Adriana Carrasco es periodista feminista desde antes de que existiera “lo que hoy llaman periodismo feminista”. Se nombra lesbiana desde cuando casi nadie se animaba a hacerlo. De esa pulsión surgieron, al caer la dictadura, los fanzines Cuadernos de Existencia Lesbiana, la primera publicación lésbica argentina editada desde el feminismo.



Era 1986 y como se diría hoy, veníamos activando el Grupo Feminista de Denuncia. Con Ilse (aún no había adoptado el apellido Fuskova) y la artista plástica anarquista Josefina Quesada los sábados nos parábamos con carteles y discutíamos con los hombres que salían de los cines en la calle Lavalle. Es muy importante decir que “sus” mujeres no se atrevían a decir una sola palabra. No era para nada la situación actual… 

 

El año anterior varias compañeras feministas habían viajado a Bertioga (Brasil), al Tercer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe. Ahí estaba Empar Pineda, del Colectivo de Feministas Lesbianas de Madrid que editaba el boletín Nosotras que nos queremos tanto. En ese boletín publicaron el texto teórico “Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana”, de la poeta lesbiana estadounidense Adrienne Rich. Después del encuentro, Empar Pineda viajó a la Argentina, y dio varias charlas.

 

En ese momento pensé que había llegado la hora de hacer algo sobre lesbianismo. Pero había que hacerlo en el marco del feminismo local, no dentro del movimiento gay. No me cerraba tener que disputar la dirección de los varones (que eran bastante machistas) ni por el sesgo institucional de sus organizaciones.  

 

Ilse había flasheado con Empar Pineda. Consulté a las dos referentes principales del grupo feminista ATEM (Asociación de Trabajo y Estudio de la Mujer) –del que por entonces formaba parte-, Marta Fontenla y Magui Bellotti, si les parecía pertinente “hacer algo sobre lesbianismo”.

 

—Hacelo —respondió Marta Fontenla.

 

Me reuní con Ilse y le propuse organizar juntas un taller en las jornadas de ATEM de noviembre de 1986, recolectar testimonios y publicarlos en un Cuaderno de Existencia Lesbiana. El nombre (¡pretencioso el título!) lo tomamos un poco del texto de Adrienne Rich y otro poco del existencialismo de Simone de Beauvoir. Organizamos el taller. Colaboraron la psicóloga Ana Rubiolo y una fotógrafa lesbiana feminista que transicionó hace un par de años y hoy se llama Julián García Acevedo. Reunimos los testimonios, los publicamos en la forma que hoy llamaríamos fanzine y los vendimos públicamente en la manifestación feminista del 8 de Marzo de 1987 en Plaza Congreso. Nos convocamos unas siete compañeras lesbianas feministas con cintitas lilas en la frente, y la leyenda “Apasionadamente lesbianas”. Además de las que organizamos aquel taller, estaban la futura historiadora Araceli Bellotta y la cantante de blues Elena Napolitano. Fue la primera vez que un grupo de lesbianas salió visiblemente a la calle en Buenos Aires (la primera marcha del orgullo gay fue en 1991, la mayoría usó máscaras).

 

Cuadernos de Existencia Lesbiana fue la primera publicación lésbica de Argentina.

 

Con el tiempo, tuvo una buena difusión en el feminismo argentino de los 80, aunque al comienzo muchas feministas que eran lesbianas que vivían en el armario/closet fueron las que más resistencia ofrecieron.

 

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Entre 2016 y 2017 edité los Cuadernos de Militancia Lesbiana. Fueron un intento de retomar la línea de Cuadernos… con compañeras lesbianas de las nuevas generaciones. Digamos que fue una experiencia intergeneracional. Los contenidos oscilaban entre los testimonios, la teoría, la gráfica lesbiana feminista. Colaboraron Laura Pérez Régoli “la Vasca”, que actuó como una suerte de nexo entre la pregunta por los antiguos cuadernos y las preguntas actuales, Maia Venturini Szarykalo en las ilustraciones de tapa y Magui Fernández Valdéz, entre otras.

 

La última tapa fue “Libertad para Higui”. Finalmente ganó la coyuntura. La persecución judicial a Higui se convirtió en causa principal de las lesbianas.

 

Lo armamos como fanzine porque sólo tenía los medios para editarlos así. Jamás recibí financiamiento, tampoco lo busqué. Mi militancia siempre la pagué de mi bolsillo, que por lo general es muy exiguo, nunca tuve ahorros. Por otra parte, fui estudiante de Filosofía. ¿Qué ocurrió con los textos de la Antigüedad en la Edad Media europea? ¿Tanto confiamos en los servidores de internet? Escribí cantidad de notas que ya no están en la web. En 2013 era editora de información general en un medio que salía en papel y digital. Al dueño se le ocurrió que rediseñaran la web. Un genio de la informática hizo que se borraran montones de notas, se borraron todas las firmas. Por eso, casi todo lo que escribí lo tengo guardado en soporte papel. Desordenado, pero lo tengo. Una inundación, por ejemplo, podría terminar con mi archivo. Pero qué me contás del apagón general de 2019, en toda Argentina y países limítrofes. El tiempo dirá.

 

 

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Fui periodista feminista décadas antes de que existiera eso que hoy llaman “periodismo feminista”. Y lo fui como lesbiana feminista, peleando mi lugar en la Editorial Sarmiento/Diario Crónica, donde me formé (la empresa de Héctor Ricardo García). Tuve la suerte de trabajar diez años en la revista Flash, dirigida en ese momento por Roberto Jacobson. Jacobson me pidió que hiciera feminismo en una revista que imprimía 200 mil ejemplares semanales. También abrió el espacio al incipiente movimiento gay.

