En su departamento de Barrio Norte, Gudrum María Franziskca Huberta Von Thielmann tiene cientos de obras acumuladas con estética de saturación. Algunas personas de su misma clase podrían creer que es kitsch, otros pensarían que así se construye el buen gusto. “Dudú”, como la llaman, no se considera una excéntrica aunque representa un tipo particular de coleccionista. En un mercado de arte sin políticas públicas firmes, ella funciona como un motor de artistas emergente. Los objetos que atesora, dice un coleccionista, la construyen como personaje y le sirven, también, para valorizar su Fundación.



Al volver del baño, el hombre le preguntó:
—¿ De quién es ese cuadro que tenés colgado frente al inodoro?
Y Gudrum María Franziskca Huberta Von Thielmann, “Dudú”, dijo:
—De un artista turco de los años 70. Me costó veinte dólares.
El hombre, que era turco, le comentó que esa obra era muy buscada por un coleccionista de su tierra. Le propuso, por qué no le sacaba una foto y se la mandaba.
Dudú lo hizo. Y, excéntrica, fina, audaz, con un gran instinto por la calidad artística, según dice, la vendió en miles dólares.


Dudú entra al barrio joven de arteBA, la muestra de arte más importante de la Argentina, toma una copa de champagne y saluda. Se mueve cómoda, con la postura natural que tienen las señoras elegantes pero sin el acartonamiento que puede verse en otras personas que andan por ahí. Mira los stands con curiosidad, busca a los artistas, habla con ellos. Dice que volverá. Y vuelve, una, dos, tres veces hasta que en algún momento se detiene frente a una obra neo art que la emociona. Se ve identificada, siente una mezcla de adrenalina y dolor en la panza; un síntoma que reconoce y sabe, no se irá si aquello que está frente a sus ojos no pasa a ser suyo. Entonces la compra. 
Vive en un departamento en Barrio Norte en el que acumula más de mil obras de arte. Obras que están en las paredes, los techos, dentro de los baños, apoyadas en el piso, o afuera, en los balcones. Son pinturas, esculturas, fotografías, instalaciones que se mueven, estructuras neo art que encandilan o columnas intervenidas. Obras de artistas como León Ferrari, Marta Minujin, Le Parc, López Armentía, Stupia, o García Uriburu. No las vende; dice que compró muy barato.
—Over the years me di cuenta de que tengo un buen ojo y que las cosas que he comprado han subido de valor, por eso ahora estoy haciendo una lista de todo lo que tengo para mis chicos, porque no creo que ellos quieran seguir viviendo con todo esto. 


