Al principio, una de las pocas cosas que no se podía hacer en una pelea de Artes Marciales Mixtas era meterle al oponente los dedos en los ojos. No había rounds ni tiempo: se peleaba hasta que uno de los dos se rindiera o cayera muerto. Con los años, se establecieron reglas y limitaciones. Para algunos, las luchas se pueden comparar al ajedrez, para otros no pasan de hechos brutales que deberían ser prohibidos.



Si uno no sabe de artes marciales, de MMA –sigla en inglés de Mixed Martial Arts: artes marciales mixtas–, no va a encontrar en estas peleas nada de marcial ni de artístico. Va a ver una lucha violenta, descarnada, salvaje, entre dos personas que parecen odiarse. Va a ver a dos hombres –o mujeres– pegándose, tirándose al suelo, apoyados contra una reja, dando vueltas en el piso de la jaula. Uno ahorca al otro, le hace una palanca de brazo hasta la posición antes de que se quiebre el codo.

Si uno no sabe de artes marciales, de MMA, quizás vea una pelea teñida de homo erotismo. En los movimientos del jiu jitsu brasilero (movimientos de agarre, llaves y palancas que se hacen en el suelo), va a encontrar variedades de un kamasutra hecho en una jaula, ante cientos de espectadores. El erotismo de dos cuerpos esculpidos, casi desnudos, transpirados, en movimientos que podrían ser del juego previo antes de la penetración.

Si uno no sabe de MMA, pero le gusta la sangre, el morbo, y quiere ver a dos personas golpeándose hasta matarse, quizás se aburra porque nada de esto suele pasar.

Pero, dicen los fanáticos de este tipo de lucha, si uno conoce del tema va a ver un hecho artístico, una disciplina en la que intervienen artes marciales y deportes de combate. Va a poder encontrar –en la madeja de golpes, palancas, carne y sudor– una forma de arte.

Paloma Fabrykant es rubia, cinturón negro (primer dan) en karate shotokan, cinturón azul en jiu jitsu brasilero y una de las voces más autorizadas para hablar del MMA. Promotora de peleadores, comentarista por televisión de los combates en Estados Unidos, difunde esta disciplina que es el segundo deporte más popular en Brasil.

—En la música dodecafónica hay ruidos y ruiditos: no se entiende nada. Pero si la estudiás y la deconstruís te das cuenta de dónde viene cada armonía y de las reglas que el compositor aprendió para romperlas. Esto es lo mismo: si vos sabés de qué arte marcial viene cada gesto, cada movimiento, empezás a ver las diferencias y a apreciarlo desde lo artístico. El MMA es así, una especie de surrealismo de las artes marciales.


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Enrique “Quique” Denegri tiene 40 años. Es grandote, pelado. Hace tatuajes y tiene decenas de dibujos en el torzo, brazos, manos y cuello. Es cinturón negro de jiu jitsu brasilero, practica Muay thai (un arte marcial tailandés que se caracteriza por golpes con rodilla y codo) y da clases. Compitió muchas veces en jiu jitsu brasilero, pero nunca en MMA.

— Me ofrecieron, pero era muy poca plata. No voy a subir a lastimarme por 2 mil pesos.

En un departamento con piso y paredes recubiertas con tatami artificial, en los pocos e intermitentes minutos que deja de controlar a dos alumnos, Quique dice que si se lastima compitiendo se caga la vida. Entre clases grupales y particulares tiene unos 50 alumnos, y no quiere dar las clases sentado por haberse lesionado. Que hay que ser respetuoso con el billete ajeno y que si un alumno le paga para que él le dé clases, él tiene que estar bien y dar la clase.

— ¿Y la fama?

—La fama sin billete no sé si sirve.

Quique está casado y tiene mellizas de seis años. Se levanta a las 6 de la mañana, a las 7:30 empieza a dar clases hasta las 9:30. Después se va desde el gimnasio en Palermo hasta el local de tatuajes en Hurlingham. Sale de trabajar y a las 9 de la noche da la última clase del día. Las clases y los tatuajes son en proporciones parecidas sus ingresos económicos.

Si tuviera que competir empezaría a entrenar 3 o 4 meses antes. Dejaría la coca cola, los asados del domingo, no tendría ni un día libre. Planificaría qué hacer, cuánto tiempo, haría una puesta a punto: un pico de entrenamiento e iría bajando de a poco la intensidad. Además de eso debería pensar en la abstinencia sexual. Uno no rinde igual.

