Las relaciones de cooperación y solidaridad entre mujeres son formas profundamente políticas de resistir a la masculinización de las relaciones laborales. En las trayectorias de las migrantes los relatos e itinerarios se resisten y se acomodan a los lugares de lo femenino, los cuidados, los afectos y lo doméstico, y (re)construyen los límites sociales e identitarios. Natalia Gavazzo, Lucila Nejamkis y Menara Lube Guizardi cuentan las vidas de mujeres migrantes en Buenos Aires. Esta es una de las 20 notas para celebrar los 20 años del IDAES a través del pensamiento de sus investigadores sobre los temas calientes de la coyuntura.



 

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FOTOS: Archivo Anfibia / Vicky Polak / Yordany Quiróz / Facebook/Ni Una Migrante Menos

 

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Los vecinos del barrio Luján –en Florencio Varela, en el extremo sur del conurbano bonaerense– le dijeron a Lucila que si quería saber cómo se había organizado la toma de tierras debía hablar con Cristina, que “se llama como la expresidenta”. Tiene 45 años y tres hijos adolescentes. Llegó a la Argentina en 1994 y desde 1995 vive en Florencio Varela. En Paraguay, cuando los niños eran pequeños, vendía frutas y verduras. Migrar fue una forma de salir de una relación de pareja violenta. El marido “era muy cerrado”, de “esos tipos antiguos que vos tenías que estar ahí con él, eras mujer de ahí, no tenías que salir, ni hablar, ni joder, nada. Era [de] esos tipos machistas”.

 

En su historia, como en la mayoría de las mujeres paraguayas que entrevistamos en el Gran Buenos Aires, se conjugan la violencia machista con experiencias de “criadazgo”. Caracterizado por la “donación de menores para trabajos no remunerados”, implica un encubrimiento de la esclavitud en el sentido moderno: subsume a los niños, niñas y adolescentes al trabajo infantil doméstico a cambio de techo, comida, ropas y, en algunos casos, educación. Desde pequeñas estas mujeres vieron vulnerados sus derechos más básicos acostumbrándose en ocasiones a estas relaciones de servidumbre como modo de vida. Para Cristina, la migración también habilitó la lucha y el acceso a derechos para superar por lo menos algunos aspectos de esta trayectoria de violencias. En su país nunca había votado ni participado políticamente: “ni en mis sueños yo veía esto”.

 

En julio de 2012, como parte del movimiento social Tierra para todos y todas, comenzó la toma de tierras fiscales en el futuro barrio Luján. Participaron unas 638 familias que se multiplican por dos, por tres, por cuatro. Ya habían intentado realizar la toma dos veces pero la policía se los había impedido: “no nos habíamos organizado”. Tuvieron éxito cuando Cris convocó a que se juntaran en la capilla y empezaran la ocupación juntos para resistir colectivamente a la policía. Su liderazgo comunitario la expuso abiertamente a la violencia policial:

 

- Paraguaya de mierda – le dijo un comisario con un palo en la mano – Hija de puta, te voy a hacer mierda.

 

A Cris y a su hija las metieron presas y les prometieron “armar una causa para empapelar el país con su cara de ‘paraguaya delincuente’”. Con la presión de la gente del barrio y el apoyo de organizaciones sociales, Cris y su hija salieron al día siguiente. Ellas estaban fortalecidas y los terrenos, ocupados por los vecinos. Esta experiencia le dio el mote de “coordinadora” en Luján: “Las delegadas vienen todas a mí. Cualquier cosa que vamos a hacer, vienen a mí. Como si fuera yo encargada de todos”.

 

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Las autoras de este texto tenemos mucho en común. Nuestra condición de mujeres e investigadoras de las migraciones nos une y nos atraviesa, conectándonos a experiencias similares en lo que concierne a nuestras vivencias de las jerarquías académicas, sociales y políticas. Al mismo tiempo, esta condición femenina constituye también nuestra vinculación con las mujeres migrantes cuyas vidas son el foco de nuestras indagaciones y fuente de inspiración y reflexión constante. La idea de escribir sobre estas mujeres migrantes en Buenos Aires, donde las tres vivimos actualmente, surgió cuando reflexionábamos sobre las fronteras que como mujeres estamos impelidas a cruzar. Nos preguntamos cuánto de nuestras ideas políticas, perspectivas teóricas, corporalidades y el modo tan propio de vincularnos y de cuidarnos tenía lugar en el mundo académico.

