La campesina María Gómez esperó 27 años para ver a un papa: en 1988 sus empleadores no le dieron el permiso para tomarse los dos días que le hubiera llevado el viaje. Después de una larga espera, Francisco habló en el santuario de Caacupé, la capital espiritual del país. Familias enteras, ancianos y grupos de chicos aplaudieron cada palabra fuera del libreto clásico de la homilía y lo ovacionaron cuando habló de las “mujeres y madres paraguayas que supieron levantar a un país sumergido por una guerra”.



María Gómez camina despacio con una canasta colgada del brazo. Trabaja en una chacra. Vino desde Ñemby, a 60 kilómetros en ómnibus. Lleva un Rosario plateado colgado sobre el pecho, encima de una camiseta y un suéter asfixiante para los 24 grados que se vuelven infernales con la humedad y el sol que cubren Caacupé a las 10.30 de la mañana. Camina al costado de la ruta que lleva a Asunción, donde desde las 6 de la mañana empezaron a llegar los primeros peregrinos. 

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-Yo nunca le he visto a un Papa. Y si no venía ahora ya nunca le iba a ver.

 

Cuando Juan Pablo II visitó Caacupé en 1988, ella estaba trabajando en el Alto Paraná, y sus patrones no le dieron el permiso para tomarse los dos días que le hubiera llevado el viaje. Dice que aquella vez lloró. Ahora también lo hace.

 

Como un tsunami, el griterío repentino viene creciendo desde lejos, cada vez más cercano y audible, hasta que arrasa a la multitud que espera a Francisco sobre la ruta, en la última cuadra de recorrido antes de ingresar en el santuario de la patrona del Paraguay. Las cámaras y las banderas bien arriba.

 

El Papa Móvil pasa. María Gómez que esperó 27 años este momento lo ve pasar fugaz. Son cinco o diez segundos en que puede mirarlo a él, al Papa. Uno podrá pensarlo como demasiado fugaz para tanta espera y preparativos, pero a ella eso no le importa. Algunos se abrazan y muchos se persignan. Después, todos corren hacia los alrededores del santuario en busca de alguna pantalla desde donde seguir la misa más esperada de sus vidas. Todos ellos, miles, decenas de miles, también María Gómez, podrán decir hasta el día en que se mueran que conocieron al papa. 

 

***

El locutor que durante todo el día de ayer animó la vigilia de los fieles en la explanada del santuario de Caacupé y que, desde esta mañana, venía relatando el minuto a minuto del recorrido del Papa va levantando la voz:

 

—Ahí viene, ahí viene. El Santo Padre está en Cacupéeeeeeee.

 

Suena la canción oficial preparada para la visita que, después de la repetición infinita en las últimas jornadas, ahora muchos corean: “Francisco, eres el Papa de los pobres, los ancianos y de los jóvenes (…) Pastor con olor a oveja, que va a las periferias en busca de aquellos que necesitan más”. Francisco entra sobre el Papa Móvil y entre los peregrinos todo es euforia. Gritos y brazos en alto, todos quieren mostrarle de dónde vienen; el recorrido y el esfuerzo que empezaron a planear en febrero para poder llegar hasta aquí en este día: desde Chaco, Formosa, Misiones, Santa Fe, San Juan y Santiago del Estero; desde Moreno, San Martín, Quilmes, Caseros y Lomas de Zamora. Son miles de argentinos y otros miles de paraguayos, de a 20, 50, 100 y 500 kilómetros. Pero también brasileños del sur y uruguayos de Montevideo y alrededores. Cristianos esperanzados que en este momento de éxtasis juran que nada será igual después de esta visita.

 

—Cuando vino Juan Pablo II aquí estaba el dictador Stroessner y poco después fuimos liberados. Yo creo que en poco tiempo tendremos una buena noticia. La bendición del Papa nos ayudará —, aseguran  los curas Antonio Leguizamón y Francisco Aguayo de la diócesis de Caacupé, mientras esperan el comienzo de la misa para empezar a dar la Comunión. Son más de 60 en total, repartidos en gacebos por los alrededores de los santuarios.

 

A la hora planeada, Francisco sale al altar preparado sobre las escalinatas elegantes del frente del santuario después de encontrarse a solas con la imagen de la virgen de Caacupé y tocar la piedra que la sostiene.

 

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Aunque la multitud no es la que se anunciaba, todos los alrededores del santuario están llenos de gente; familias enteras, bebés en brazos y en cochecitos, ancianos y grupos de jóvenes siguen la misa parados y en silencio. Aplauden cada palabra de Francisco fuera del libreto clásico de la homilía y lo hacen todavía más fuerte cuando el discurso se dirige hacia su madre espiritual y hacia las mujeres paraguayas.

 

—Ustedes tienen la memoria, la genética de aquellas que reconstruyeron la vida, la fe, la dignidad de su pueblo. Junto a María, han vivido situaciones muy pero muy difíciles, que desde una lógica común sería contraria a toda fe. Ustedes, al contrario, impulsadas y sostenidas por María, por su ejemplo, siguieron creyentes, inclusive cuando todo parecía derrumbarse (…) Que  Dios que bendiga ese tesón y siga alimentando la fe de la mujer paraguaya, la más gloriosa de América.

 

Una mujer de pelo largo y lacio negro azabache reza mirando hacia el suelo en guaraní. Me acerco e intento hablarle. Me hace un gesto negativo con la cabeza y pronuncia algo que no logro descifrar. Insisto, pero ella también. Otra mujer me explica que es una nativa, que seguro no habla español, y mientras se canta el Himno de la virgen que suena terminada la misa, responde por ella:

 

—Caacupé es nuestra mamita, nuestra madre protectora, nuestra milagrosa. Madre a la que nos encomendamos todos los días. Ella nos hizo este regalo de que Francisco venga a bendecirnos.

 

Por todos lados van y vienen centenares de vendedores ambulantes con banderas, velas, rosarios e imágenes de todos los tamaños, colores, y materiales. Llegué a Paraguay hace dos días, pero todavía no me acostumbro a ver la cara de Jorge Bergoglio reproducida en almohadones, bustos, globos, rosarios, imanes, estampitas, mates, paquetes de yerba, bolsos, remeras, vinchas, llaveros y stickers.

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Poco antes de las 13, Francisco sale en auto por la puerta trasera y la gente se agolpa para ver si, aunque sea, logra una mirada, una bendición, un gesto. Pero no. Después de cinco días de una gira latinoamericana frenética, no queda mucho lugar para las actitudes fuera del protocolo. En la calle todos hablan del “No doy más” que ayer le comentó a uno de sus colaboradores para excusarse de no entrar a una cárcel de mujeres, una parada inesperada dentro de la agenda oficial.

 

Los fieles se desconcentran de a poco. Algunos se quedan sentados. Otros emprenden el largo regreso a sus casas.

 

—Esto es para toda la vida—, dice Juana Evangelista, una artesana de 62 años devota de la virgen que llegó con su marido desde una localidad a dos horas en ómnibus.

 

Pensaba volverse hoy, pero ahora cambió sus planes:

 

—Nos quedaremos en Caacupé hasta que nos dejen entrar a tocar la piedra que tocó Francisco—, dice

 

Se espera que miles de paraguayos hagan lo mismo a partir de mañana. Y ya se anuncia que el próximo 8 de diciembre la “mamita” del Paraguay tendrá su fiesta más multitudinaria de la historia. Ahora, los miles, los decenas de miles se desconcentran de golpe, de forma fugaz e intensa, como la visita del Santo Padre por Caacupé.  

 


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