En plena pandemia, Rosario se destaca como la ciudad con peor aire del mundo. La quema de humedales en la frontera entre Santa Fe y Entre Ríos ya es una cuestión de estado nacional. Arlen Buchara y Ricardo Robins recorrieron las islas, marcharon en el Paraná, hablaron sobre el río y el paisaje con científicx, guardaparques, vecinxs, bomberos y ambientalistas que militan sobre la sanción de una ley que proteja el territorio.



Es viernes a la noche y suena el celular de Gustavo, uno de los guardaparques del primer Faro de Conservación de los humedales del Delta del Paraná, una base improvisada en las cabañas El Ceibo de Puerto Gaboto, 70 kilómetros de Rosario. 

 

—Entraron cazadores. Veo fuego. ¡Vengan! 

 

El que llama es Marcelo, un puestero que vive a una hora en lancha hacia Entre Ríos. Ese hombre cuida unas mil vacas en un campo de tres mil hectáreas que no le pertenecen. A la mañana siguiente, cuatro guardaparques se saltean la patrulla de rutina y navegan hacia allá. Sobre la margen derecha del Paraná está la casa de paredes blancas y techo de chapa. El hombre de unos 50 años -que pueden ser 40 porque nunca se sabe bien con los rostros de río- los espera con su hijo y otros dos peones. Parten a caballo, en un tractor y a pie. Recorren cinco kilómetros y llegan al fuego.

 

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Los agentes llevan tres mochilas hidrantes de 30 litros y tres guachas, unas mangueras anchas. El fuego toma un monte de espinillos y sauce.  Todos dan la pelea. Los puesteros improvisan con el tractor una especie de rastrillo con alambres y remueven la parte vegetal del suelo. Hacen un contrafuego pero sin fuego: generan un zanjón vacío de “combustible” para que las llamas no puedan avanzar.

 

A las 16.30 asumen que no lo pueden parar pero por suerte no se dirige hacia la casa de Marcelo, no hay peligro. Los guardaparques se vuelven. Llevan menos de una semana en ese nuevo Faro de Conservación que presentó el ministro de Medio Ambiente de la Nación, Juan Cabandié, junto al gobernador Omar Perotti en un acto el jueves 13. Su objetivo es hacer patrullajes preventivos, avisar de focos de incendio y denunciar si ven a alguien prendiendo. Este sábado fueron más lejos para proteger a un vecino. Se van a dormir entre cansados y entusiasmados: ellos son hombres (once) y mujeres (dos) de acción.

 

A la medianoche vuelve a sonar el celular. Otra vez Marcelo. El fuego es más grande y se dirige hacia su casa. Los guardaparques avisan que necesitarán avión hidrante. A las 8 del domingo parten en la lancha Tracker, que tiene ocho metros de largo, primero por el río Coronda y después por el Paraná. El humo es una presencia permanente: una franja gris y marrón sobre el horizonte. Las barrancas del Coronda impactan: unas 50 vacas están echadas sobre la orilla, una hilera de arbustos negros por la seca parecen soldados listos para saltar al agua antes que pasar a las filas del enemigo.

 

Marcelo ya se fue a pelear contra el fuego con seis peones. Siete guardaparques caminan a paso firme tras ellos, isla adentro. Los profesionales tienen la misión de preservar las vidas humanas, la infraestructura y, en lo posible, evitar que el fuego se propague. Los puesteros van detrás de las mil vacas que no deben perder por nada del mundo. Al mediodía controlan el primer foco y van en busca del segundo, pero es más grande. “Está coronado”, dice Emanuel Crosta, que con 33 años es el más experimentado del grupo. Kiyán Van der Groef, rosarino de 31, y Valentín Soria, cordobés de 25, son de la última promoción de Técnico en Guardaparque y ésta es su primera experiencia.

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El fuego corona cuando toma las copas de los árboles y se hace imparable. El humo sofoca, no deja respirar e irrita los ojos. En ese momento, les avisan de otro foco con un peligro extra: si no es frenado a tiempo cruzará al campo vecino. El operativo se desplaza hacia allá. Saben que no podrán apagarlo, pero buscarán frenarlo. 