Su rutina también cambiaría.

—Tendría que conseguir un par de sponsors, cortar un par de clases, hacer diez rounds de muay thai, dormir y después ir a jiiu jitsu. Pero no. A la tarde tengo que estar en el local y a la mañana dar clases. No podría.


Es sábado a las 7 de la tarde y en la entrada de este galpón con canchas de fútbol se empieza a juntar mucha gente. La mayoría son chicos de entre 15 y 25 años. Casi todos con jogging y buzo negro con el logo de un gimnasio, de un dojo, de una academia. Algunas chicas, una ambulancia, guardias de seguridad con auriculares y traje negro. La ansiedad serpentea en el aire. Esta noche se hace Conviction 3, un conjunto de peleas de Artes Marciales Mixtas. Las primeras cinco, son entre competidores nacionales; las últimas tres, entre peleadores de Argentina y Perú.

Una mujer morocha, de un metro cincuenta, menuda, de cuarenta y tantos años, le pregunta a un guardia dónde comprar las entradas. El guardia le pide que espere, que todavía no abren las boleterías. La mujer, peruana, vio un afiche en la calle promocionando el evento, pero no sabe cuánto cuesta, a qué hora empieza ni a qué hora termina.

Un joven se acerca al guardia, le dice que es uno de los competidores. Lo hacen pasar.

— Ése es peruano —dice la mujer—. Por la forma de caminar.

Adentro las luces están prendidas. Mil quinientas personas se acomodan alrededor de una jaula hexagonal. Dos pantallas van a transmitir la pelea. La música que inunda el galpón es thrash metal. Un médico, una camilla y un tanque de oxígeno. Sobre la camilla, una caja de herramientas que –suponemos– es un botiquín. Antes de que empiece la primera pelea, programada para las 9 de la noche, se acaban las latas de cerveza en el kiosco. De alguna manera el evento ya superó las expectativas.

Se pagan las luces generales, quedan algunas prendidas. Las rojas. Una máquina lanza humo. Algo va a empezar.


 A principio del siglo pasado el brasilero Hélio Gracie decidió enseñar jiu jitsu, un arte marcial japonés, en Brasil. La disciplina trata de llevar al oponente al suelo y dominarlo con llaves y palancas en distintas articulaciones o con estrangulaciones.  Pero Gracie no sólo enseñó el viejo arte oriental, lo transformó de manera radical: creó una disciplina sui generis aldesarrollar el combate en el suelo.

En 1925 se abrió la primera academia de jiu jitsu brasilero (BJJ, por las siglas en inglés) en Río de Janeiro. La forma de promocionarlo era retando a cualquier competidor, de cualquier disciplina y peso a pelear. La propaganda era buena. Los de BJJ siempre ganaban.

Gracie dijo que  Dios hizo a algunos hombres más fuertes que otros y que esta técnica igualaba o minimizaba esa diferencia. El BJJ seguía sumando algunos adeptos, pero la fama llegó en 1993 cuando en Estados Unidos se organizó una pelea en la que Royce, uno de los hijos de Gracie, retaba a peleadores de cualquier peso y disciplina en un combate casi sin reglas. A pesar de competir contra gente mucho más pesada, que hacía boxeo, tae kwon do y lucha libre, ganó. El evento se llamó Ultimate Fighting Championship, que se podría traducir como Torneo del Supremo Luchador,  el último que queda en pie.

Cuando los competidores de artes marciales y deportes de combate tradicionales veían que no podían defenderse ante el jiu jitsu brasilero, comenzaron a aprenderlo. Los que lo practicaban comenzaron a entrenar para pelear de pie. 

Al principio, en 1993, una de las pocas cosas que no se podía hacer era meter los dedos en los ojos. No había rounds ni tiempo: se peleaba hasta el K.O. o hasta que alguno se rindiera o cayera muerto. Con los años empezó a haber diferencias de categorías, más reglas, equivalencia deportiva (que ambos tengan una cantidad similar de participaciones en competencias), un médico y una ambulancia en el lugar.         

También hay un extenso listado de prohibiciones; hay códigos no escritos de respeto. El árbitro puede parar la pelea cuando uno no puede defenderse o cuando los participantes están tan anudados que no hay acción.Se compite en tres rounds de cinco minutos cada uno. Los competidores se saludan antes y después de la pelea.

