La crianza implica decidir y, cuando se lo hace contra lo establecido, dar explicaciones todo el tiempo. A partir de su propia experiencia y la de otros padres y madres, Verónica Ocvirk reflexiona sobre las pequeñas y grandes batallas que se libran a diario en la educación de los hijos.



Cuando hace casi tres años nació mi hijo tenía bastante masticados todos esos vaticinios con los que siempre te machacan: la vida que te cambia por completo, la falta de sueño, el ver de pronto la casa tomada y hasta el propio cuerpo tan distinto, atravesado por la maternidad. Lo que no sé si tenía tan claro es hasta qué punto ser madre –ser padre- implicaba tener que estar todo el tiempo tomando decisiones. Si lo mandás o no al jardín, y a cuál, y por qué. Qué tipo de alimentación elegís, qué juguetes, si le prestás o no el teléfono. Y por qué. Si lo vas a dejar que duerma con vos. A partir de qué edad le vas a permitir tomar gaseosas. A un pediatra de qué paño lo vas a llevar. Y por supuesto: por qué.

 

Lo contraproducente es que se puede acceder con un par de clicks a toda la información del mundo al mismo tiempo que se va almacenando una catarata de dudas. Así que a decidir. Decidir porque no se puede no hacerlo, porque al fin y al cabo eso es, también, ayudar a crecer a esas pequeñas esponjas. Porque decidir cómo criar a los hijos entraña un muy primario, muy genuino y muy necesario acto de libertad. Y porque si bien nos metemos en un terreno en el que nadie sabe a ciencia cierta qué hacer, la mayoría de la gente no quiere tampoco que le estén dando indicaciones sobre cómo tiene que hacerlo.

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El caso es que esas decisiones –que jamás ocurren en el vacío- nos obligan a veces a librar pequeñas o grandes batallas. Porque lo que elegimos no es lo que todos hacen y entonces lo tuyo es raro, sos una excéntrica, mirá que vas a terminar criándolo adentro de un termo. Tal vez sea cierto. Un ejemplo típico: el de esos chicos a los que les trazan un plan de alimentación tan estricto que hasta van a los cumpleaños con su propio tupper de refrigerios sanos. La tensión aparece porque si bien nadie duda de las salvajadas de las que, con tal de bajar costos, es capaz la industria alimentaria, la comida guarda al mismo tiempo una dimensión social que no es tan fácil dejar de lado. Porque comer, además de nutrirse, implica compartir. Y porque compartir supone por momentos dejar de lado lo propio para recibir lo del otro.

 

Mi hijo consume golosinas y snacks. No demasiadas, pero sí come. Y en algún que otro festejo he observado perpleja cómo les entraba contentísimo a unas patitas de pollo procesado que jamás le ofrecería en casa. Me rindo. Cada quien elige qué batallas librar. Una de las mías va contra los estereotipos de género, incluido el capítulo de los juguetes. Decidí rebelarme contra eso de sugerirles desde chicos que la mujer cuida a la familia, cocina y limpia mientras que los hombres construyen, hacen ciencia y pilotean aviones. Así es como me pasó que un señor le dijo: “Ey, ¡eso es de nena!” cuando íbamos juntos por la calle y él empujaba su changuito con verduras de plástico. O que en una juguetería nos miraron medio de reojo la vez que se puso a hacerles upa a unos bebotes en lugar de dirigirse al sector dinosaurios.

 

Otra idea que estoy barajando es la de revelarle más temprano que tarde la verdad sobre Papá Noel. Quizás empiece por no hacer la pantomima de que el viejo le deja los regalos mientras duerme. Claro que podemos jugar a que somos Papá Noel y nos hacemos regalos, o verlo de pronto en un shopping y decir “Mirá que lindo, tan gordo y tan rojo”. Lo que me hace ruido es imponerme la obligación de iniciarlo en ese relato. No veo la necesidad de mentir. “Le vas a acribillar la ilusión”, es lo que más me han dicho al respecto. Yo creo que la ilusión puede ir por otro lado.

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Hace poco estábamos en un cumple y él se volvió loco con un Minion “real” que apareció de sorpresa para el momento de la torta. Cuando volvíamos juntos en colectivo y él seguía hablando del tema no le dije que adentro de ese Minion estaba el tío del cumpleañero. Algún día caerá solo, o tal vez me lo pregunte y de acuerdo al código que tenemos le contaré la verdad. Pero así como no vislumbro “la charla” acerca de que los Minion son los tíos, tampoco me imagino otra para revelarle que Papá Noel somos los padres. Porque ni unos ni otros son mentira ni verdad, sino solo personajes de ficción. Claro que la Navidad, igual que la comida, se comparte. Y que los chicos hablan entre ellos, y que los amigos que “todavía creen” podrían enterarse. No sé qué diré entonces. Supongo que se irá dando. Y que eso es, también, parte de la maternidad-paternidad: bancarse a veces el no saber qué hacer.