A las cinco de la tarde de un martes, Dudú, de pelo corto plateado, ojos bien claros y rasgos anglosajones, está sentada en uno de los sillones de su living. Toma café Nespresso y ofrece masas secas. Frente a ella hay una mesa de vidrio, con parte de la colección de novecientas representaciones de manos hechas de marfil, madera, piedra y metales. Símbolo de protección de la cultura árabe, que el museo Jeu de Paume de París ofreció comprarle pero que ella no aceptó. También, alguno de los libros publicados por Ediciones Larivière, una de las pocas editoriales argentinas que publica trabajos fotográficos de la que ella es fundadora junto con  Jean Louis Larivière, socio y amigo con el que suele ir a muestras, ateliers, cenas y viajes. 
Hija de un barón, que era primo de la familia real de Inglaterra,  pasó su infancia en un castillo en Bavaria, Alemania, hasta que a los 21 años, en una fiesta en Munich, conoció a otro barón- Hubertus Von Thielmann- un hombre que, lejos de los castillos de la realeza, había estudiado comercio exterior en Hamburgo y era el responsable de abrir nuevos mercados en países subdesarrollados para la compañía farmacéutica y de productos químicos alemana, Hoechst. Esa noche bailaron juntos y él, sin darle ni un solo beso,  la invitó a visitarlo en Beirut. Ella, sorprendida por la invitación pero cautivada por el sentido del humor y la sabiduría del barón, fue y a los pocos meses se casaron y tuvieron dos hijos: Florian y Constantin.  Enviados por la empresa donde trabajaba su marido, que murió en 2012 tras sufrir cáncer, los Von Thielmann  vivieron en Egipto, Irán, Turquía, el Cairo, El Líbano y por último en Buenos Aires. 
Desde entonces Dudú pasó a ser un agente fundamental para el crecimiento del arte en Argentina. Apoya a jóvenes que están comenzando con su carrera artística. Lo hizo con Carlos Regazzoni en los 80′, recomendando su obra en toda reunión social cuando nadie lo conocía; con Guillermo Kuitka en 2002, llevándolo a exponer a Berlín, gracias a su amistad con el alcalde de la ciudad europea y ahora con Eduardo Basualdo. Además es socia de Nueva Editorial, del dibujante Ricardo Siri, Liniers, parte del comité Internacional de ArteBA y todos los años organiza torneos de bridge en las embajadas y eventos a beneficio para la Fundación de Esclerosis Múltiple Argentina (EMA) de la que es fundadora.
—Empecé a comprar arte en el año 71, cuando tenía 26 años y vivía en Estambul. No me preguntes por qué, pero ahí, en los bazares, compré por veinte, treinta dólares cosas que me gustaban. A mi marido le gustaban menos porque de a poco llené todas las paredes. Nada muy dramático en ésa época.
En algún cajón de este departamento sobrecargado de objetos hay una foto guardada donde se ve a Dudú junto al artista argentino Carlos Regazzoni. Es 1982 y la fotografía fue tomada en un pequeño taller, en los galpones ferroviarios que el artista argentino que comenzó como linyera ocupa detrás de la Villa 31. Allí compró su primera obra argentina. Una noche en la que un amigo la llamó y le dijo: “Dudú, acá hay un hombre que es muy talentoso, porqué no venís a ver”. Ella, curiosa, fue a tomar unas copas de vino y algo de la estética y del ambiente bohemio del lugar la cautivó.
—En aquellos años había muy poca gente comprando arte contemporáneo argentino. Estaba Eduardo Constantini, Ricardo Esteves, de quién compré mucho cuando se orientó hacía el arte más abstracto, y  Carlos Pedro Blaquier (uno de los mayores coleccionistas en el país, imputado por presunta participación en secuestros y otros delitos ocurridos en la última dictadura militar) pero ellos coleccionaban sin una línea lógica. No había ferias, ni grandes eventos de arte. Imaginate que ArteBA solo tiene 23 años.
El coleccionismo privado de arte empezó como una práctica aristocrática de la elite dirigente en la Argentina a fines del siglo XIX y casi siempre terminaba con su donación, por ejemplo, al Museo Nacional de Bellas Artes, con la idea de contribuir al desarrollo de la alta cultura en el país. Mariana Cerviño, Becaria del Conicet, en su trabajo No, yo tampoco. El amor al arte, probablemente. Notas sobre el coleccionismo de arte contemporáneo argentino, explica que en aquel entonces los espacios de consumo de arte eran lugares de sociabilidad, donde se encontraba la elite y los aspirantes a pertenecer. No parece algo muy distinto a lo que pasa hoy. Pero a fines del siglo XX, sobre todo en la década del 90, apareció un nuevo coleccionismo de banqueros o empresarios que destinan parte de sus ahorros a la compra de obras contemporáneas, guiados por sus gustos personales y la adaptación de esas obras a su vivienda particular.
En los 90 también se sumaron otros al esquema clásico de elite: algunos de los más importantes fueron Amalita Lacroze de Fortabat y su nieto Alejandro Bengolea, Nelly Arrieta y Carlos Pedro Blaquier, Eduardo Constantini, Jorge Helft y Mauro Herlitzka.


