Es el gran encuentro del mercado de arte argentino. La vidriera donde artistas consagrados y alternativos buscan el favor de galeristas y coleccionistas. Negocio y exposición, arteBA ocupa el lugar de la Bienal que Buenos Aires no tiene. Crónica de la feria donde circulan los dólares que nadie dice tener.



Jueves 17, Plaza de Mayo. La humedad aplasta los árboles y hasta el mediodía llega tarde en una Buenos Aires sin subte: sus trabajadores están de paro por salarios. Buenos Aires-Bombay: las colas en las paradas bordan cuadras enteras, hacen pespuntes a través de las plazas. Los taxis doblan de contramano, los porteños se vuelven caminantes o se estampillan arriba de los colectivos. Música de fondo: los bombos de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE), que avanzan por Avenida de Mayo.

Corten.

 

Jueves 17, mediodía, La Rural. El espacio es amplio, la luz es amable, un mozo sigue a los invitados especiales con una botella de champagne en la mano y si le dicen que sí hace aparecer, magia, una copa que saca de la nada y que llenará ahora, dentro de un rato y todas las veces que haga falta, porque la riqueza es eso, ese líquido que llega sin fin. Interminable para los VIP al mediodía, la copa costará 10 pesos (2 dólares) –para indignación de los damnificados- a la nochecita, cuando llegue la inauguración.

Bienvenidos a arteBA.

 

ArteBa es el gran momento del mercado de arte argentino y, a la vez, una vidriera del arte contemporáneo. Durante cuatro días, allí se encuentran las galerías más importantes, esas que cuelgan cuadros de autores consagrados, y las “alternativas”. ¡Y todos venden! Negocio y exposición, arteBA ocupa el lugar de la Bienal que Buenos Aires no tiene.

 

La Feria abre al público mañana pero hoy, jueves, la verdad de la milanesa: los stands reciben a los coleccionistas. Hoy es día de comprar más y pasear menos. Por eso hay champagne, por eso hay mujeres que miden 1,75 con pantalones chupines y botas hasta la rodilla, por eso un superabogado setentón muestra su carnet de PAMI y alardea: “Con este me hacen el 30% en los restaurantes de todo el mundo, fui a comer a uno muy bueno en París ¡y el 30% era más que la jubilación!”.

 

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Esta, se entiende, es una feria bien, y si uno no les entró a la garrapiñada que se vende afuera, puede disfrutar, en el restaurancito concesionado ad hoc, una breve ensalada con salmón y queso brie por 63 pesos (unos 15 dólares). Pagarlos, sentarse un rato, puede ser una buena inversión: el arte es un campo en el que todavía hay movilidad social. A fuerza de pincel, chicos sencillos se abren paso en un tiempo en que… ¡se vende! (“¡Se vende!”, secretea una crítica: “Abrí una galería en mi casa dos días y vendí!”)

Como asesores financieros, hay expertos que les muestran obras a esos coleccionistas: si ningún lugar es suficientemente seguro para guardar plata, si Europa está que arde y la deuda estadounidense está en manos chinas, una firma que garantice una cotización estable es buena inversión. Un artista dice que le acaban de comprar cinco cuadros sin mirarlos, y especula que es por eso: su arte es moneda fuerte. Es desalentador, podría pensarse, pero al menos les vio la cara: una artista viene al restaurante contenta porque vendió una obra. Pero desconcertada: no quisieron decirle quién fue el comprador. Es que a esta hora, temprano el jueves, ya aparecen en el relato unas figuras fantasmáticas que serán los cucos de la feria: hay agente de la AFIP “de civil”, se advierte en voz baja.

 

Todavía no entró el público y los números vuelan: un Macció se vendió por 190.000 dólares -acá con pesos sólo se compra la ensalada— en la galería Castagnino Roldán, trasciende. Y ese es el chiste: casi todo trasciende, casi nada se confirma. En el día de la previa, dos críticos dan vueltas por el stand, tasan la obra a ojo: ¿190?, dice uno. No lo creo. Y el otro, que puede ser (días después se supo que fueron 150.000). El vendedor sonríe, elegante y enigmático.

