El acceso de las mujeres a la tierra es problemático. Su interés por el campo suele ser deslegitimado: mecanismos jurídicos, políticos y culturales operan en su “tutelaje” e invisibilización. Por eso, que Dolores Etchevehere haya tomado posesión de las hectáreas que considera propias para desarrollar un proyecto agroecológico -y en el suelo más rico del país-, desconcierta. Johana Kunin analiza el lugar simbólico del género para habilitar enunciados, los repertorios de cuidado de las mujeres rurales y su inercia de poner el cuerpo, en público, en la primera línea.



Fotos: Telam y Barricada TV

 

 

Dolores Etchevehere es periodista. La mandan a hacer una nota. Llega hasta una tranquera, registra el testimonio de un grupo de mujeres. Las señoras están desesperadas, parecen panteras: cantan el himno, rezan el Ave María, sostienen una bandera argentina, denuncian que la crisis pone en riesgo sus patrimonios, impiden remates judiciales. El campo que seguramente un bisabuelo italiano desmontó -literal- con sus manos, terminó lleno de deudas con olor a neoliberalismo hipotecador. La prepotencia de los ´90 armó estos grupos espontáneos de mujeres que crecieron con pollitos en el patio de sus casas, yendo al campo sentadas en la parte de atrás del tractor,  levantándose en enero con el sol y acunándose con el sonido de los silos en el silencio nocturno de sus pueblos. 

 

Hoy Dolores Etchevehere tiene la edad de aquellas chacareras que la apoyan desde el Movimiento de Mujeres Agropecuarias en Lucha. A pesar de los años, recuerdan perfectamente aquella entrevista. La ex periodista está en la tele y es la noticia. Se metió, con su tierra, en un proyecto que problematiza el modelo social de portación de clase, el modelo patriarcal de administración de bienes, los valores de la Sociedad Rural y el modelo nacional agropecuario basado en los agronegocios. 

 

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Levanta una bandera blanca y celeste con franja colorada. Un grupo canta y la rodea formando un círculo en la zona arbolada de un campo. Ella tiene una sonrisa cansada, satisfecha, anonadada. Se siente sola y se siente apoyada por su “nueva familia”. Le corre una sensación de extrañeza, como cuando conocés a parientes lejanos, esos que viven en otra provincia o en otro país. Los une un cariño aún no cultivado pero con ansias de futuro; cariño al fin. 

 

“Y los libres del mundo responden…”. Ella sigue erguida, como en otro plano y al mismo tiempo bien presente. Entera y en carne viva. Uno de ellos mira el celular y grita: “¡No hay desalojo!”. Todos reaccionan: “Vamoooss”, exaltados como si jugaran la final del mundo. La levantan en andas. 

 

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“No son gente de campo. Son gente con campo”, traducen algunos noticieros cuando transmiten el culebrón familiar que despertó su decisión. Dolores Etchevehere pertenece a una de las familias más poderosas y ricas de Entre Ríos. Lleva 11 años reclamando judicialmente lo que considera su herencia. Se cansó de esperar. Por eso desde el 15 de octubre realiza una posesión pacífica de una parte de sus bienes junto al resto de los miembros del flamante Proyecto Artigas, que recibirá el 40% de lo que a ella le corresponde y lo utilizará para la producción agroecológica, la antítesis del modelo de desarrollo hegemónico del campo argentino.

 

Por eso esta mañana, cuando se levantó, Dolores tampoco pudo cruzar la tranquera: apostados en la entrada del campo, sus tres hermanos -uno de ellos, ex Ministro de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación y ex presidente de la Sociedad Rural Argentina-, su madre y varias decenas de ruralistas siguen rodeando el campo. La acusan de usurpadora. La justicia rechazó el pedido de desalojo y dispuso medidas de protección en base a la Ley de Violencia de Género que prohíbe a la familia acercarse al casco del establecimiento rural. 