El nombre original fue brasilero: “Vale Tudo” cuando valía casi todo. Luego fue Freestyle (estilo libre), porque era libre el estilo de pelea: no estaba regido por un solo arte marcial o deporte de combate. Ahora (y desde hace varios años) se lo llama Artes Marciales Mixtas o MMA.

Si bien el nombre del indica que es una combinación de técnicas, el MMA no es un arte marcial. Según los formalistas rusos, arte era cualquier expresión cuya función dominante sea la estética. “Las artes de la guerra son aquellos sistemas de combate que además de la defensa personal pretenden un fin estético y un desarrollo espiritual. El MMA hoy día tiene más de deporte que de arte, de hecho involucra más deportes de combate que artes marciales, sin embargo hay muchos peleadores que buscan ‘dar un buen espectáculo’ además de ganar”, dice Fabrykant.

El combate se alterna entre la lucha de pie, contra la reja y en el piso. No se detiene cuando un luchador cae. Se podría decir que la pelea ideal es aquella donde las situaciones de combate se suceden de manera continua. Por eso el referí interviene cuando los luchadores se hallan tan anudados que se detiene la acción. Alguien que se especialice en tae kwon do va a pensar dos veces antes de lanzar una patada a un contrincante si sabe que el otro conoce de Judo o Jiu Jitsu y puede aprovechar la situación de desequilibrio para derribarlo. Un especialista en jiu jitsu brasilero va a pensar antes de hacer una técnica para tirar al rival si sabe que éste conoce de muay thai y puede utilizar la rodilla para frenarlo. En un ring de boxeo los contrincantes no esperan patadas, ni rodillazos, ni derribos por eso un boxeador que no domina en lo absoluto el piso es presa fácil de un luchador de MMA. En las Artes Marciales Mixtas uno puede esperar cualquier tipo de golpe o agarre en una amplia variedad de situaciones. El combate se transforma en un juego estratégico y reflexivo en el que hay que pensar y elegir rápidamente entre muchas opciones posibles de ataques y defensas.

Para Sebastián Sampacho, profesor de jiu jitsu brasilero, que también practicó judo y tae kwon do, el MMA en el suelo se parece al ajedrez.

— Cuando sos avanzado, no estás pensando en el primer movimiento, si no en el segundo y el tercero. ¿Viste cuando entregás una ficha porque querés ganar otra? Si te entregan algo, tené cuidado. A la jaula sólo sube gente preparada después de años de entrenamiento. Guido Astengo, profesor del dojo GOA, tiene unos 20 ó 30 alumnos, de cinturón violeta hacia arriba, que entrenan de manera diferenciada para competir. A ése cinturón se llega sólo después de cuatro años de entrenamiento.

Entrar en una pelea es un sacrificio. Hay que hacer dieta, entrenar mucho, y hacer un proceso de deshidratación. Para bajar de peso y entrar en una determinada categoría, unos días antes, casi todos los luchadores hacen un régimen extremo y toman diuréticos. Así logran perder kilos en poco tiempo. Van al pesaje y tienen 36 horas para recuperarlos antes de la pelea. Es comer, comer y comer. Hay que hacerlo bien.

Para el nutricionista Federico Cillo el proceso de deshidratación  puede afectar el equilibrio del cuerpo por la pérdida de líquido y de electrolitos (sodio, cloro, magnesio, potasio).

— Al repetir la deshidratación aparece  un acostumbramiento que a simple vista no parece acarrear muchos inconvenientes.

Antes de subir a la jaula y una vez arriba, no hay miedo al dolor. Dicen todos: a ninguno le preocupa recibir golpes, están acostumbrados.

Guido Canetti, uno de los peleadores más conocidos, tiene miedo a fracasar o a perder, no a los golpes.

Para Quique Denegri el miedo está en lesionarse. Pero a medida que se gana experiencia es más difícil que suceda porque el rival conoce los límites, y si bien todos buscan ganar la pelea también se cuidan de no lesionar más de lo necesario.

— Si te rompen un brazo es porque vos querés que te rompan un brazo, porque vos no te rendiste —dice Sebastián Sampacho—. Un cinturón marrón o negro no te va a romper por romper.