 

¿Más champagne?

 

Marcelo Pacheco, curador del Malba, hace una veloz visita guiada: “Este año” –dice- la muestra es más contemporánea y menos histórica”. Enseguida lleva al grupo hasta el King Kong de marihuana que hizo Fernando Brizuela y que compró el Malba. Trata de explicar algo: King Kong, el narcotráfico, la brutalidad, la fuerza… ¿son flores?, pregunta alguien. Sí, flores. Vale 1.800 dólares. A tasar, otra vez: el grupo se aleja debatiendo si es negocio fumarse la obra.

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Enseguida, un gran anuncio. Pacheco detiene al grupo frente a una pintura de Alfredo Hlito. Es una donación nada menos que al MALBA, un museo privado levantado por el empresario Eduardo Costantini en una de las zonas más caras de Buenos Aires y donde, a diferencia de los museos públicos argentinos, hay que pagar una entrada que hoy alcanza los 25 pesos (unos 5 dólares). Pero en fin, es una donación y la anuncia quién la hizo: Silvia Braier, directora general de un laboratorio de análisis clínicos. Puso para esto 25 mil dólares y quiere que conste: quiere dar el ejemplo, dice, quiere que quienes dudan entre donar y hacer un viaje vean que, bueno, se puede donar Y hacer el viaje. Las malas lenguas cuentan, un rato más tarde, que en realidad Braier compró dos cuadros de Hlito, el otro es para su propia colección. Llegó hace poco a la Asociación de Amigos y viene a jugar fuerte: en todo el año, la Asociación suele juntar entre 22 y 25 mil dólares.

 

Ya se sabe, hay razones que una cabeza de clase de media no comprende.

 

El recorrido sigue, Pacheco describe las obras y, a los bifes, da el precio: las cabezas de conejo de Elba Bairon, 7 mil; una versión de una obra de Prilidiano Pueyrredón que hizo Alberto Passolini, 10 mil, el traje Ramiro Agulla, 4 mil.

 

No, lo de Agulla no lo dice Pacheco, quede constancia. Lo dice un crítico que mira cómo el publicista conversa con el galerista Ignacio Liprandi –ex futuro ministro de Cultura de Buenos Aires, con Mauricio Macri- alrededor, sobre, con las manos en una obra de Tomás Espina: la obra ocupa una pared y es pólvora sobre papel. Precios, ah, los precios no se dan, los precios trascienden. Pero un Espina, dice al fin Liprandi, está entre 7 y 15 mil dólares, según tamaño.

 

En el restaurante, conversan una coleccionista, una periodista especializada y una galerista. “Yo no entiendo para qué viene la gente a arteBA”, dice la coleccionista. Si no van a comprar, si no se van a llevar nada a casa ni a la bóveda ni al museo ¿para qué vienen? La periodista comparte perplejidad. La galerista arriesga una interpretación: es que a los argentinos nos gusta estar juntos.

 

No pidan nombres.

 

Domingo 20, noche

 

El vendaval pasó. La (mucha) gente del sábado, el ritmo menguante del domingo. ¿Quién obla los 50 morlacos de la entrada? En el atardecer del domingo la Feria es de los jóvenes. Una que estudia diseño de indumentaria, una publicista, unos chicos colombianos que están en la universidad y que acá no pero en casa, ah, en casa sí hay una colección. Un médico que cuadrito a cuadrito se la fue armando. Un mécanico de Merlo.

 

-No te lo van a creer—advierte Diana Saiegh, directora del Museo de Arte de Tigre.

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Parece inventado para la crónica pero acá está y a ver si ven cómo es: Diego vino de Merlo con su novia y ya se le quedó sin batería la cámara de fotos en la recorrida. Altura común de argentino, hoy domingo no se afeitó pero ayer sí, vaqueros: “Me veo reflejado”, dice como toda explicación al qué (carajo) estás haciendo acá. “Me veo reflejado, con los autos nosotros hacemos algo parecido, me veo reflejado, hasta algunas veces me dan ganas de crear”.

