En todos los espacios deportivos de La Plata te podés cruzar con un Rojo: hay futbolistas, boxeadores, nadadores, patinadores. El único que pudo vivir del deporte fue Marcos. ¿Cómo es ser el responsable económico de una familia numerosa? De los bolsones de ropa que les trae a los pibes del barrio a la casa que le compró a sus padres a los 19 años. Perfil del jugador que metió a Argentina en octavos de final del Mundial.



Nota escrita en colaboración con Ulises Rodríguez.

 

 

 

Deporte Rojo

 

En todos los espacios en los que se practica deporte en La Plata te podés cruzar con un Rojo.

 

Ahí vamos.

 

Joaquín Gómez, sobrino de Marcos, juega en San Martín de Tolosa. El año pasado entró al vestuario del Manchester United y se sacó una foto con el crack francés Paul Pogbá (compañero de Rojo en el United y rival directo de Octavos este sábado en la Copa del Mundo).

 

Franco Rojo, el segundo hermano varón, tres años más grande que Marcos, está fichado hace años clubes de la Liga Platense y este año se transformó en defensor de Las Malvinas, camiseta que vio nacer a Marcos y con la que quiere ascender. Tiene fama de dar hacha y cartel de vagoneta para entrenar. Dicen que, por eso, perdió el tren del profesionalismo. El martes pasado disfrutó el gol de su amigo en San Petersburgo. Y al terminar el partido, le alcanzó a su hija para celebrar.

 

Patricio Cuello juega en la 2008 de Estudiantes de La Plata. Su madre Verónica  lo acompaña en entrenamientos y partidos y cuenta sus lazos con el defensor de la Selección: “mi mamá Mara es hermana del papá de Marcos”. Parte de la dinastía continúa en el Pincha.

 

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Cristian Rojo es primo. Jugó con tres camisetas oficiales: Defensa y Justicia, Asociación Iris y Cambaceres. No pasó de las divisiones juveniles y se retiró por su falta de constancia. Es más, este año lo invitaron a ir a jugar a Las Malvinas y no quiso ir. Las Malvinas es un club del barrio Las Quintas que estaba destrozado. Después del Mundial 2014, Marcos armó un partido para juntar plata.

 
Raúl “Lalo” Rojo fue boxeador amateur hace cuatro décadas. Andaba bastante bien hasta que se puso de novio y dejó todo. Uno de los tantos tíos que abandonó sus sueños de vivir del deporte.

 

Romina Rojo, prima de Marcos padre, subió a un ring en forma amateur y dos veces con licencia profesional. Se casó con Ezequiel “El Olímpico” Maderna, el único representante argentino en ese deporte en Beijing 2008. Conforma una rama familiar que vive en otro rincón platense: Los Hornos.

 

Las tres hermanas mujeres de Marcos Rojo practicaron natación, patín, danzas y baile. Pero con el tiempo fueron abandonando. Noelia trabaja junto a su padre, Micaela es ama de casa, y Sol Morena tiene trece años.

 

El deporte está en el gen de los Rojo. Es lo que une a toda esa gran familia que tiene a Carina Arellano y sus 9 hermanos, por un lado, y a Faustino Marcos Rojo (padre) y sus 10 hermanos, por el otro.

 

En noviembre de 2017 falleció Marcos Alberto Rojo, papá de “Tití” y abuelo de Marquitos. Jugó en categorías de veteranos hasta hace uno años. En los años 60 integró un equipo de amigos, El Expreso Juvenil. Alcanzó a ver la famosa rabona y el gol -también contra Nigeria- de su nieto en Brasil 2014.

 

Familia Rojo

 

Los cumpleaños de la familia Rojo siempre desbordan de gente. Cuando Marcos vuelve de Europa -antes de Portugal, ahora de Inglaterra- se queda a dormir en lo de sus padres o en lo de algún hermano. Y hace lo que le gusta: comer asados, jugar a la Play, escuchar temas del Indio Solari y molestar a sus amigos.

 

El Triunfo es uno de los barrios platenses que no figuran en papeles de ordenanzas municipales. Es decir, se llaman así por los dichos de la gente. La primera casa de los Rojo estaba a un costado del arroyo El Gato -tan problemático durante las inundaciones-, donde se metían a cazar anguilas de chios. Era una casa similar a la que habitó Diego Armando Maradona en Fiorito: una entrada con tejido de alambre petiso y unos pocos metros de tierra hasta la puerta de una edificación a medio construir.

 

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Ahí vivieron los siete, Carina, “Tití” y los cinco hijos, hasta hace poco. Quince años atrás si llovía había que enterrarse hasta el tobillo. En 2001 todo fue peor. Tiempos difíciles en los que no salían changas de albañil y Tití ya no podía ir a jugar en la Liga Amateur Platense de fútbol con los botines envueltos en una bolsa de nylon. Había que salir a patear para vender tortas fritas y bolas de fraile en bicicleta. Recién tuvo su primer trabajo importante antes de que Marcos empiece a subir a los entrenamientos con los profesionales. Entró en el Parque Industrial donde sigue manejando un camión hasta hoy.