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Hablar de MMA no es fácil. Al principio todos los entrevistados se muestran a la defensiva. La prensa nacional no fue generosa con las Artes Marciales Mixtas: el 10 de marzo de 2010, Franco Lescano, de 30 años, entrenaba con David Salazar. Lescano estaba “trepado con las piernas” sobre Salazar, que lo agarraba del cuello. Cayeron al suelo y Salazar no lo soltó. Lescano cayó con la cabeza y al tener el cuello agarrado se lesionó las vértebras C4 y C5. La lesión cervical lo dejó cuadripléjico e internado durante 21 días hasta que murió. Los médicos dijeron que se había contagiado de neumonía en la clínica. Sin embargo, la información que transmitían los medios era de la muerte de alguien por practicar “Vale todo”. La cuestión de la asepsia en los hospitales no parecía resultar relevante.

Noemí Velardez, la madre del joven que falleció, sólo quiere justicia. Y para ella, Justicia es que el entrenador y el compañero que lesionó a su hijo vayan a la cárcel. Además, cree culpable a la municipalidad por haber habilitado el gimnasio que –ella dice– no tenía las medidas de seguridad necesarias. Para los jueces la imputación sobre David Salazar, el joven de 19 años que entrenaba con Lescano no correspondía ya que si hubo negligencia fue responsabilidad del entrenador. Luego se declaró que no había pruebas suficientes para imputar al profesor Claudio Dinucio como responsable de la muerte de Lescano.

La madre de Lescano dice que el entrenador fue negligente: debería haber detenido antes el entrenamiento, pero que estaba sentado a varios metros de distancia.

Hubo varios proyectos de ley para prohibir el MMA. El que se presentó en la provincia de Buenos Aires fue armado por el diputado Juan Carlos Piriz y plantea que se prohíba en el territorio de la provincia “la modalidad de peleas, luchas o combates denominados Vale Todo, Real Fight, Artes Marciales Mixtas u otros de similar nombre o características, mientras sus prácticas constituyan una flagrante agravación del riesgo de integridad física”.

En su exposición, afirma que se trata un pseudodeporte que al no estar regulado por ninguna federación se presta a la clandestinidad, las apuestas y a la violencia extrema. Por todo esto, dice, se hace necesario que el Estado intervenga mediante su prohibición.

Para fundamentar la necesidad de prohibir el deporte, dice: “Distintos titulares aparecidos en casi todos los medios periodísticos nacionales y en algunos medios extranjeros nos conmovieron profundamente a todos los argentinos, pero muy particularmente a los bonaerenses: primer muerto en Argentina por Vale Todo, la lucha de hombres en jaula.”

En los medios tradicionales suele primar la idea sensacionalista de la muerte en un deporteviolento. El diario La Nación publicó una nota donde dice que las peleas se hacen “en un ring enjaulado para que ningún luchador pueda abandonar”. El dato es falso: cualquiera puede abandonar la pelea (es una de las formas más normales de terminarlas) si da dos palmadas en el ring o en el cuerpo del rival. La reja tiene la función de que no se caigan los deportistas, como sí podría pasar en un ring.

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— La sociedad argentina es muy escrupulosa, tiene muchos prejuicios —dice Gabriel Arnó, el presidente de la Federación Argentina de Deportes de Combate y Freestyle.

En 2004 —seis años antes de la muerte de Lescano—cuando se creó la federación, Freestyle era el nombre con el que se conocía a lo que antes era Vale Todo. Ahora es MMA.

La federación fiscaliza las peleas sólo si el organizador las solicita. Se cobra un canon, se lleva a los jueces, al árbitro, al fiscal. Se controla que tengan los aptos médicos, que haya equivalencia deportiva. Si no, el organizador puede contratar todo por su cuenta, controlar que estén dadas todas las medidas de seguridad, que se respeten las reglas. Tiene libertad para hacerlo, pero en caso de que haya un accidente no tiene respaldo.

Según Arnó, la mayoría de los eventos no llama a la Federación porque se encarece el proyecto y la plata casi nunca alcanza. La mayoría gana muy poco o nada o, directamente, pierde.

Hubo una empresa, Real Fight que hizo ocho eventos y siempre contrató los servicios de la federación. No tuvo el apoyo de los auspiciantes, no logró recuperar la plata y cerró el negocio.