 

-Es una performance—dice un crítico, confirmando la hipótesis Saiegh.

 

Es que la performance –Diego no lo era— cotiza. Este año, las tres finalistas del Premio Petrobrás –20 mil pesos para producir la obra y 50.000 al ganador—tenían algo de performático. La primera, “Pop Up Cartoon”, era una especie de teatrino. La segunda, del grupo “La Muctisectorial Invisible” era básicamente una radio, aunque en ese espacio también se pintaba y se repartían galletitas al público. La tercera, indefinible: Splatter morfogenético/Arlt Maschine”. Es un ámbito con una pantalla, trozos de obra en el piso, escrituras en las paredes y gente que hace algo cada tanto, entre otras cosas. Esta última fue la ganadora: “Es un fantasy reality”, dice uno de sus creadores tocando el tono Petrobras. Porque Petrobras premia la melodía de la vanguardia y aunque la ganadora del año afina, el aplausómetro del público se movió con la radio. Domingo a las 20, en el espacio de Splatter no hay casi nadie: unas 20 personas se ríen y mastican en el de la radio. Es lógico: en el espacio ganador hace frío, la luz es violeta, no hay donde sentarse. En la radio, galletitas. Una obra seduce al público, lo mima. La otra apunta al corazón del premio y ni los encargados de prensa pueden contar de qué va.

 

-¿Pero entendés de qué se trata?—le preguntamos a uno de ellos.

 

-No, es cosa de la gente de arte.

 

“Vos pagás 50 mangos la entrada y la querés pasar bien”, sintetiza alguien del público. En todo caso, la radio es “arteBA dependiente”. El público que pasa, los 50 mangos, las ganas de estirar las patas, la diferencia, es parte de la obra y es una parte difícil de conseguir en la intimidad de un taller.

 

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También pelea público el Barrio Joven. Y para eso hay que adaptarse al espíritu local. Ahí está por ejemplo el chileno Nicolás Miranda, que en Santiago hace maquetas que se burlan de maquetas. “En el metro ponen unos dioramas con escenas históricas reconocibles y tengo algunos trabajos en los que, por ejemplo, pongo el perro de Jeff Koons en medio de unas escenas que todo el mundo conoce. Pero como acá no, hice otras cosas”. La obra es una vitrina que se llama “All at once” (Todo de una vez) y en la que hay miniaturas de obras famosas. La vaca y la calvera de Damien Hirst, por ejemplo. Una cama de Kuitca. Un hombrecito de Pablo Suárez. El hijo de Porcel, el cómico. ¡El hijo de Porcel! Todo de una vez, por 2700 dólares. Se diría que la obra es un guiño, pero el artista la define con una palabra del menú creado por el mexicano Cuauhtémoc Medina, ex curador de la Tate Gallery: Operación. “Es una operación, la ejecución de una idea”, dice. Como mojar el pincel en pintura y desparramarlo por la tela.

 

Por los parlantes ya invitan a partir y todavía anda por el pasillo un hombre con una capucha hecha con una bolsa de azúcar Ledesma y una bandeja con azúcar desparramada y manchada de sangre (o de rojo, pero léase sangre). Un nene le da el pie y le pregunta de qué se trata y el hombre cuenta la historia de los apagones en las localidades de Libertador General San Martín y Calilegua en julio de 1976, cuando más de 400 trabajadores del Ingenio Ledesma fueron secuestrados y unos 30 siguen desaparecidos. Habla de la responsabilidad de su director, Carlos Pedro Blaquier, tal vez el mayor coleccionista de arte del país. Esto, por fin, no es un show cuidado, es una auténtica performance. Así que incluyan en su significado al que –es literal— moja la galletita en el azúcar y se la come. Y al que, detrás, pregunta: “Quién es Blaquier”?


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