Cristina Carlisle además de ser una de las mejores amigas de Dudú es la representante en la Argentina de la casa de subastas internacional Christie’s. Cristina lleva un look parecido al de todas las ejecutivas exitosas que almuerzan en hoteles cinco estrellas del micro-centro: tallieur, stilettos, pañuelo de seda, pelo carré y un cuerpo estilizado. Estudió historia del arte, museología en París y por 18 años escribió en la sección Art News del New York Times. Cristina conoce a todos los grandes compradores de arte en Argentina. Su trabajo consiste en ir a casas y departamento a tazar obras, vender, comprar y conectar a sus clientes con especialistas de Hong- Kong, Berlín o Nueva York. Conoció a Dudú en Francia, en los años 70, por amigos en común. “Después, cuando vino a vivir a Buenos Aires nos reencontramos y nos hicimos muy amigas. Ella es un personaje muy especial, divertida, con un poder de convocatoria como ninguna otra persona que yo conozca. Las largas cenas en su casa son famosas en el ambiente”, dice mientras toma un té, sentada frente a una mesa en un bar boutique a la vuelta de su oficina. Cristina Carlisle, sin dar nombres, como si esa información fuera sólo para elegidos, gente especial, “gente como uno”, confiesa que existen más coleccionistas en el país de lo que se cree. Y que Dudú es un referente, no tanto por su colección, sino por sus contactos y conocimientos de arte contemporáneo.


Las famosas comidas en lo de Dudú las prepara Marta, la ama de llaves que hace más de 30 años trabaja en la casa de los Von Thielmann. Muchas veces es ella quien se encarga de llamar por teléfono a los amigos galeristas, artistas o coleccionistas de su jefa, para agasajarlos con goulash o risotto y abundante vino tinto. El fotógrafo Marcos Zimermann, cuenta que una de las tantas veces que cenó en la casa de la baronesa, comió con el embajador de Francia y una pareja de jóvenes músicos que Dudú había conocido esa misma tarde, cuando tocaban en una de las calles del Abasto. “Ella es la personas más generosa que yo conocí en mi vida. Si viene a mi casa y se va en taxi, estoy seguro de que al otro día el taxista estará cenando en su casa también”, bromea Zimermann.

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En este departamento, una vez por año, se organizan algunas de las reuniones privadas para los visitantes internacionales de ArteBa. Cada vez es más frecuente que los coleccionistas que conviven con sus obras, abran sus casas como espacios de exhibición. Las razones son filantrópicas y marketineras: entre empanadas de carne y copas de champagne, los anfitriones generan consensos y promocionan a sus artistas. Estos encuentros en lo de Dudú son para 12 o 14 personas: directores de museos, galeristas o coleccionistas extranjeros, que sin mucho lugar para moverse, hablan de arte y exposiciones pero nunca de dinero.


Aunque no haya estudios cuantitativos sobre el coleccionismo en el país, según los artistas plásticos consultados, se calcula que existen alrededor de 40 coleccionistas activos que compran, venden y acumulan obras de arte argentino. De ellos, solo 15 buscarían asiduamente arte contemporáneo. Sin embargo, en los últimos años han aparecido nuevos actores en el campo artístico que se animan a entrar en el mundo del arte. La mayoría son jóvenes profesionales con carreras ascendentes, herederos millonarios o nuevos ricos.
—A (León) Ferrari, que tengo uno ahí abajo, después te muestro, le compré un cuadro a dos mil euros, que en ese momento me pareció so expensive y hoy me ofrecen doscientos mil dólares. Pero yo no vendo Latin American Art. De argentinos, uruguayos o chilenos no vendo nada —dice Dudú, con un ligero acento alemán. Habla sentada en el living de su casa, decorada con una estética de saturación que para muchos puede ser kitch y para otros la construcción del buen gusto. Es tanta la obra reunida en esos cuartos que contrató a una persona para registrar cada obra con nombre, fecha, autor, precio, porque “hay que guardar todo”.
—¿Dónde buscás a los artistas que aún no son tan reconocidos?
—Voy a Espacio Forest, en Palermo, a la galería de Naty Sly o a Miau Miau, aunque donde más me gusta ir es a los talleres y conocer al artista en su ambiente, como en el Open Studio de Ricardo Rozemblum. Allí conocí a Eduardo Basualdo que hace tres años nadie sabía quién era y ahora está exponiendo en Berlín.