 

Marcos Rojo, el que vive en Inglaterra, le compró otra casa a sus padres y así los alejó del arroyo. Pero no se fueron lejos, siguen en El Triunfo, 139 y 519. El regalo llegó con el dinero de la Copa Libertadores, que hizo estallar a media ciudad en una épica noche de 2009 en Belo Horizonte. Eran los primeros logros tempranos del primer hijo de una pareja que se conoció una noche, luego de que “Tití” volviera del corso. Se conocieron en marzo de 1988 y en marzo de 1990 llegó el bebé que 18 años después empezaría a conseguir grandes logros deportivos.

 

Rojo y Blanco

 

Marcos llevaba a Marquitos en el canasto de aquella bicicleta para presentarse a los primeros partidos de la liga infantil LIFIPA (en esa misma jugaron Palermo y Barros Schelotto). Ningún colectivo llegaba a la cancha de Las Malvinas, donde se empezó a ver a un jugador temperamental, que lloraba cuando perdía al punto que le pegaba los mocos a la camisa del entrenador, Mario Barbarino, a quien terminaría llevando al Mundial de Brasil. Si tenía que jugar fuerte, lo hacía. No faltaron los partidos en los que se armaba bardo porque Marcos le pegaba fuerte a otro chico. En esa época, tuvo su primer reportaje con foto en el diario Hoy. ontó que su ídolo era Enzo Francescoli y sus colores eran los del Millonario, por la madre.

 

El último torneo en infantiles lo fue a jugar al club que manejaba su tío segundo, Dante Martínez, quien actualmente sigue en San Martín de Tolosa.

 

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Flavio el Pájaro Vaglica era un 8 con potencia. Tití un 10 de un metro noventa que bancaba la pelota como ningún otro. Juntos consiguieron el primer título de la historia para el Centro de Fomento El Cruce. La final fue un partido vibrante que se tuvo que jugar en un estadio más importante: el de Defensores de Cambaceres. La tarde del 21 de diciembre de 1997 Marcos hijo y mamá rezaban en la platea. Perdían 1 a 0 y el árbitro había adicionado cuatro minutos más. En el tercer minuto llegó el empate que alcanzaba para campeonar.

 

Años más tarde, el Pájaro Vaglica sería el encargado de la liga LIFIPA y el caza talentos de Estudiantes de La Plata. Lo vio a Marquitos jugando en inferiores y lo llevó al Pincha.

 

Rojo original

 

En un taller mecánico del barrio La Granja, zona oeste de La Plata, hablan de un trofeo distinto. Es la leyenda de una pelota Adidas oficial, que no llegó comprada en un shopping o un local deportivo. No: esa pelota fue una de las que se jugó la final del Mundial de clubes de 2009 en Dubai. Es la misma pelota que usaron los pibes que  representan a Los Buscas, una equipo que se hizo imbatible en torneos comerciales. Nadie preguntó cómo ni por qué llegó hasta ese recóndito barrio. Una voz insinuó que “la trajo un amigo desde Emiratos Árabes, porque quería vernos felices pateando una pelota como ésta”, dijo uno.  

 

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Con ella, Estudiantes había perdido ante Barcelona, cuando a pocos minutos del final Lionel Messi se tiró como en una pileta y de pechito la empujó frente a la marca ya tardía de la Brujita Verón. Al terminar, Marcos re caliente se llevó la pelota. No se vio en la tele.

 

Rojo corazón

 

Rodrigo es el primo pecoso de Marcos. Hace unos años viajó a Rusia no solo para acompañar al futbolista exitoso de la familia cuando fue vendido al Spartak Moscú. Su amigo le consiguió una prueba en un equipo ruso de segunda división. Quedó: desmostró que era un jugador excelente pero no se adaptó al país y se volvió a La Plata. Los dos habían jugado juntos en la misma categoría 90 de Las Malvinas, cuando los chicos cargaban a Rodrigo porque no sabía escribir y otros le firmaban la planilla de partido en su nombre.

 

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No fue la única vez que Marcos se puso la ropa de representante. Tras el intento fallido con el primo, hace poco llevó a Inglaterra a un par de jugadores de Las Malvinas para hacerles la pata y hacerles ganar plata. Cumplieron ese sueño recientemente en la tercera división inglesa, Carlos Olivera y Marcelo Milone, integrando el plantel del Fleetwood Town FC. Ambos habían transpirado los colores malvinenses.

 

Hay futbolistas que siguen ligados a su barrio, otros no vuelven más. Rojo es de los primeros. Su forma de seguir conectado es volver. La última vez que Rojo estuvo en El Triunfo fue en diciembre de 2017. Vino al país a pasar las fiestas y quedarse unos días, a compartir asados, a repartir algunos bolsos: camisetas, pantalones del Manchester United, botines. Cuando vio en la calle a uno de los compinches del barrio, le tiró un bolsón: “llevá todo a la canchita de Los Pinos”, ese pequeño espacio verde que se mantiene sagrado frente a los edificioes que no paran de crecer. Ahí donde, Marcos, a escondidas, juega unos minutos con amigos.


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