 

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La “Guerrera” vivía en la ciudad chilena de Arica, en la frontera con Perú, cuando Menara la conoció en 2012. La antropóloga investigaba las violencias de género vividas por las migrantes y la mujer de 56 años vivía en un barrio de toma en las afueras de la ciudad. La Guerrera nació en Ayacucho, Perú y por muchos años solo habló quechua. Vivió en las montañas hasta los 5 cuando su vida cambió: el padre cayó preso, la madre se refugió en el alcohol y llevó a las hijas al pueblo más cercano. Vivían en las calles y pedían comida en las esquinas hasta que la madre se “emparejó” nuevamente con un hombre violento: “Tuve tanto miedo, porque la golpeaba a mi mamá, nos golpeaba a nosotras y también me violó a mí. Y yo ya tenía fobia. Y mi hermana quedó tartamuda de tanto golpe. Nosotras como podíamos nos defendíamos. [Éramos] niñas chiquitas y él de un solo sopapo nos botaba lejos”.  

 

Un año después quedaron a cargo de una señora que les daba casa y comida a cambio de que lavaran y limpiaran, como también le pasó a Cris. Trabajaron allí hasta que una hermana de su padre las buscó y llevó a trabajar en su propio hogar. Las azotaban cada vez que cometían un “error”. Cierta vez, Guerrera dejó caer la botella de aceite cuando fue hacer la compra del mercado: “el viejo no pensó dos veces, sacó su correa y con la misma hebilla me dio por donde me cayera. Hubiera sido tuerta ahora, pero gracias a Dios me cayó acá [en el brazo izquierdo]. Después de eso se asustó y me empezó a curar. Antes de ir al colegio me dijo: ‘cuando te pregunte la profesora no le digas que te he pegado. Tienes que decirle que te caíste y te golpeaste’”. En la pubertad, a la violencia física se le sumó el abuso sexual.

 

Cuando la tía se enteró las mandó a la casa de unos conocidos en Lima. Apenas consiguió un trabajo remunerado como doméstica, Guerrera se mudó a la casa de nuevos empleadores, en un barrio de clase media de la capital peruana. Ahí supo por una amiga de un movimiento social que ocupaba terrenos y construía casas para gente que, como ella, no tenía dónde vivir. Se unió al movimiento y dedicó su tiempo libre al trabajo comunitario.

 

Entre 1986 y 1988, las mujeres del movimiento crearon una cooperativa de costureras y habilitaron un galpón con máquinas industriales. Mientras cocía, luchaba y criaba a sus seis hijos, construyó su casa. Pero esta felicidad estaba teñida por la violencia: su marido le pegaba. Una vez la agredió hasta dejarla inconsciente.

 

Cuando salió del hospital, tomó sus cosas, sus hijos y migró a la ciudad peruana de Tacna, a 30 kilómetros de frontera con Chile. Consiguió un empleo en Arica. Trabajaba seis días y los domingos iba a Tacna para ver a sus hijos, cocinar, lavar y limpiar la casa. La mayor los cuidaba en su ausencia y cuando formó su propia familia, ella le regaló su casa en Tacna y se fue a vivir en un barrio de ocupación en Arica: junto con mujeres chilenas, peruanas y bolivianas lideraban un movimiento social por la vivienda digna. La Guerrera fue clave para sostener la fuerza del grupo. Cuando las compañeras de lucha se desanimaban, ella las impulsaba, las animaba: “mujeres como nosotras, cuando paramos de luchar, nos matan”.

 

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Las mujeres –seamos o no migrantes, pero aún más si lo somos– a veces establecemos relaciones de cooperación y solidaridad en el mundo que constituyen formas profundamente políticas de resistir a la masculinización de las relaciones laborales, “domesticándolas”. Esto nos acerca a la vida de las mujeres migrantes con las cuales venimos trabajando. Así, en un contexto de crecimiento del feminismo y del movimiento de mujeres en Argentina y el mundo, compartimos las trayectorias de mujeres migrantes. Los relatos e itinerarios, desde las más diversas estrategias, se resisten y se acomodan a los lugares de lo femenino, de los cuidados, de los afectos y de lo doméstico, expandiendo y (re)construyendo los límites de lo social, de la identidad e, incluso, de los Estados-nación.  