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El domingo 2 de agosto de 2020 el sitio iqair.com marcó a Rosario como la ciudad con el peor aire del mundo. Aparecía pintada de rojo en la categoría “dañino para la salud” que va de 150 a 200 puntos de polución: tenía 170.

 

Esa semana Alicia Acquarone llamó a Radio Universidad y avisó que no podía salir al aire como siempre. El dolor de cabeza y la molestia en garganta no la dejaban hablar ni respirar con normalidad. Tampoco podía dormir. El humo se siente más a la noche. La docente, politóloga y jubilada de 68 años vive a pocas cuadras del río Paraná y cumple el aislamiento por estar entre los grupos de riesgo del coronavirus. Hace meses que casi no abre las ventanas para evitar las cenizas. En los peores días el olor penetra incluso con todo cerrado. Apenas tuvo esos síntomas pensó que se había contagiado covid-19.

 

El vínculo de Alicia con el río empezó en la adolescencia. Con la dictadura de 1976 todo quedó en suspenso. En democracia, la relación se volvió más cotidiana. Cuando empezaron las protestas en contra de las quemas, Alicia sintió que esa relación con el Delta se había transformado en un acto político. Por eso, cuando la respuesta fue más humo sólo pensó en una palabra: impunidad.

 

Desde que empezaron las quemas ilegales en el verano, el humo es parte del paisaje 2020 de la cuna de la bandera. Desde febrero hubo 8 mil focos incendios y se quemaron 90 mil hectáreas. Pero en las últimas décadas, el río se convirtió en mucho más que un paisaje. La apertura de los terrenos del puerto impulsada a fines de los 80 formó un balcón al humedal y cambió la vida urbana. Los parques se convirtieron en lugar de encuentro, actividades deportivas, paseos, festivales y manifestaciones. Para 2017, la ciudad había duplicado la cantidad de embarcaciones que tenía en 2010, con 31 mil entre las de motor y las de remo. En verano, los fines de semana cruzan a las islas más de 10 mil personas y se multiplicaron los paradores, campings y hasta pequeños barrios.

Hoy, además de los campos ganaderos, el interés inmobiliario sobre el humedal aparece como una de las principales claves para entender la disputa que se esconde entre el fuego y el humo. Quieren hacer del Delta del Paraná un Tigre. La empresa rosarina Carolina S.A., dedicada a la explotación ganadera, pidió al Concejo de Victoria autorización para cambiar de rubro, lotear 40 hectáreas y generar al menos 60 parcelas de 3.000 metros cuadrados. Es apenas un ejemplo de un emprendedor que optó por la vía legal. No todos lo hacen. 

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El viernes 20 de septiembre de 2002 Carlos Saúl Menen lanzó su campaña presidencial en la cabecera de una obra que consideraba propia: la del puente Rosario Victoria. El ex presidente le habló a un par de miles de personas del golpeadísimo cordón industrial del sur santafesino.

 

Desde el río Paraná, algunos botes y lanchas se sumaron al acto. Lo que en tierra firme eran gritos y promesas, sobre el meneo suave del agua parecía un espejismo. Una ficción lejana. Apenas el eco de una cumbia:

 

Yo que tenía un hogar, que tenía trabajo, tenía un futuro, tenía alegría.

 

Yo que vivía seguro, no sabía de huelgas, saqueos, piquetes, paros ni peleas.

 

Que vuelva Carlos, que vuelva ya.

 

Carlos no volvió a la Rosada pero tres herencias de su gobierno marcaron el devenir de las islas. Uno. En 1996 el gobierno argentino autorizó el uso de soja transgénica. Dos. El estallido de diciembre de 2001 quebró la convertibilidad entre peso y dólar, y el valor de las exportaciones de commodities en pesos se multiplicó en poco tiempo. Y, tres, en mayo de 2003 se inauguró el puente iniciado en 1999: un tajo de cemento de 60 kilómetros partió al humedal en dos y conectó a Rosario con Victoria, Entre Ríos.