Hasta que haya auspiciantes, televisación, plata para entrenar, los deportistas de MMA, entrenan y trabajan. Los más afortunados –que son los menos– pueden dar clase o tener una academia. Mientras tanto, el resto, trabaja, entrena en el tiempo libre y compite, muchas veces, sin los controles de la federación.


Cuando la luz principal se apaga y la máquina lanza humo, la gente se da vuelta. Desde la jaula, un hombre con un smoking que le queda grande presenta al primer competidor. De un costado, en una diagonal hacia la jaula, se acerca el primer deportista descalzo, short y buzo del gimnasio o academia que representa. Lo siguen el entrenador y dos o tres personas más. Se para frente a un juez y, con las manos ya vendadas, se saca el buzo y la remera. Los deja caer. Se saca el short. Queda sólo con una bermuda ajustada. El juez le toma las manos, controla el vendaje. Le pone los guantes y los ajusta con cinta de embalar de color rojo o azul, dependiendo a qué rincón vaya. Le palpa el torso (aunque el peleador esté virtualmente desnudo) para comprobar que no tenga ninguna sustancia extraña en el cuerpo. Un ayudante le pone vaselina en la cara para que los golpes resbalen. El juez le pregunta si tiene puesto el protector bucal. Le pregunta si tiene un protector inguinal. El peleador asiente.

El primer combatiente sube los escalones y entra a la jaula. Durante casi dos minutos y hasta que suba el rival, se mueve, da golpes al aires.

Con el siguiente competidor se repite el ritual.

Cuando están los dos arriba, frente a frente, el árbitro da inicio a la pelea. Prudentes, los contrincantes chocan sus guantes, último requisito no escrito para que comience la agresión. En ese instante todo pasa del reposo al movimiento. Patadas, bloqueos, trompadas, se agacha para dejar pasar un golpe, toma al otro por las piernas y lo tira al suelo. Lucha por evitar los golpes. Se abraza al rival con piernas y brazos. Anudados; cuesta ver qué extremidad corresponde a cada quien. Por instantes reposan, esperan la jugada del otro, el que está arriba se libera del abrazo, reanuda la ofensiva y a su vez se descuida. Todo sucede en un instante: el que está de espaldas al suelo –en posición de dominado– atrapa el brazo izquierdo del rival mientras pasa sus piernas por su cuello y cintura formando un triángulo sobre el miembro inmovilizado. Piernas, caderas y espalda se tensan en una palanca sobre el brazo de quien recién dominaba la pelea. Ahora lucha desesperadamente por disminuir la tensión que soporta su codo. Sabe que tiene el brazo en una posición de la que no va a poder sacarlo. Que si lo intenta se puede quebrar. Tapea: dos palmadas en la lona y la pelea termina. Tras una pausa los rivales se abrazan.

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Cada pelea es a tres rounds de cinco minutos cada uno. De las 8 peleas de hoy, siete terminarán en el primer round, y una sola completará el tiempo reglamentario y se definirá por voto de los jueces. De las siete que terminen antes, una será K.O., otra K.O. técnico, y las otras cinco terminarán por sumisión. Uno de los peleadores va a rendirse.

La quinta pelea se gana por una llave en el cuello. El que está siendo asfixiado da las dos palmadas y se desmaya. Entran a la jaula el médico, entrenadores, y junto con el árbitro lo ayudan a reanimarse. Son segundos, quizás un minuto. Cuando el luchador se levanta, el público aplaude eufórico.

Un rato más tarde, la pelea principal de la noche. Para el público no está en juego la rivalidad entre gimnasios o el puro gusto por el combate sino además el orgullo nacional. Se enfrentan Jack Guzmán de Perú y Guido “el Ninja” Canetti de Argentina.

Guzmán sube primero a la jaula. Cuando se lo ve a Canetti parece más fuerte y pesado que el peruano. En la fecha del pasaje, tres días antes, sólo había cinco gramos de diferencia entre ambos a favor de Canetti. Así como sucede con la construcción de un bólido de carreras, el entrenamiento de un luchador pone en juego un conjunto de saberes y tecnologías que tienen por objeto a esa máquina que es el cuerpo. Para Guido Astengo no se trata de una persona sino de un equipo: “trabajan con nutricionistas, médicos deportólogos, traumatólogos, cirujanos”.