 

Editorial Sarmiento/Diario Crónica tomaba solamente periodistas ubicadxs en los extremos: ultraizquierdistas, ultraderechistas, tortilleras, policías –y simpatizantes más o menos encubiertxs- y milicos, trotskistas, jipis con hormigas en el tujes, peronistas de la derecha gremial, presos que escribían desde la cárcel. Todo eso mezclado.

 

En esa época, a principios de los 90, entrevisté a la primera Comisión por el Derecho al aborto, a distintxs referentes del movimiento gay-lésbico, cubrí el 5to. Encuentro Feminista y Latinoamericano y del Caribe e hice la primera nota publicada en la Argentina sobre el uso del cuadro de látex para las relaciones sexuales lésbicas (un tema bastante controversial).

 

Jacobson se encargaba personalmente de que todas las semanas viajara un paquete de revistas Flash por avión a Cuba. De esta forma, colaboramos con la apertura LG (lésbico-gay) en la isla. En los últimos años de los 90, la mayor parte del correo de lectores de Flash lo ocupaban lectorxs cubanxs, muchxs de ellxs LG.

 

Todavía no había comenzado la revolución travesti-trans. Entre 2003 y 2004 Crónica editó el primer suplemento del Orgullo Gay. Escribí allí. El director, Fernando Capotondo, no me permitía firmar las notas. Algunes de mis entrevistades: Diana Sacayán, Marlene Wayar, Néstor Latrónico, Teresa De Rito, Roberto González y Norberto D’Amico todxs salieron por primera vez en una tapa.

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Arribada al siglo XXI me encuentro con que muchas periodistas vienen formateadas por la línea de la Casa del Encuentro (después de un paso “pedagógico” muy sostenido de Fabiana Túñez por el medio televisivo; más o menos desde 2010, se tornó en la única fuente feminista de consulta). Una línea de feminismo radical de la diferencia, victimizante, poco rebelde y nada lésbica (a pesar de los orígenes feministas de Túñez. en el lesbofeminismo). Esa perspectiva parece predominar hoy en los medios. 

 

¿Cómo sería la diferencia de tratamiento periodístico? Hablemos de la persecución judicial sobre Higui: ¿Ponemos el acento en la mujer víctima golpeada a la que intentaron violar o lo ponemos sobre el hecho de que Higui, lesbiana chonga, se defendió y mató a uno de sus agresores? Con Higui, cada vez que nos encontramos nos preguntamos por el perfume que estamos usando. Las dos somos chongas, a nuestra manera. Higui detectó inmediatamente mi chonguez. Lo más maravilloso que te puede pasar es ese afecto entre entrevistadora y entrevistada, es ese mucho más allá de realizar un laburo periodístico.

 

Me formé en esas redacciones y mi maestra fue Martha Ferro (con quien fuimos pareja muchos años y nos casamos cuando se sancionó la ley de matrimonio igualitario). 

 

Muchas cosas aprendí viendo trabajar a Martha. Quiénes somos, nos marca como periodistas y el periodismo que hacemos. Si somos esa/ese que somos o impostamos algo diferente en busca de ascenso social y económico. En la revista Esto! (también de Editorial Sarmiento/diario Crónica) Martha se dedicó, desde finales de la década de 1980, a investigar los asesinatos de mujeres y travestis en prostitución a manos de la policía, y también la situación de vida de las travestis conurbanas pobres. Crónica fue el primer medio que publicó en tapa la marcha de las feministas contra Monzón. Martha era delegada gremial de Crónica, por eso logró ubicar el tema en tapa. Martha –que era trotskista- fue editora de la revista feminista socialista Todas durante la última dictadura. 

 

Otro caso que nos movilizó fuertemente a las lesbianas fue el de Marian Gómez. Como periodistas, ¿ponemos el acento en su pasado de adolescente víctima de abuso sexual o en la lesbiana chonga que se negó a ser víctima de un procedimiento policial lesboodiante/lesbofóbico? No me estoy llevando muy bien con la ola feminista victimizante. ¿Se nota, no?

 

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Volví a editar los Cuadernos… en 2016, y en el Encuentro Nacional de Mujeres de Rosario de ese año organizamos un acción con las pibas de Mala Junta, extraordinarias militantes (una pena que la agrupación se haya partido en dos sectores). Le cambiamos el nombre a la escuela Pablo Riccheri (el militar que instauró el servicio militar obligatorio, entre otras maravillas) por Virginia Bolten (la anarquista editora de La Voz de la Mujer, de quien supe por primera vez por Martha). Liliana Viola, editora del suplemento Soy, me encargó una crónica cortita sobre aquella acción. Se la entregué en diez minutos (la experiencia de haber yugado 17 años en las redacciones de García), y de ahí en más, empezó a encargarme notas. Mi línea no es queer sino feminista materialista, pero con Liliana Viola logramos coincidir en una línea intermedia cuando trabajo una nota. Me gusta trabajar en un suplemento de Página 12, me siento cómoda. Porque Soy a menudo puede ir más allá de lo que permite cierta progresía masculina cisgénero, y eso hay que defenderlo aun dentro de Página 12.

 

Soy trabajadora de prensa. Hoy, cuando el feminismo reditúa socialmente, me llevo bien con las periodistas que se paran en el campo rebelde, que no son dóciles y se resisten a ubicarse en una línea feminista fácilmente recuperable por los sectores dominantes. Hasta hace 15 años nos consideraban locas a las feministas. Ni hablar de las lesbianas (de las abiertamente lesbianas).

 


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