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Las áreas cultivadas, sobre todo con soja, se expandieron sólo en Entre Ríos un 300 por ciento. El ganado se desplazó hacia nuevas tierras, hasta entonces marginales.

 

Muchas estadísticas reflejan el fenómeno que  Marino Taffoni vio desde su kayak. Tiene 41 años, empezó a andar en bote a los 10. De adolescente, el plan con los amigos era cruzar el Paraná con una pavita y un mate. Casi no había paradores, ni cabañas, ni kayaks. 

 

A principios de este siglo, Marino navegó entre los pilotes del puente. Notó los cambios en la correntada río abajo. La pérdida de costa y arenas. El derrumbe de ranchos. “El puente generó cosas positivas pero también un problema fuerte en el ecosistema. Los privados aprovecharon que podían llegar por tierra a los campos para llevar máquinas pesadas, hacer terraplenes y cortar cursos de agua para ampliar su terreno. A las vacas las traían en lanchas jaula: fue impresionante. Hasta que vino la crecida del 2007”.

 

Cuando el agua baja desde Brasil y el Litoral, muchos padecen. Pero no los kayakistas. Los riachos internos se desbordan y pueden navegar incluso sobre los campos. Marino y su grupo de amigos aprovecharon para explorar casi sin fronteras el humedal. Aquel año descubrieron un paisaje de terror: ganado vivo pero inmóvil, estancado en el barro debajo del agua marrón. “Lo dejaron pudrirse”, describe. “Era The Walking Dead”, resume Marino desde Punta del Diablo, Uruguay, donde se fue a vivir después de que a uno de sus amigos kayakistas lo matara un viejo isleño de un escopetazo por una disputa de tierras y límites en el humedal.

 

A la crecida de 2007 le siguió una bajante y sequía. En 2008, se desataron los incendios masivos en el humedal. Más de 200 mil hectáreas fueron afectadas. El humo llegó a Buenos Aires. Por la presión de los ambientalistas, esta vez apoyados por la sociedad civil afectada por esas cenizas voladoras, la dirigencia política actuó. Aún perduraba el eco del largo conflicto por las papeleras de Uruguay y una asamblea que terminó por levantar a una ciudad entera: Gualeguacyhú.Se creó el Plan Integral Estratégico para la Conservación y Aprovechamiento Sostenible en el Delta del Paraná (Piecas), conformado por provincias y Nación. Debía actuar para evitar que el fenómeno se repitiese. Sabemos ahora que eso no ocurrió.

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Valentín, el guardaparque cordobés, llega primero al zanjón que divide los campos bajo fuego este domingo del invierno 2020. El zanjón antes era un arroyo y eso hubiese bastado para frenar las llamas pero con la bajante histórica del Paraná tienen que hacer un contrafuego a mano. Si la lengua naranja de 200 metros de ancho cruza ese mojón estarán perdidos porque del otro lado está el infierno. Pajonales secos, arbustos sedientos de llamas; un volcán.

 

—Si pasa la zanja se le prendefuego la casa al viejo –advirtió Marcelo, el puestero.

 

El viejo es Armando. Alto, flaco, de manos grandes, cara de gringo; otro hombre de campo.

 

—Buenas, ¿cómo está de su lado el campo?– le pregunta Valentín, el cordobés, al viejo.

 

—Si prende acá, llega hasta Rosario– responde y agrega que no veía algo así desde que tenía 17 años. 

 

Valentín se queda pensando hace cuánto tuvo 17 ese hombre: ¿hace 60 o más? Pero no hay tiempo para hacer cuentas. Los guardaparques trabajan con sus mochilas hidrantes. El viejo va y viene de un arroyo con dos jarritos de plástico de un litro en sus manos.

 

El fuego está a cuatro metros del zanjón. El avión hidrante dispara cinco veces sobre la cabeza de ese monstruo de calor. Los guardaparques y Armando sostienen su posición. El viento, siempre caprichoso, hoy no sopla, un aliado. Las llamas no cruzan.