BSM Art Building queda en una ex fábrica de tanques de oxígeno en el Barrio de Once. Por fuera el edificio de techos altos y paredes despintadas parece abandonado. El propietario es Guillermo Rozemblum que, a cambio de obras, les da a futuras promesas del arte un espacio para trabajar. Aquí crean Las Conchetinas, Oligatega Numeric, Provisorio Permanente, Nicanor Aráoz, entre otros. Y aunque muchas veces no haya luz ni agua, a la noche, cuando se hacen los “Open Studios” un guardaespaldas vestido con traje oscuro da la bienvenida en la puerta de entrada y cuida que ninguno de los manteros de la zona se confunda y entre a la exclusiva muestra de arte que nunca sale publicada en los medios. En este lugar, subiendo las escaleras hasta el segundo piso, Eduardo Basualdo, artista plástico, ganador de la beca Kuitka 2010, tiene su taller. Sentado frente a una mesa de dibujo con bocetos de obras que todavía no hizo, cuenta que el ambiente en la Argentina lo sostienen las clases altas. “El estado todavía no pone un peso y eso nos vuelve muy dependientes de ideologías únicas. Ese grupo pequeño es quien banca hoy nada menos que la historia del arte local”.
Existen distintos tipos de coleccionistas: los que acumulan y guardan, los que renuevan constantemente y venden, los que exponen y dejan todo a sus hijos. Hay colecciones en movimiento, estáticas, privadas y públicas. Están aquellos que coleccionan varias obras de un solo artista y otros que compran un solo ejemplar de cada uno. Pero la alianza entre artista y coleccionista es fundamental para cualquier argentino que esté comenzando una carrera y quiera vender su obra. “Para poder instalar el arte contemporáneo de nuestro país fuera del territorio son necesarias redes y personajes, como Dudú, que se convierten en un agente fundamental. ArteBA, que es el espacio de mayor visibilidad de arte contemporáneo del país, es dirigido, entre otros, por Facundo Gómez Minujin, (hijo de Marta Minujin y Presidente regional del banco J.P Morgan), la Sociedad Rural y muchas de sus reuniones privadas son organizadas en la casa de Dudú,” dice Basualdo.


Es 1987, la empresa donde trabaja el barón Von Thelmann destina al empresario al Extremo Oriente pero Dudú decide quedarse en Buenos Aires. Dejan su casa quinta en Las Lomas de San Isidro y se mudan a un departamento en Recoleta. “Ese año que mi marido se fue pude hacer locuras, empecé a comprar mucho, aquí, en Chile, en Uruguay”, cuenta. Ese mismo año, también, la casa de remates Sotheby´s le ofreció ser la representante en Argentina de arte latinoamericano. Esto implicaba entrar en el negocio: comprar, vender, ser el nexo con otras partes del mundo. Y a pesar de que nunca antes había trabajado, aceptó. “A mí la idea me fascinó. Recuerdo estar estudiando con catálogos, tapando los nombres para aprender de memoria de quien era cada obra”, cuenta Dudú. Pero sus constantes viajes, acompañando a su marido por Birmania, Japón o Filipinas hicieron imposible continuar con su trabajo en la casa de remates internacional y decidió renunciar.


Carlos, que prefiere no decir su apellido, tiene 68 años, es agente de bolsa, vive en San Isidro y es socio del Náutico. En el living de su casa, entre otros cuadros, tiene colgada una obra del artista argentino Quinquela Martín. Dice que la compró porque le gustó, porque es un lugar más donde invertir su dinero. A Carlos no le interesa fomentar nuevos artistas ni comprar obras de personas que nadie conoce. Tampoco ir a eventos de moda ni muestras de fotografía. A Carlos le interesa que su casa esté decorada con buen gusto y que el día de mañana esa obra (y otras tantas que guarda en el altillo) pueda venderse a un mejor precio de lo que la compró. Sabe quién es Dudú, la conoce por su trabajo en la Fundación de Esclerosis Múltiple y opina que los objetos que la baronesa atesora en su casa la construyen y le dan valor a ella como personaje. “Eso es importantísimo para personas que buscan fondos en instituciones y fundaciones”, dice.
El nexo entre arte y ONGs es visible. En 2006, por ejemplo, la exposición Cow parade desparramó a este simpático animal por distintos puntos de Buenos Aires durante tres meses. Cada animal fue concebido por distintos artistas. Finalmente, las vacas se subastaron y la recaudación fue donada al Instituto Leloir y la Fundación de Dudú, EMA. En una nota publicada el 29 de junio de 2006 en el diario La Nación, Alicia de Arteaga escribe: “Solo el imbatible espíritu de la baronesa bávara Dudu von Thielmann, integrante de la comisión directiva de EMA y organizadora del Cow Parade, y de Fernando Echagüe (Fundación Leloir), hizo posible la extraordinaria recaudación del remate”. Se superaron los cálculos más optimistas: las vacas se vendieron a un promedio de 18.000 pesos cada una.