 

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La historia de Dolores problematiza también las supuestas lealtades obligadas a la “sangre” y trae a discusión quiénes pueden -en términos sociales, no legales- heredar propiedades en el campo argentino de hoy. Por muchos datos de su trayectoria familiar, “por eso de rechazar tu sangre, un asco”, Dolores dice a veces se siente identificada con las ex hijas de represores

 

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Después del Movimiento de Mujeres en Lucha aparecieron las Madres de Ituzaingó. Se nombraron como su barrio de las afueras de Córdoba, una zona rodeada de soja. Esas Madres relevaron el aluvión de diagnósticos de cáncer en mujeres y niños, lo relacionaron con los agrotóxicos. También acompañaron la denuncia de la Asamblea de Malvinas Argentinas contra la construcción de una planta de Monsanto, y la justicia les dio la razón. Se autodefinen como mujeres, madres y abuelas con “instinto” femenino que se movilizan porque tienen la “obligación” de protegerlos. La maternidad cataliza la oposición a la soja transgénica a partir de expectativas e identidades tradicionalmente asociadas con la mujer que performa una feminidad acentuada. Y ejerce cuidados. La Red Federal de Docentes por la Vida hace años denuncia la situación de las escuelas rurales fumigadas. Las maestras ponen el cuerpo protegiendo a sus estudiantes y comunidades. Algunas, como Ana Zabaloy, pagan con su vida. Y están las mujeres de la Unión de Trabajadores de la Tierra que dicen que producen alimentos “porque somos productoras de vida, cuidamos del hogar y de nuestras familias y le decimos fuera al machismo”.

 

Como Dolores, a ellas también las señalan. Indiscretas. Quejosas. Fundamentalistas.  Locas. Algunas tuvieron que dejar sus pueblos. Son ellas las que públicamente expresan la obligación moral de “cuidar la vida” y extienden sus preocupaciones, sentidas como naturales, del bienestar de sus familias, a sus alumnos y al ambiente. La promoción de la huerta o la agroecología suelen ser vistas como algo “femenino” y no como una “verdadera tarea”, como cosechar soja o  criar novillos. Bien plantadas en el lugar simbólico del género como habilitador de un lugar de enunciación, denuncian las consecuencias del abuso de agroquímicos y del monocultivo y proponen alternativas. Ponen el cuerpo públicamente en la primera línea. No necesariamente a partir de repertorios ecofeministas pero casi siempre desde diversos repertorios de cuidado. 

 

“No le tengo asco a la plata -reconoce Etchevehere a Anfibia-. Ojalá que con el método agroecológico ganemos bien y les demos posibilidades a muchas personas, no sólo de alimentarse sano.”  

 

 

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-Lo que me pasó a mí hoy, gracias a dios, se denomina violencia de género.

 

Dolores se casó -“tarde”- a los 30. Ratificó su fama familiar, validó su título de “la desobediente”.

 

“Mis hermanos siempre tenían más derecho a opinar. A mí me invocaban para que hiciera algo pero nunca me consultaban ni me participaban de las decisiones, fue así desde mi infancia. No me victimizo pero eso no excluye que haya sido afectada. Además, si una se presenta como víctima te mandan a un psicólogo o a hablar con tu tía. Escuché muchas veces ‘¿no estarás exagerando?` Me costó que me creyeran”. 

 

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Once años lleva Dolores luchando por lo que considera suyo. Pero algunos medios leen el conflicto como un duelo entre varones: la verdadera puja se daría entre su hermano más famoso -Luis Miguel- y su abogado y compañero de Proyecto Artigas, Juan Grabois. A veces hay que llegar al tercer o cuarto párrafo de las notas para que su denuncia aparezca. La lectura más patriarcal llegó a presentarla como alguien que solía ser una “joven bolichera con simpatía explosiva”. Al ser “la hermana de” pierde su nombre, pierde su apellido (Etchevehere en solitario, nunca es ella). Es como si hubiera un jefe de un determinado clan y uno sólo pudiera calificar en función de su vínculo con él. La herencia solo podría parecer visible para ese jefe o para algún allegado en buenos términos. Esa falta de nombre y de apellido quita derechos hereditarios sociales, no para el derecho, aunque sus consecuencias también puedan ser legales. 

 

Sobrinos que le hacen firmar a sus tías sin hijos las escrituras por el campo. Cuñados que por apropiarse del trabajo de la tierra desplazan a sus parientes políticas (sobre todo si son solteras). Mujeres que heredan pedacitos de tierra y no saben qué hacer con ella para que los que saben de campo no las estafen.  El acceso de las mujeres a la tierra, en Argentina como en muchas otras partes del mundo, es problemático. El escribano amigo de los varones, un saber no transmitido, un interés femenino por el campo -cuando surge- que es insistentemente deslegitimado: son muchos los mecanismos jurídicos, institucionales, políticos y culturales que operan en el “tutelaje” femenino y en su invisibilización. 

  

Otras mujeres de su generación no se animan a denunciar situaciones como la de ella por miedo a quedarse “en la calle”, porque generalmente se les administran sus bienes.   “Casi todas las mujeres tienen hijos. En las familias patriarcales uno a la fidelidad la tiene que comprobar con un hecho fáctico muy jugado o corrupto. Esa es la ficha de aprobación para una mujer: aceptar hacer.” Cuando una mujer habla, saben que molesta, es un ruido, produce distanciamiento en lo social, del prójimo, la miran de otra manera y también opera en algún grado sobre sus hijos.

