Creció en Mataderos, en una casa donde la cumbia norteña sonaba coreada por su madre y tías, y yendo a los cumpleaños de León Gieco. Recorre escenarios desde chica. Estudió folclore en la Escuela de Avellaneda. Tocó con las Blacanblus, tocó con Axel pero fue en una Marcha del Orgullo cuando su arte y su carisma la ubicaron como referente de la música sorora. Sus shows performáticos -keytar en mano y bailarinxs por todas partes- desafían la escucha de Spotify. Si le dan a elegir entre Sony, Magenta o Goza Recods, ella elige dejarle sus canciones al sello feminista.



Una historia larga bien puede empezar con una mancha: la que apareció por primera vez en una remera de Maira Jalil en algún momento de los tempranos 2000 y parecía de aceite. Ella lavaba las remeras y la mancha no salía: desaparecía sola al cabo de los días. Una vez vio entero el proceso de formación arriba del 134. Salía de su cuerpo: primero una rayita, la mitad, tres cuartas partes, y cuando bajó en la Escuela de Música Popular de Avellaneda estaba completa: un círculo del diámetro de un vaso en la boca del estómago. Sus compañeros de la EMPA pueden dar fe, a todos los asombraba el tema del círculo. 

 

Primero le preguntó a un homeópata; le llevó unas remeras y él dijo que nunca había visto algo así. Después le contó a la psicóloga. Le preguntó si quería verlas, ella dijo que no, que hay cosas que no se explican y mejor dejarlas pasar. La tercera consulta funcionó: un armonizador de chakras, Gustavo, le mostró la remera que tenía puesta él, manchada de violeta. 

 

- Es porque sos una natural -le dijo-. Tenés el poder de sanar con la voz, como Gilda. Si querés trabajar con este don lo podés hacer, si no, seguís con tu vida. No te va a hacer daño y no le va a hacer daño a nadie. 

 

Ella se fue tranquila, sintiendo que no tenía ese talento pero que ahora podía creer en lo que dicen las energías que no se ven pero están: ahora tenía una guardiana. Como cumbiera sin religión, nadie entendería mejor sus plegarias que Gilda. 

 

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Tenía veintipico: no recuerda fechas exactas. En cierto modo, la vida de Maira Jalil es un gran durante. Tomar o dar clases de música, escribir canciones, tocar en vivo. El crudo de sus días es el mismo desde que es una niña hasta hoy, graduada en la carrera de instrumentista superior en folklore y maestra de canto. La mancha no apareció más: ni en los ensayos con el grupo que se iba a lanzar como competencia de Bandana, ni en la etapa con las Blacanblus, ni en su gira Un Nuevo Sol, con Axel. 

 

El círculo no aparece “hace mil años”. Tampoco aparece ahora, en el salón de eventos de un club de Villa Urquiza. Una pareja de chicas se dio el gusto de llevar a su fiesta de casamiento a Tita Print, que espera el ok para salir a escena sentada frente a un vaso de ron y un destornillador de arándanos, sin tomar ninguno. Tiene puesto un short sobre medias de lycra, camperita flúo con cierres y Fila blancas de estreno en los pies. Se maquilló ella misma: “Cada vez que toco, antes de salir me pregunto ¿por qué me hago ésto? Hasta me da vergüenza estar vestida así”. Después, cantando y tocando el keytar, se la ve gozar. En breve, personificará a su “Santa Trava” y dos señoras sentadas repetirán con ella: “Amor libre”. Es junio de 2019, y en algún momento de esos 40 minutos de show, Maira, Mai, Tita cumplen 40 años. 

 

* * *

Tita Print hizo uno de sus primeros impactos en la Marcha del Orgullo de 2013. Subió al escenario de Plaza de Mayo con el sonido endiablado del keytar, el instrumento con el que Pablo Lescano inventó la cumbia villera a fines de siglo pasado. Este híbrido entre guitarra y teclado tuvo su primera versión en los ’60: hay fotos de Paul McCartney con su antecedente en la falda, el “tubon” usado también por Ralf Hütter al inicio de Kraftwerk. El keytar nunca alcanzó el status de la guitarra, pero permitió que los tecladistas actuaran también sus temas. Sirvió a la espectacularidad de los ’80 –el glam, el synthpop, la new wave–, y se ha usado con fines puramente musicales en el R&B y el jazz fusión. Hoy es similar: se lo cuelga cada tanto Lady Gaga y es una herramienta de composición para Imogen Heap. En Europa del Este, la croata Belinda Bedekovic es una keytarista superestrella. El keytar no se enseña a tocar en el conservatorio, y sus primeros maestros, como Herbie Hancock, son antes grandes pianistas clásicos. 