Gente como Carlos, no se ve en la inauguración de la muestra de los fotógrafos Diego Alezandre y Estefania D Esperies. Hoy, en el Centro Cultural Borges, solo hay gente con perfil alto. Están los actores Mike Amigorena, Julieta Cardinalli, Miuki Madelaire, el relacionista público Wally Diamante y cinco minutos después llegarán Jean Louis Larivière y Dudú Von Thielmann. Ella, con sweter y aros rojos, él con saco cruzado, corbata y pañuelo también rojos, saludan amigables y con una copa de vino en la mano, se quedan veinte minutos en la recepción, rodeados de invitados, felicitan al artista y se van, apurados, a un concierto de tango.
Susan Thornton, en su libro Siete días en el mundo del arte (2008, Edhasa) , explica que a los miembros de ese universo les resulta de especial importancia coleccionar por motivos “correctos”. Entre los motivos “aceptables” están el amor al arte y el deseo filantrópico de apoyar a los artistas. Los coleccionistas establecidos detestan a los trepadores sociales que solo piensan el arte como inversión. Lo importante, para cualquier coleccionista de arte contemporáneo, es ser los primeros en visitar el taller de un artista, los primeros en comprarle obras y los primeros en exhibirla. Así formarán parte de su vida y del camino profesional que tomarán. Es un compromiso mutuo: los artistas emergentes primero muestran sus obras a los coleccionistas atentos a su trabajo y después las exponen en público. Esto significa que muchas veces en las Ferias como ArteBa, las obras exhibidas estén reservadas antes de la inauguración.


El hijo mayor de Dudú, Florian, llega a la casa quinta de Jean Louis Larivière en un Renault break viejo. Aquí tiene su consultorio privado de osteopatía y es dónde su madre guarda la colección de arte popular. La casa, de una sola planta rodeada de un jardín que ocupa casi toda la manzana de un barrio residencial en Zona Norte, está decorada con máscaras mexicanas, plumas brasileras, objetos de barro peruanos y fotografías argentinas. Los desnudos de Marcos Zimermann en la cocina o el retrato de Mirtha Legrand con el ex presidente Carlos Menem del fotógrafo Marcos López en el pasillo, son algunas de las imágenes que se ven antes de pasar al living y el comedor. 

—La curadora que está categorizando todas las obras de mamá todavía no vino a esta casa. Falta pensar que evolución va a tomar eso, si conviene tenerlo todo colgado, o hacer algo para que pueda acceder el público, no sé —dice el hijo mayor de Dudú, de 42 años, con un acento extraño, entre alemán, español e inglés.
Florian nació en Turquía y después de terminar el secundario en el colegio pupilo St. George´s College de Quilmes, hizo el servicio militar en Alemania, vivió en París, estudió comercio exterior en Hamburgo, consiguió su primer trabajo en Rusia y terminó en Ibiza, desde donde trabajó para una marca internacional de motos de Rally. Volvió a la Argentina hace cuatro años y sin estar muy seguro de qué hacer, se instaló en el departamento de su madre para cuidar a su padre enfermo y estudiar osteopatía. Ahora atiende a no más de cinco pacientes por semana en su consultorio de Palermo, y hace pocos meses se anotó en un curso de sanación pránica en la Universidad del Salvador.
–¿Cómo es convivir con una madre coleccionista?
—Ella aumentó el caudal de arte cuando nosotros ya nos habíamos ido de la casa. Yo creo que es algo medio compulsivo, no es muy normal. A veces pienso, ¿a dónde va su viaje?, ¿para qué tanto?, porque… ¿qué es acumular? Si pensamos un poco tiene que ver con algo que no podés soltar del pasado. Hoy ya me cuestiono qué vamos a hacer con todo esto. La primera medida que tomamos con mi hermano este año fue emplear a una curadora para que haga un stock con un programa que trajimos de Suiza especial para colecciones privadas y así tener todo catalogado.

