer amigos. Nielsen se ganó apodo nuevo: “el hombre del renacimiento”. Nielsen dibujó, como un naturalista del siglo XIX, documentando todo lo que le interesó del Azabache. Nielsen leyó, Nielsen habló de sus propias novelas y de las de los otros. Nielsen, incluso, cerró el festival con un tango de su autoría, Italpark, cantando, afinado y tanguerísimo, la historia de un hombre de provincia que siente una nostalgia enorme por el parque de diversiones y ese mundo mejor que encontró junto a su amor girando en los cisnes de plástico. Nielsen fue, entonces, arquitecto, escritor, dibujante, cantante. Pero hubo más: el Nielsen militar casi los mata a todos. Fue el viernes a la mañana. Fernando del Río, uno de los escritores que organiza el festival, presente de la mañana a la noche, solidario, eficiente y gran bailarín, cuenta el espíritu de la batalla: “Y si, entre otras cosas, de tiros se trata el asunto del Azabache, a los organizadores se nos ocurrió llevar eso a la práctica. Convocamos a ocho participantes y los metimos en Woodland, un campo de paintball alejado de la ciudad. Una toma de rehénes, la defensa de un colectivo secuestrado y la lucha en un barrio desolado y destruido fueron los escenarios ficcionales para descargar todo aquello que los escritores se jactan de conocer”. Fueron 8. Y sin testigos. Por eso recurrimos a su voces para relatarlo. De un lado, Fernando del Río, Ricardo Romero,  Rodolfo Palacios y un autor de incógnito. Del otro, Nielsen, Kike Ferrari, Sebastián Hacher y Carlos Marcos. Ferrari comenta: “Eramos los Tigres de Mompracen -niños y guerreros- metidos en el barro, con las respiraciones agitadas”.  Del lado contrario, del de los que pagaron los tragos, Palacios cuenta:

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—Gustavo Nielsen fue una máquina de matar. Veloz, arrollador, insurgente, altivo, estratega, calculador. Frío y sanguíneo a la vez. En apenas cinco minutos “mató” a tres de los nuestros y mandó matar al cuarto. “¡Qué puntería!”, se jactó y luego lanzó una carcajada de sátiro. Nos mataba como si fuéramos patitos de feria. Feliz de su cacería sangrienta, parecía un nene con su nuevo regalo. Oculto detrás de un árbol, pese a la máscara empañada, pude verlo mientras se movía como un escorpión acechante. Al rato se quedó sin balas y eso se paga. Lo maté a sangre fría. Un balazo de pintura en el corazón. “Muerto”, dijo y salió con las manos en alto. Como periodista policial me tocó mirar a los ojos a los dos psicópatas emblemáticos de la historia criminal argentina: Robledo Puch y Arquímedes Puccio. Pero nunca olvidaré la mirada gélida de Nielsen. Una mirada que fuera del campo de batalla, ya en la calidez de los bares, mutó en la mirada cristalina de un tipo generoso incapaz de matar una mosca.

 

No puede faltar, claro, el relato del héroe renacentista, Nielsen, que cómo no, también es un gran cronista:

 

—Salimos a ganar. Es la pura verdad. En el equipo blanco había uno peinado con gel que quería jugar y filmar al mismo tiempo, y el comandante era un soldado alto que se hacía el macho pero se lo veía muy metrosexual, con el pelo recogido en un rodete (Del Río).

 

La novia lo seguía a dos pasos de distancia para sacarle fotos a su amor. Había otro rival con barba candado (Palacios)… ¿qué soldier se deja una barba candado? En mi propio estudio de arquitectura no toleramos hombres ni con Crocs, ni con barba candado, con eso les digo todo. Menos que menos en una guerra… Uno solo tenía actitud, el de rulos con cara Universidad de Palermo (Romero), y nada más porque gritaba un poco. Mi plan inmediato, antes de conocer el resto de las consignas, fue barrerlo para demolerles la moral.Nosotros los azules, en cambio, winners: nos untamos la cara con caca de rotwailler antes de entrar al campo.

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Carlos disparaba fumando Parisién sin filtro. Sebas te volteaba nomás con el olor a chivo. Y  Kike, bué. A  Kike los rivales lo vieron mientras se ponía el overol: tiene tatuajes  tumberos por todo el cuerpo. Tiene el dado. La espadita. La araña pollito. La v de Nike (pero no la cheronca, sino la de verdad). Chasduitjevi. Yo comandé. Los destrozamos sin esfuerzo ni compasión. Y después nos tomamos todos los tragos que les ganamos. Al pibín de la orga paintbol le dieron lástima y decidió otorgarles un pequeño triunfo al honor… ¡Honor! ¡A ese grupo de bailarinas! Debe ser porque eran los que pagaban. También tenemos ese trofeíto, aunque es bien pedorrón, de güevo Kinder. Lo robó Carlos de la mochila del comandante de los blancos cuando se distrajo para escuchar la conferencia de Jon Lee Anderson. Somos los peores, la resaca de la humanidad. Malolientes, sanguinarios, valientes.  Azules como el cielo de mi patria amada, defendida en Viecnan.  Azules como Viagras.

 

Después, a la noche, en La Bodeguita, el restorán que uniría a todos, los llegados de Barcelona como Andreu Martin, de Chaco como Miguel AngelMolfino, de Córdoba como Guillermo Orsi, y también a los más jóvenes y bellos, como el irresistible dúo de escritores porteños Enzo Maqueira y Gonzalo Unamuno, Nielsen explicó sus habilidades militares: hizo la colimba. Durante la guerra de Malvinas. Por suerte para nosotros, que lo queremos bien, no llegó a ir las islas.  Según el relato de sus enemigos, también fue una suerte para los ingleses.

 

Hubo más, por supuesto. Y está claro que habrá más el año que viene. Y que ya lo estamos esperando al Azabache, que todos necesitamos una gran fiesta de vez en cuando.


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