 

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La historia de Tita Print y el keytar es, a la vez, una historia rota con el piano. El primero: un piano rojo furia entrado por el balcón la Noche de Reyes, Maira Jalil tenía nueve años. Ahí, en Mataderos, vivía con sus padres y su hermano mayor, Matías. Mabel trabajaba de maestra jardinera y Omar, entre otras cosas, era fotógrafo de eventos. Los dos querían que sus hijos fueran músicos y los mandaron a estudiar, pero el principal estímulo seguía siendo esa casa donde todo el tiempo sonaba cumbia norteña y venían las tías y cantaban a voces con la madre. Había, además, dos familias amigas con las que compartían navidades, vacaciones y fogones; una de ellas, la de León Gieco. 

 

Maira fue a incontables recitales de Gieco, a veces uno detrás de otro. Desde temprano entendió algo que a la larga le sirvió: “Los artistas se arman algo para decir y después lo repiten: no es que te tenés que inspirar en todos los shows”. 

 

Sus compañeras del colegio judío Scholem Aleijem siempre la hicieron sentir una outsider. A Tita ni siquiera le funcionó invitarlas a un cumpleaños de León en el que estaban Charly y Fabi Cantilo, y Baglietto servía el locro. La siguieron molestando igual, “por freak”, aunque su único pecado fuera ser la chica que al viaje de egresados se llevó calzas ciclistas y remeras de salven a las ballenas: “No sabía que íbamos a ir a boliches”, dice.

 

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Había una sola ocasión donde sí sabía –lo sentía en la espalda– que la respetaban: cuando tocaba el piano en los actos. Tuvo una primera gran maestra que por cada obra que le enseñaba le pedía que compusiera una versión propia. Avanzó rápido y el piano rojo le quedó chico. Omi, como le decían al padre, se ofreció a cambiarlo y trajo uno con el arpa quebrada. Maira le pidió a un compañero ir a estudiar con él –un chico ciego que tenía el piano en el lugar más oscuro de la casa–, y se compró un teclado para tocar en La Huaina, la nueva banda del hermano, un líder natural desde el jardín de infantes. Al cabo de un tiempo, Omi se lo pidió para empeñarlo y pagar una deuda: no lo recuperó. Finalmente, como ella también había empezado a perder la vista y le costaba leer las partituras, se pasó a canto. 

 

Otra vez tuvo suerte con la maestra: a Beatriz Muñoz, integrante del Coro Polifónico Nacional, la coreuta histórica de Mercedes Sosa, le dice madre de la vida. 

 

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Bajo un árbol cercano a la Feria de Mataderos, la familia Jalil a veces se junta a tomar mate. En ese escenario Tita tocó sus primeros acordes. Ahí están enterradas las cenizas de Omi, que hasta último momento –hace dos años–, cada vez que le hacía un regalito le decía: “Esto es por el piano, eh”.  

 

Maira, Mai, Tita: la que cuenta ésto se aclara las cuerdas cada pocas frases, pero casi sin hacer ruido, como si fuera otra forma de pestañear. El ambiente central del PH de Parque Patricios donde vive con su hija y su novia y productora está casi en penumbras, y durante un rato sólo ocurren allí movimientos fugaces: la caniche Baba se levanta a pedir algo, el cigarrillo pasa de mano en mano, las copas de vino suben y bajan. La niña de once años está en la cuarto con la luz prendida. “La vida real no sé cuál es, pero es más parecida a ésto que a un show”, dice Tita, que piensa en ese contraste desde siempre. 