Quizás Guzmán piensa que es pura apariencia mientras mira subir a su oponente al ring. En ocasiones es posible esperar que la técnica minimice, iguale y hasta venza a la fuerza. Pero Canetti también domina en cuanto a experiencia y, además, juega de local.

El referí llama a los peleadores al centro del hexágono. Cumplidos los últimos ritos y precauciones comienza la pelea. Trompadas, patadas, llaves, intentos de golpes y Guzmán cae por una trompada de izquierda en la mandíbula. Canetti al verlo desplomarse se abalanza sobre él, pero es evidente que su oponente esta Knock Out. El árbitro interviene, agarra a Canetti por la cintura y lo aparta de su rival. En seguida se comprende por qué al peleador argentino le dicen “el ninja”. Corre hacia la reja, se trepa al travesaño, saluda al público y salta hacia afuera. Desaparece corriendo hacia el camarín. Para el momento en que se pierde de vista su contrincante Guzmán ya se recuperó. Sin embargo, el Knock Out está decidido.


Llueve mucho. Cerca del mediodía, Quique Denegri espera clientes para tatuar en su local Hurlingham. A la mañana estuvo entrenando alumnos en Palermo y ahora dedica el resto del día a su otro oficio.

Cree que para ser bueno en Artes Marciales Mixtas no influye la personalidad. Todo es cuestión de disciplina. Tampoco hace falta ser agresivo porque no hay nada personal con el que está al frente. Lo que sí hace falta es dominar alguna forma de pelea en el suelo, como el jiu jitsu brasilero, y otra para hacerlo de pie.

Un televisor prendido muestra un partido de tenis de las olimpíadas. Cada tanto entra algún cliente y Quique, todo amabilidad, atiende, da un turno. Cuesta imaginar a este hombre de dedos gruesos y 120 kilos, dibujando sobre el cuerpo de alguien. Es extraño ver al mismo hombre luchar con rudeza, tatuar con paciencia y precisión.

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— ¿Encontrás alguna relación entre el tatuaje y el MMA?

—Algunos digan que es una autoflagelación, tatuarse es embellecer el cuerpo. Con el MMA o con entrenar fuerte pasa lo mismo.

No puede decir cuántos tatuajes tiene porque hay algunos mezclados. Llegado cierto punto, se habla de porcentajes. Él tiene entre el 60 y el 70% del cuerpo tatuado. En el cuello se distinguen dos estrellas, en los dedos de una mano dice “hate”, en los otros “love”. Está la fecha en la que falleció su papá, el nombre de su mamá y de sus hijas. Tiene escrito jiu jitsu en japonés y en castellano. Son muchos los que apelan a tatuajes de la academia o del arte marcial que practican. Como en tribus donde el tatuaje representaba el universo simbólico al que uno adscribía, tatuarse sigue siendo un modo de pertenecer. Un modo de recordar siempre quién es uno, de dónde viene y dónde quiere estar.

Sebastián Sampacho, profesor de jiu jitsu brasilero y MMA, tiene 40 años y ningún tatuaje. Ahora quiere tatuarse un samurái y un dragón. El primero, por los códigos que representa: el compañerismo, la amistad; el dragón como símbolo de fuerza y voluntad. El tatuaje le ocuparía casi toda la espalda.

El tatuaje se ve más en deportes de combate que en artes marciales tradicionales. Lo que casi siempre queda tatuado es el nombre del arte marcial, del deporte o de la academia a la que pertenecen. Otras veces son símbolos: un samurái o el famoso pez koi que sube por la cascada.

Cuando alguien entra a su local por un tatuaje, Quique lo tatúa. Es el trabajo. Pero con las clases de jiu jitsu brasilero o de MMA no es igual: si no hay buena química con un alumno le pide que no vaya más.

Dedica quince horas por día a sus dos oficios que son sus dos pasiones. Con una rigurosidad marcial entrena, enseña, tatúa. Son dos trabajos que en sus orígenes salieron de las sombras, del tabú.

— Estás en medio de dos oficios un poco mal vistos.

— Sí, debe ser mi propio estigma tener estas dos mierdas que me gustan. Por suerte a las peleas ahora las transmiten por Fox y Space. Y que los tipos con plata como (Marcelo) Tinelli o (Ricardo) Fort se hayan dibujado también ayuda. La caja boba nos rige mucho, ¿no?


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