 

Natalia. Un amigo me había comentado que Natalia –a quien conocía de vista de la época del colegio- era una madre súper estricta con el tema de las pantallas. Que regaló la tele cuando se quedó embarazada de su primera hija -que ahora tiene seis- y que permaneció igual de firme con la segunda, hoy de año y medio. Así que me puse en contacto con ella. La fui a ver, charlamos como dos horas y descubrí que su batalla no era tanto contra las pantallas en sí, sino más bien contra el ruido y el exceso de estímulos a los que tantas veces exponemos a los chicos. Contra la adultización de los contenidos para ellos. Contra el acto de “ponerlos” enfrente de una tele con la idea de que se calmen, o de que aprendan esto o lo otro, o de que quien está a cargo pueda por fin y, al menos durante un rato, ocuparse de algo más que de su hijo.

 

Natalia efectivamente había regalado su tele, aunque no solo por la nena, sino porque ni ella ni su marido la miraban demasiado, salvo algo de series y deportes. También era cierto que mantuvo a su hija mayor, Renata, alejada de las pantallas hasta cerca de cumplir los cuatro. Cuando le pregunto por qué, asegura que a edades tan tempranas el cerebro no está preparado para procesar esa cantidad de información, ni el hecho de que todo ocurra a una velocidad tanto mayor a la de la vida real. Que más allá de las investigaciones científicas que avalan todo esto aparece el tema de cómo los chicos aprenden y desarrollan su personalidad durante los primeros años de vida.

 

“Pero además–irrumpe- ¿de verdad es necesario darle el teléfono a un chico tan chiquito?”.

 

Dice que con sus hijas van mucho a la plaza; que si tiene que cocinar sienta a la más chica en su sillita mientras la grande le ayuda, y que si bien es un momento “intenso”, de algún modo lo terminan logrando. Que si tiene por delante un viaje largo lleva un pequeño arsenal de cuentos, lápices y tal vez hasta algún juguete nuevo.

Hoy Renata puede usar la tablet de la familia. Ve solo Netflix Kids, y dentro de Netflix Kids los contenidos que sus padres antes vieron y aprobaron. En la casa de sus abuelos o amigas sí ve la tele, y la disfruta, y a veces quiere ver más y entonces ellos tienen que intervenir, pero tampoco es que se vuelve loca. Al final tenía razón su mamá: hay otro montón de cosas para hacer.

 

A Natalia le pasó varias veces de estar en un café o en una sala de espera con sus hijas y pedir que cambien de canal “porque no me parece que los chicos tengan que estar expuestos a un noticiero”. Tampoco le gusta que en cumpleaños infantiles pasen temas como “Te pones loquita de noche”. Tiene muchos amigos que viven frente a las pantallas, ellos y sus hijos, y tiene claro que la ven un poco como el cuco de la tele. “Pero no me molesta ocupar ese lugar –confiesa-, porque estoy muy convencida del beneficio que puede generar a un chico el hecho de no estar tan en contacto con las pantallas”.

 

“Creo que lo nuestro no es extremo, si bien mucha gente lo ve como extremo. No somos fundamentalistas de nada. Ni con las pantallas, ni con la comida, ni con los juguetes. Cada uno trata de encontrar su balance, viendo además qué le pasa a cada chico. Y no es tanto ´pantalla sí, pantalla no’ sino cuánto ven, en qué contexto y sobre todo: qué. Trato de transmitirles eso a los abuelos. Y que si Renata está con amigas a las que permiten ver programas que a ella no, explicarle entonces que en otras familias pueden hacer las cosas de otro modo. Al fin y al cabo uno trata de educar para la vida –concluye- para que aprendan por sí mismos a tomar decisiones responsables”.

 

¿Educar o adoctrinar? Hace unos años se filmó una película que si bien es la típica comedia yanqui, llena de gags y con final feliz, permite intuir que sus guionistas –Lisa Addario y Joe Syracuse, que también son pareja- algo de criar contra la corriente entienden. Parental Guidance se llama, aunque acá fue traducida como “Abuelos al poder”. Marisa Tomei hace de la madre de tres chicos –una nena de doce y dos nenes de nueve y cinco años- a los que junto a su esposo cría de acuerdo a un patrón de educación bastante estricto. Para empezar nadie consume nada con azúcar, la hija sigue un riguroso estudio de violín y los padres hablan a los hijos de una manera “especial”: jamás les dicen “no”, sino “cuidado con las consecuencias”; y tampoco “no lo hagas” sino “¿por qué no lo intentas de esta manera?”. Pero nada de esto fluye en forma natural, sino que más bien se parece a un libreto preestablecido que en algún momento compraron convencidos y que ahora nadie se atreve a cuestionar. Es así que cuando el matrimonio se va de viaje y los chicos quedan a cargo de sus abuelos maternos –que son Billy Cristal y Bette Midler- ese edificio en apariencia perfecto empieza a revelar sus grietas hasta que termina por desbarrancarse regalando a toda la familia un saludable baño de realidad.