 

El padre del dueño de la casa, un amigo que se fue a vivir a las Islas Canarias, fue un pionero de encuadernación –dicen que cosió la Constitución con hilos de oro–. Allí quedaron su antigua prensa y un cuaderno que Tita tomó como propio. En una de sus páginas escribió una frase de Cristina Dall de las Blacanblus: “Cuando te subas a un escenario, subite a jugar”. 

 

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En esa época existía el prejuicio de que cantar era cosa de frívolos y egocéntricos. Y también le pasaba en los castings de coreutas que le pidieran bailar “sensual”, o al revés, que un compañero de banda le dijera que usando polleras cortas “ponía a la mujer en un lugar de mierda”. Por integridad, abandonó un proyecto de Warner de crear la contra de Bandana –ocho horas de ensayo a la orden de un director apodado “Gato”–, y así dio con un destino más interesante y peculiar: Las Blacanblus, las mujeres que se abrieron paso y triunfaron en la era de los grandes del rock nacional. Ellas eran, para entonces y en palabras de Tita, “mujeres muy poderosas. Cada una es como un buda”.

 

Con Las Blacanblus pasó 3 años. Entre muchas otras cosas, aprendió nuevas técnicas vocales –a hacer “colchones de voz”, por ejemplo–, y en total, una nueva ética, la del coreuta, lo que significa de verdad acompañar: “Tenés que ser el reflector para que la voz principal brille. Tenés que ser su sombra real, ni más gorda ni más flaca”. Pero lo más importante que sembraron en ella fue el feminismo. Tita, que por entonces tenía 25 años, nunca olvidó cuando Viviana Scaliza se enfureció arriba de un micro de Pappo y gritó: “Es una compañera y la tienen que respetar”, porque los músicos y técnicos la vivían acosando con piropos y mensajitos en las listas de temas. “Se comieron los mocos grosso”, dice.

 

Esa experiencia la dejó mejor plantada. Pero llegó un momento en el que necesitó todas las herramientas que el feminismo le pudiera dar: llegaron a través de amigas –del Instituto Vocacional de Arte–, colegas y periodistas como Luciana Peker. Con todo tuvo que ver su hija. La tuvo a los 30, con deseo, dentro de una relación que duró poco más que el embarazo, y desde 2012 se prolongó hacia un vínculo judicial del que Maira Jalil participa como integrante de la comunidad de Madres Protectoras. Ya atravesó tres causas completas: una por impedimento de contacto y dos por calumnias e injurias. La última absolución fue en marzo de este año. Durante ese tiempo, la vida fue un infierno de cartas documento, citaciones, declaraciones y firmas. Maira Jalil, Maira Jalil, Maira Jalil, Maira Jalil. Leer su nombre y ser nombrada en ese contexto le provocó una fuerte crisis de identidad. Y entre todo el tiempo perdido en despachos todavía tenía que ser madre soltera y trabajadora. En el cuaderno de vida también hay un punteo de la época con consejos para ahorrar energía. 

 

Uno de esos días un alumno le preguntó cómo estaba. Ella había soñado una frase, y cuando terminó de hablar, el alumno dijo la misma frase. Luego llamó por teléfono a su guía de la religión Yoruba. Hoy, ella recuerda su consejo así: “Tenía que doblarme en dos. Ser dos personas al mismo tiempo. Guardar en esta otra todo lo bueno de mí, todo lo que quiero resguardar para vivir. Ahí recordé que también me decían Tita de amor. Y Print es por imprimir a esa Tita y no olvidarme de que tengo que vivir esas dos vidas. Que tengo que ser feliz y replicar lo mejor de mí porque era una cuestión de vida o muerte. Y acá estoy”

 

“El bravo mar de mis emociones revuelve el odio y el odio se convierte en mil canciones”, casi rapea en “Amor Amor”. No importa qué llegó primero, si el material o el concepto; si las letras y melodías que le brotaban enteras en la cabeza, o la necesidad, como nunca desde los doce, de ser solista. Grababa las ideas en el celular: así de inspirada estaba y así de poco tiempo tenía. Por entonces, además, había aceptado ser la corista y acordeonista en la banda de Axel en el pico de su carrera. Tita aprovechaba los viajes para dormir. 