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En los últimos cinco meses, el médico Damián Verzeñassi triplicó el uso de broncodilatadores para el asma. “Por el tamaño de las partículas este humo tiene gran capacidad de penetración. Mueve unas sustancias cancerígenas, las dioxinas, que ya se detectaron en los incendios de 2008”, advierte. 

 

Entre los síntomas que produce están las migrañas, los problemas respiratorios, la conjuntivitis, la irritación en ojos e incluso problemas cardíacos. En estos meses, las consultas por estas afecciones crecieron un 41 por ciento, según la Secretaría de Salud de Rosario. Mientras la ciudad, el país y el mundo hacen lo imposible por evitar los contagios, en Rosario la salud tiene otro enemigo.

 

Un día antes de que Rosario entrara en el ranking del peor aire del mundo, 4 mil personas llegaron al puente Rosario-Victoria en bicicletas, motos, autos y de a pie. Era el día de la Pachamama. El aire era irrespirable y una neblina espesa recorría toda la ciudad. Antes de iniciar el corte, pasaron por el puesto sanitario montado por la Facultad de Ciencias Médicas, donde les pusieron alcohol en gel o diluido y les explicaron que dentro de la manifestación había que usar barbijo y mantener la distancia social. 

 

Las manifestaciones en contra de las quemas empezaron primero en las redes. Imágenes del fuego, el humedal, los animales muertos y vivos que buscan refugio se volvieron cotidianas. En esa visibilidad jugaron un rol central las organizaciones ambientalistas históricas con la denuncia de ecocido y el pedido de una ley de humedales.

 

El primer corte del puente Rosario-Victoria fue el 11 de julio. Surgió de manera autoconvocada con unas 50 personas. Ese fue el origen de la Multisectorial por los Humedales, la organización que hoy planifica las acciones públicas a seguir. Después del segundo corte del puente, fueron recibidos por el Concejo Municipal de Rosario. Una de las últimas marchas convocó a 6 mil personas que cruzaron el puente caminando. Esa tarde, una marea unió las dos provincias a pie. “Yo me quedo en casa y no me junto con amigos ni veo a mi familia, salvo a la hora de cuidar el humedal”, explica Ivo Peruggino, que tiene 29 años y trabaja en la reserva de animales silvestres Mundo Aparte. 

 

Muchos de los carteles en las marchas dicen “Ecocidio”. Claudia Gotta, historiadora, educadora ambiental y secretaria de la Mesa de Pueblos Originarios de APDH, prefiere hablar de biocidio. “Si no hay salud ni garantía de derechos para los ecosistemas, no los va a haber para los pueblos”, explica. Estudiosa de su tierra, cuenta que antes de la colonización esta región era la Comarca del Agua, por el nombre guaraní “paraguaí”.

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Es el mediodía del 16 de agosto y 200 kayak se preparan para unir por agua Santa Fe y Entre Ríos. La marcha acuática busca romper con los discursos que plantean una disputa interprovincial. “Esto no es un enfrentamiento entre pueblos, sino un rechazo hacia los métodos productivos que son depredatorios de los sistemas naturales y de la salud de la población”, dice Juan antes de partir a filmar la acción desde la playa de La Florida. Un sacerdote andino y un grupo de representantes del pueblo coya ofician el ritual. Suena una cuerda de tambores mientras llenan una hoja de palmera con flores y ramitas. La ofrenda al río Paraná es colocada arriba de uno de los kayak que esperan en fila la señal de salida. Ocupan 300 metros de la costa. Victoria es guardavida y se prepara. Está cargada de energía del ritual y se siente acompañada. Tiene 36 años y es la primera vez que va a estar a cargo de un operativo de seguridad náutica tan grande. La caravana empieza y los kayak cruzan en fila india. Piden por la ley de humedales. Desde el cielo, un drone capta la imagen de la unión de las dos orillas.