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Con su hermano Constantin, radicado en Viena, se encuentran en Punta del Este. En la misma casa frente al mar que en 2008 les alquiló Ralph Lauren, la familia pasa las fiestas cada año. Era el lugar preferido del Sr. Von Thielmann, quien ocupaba sus días entre la escritura y el golf mientras su esposa iba a muestras, inauguraciones y organizaba cenas con amigos que veranean en la misma costa uruguaya.
—Recuerdo ver gente que llegaba a las ocho de la mañana con una botella de champagne en la mano porque sabía que era una casa que siempre estaba abierta. Igual, generalmente, ella se queda hasta el 20 de enero y después viaja a Francia o a algún lugar exótico. Pero mi padre se quedaba todo el verano, hasta marzo —cuenta Florian.


En 1992, Dudú y Jean Louis Larivière, conocido coleccionista de fotografía Latinoamericana, crearon Ediciones Larivière y publicaron el libro de fotografías  Estancias Argentinas. Le siguieron Jardines Privados de Buenos Aires, Puerto Madero y Grandes Residencias de Buenos Aires, entre muchos más.  

—La mayoría son libros de fotografía porque creemos que si no lo hacemos nosotros va a faltar una documentación. No son libros que se vendan muy bien porque ¿cuántos coleccionistas de fotografía hay en la Argentina? Muy pocos y con el gobierno que tenemos es muy difícil sacarlos del país así que estamos en un momento complicado —dice Dudú.
Hoy la editorial cuenta con la publicación de los trabajos de artistas como Sara Facio, Adriana Lestido, Marcos López, Marcos Zimmerman, Gaby Messina o Facundo de Zubiría; y desde 2011, junto con el dibujante Ricardo Siri, Liniers y su mujer Angie Erhart Del Campo crearon La Editorial Común donde publican novelas gráficas de escritores y dibujantes argentinos.
En un mail, Liniers describe a su socia: “Cuando la conocés te queda prendida al cerebro, es imposible que pase desapercibida. Creo que su pasión por la vida queda explícita ante su pasión por el arte. Necesita vivir cosas nuevas constantemente como viajar, ver, conocer y el arte es un medio perfecto para el que necesite eso”.