 

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* * *

 

En el momento más agobiante de su vida, se propuso liderar un proyecto musical en todo sentido: también poner el cuerpo adelante, ser una verdadera frontwoman. Así surgió la idea de tocar el keytar, o como le dicen también, controlador. Aprendió mirando videos de Pablo Lescano, armó una orquesta de cumbia tradicional de diez músicos, se anotó en otro concurso –de Estudio Urbano– y ganó la grabación del primer disco. Encuéntrate abre con la frase: “Así como me caigo me levanto”, y está lleno de las melodías y versos confortantes que ella misma necesitaba. “Deja de llorar, levanta ponte a bailar, que todos los corazones van guardando sufrimiento. Hay que encontrar la forma de poder ser feliz. Para poder revivir escucha lo que llevas dentro”, en “Tiki Tiki”.

 

A la falta de tiempo y presupuesto, respondió con un vestuario único: short y camisa, una bordada con el Gauchito y otra con Gilda. Así se presentó en vivo durante casi tres años. En el circuito tropical –que recorrió con ídolos de la infancia como Adrián y los Dados Negros o el grupo Sombras–, el de la cumbia emergente que conocía por San Bomba (la última banda que compartió con el hermano) y en espacios institucionales como las fiestas de las Provincias o el Verano de las Emociones, contratada por el Ministerio de Cultura durante la presidencia de Cristina Fernández. Tocó en la villa 11-14, en el festival Vive la Música de Medellín, y en inauguraciones de espacios como una Consejería de Salud Sexual Integral. Allí conoció a Ana, la productora, la novia. Cerró el período Encuéntrate con un show gratis en Avellaneda a fines de 2015. Tita agradeció y se despidió hasta la próxima, también del equipo. “Sabía que quería tirar una bomba y que crezca una cosa distinta. Me gusta mucho la flexibilidad”, dice.

 

Tres años después llegó Gladiadora, en un formato de sonido más compacto que en vivo se resuelve con Ana en percusión y Cuya (un amigo de siempre que vio los círculos en las remeras) en bajo y DJ set. Lo trabajó con El Chávez, un productor con experiencia en géneros –rock, reggae, dub, hip hop, electrónica, funk– y un maestro de la fusión que inventó su propia “cumbia del Oeste”. El Chávez tiene el estudio en Parque Leloir, y entre el viaje y que era su primera vez trabajando con “maquinolas”, el proceso se prolongó bastante. También porque esta vez, sin la urgencia emocional de Encuéntrate, “y con la revolución feminista mediante”, pudo dedicar tiempo a pensar en lo que quería decir y mostrar. En el interín, estudió y se recibió de maquilladora. 

 

Con Gladiadora, además, reunió en un disco a las Blacanblus Deborah Dixon y Viviana Scaliza con referentes de la música urbana disidente como Chocolate Remix y el resto de las colaboradoras en “La Espada de Juana”. Al revés que en Encuéntrate, y justamente porque ese disco existe, Tita ya no necesita ser autorreferencial. Ahora quiere que su voz hable por otras: “Salirme de mí”, dice. 

 

Aunque recién empieza a presentar el disco, Tita ya planea el porvenir. En su momento tuvo reunión con Sony –la conectó el equipo de Axel– y casi con Magenta, el imperio de la cumbia, pero lo pensó de vuelta. Hoy está segura de que su sello tiene que ser el feminista Goza Records, y que tiene que seguir invirtiendo en el show: “Pensar en los temas como una performance, de manera que no sea lo mismo escucharlos en tu casa”. 

 

Para eso sumó bailarines –tienen 24 y 19 años–.  Ahora son un equipo de seis esperando que terminen de comer el postre en el salón de Villa Urquiza, donde las novias festejan con el pañuelo verde en la muñeca, una de blanco, otra de trajecito. En seis horas sale un micro a Entre Ríos: el lunes 3, tocan en la Marcha Ni Una Menos. Así, Maira, Mai, Tita, la niña del piano rojo furia, la mujer del keytar, pasará su domingo de cumpleaños metida en una terma. Pero las 12 dan en la fiesta, mientras está cantando. Cuarenta años marca el calendario. Ella siente que son muchos más.

 


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