 

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Benevolencia tenía 52 años cuando Menara la conoció. Era 2017 y por estas casualidades de la vida se sentaron juntas en el tren que iba de la Ciudad de Buenos Aires al partido de San Martín. Paraguaya, guaraní-hablante y nacida en Asunción, en su juventud se había mudado a Ciudad del Este “por amor”. Su marido era de la frontera: trabajaba vendiendo mercancías variadas en Brasil. Tuvieron cuatro hijos, tres varones y una mujer. Había dedicado su vida a cuidar a sus pequeños, al marido y a sus padres (ambos se enfermaron y fueron a vivir con ella en la frontera). Todo mientras trabajaba como doméstica en casas de terceros: puertas adentro o afuera su vida estaba atravesada por las tareas de cuidado.

 

Cuando el hermano de su marido se enfermó de cáncer, también se fue a vivir en su casa. Ella lo cuidó hasta la muerte. Años más tarde, el marido también padecería esa enfermedad y a ella le tocaría asistirlo hasta el final. Luego fallecieron también sus padres, a quienes cuidó “todo lo que se podía”. La hija mujer, la más independiente y aventurera de los cuatro, migró a Buenos Aires para estudiar y trabajar. Llevaba ocho años aquí y le mandaba pasajes para que viniera a verla.

 

Cuando a la hija se le terminó la licencia por maternidad, la abuela materna era la única persona a quien recurrir para reintegrarse al trabajo dejando al pequeño en “buenas manos”. Así, desde Asunción a Ciudad del Este y Buenos Aires, y por más de tres décadas, Benevolencia cuidó a generaciones de parientes. El cuidado le estructuraba la vida tanto o más que la frontera donde había ido vivir y la frontera que había cruzado tantas veces para llegar a la capital argentina.

 

Benevolencia forma parte de una genealogía de mujeres cuidadoras.

 

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Los itinerarios de estas mujeres inspiran reflexiones que son tanto políticas como poéticas. Sus trayectorias están marcadas por el cruce de fronteras. Pero no es el hecho de vivir en territorios de fronteras Estado-nacionales o de cruzar dichas fronteras como migrantes lo que condiciona que ellas adopten formas peculiares de relacionarse con los límites. Sus historias permiten comprender que cruzar fronteras es, simultáneamente, un acto literal y metafórico; que atravesar los límites nacionales viene de la mano de un sinfín de otras travesías y que la condición femenina dota estos procesos de una característica política.

 

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Luisa nació en Caaguazú, Paraguay, y llegó a la capital argentina en pleno 2001. Desde hace cinco años cuida a Loida, la abuela de Natalia: la familia de la investigadora le confía la salud de la matriarca, quien la ha convertido en parte central de su vida, honrándola incluso como su “tercera hija”. Luisa le habló a Natalia de su hija Lila, que también nació en San Lorenzo, Paraguay y llegó a Buenos Aires en 2003. Antes vivió con sus dos hermanos, uno asesinado en una situación de violencia callejera. Vino porque no tenía trabajo y su mamá ya vivía aquí. Ahora tiene 33 años y un hijo argentino de 7. Trabajó de empleada doméstica y de vendedora, tanto “allá” como “acá”. Lila y Natalia se conocieron formalmente en una protesta en 2017 contra el DNU del presidente Mauricio Macri que pretende criminalizar a los migrantes expulsándolos sin posibilidad de defensa ni justicia.

 

Luisa no participó en organizaciones de Paraguay ni de Argentina, aunque es sensible a las injusticias que sufren las mujeres, los y las migrantes y especialmente los y las pobres. Lila, en cambio, tiene conciencia crítica respecto de la sociedad, la economía y la política, es capaz de encontrarse con otros y otras en su misma situación, y de organizarse para pensar y para accionar en temas de interés común.

 

Desde 2017 milita en el Bloque de Trabajadorxs Migrantes (BTM) como parte de Movimiento 138, un colectivo creado en 2012 que constituye la voz de una nueva generación de líderes de la comunidad paraguaya en la ciudad. Junto con Apé Paraguay e Ysyry Aty, sus reclamos y formas de denuncia los enfrentan con la “vieja” dirigencia paraguaya. Además de ser encargada de Comunicación y “voz” del movimiento, Lila es parte de Feministas BTM, que se encolumna en el frente “Ni una Migrante Menos” (NUMM). Según ella, ambos grupos surgen “porque hay necesidad de las compañeras de politizarse y reconocerse como sujetas migrantes. Ese es el objetivo que nos propusimos inicialmente: que la mujer migrante pueda hablar por ella misma, con su propia voz, su propia fuerza, dentro de sus organizaciones y no todo el tiempo que sean nada más paliativas las cuestiones que trazan en su colectivo”.