Después de terminar su Nespresso, Dudú se para y dice: “Vení, vení que te muestro”. Y entusiasmada comienza a recorrer la casa, encendiendo luces y abriendo puertas. Es poco el espacio que queda para caminar. A donde uno mire hay libros, marcos, lienzos, fotografías, ilustraciones, vasijas, cuencos, plumas, tejidos y muebles que generan un clima de decoración neohippie. Son tantas las obras expuestas una al lado de la otra que todas juntas crean una estética de saturación única y particular. ¿Cuántas horas de trabajo y dedicación se necesitan para comprar todo esto?, ¿cuántos países, talleres y artistas hay que conocer y recorrer para cubrirlo todo y no dejar ni un solo lugar blanco en la pared? Los textos más teóricos sobre el coleccionismo relacionan esta actividad con los conceptos de permanencia y finitud. Las colecciones siempre sobreviven al coleccionista. En el psicoanálisis, por ejemplo, la actitud de acumular obsesivamente objetos, es la forma que los coleccionistas encuentran para defenderse de la muerte. Tener todo ese material, dice su inconsciente, los protegería contra la pérdida.
—Esta columna es de García Uriburu, todo el mundo la quiere porque él no vende más; esta es de Eduardo Basualdo, es un huevo con luz que me encanta, pará que la enciendo; esto es de Nicola Constantino ¿la conocés?, acá tenés a Marcos López, esta foto nunca se vendió en Argentina porque a la gente le daba shock.
En la imagen que ocupa toda la cabecera de su cama matrimonial se ve a un hombre recostado con el pene sobresaliendo del calzoncillo. La foto es una versión de “La buena fama durmiendo” de Álvarez Bravo, de 1938.
—Cuando la compré Marcos me dijo: “Vos sos la única que se animó”. Y años después se vendió en Nueva York, en todos lados. Yo la quería en el living… pero bueno. Acá en el balcón, vení, vení, ¿ves? —Dudú sale al balcón y señala con el dedo al techo— Eso es Liniers, lo compré cuando él lo quería vender por pedacitos pero yo le dije no-no-no, me lo vendés todo o nada. A él lo conocí por su suegra, Cristina Erchart del Campo que trabajaba conmigo en EMA . Esto que está acá lo compré ahora en el barrio joven de ArteBA, creo que lo pagué ocho mil pesos, es de un artista tucumano que no se cómo se llama pero me encantó, esto es pará, pará, quedate ahí, no pases, esperá —dice y camina hacía el balcón del departamento lindero, enciende una gran estructura con forma de arco, cubierta por lamparitas rojas que titilan y lo iluminan todo- los sillones con sus mantas tejidas a mano y almohadones multicolores, las macetas pintadas de fuxia, las esculturas en hierro y las figuras de dos parejas de hombres abrazándose, realizadas con luces de neón.
—Podés creer que desde que puse esto afuera me llaman del Palacio Duhau, que está ahí enfrente, porque sus clientes piensan que es un night club y quieren subir.
Al poco tiempo de mudarse al edificio, Dudú compró el departamento de al lado y unió los dos balcones. Lo hizo para que allí se instalara su marido cuando se jubiló y cada uno pudiera tener su espacio.
—Al principio a él la idea de vivir en dos departamentos le pareció un poco complicada pero al final me dijo “ok, yo me instalo acá, pero vos no me invadís con tus obras”. Pero yo, cada vez que él se iba a jugar al golf, tac, tac, tac, clavaba un cuadro.
Entrando por la puerta-ventana del departamento donde vivió el Sr. Von Thielmann, se ven otros livings, otros dormitorios, otros baños y más obras de arte tapizándolo todo.
—Acá tengo a Antonio Seguí, de los años 60, que el año pasado vino a visitarme y se sorprendió cuando lo vio porque no sabía que lo tenía yo. Esto acá al lado es de López Armentía y esto, que está apoyado, es de Marta Minujin que lo tendría que poner afuera o no se, hay que ver.
En un ámbito en el cual hay que tener cierta sensibilidad por lo material y ojo para reconocer cuales son las obra sintomáticas de un artista, Dudú prefiere el arte de los vivos, el arte de su época y piensa que el arte contemporáneo en América Latina es interesante porque todavía es “barato” y de muy buena calidad.
-Creo que hay un futuro próspero para los artistas argentinos emergentes. Yo compré obras por doscientos o trescientos dólares que hoy están a cincuenta, sesenta mil dólares. Por eso cada vez hay más jóvenes que empiezan a coleccionar, cosa que antes no pasaba. Latin American Art está por despertarse. El mundo entero está mirando hacia acá porque la gente se da cuenta que las obras son fantásticas y están a mitad de precio que en Nueva York o en el Extremo Oriente.
Ya son las siete de la tarde y Dudú dice que tiene que prepararse para salir. Unos días después de la entrevista viajará a Europa y se quedará allí cuatro meses. Visitará a su hermana en el castillo de Baviera, a su hijo Constantin en Viena, pasará por París y presentará en Alemania la última novela que escribió su marido antes de morir. Después regresará a Buenos Aires, irá a distintas muestras, exposiciones, ateliers y seguirá viajando con Jean Louis Larivière en busca de nuevos artistas, para agregar obras a su colección, aunque ya no le quede mucho espacio y no sepa dónde ponerlas.


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