 

“Si abandonás la zona de confort es rarísimo el movimiento. Te expulsan de tu universo que implica la guita, la herencia, la vida, la pertenencia, tu nombre, tu apellido; pero al mismo tiempo te dicen `quedate acá quieta´. Hay que hacer una fuerza sobrehumana para mantener una línea y avanzar sin desfigurarte del todo, sin que tu vida vuele por el aire. Se genera un instinto de supervivencia. Lo mío es puro instinto. Instinto animal. Te volvés casi un animal salvaje. Aguidizás sentidos. Pero hay un momento del día que bajas y volvés a lamerte las heridas. Te encontrás en la reflexión con vos mismo y duele.” 

 

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La idea de que los varones son quienes trabajan la tierra naturaliza lugares y roles en el agro, y en la práctica lleva a la negación de los derechos de las mujeres a la tierra, como señala Clara Vallejos en su investigación Entre el tutelaje y el patronazgo. Acceso a las mujeres rurales a la tierra en la Argentina. Hay que dar batalla legal porque para los sentidos de muchos actores, a la mujer le corresponde menos en el campo.

 

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“Me preguntan si estamos bien acá adentro. Hay una armonía lindísima, hay paz. Convivimos normal. Todos hacemos cosas. Es como una desintoxicación”.

 

Dolores repite que le da bronca que el 50% de los chicos que está en el Garrahan con cáncer sea de Entre Ríos. Si fuera por ella prohibiría la venta de agrotóxicos. 

 

Siempre la inspiró la madre Teresa de Calcuta. “Yo pasé por Calcuta. Tuve la oportunidad de estar ahí y la verdad estar de sol a sol tratando de estirarle la existencia a alguien… Este fue un proceso de vida mío. No digo: `¿Cómo revertir esto? Me hago una fundación y doy de comer`. Siempre me interpeló más lo estructural. Yo no busco donaciones ni compasión ni beneficencia. No: todos a trabajar. Todos en un proyecto. Todos capacitándonos. El Proyecto Artigas es eso. Yo estoy desarrollando este proyecto sin renunciar a mis costumbres de origen. Soy una persona religiosa. Acá hay unas chicas divinas que son recontra feministas y está todo bien. No nos molestamos. Me encantan. No hay que hacerle renunciar al otro nada.”

 

Las perspectivas de los feminismos frente a su caso son diversas. Algunos la apoyan por haberse plantado frente a sus hermanos. La han llegado a señalar como “portadora  del emblema emancipatorio de los feminismos”. 

 

Una de sus hijas le dijo hace poco: “Mamá quiero ser como vos”. Otra le chateó una canción: 

 

Que vengan, 

que vengan de a uno… 

Aquí estoy 

y aquí estaré 

y no me iré

 

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Algunos feminismos no se identifican con ella porque, dicen,no somos las nietas de la oligarquía borradas de la historia”. También a otros les perturba la ferviente fe católica de Dolores, esa que es un puente de confianza con Grabois. “Está bueno lo que me pasa con dios, está siempre cerca. Conocí la agroecología porque soy una mujer informada y por el papa Francisco, a través de su encíclica Laudato Si de 2015. San Francisco de Asís ya había dicho que había que cuidar la tierra. La tierra es nuestra casa común, vivimos gracias a ella, ¿cómo no cuidarla?”

 

La familia de los varones Etchevehere y quienes se identifican con ellos la ven como alguien que traicionó a su gente. Algunos movimientos sociales dudan de ella por su estirpe de familia terrateniente. Otros, esperanzados, hacen rimar su nombre con reforma agraria. Su historia la muestra como una mujer sui generis, difícil de encasillar. Acciona desde sus propios términos, a partir de formas que muchas veces no son las que muchos -progresistas o conservadores- quisieran. Pone en agenda las múltiples formas en que se vive la violencia de género. Apuesta por la agroecología para alimentar a todos, ganar dinero y cuidar la tierra siguiendo al papa Francisco. Eso debe hacer titubear a algunos ambientalistas laicos y cientificistas. Como ella, hoy muchas mujeres en los territorios rurales buscan cuidar a sus hijos, a sus comunidades y al ambiente, algunas veces intentando destruir al patriarcado. Otras tantas, trabajando desde “adentro” y a su manera.


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