 

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Carla es compañera de Lila en los mismos espacios de militancia. Tiene 28 años y estudia Periodismo en la Universidad de Avellaneda. Aunque nació en Sucre, Bolivia, vivió muchos años en Yacuiba, en la frontera con Salta, hasta que a los 11 llegó a Buenos Aires con la mamá y la hermana. La primera vez que Natalia la vio fue en 2011, en una actividad sobre nuevas generaciones en el Festival de CineMigrante. Carla tenía 21 años y una visible claridad en sus posicionamientos al respecto de las juventudes migrantes, a la vez que una energía creativa que, al igual que Lila, representa a una gran parte de los jóvenes bolivianos y paraguayos que habitan la ciudad: participa en organizaciones comunitarias desde niña, primero artístico-culturales y luego en defensa de derechos, y es activa en asambleas y acciones dentro del BTM.

 

Organizaciones como Simbiosis Cultural -principal impulsora de ese movimiento-, Juventud Jallalla y Generación Evo entre otras están renovando la política de la colectividad boliviana y podría decirse que constituyen la “voz de una generación” de la que Carla es parte integral y referente. Por eso no le sorprendió cuando le comentó que era hija de Zulema, a quien había conocido en 2003 en una muestra llamada Kaipi Bolivia organizada por Natalia y su comadre Consuelo para revalorizar el patrimonio cultural boliviano en la ciudad. Allí, Zulema habló sobre el rol de las mujeres bolivianas, asunto que provocó risas entre algunos líderes masculinos. Ella es abogada y era en ese momento referente del Movimiento Boliviano por los Derechos Humanos (MBDH), creado tras la muerte de Marcelina Meneses (boliviana de 30 años) y su hijo argentino (de 10 meses), que fueron arrojados del tren Roca en 2001 en un episodio de xenofobia colectiva que aún sigue impune. Además de haber sido parte por esos años de la Red de Mujeres Migrantes, es hasta hoy destacada como alguien que litiga para sus “paisanos” y más: creó la organización Yanapacuna de la que participa también su hija Carla. Es “una organización que hace asesoría legal y acompañamiento de mujeres migrantes víctimas de violencia y también ha funcionado para realizar talleres de concientización en distintas instituciones del estado”.

 

Madres, hijas, hermanas, compañeras, no es casual que Lila, Carla y Zulema participen de NUMM, en donde se pueden observarse diferencias entre mujeres mayores y las más jóvenes: los roles de género, metodologías de acción política y apropiación de los principios del feminismo pueden incluso ser opuestos entre ellas. Pero en este espacio esas diferencias quedan subsumidas debajo del objetivo común: luchar contra el patriarcado y la violencia machista, y por los derechos de los y las migrantes en Argentina.

 

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Estas (grandes) mujeres han dedicado sus vidas a desafiar fronteras de distintas naturalezas. Sus vidas permiten repensar las posturas que perfilan al inmigrante como un sujeto (frecuentemente masculino) que, ya sea “sumiso” y “pasivo” o “invasor” y “peligroso”, es pensado únicamente como trabajador (y en el caso de las mujeres como “víctimas” de mayores violencias confinadas a espacios aún más privados como el del cuidado doméstico). Por el contrario, en sus relatos vemos que luchar por el acceso a derechos representa el conocimiento de prácticas nuevas; de nuevas formas de intervención política en el espacio público que para algunas eran desconocidas en su país de origen; mientras que para otras es la oportunidad de llevar a los nuevos países de residencia aquellas prácticas políticas que desarrollaron por años en sus localidades de origen. En todos los casos, cruzar las fronteras de lo que se espera de ellas, desafiando las violencias que buscan limitarlas a espacios confinados y a las que aprenden a acomodarse pero también a resistir-, para tejer redes que les permitan ser parte activa del cambio social es lo que hace que los recorridos experienciales de estas migrantes se vuelvan fundamentales tanto en la construcción de identidades como de ciudadanía. Estas mujeres son las grandes articuladoras de procesos de (re)significación y (re)construcción y es esta capacidad lo que les otorga centralidad política en tanto conforman y configuran procesos transformadores. Con ellas compartimos nuestra condición de género como una frontera que nos expone a asimetrías de diversos tipos, pero que a la vez nos acerca entre nosotras y nos une, hoy más que nunca. En esa confluencia, las redes de mujeres migrantes a las que las autoras nos vemos unidas y de las que nos sentimos parte, están tejidas por lazos afectivos y también por compromisos políticos comunes que las y nos sitúa en el centro de la acción.

 


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