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Más allá de los productores que queman por cuestiones operativas o para renovar el forraje, de los desarrolladores inmobiliarios, de los cazadores y pescadores, de los turistas y kayakistas, surgieron otras teorías sobre el origen de los incendios: “Son los ambientalistas para que salga la ley de humedales”; “son patrullas kirchneristas para perjudicar al campo”; “es geopolítica: nos quieren sacar el humedal”; “es por el acuerdo con China para la producción porcina”. 

 

El subjefe de los Bomberos Voluntarios de Victoria, Fabián Daydé, también menciona un fenómeno conocido como “combustión bacteriana espontánea” por acumulación de biomasa. Sin embargo, la ingeniera agrónoma y titular de la Cátedra de Forrajes Facultad de Ciencias Agrarias (UNR), Mónica Sacido, aclara que “ese tipo de oxidación no se da en el humedal. Se necesitan árboles de gran porte”, aclara. 

 

Los especialistas destacan que la clave son “las condiciones climáticas extremas”, similares a las de 2008. Primero hubo una crecida que aumentó el verde. Después el agua se retiró y vino la bajante. Ese verde se convirtió en materia seca: papel de diario que conforma capas. A la sequía prolongada le siguieron heladas de menos siete grados. El humedal devino en una larga alfombra de combustible vegetal sin riachos, ni lagunas, ni lluvias que detengan cualquier fuego. “El inicio puede ser intencional o no pero después se va todo de las manos. No hay que buscar enemigos, es un proceso natural, como en Australia o California”, dice la profesora Sacido.

 

Además, un fuego que parece apagado en la superficie sigue prendido de forma subterránea. No hay tantos focos: son distintas chimeneas de una misma usina. “En 2008 se veía el humo que salía de la tierra. Había que cavar para trabajar. Más que bomberos éramos topos”, describe el bombero Daydé.

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Las protestas empujaron a la dirigencia política. El Congreso hoy discute seis proyectos de ley. Ya hubo dos oportunidades en las que se trató una ley de humedales, en 2013 y 2016, aprobadas el Senado pero trabadas en Diputados. En 2019, el tema no tuvo lugar en la agenda parlamentaria ni en la electoral. Desde la organización El Paraná No Se Toca relevaron las plataformas de los frentes provinciales y nacionales: en ninguna aparecía la ley de humedales. “La deuda de la clase política con el medio ambiente es histórica”, dice Jorge Bartoli.

 

Todas las propuestas en debate buscan establecer presupuestos para la conservación y protección de los humedales y crear un inventario nacional de los que existen en todo el país. El debate 2020 apenas comienza y ya se alzaron voces en contra. Los senadores de Corrientes dijeron que una ley de humedales afectará al sistema productivo del nordeste argentino. 

 

Las organizaciones ambientalistas insisten en que las quemas y la actividad productiva en los humedales deberán quedar prohibidas apenas se sancione la ley, sin esperar que las provincias la apliquen. Conocen el antecedente de la ley de bosques: los más grandes desmontes se dieron durante el período de reglamentación.

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Después de controlar el incendio en la isla, el guardaparque cordobés vuelve a caballo hasta el puesto donde quedó la lancha. Mira fascinado ese humedal humeante que desconocía hasta el martes anterior, cuando arribó al Faro de Gaboto. Kiyán, el rosarino, también regresa entre las cenizas y la tierra negra. Se le aparece su infancia en las islas.

 

Su tío era el dueño del mítico Barco bar en El puntazo, frente a Rosario. Los fines de semana iba a pasar el día con su familia a ese comedor tranquilo rodeado de río, arena y sauces bajos. Kiyán se tiraba a imaginar vidas futuras y paralelas. Barco bar primero cerró sus puertas y el caudal del río, más la obra del puente Rosario Victoria, comieron esa parte de la isla. La costa desapareció y el rancho colapsó.

 

Así es la naturaleza, piensa Kiyán, también para entender el sabor agridulce que siente este domingo al atardecer. Cumplieron su misión, pero allá afuera hay otros focos sin control. Su satisfacción mínima se hunde bajo un desastre ambiental implacable. Al otro día volverán a salir.


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