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“No estoy de acuerdo con su enfoque para cuidar a los niños”, le enrostra Tomei a sus padres cuando estos acceden a que el trío de hermanos juegue en el barro y coma un poco de torta. “¿Acaso teníamos un enfoque?”, mira Midler a Cristal con un mohín de desconcierto que resulta bastante gracioso. Y no es que haya inconvenientes con el hecho de tener un enfoque. El problema surge cuando los manuales demasiado rígidos no nos permiten registrar a nuestros hijos como de verdad son.

 

Me tomo una mañana para ir a conversar con María Marta Larramendy y María Julia Rodríguez, directora general y directora de jardín del colegio Integral Nuevos Ayres, que queda en el barrio porteño de Monte Castro y se inscribe dentro de una pedagogía constructivista.

 

Según dice María Marta hace un tiempo que se nota que los padres tienen más posibilidades de elegir diversas formas de educar a sus hijos, algo que antes no era tan común porque había mandatos que tenían una eficacia simbólica de normalidad que operaba con mucha fuerza. Conceptos como que una familia se formaba por madre, padre e hijos; o que los grandes hablaban y los chicos se callaban, raramente se cuestionaban.

 

“Claro que cada época tiene su discurso dominante, pero hoy hay un reconocimiento mayor de la diversidad, y dentro de eso, de que puede haber distintas formas de criar”, explica. Lo que observa como preocupante son aquellos modos de crianza que producen en los chicos una (des)subjetivación. Porque en los primeros años de vida –dice- los chicos van constituyéndose como sujetos que piensan, sueñan, son críticos y toman decisiones. Y así como desde la crianza es posible realizar intervenciones que aportan a ese proceso, hay otras que lo obstaculizan.

“Los niños son sujetos –aporta entonces María Julia-, no objetos de nuestras decisiones, caso en el cual daría lo mismo si se trata de ‘ponerlo’ o ‘sacarlo’ de delante de la pantalla, llenarlo de tal alimento o privarlo de tal otro. Tomarlo como sujeto quiere decir ir compartiendo con él lo que como educadores decidimos, fundamentando y escuchando también cuáles son sus preferencias. Porque es en esa posibilidad de intercambio que su subjetividad va constituyéndose. Y porque a un chico que tiene su vida demasiado digitada por sus padres le va a costar un montón desarrollar un pensamiento crítico”.

 

Conversamos sobre el hecho de que cada tanto surgen modas, recetas cerradas, que parecen aliviar el hecho de tener que estar cuestionándose si lo que uno hace está bien. Según María Julia, eso provoca que algunos padres casi renuncien al encuentro con sus hijos para seguir tal o cual manual. “Y si uno no está atento a lo que a su hijo le sucede –advierte-, la crianza se transforma en adoctrinamiento”. Completa María Marta: “La crianza que elija cada familia, que puede ser singular –porque todos somos distintos y tenemos historias distintas- es potente y positiva siempre y cuando les dé a los hijos un espacio para descubrirse a sí mismos, sus potencialidades y lo que les gusta. Y en ese proceso algo muy deseable es que un niño se encuentre con realidades distintas a las de su casa. Nada más rico que sepa que hay otras formas y que eso, a su vez, le permita confrontarte”.

 

Acordamos las tres que esa parte –la de que tu propio hijo te cuestione-  puede resultar bastante amarga. Que genera desconcierto en un mundo que nos exige tener todo claro para así poder cumplir el mandato de ser felices todo el tiempo. Ellas me cuentan de Donald Winnicott, el pediatra y psicoanalista inglés que decía que la madre buena es la que falla. “Cuando la madre sabe todo –me aseguran- es tremenda. Porque es en la duda, la falla, que aparece el sujeto. Si no, el niño es hablado por otro”.

 

“Vero y Estani”. A veces creemos que criamos contra la corriente pero lo que hacemos, por lo menos en pequeños círculos, es también, al fin y al cabo, una corriente. Sin embargo hay decisiones de crianza que de verdad vienen a toparse con ideas muy incrustadas.

 

Verónica y Estanislao tienen dos hijos, uno de quince, Prilidiano, y otro de diez, Belisario, que no van más a la escuela. Fue algo que elaboraron entre todos de acuerdo a un profundo y muy interesante grado de reflexión. “Imaginate que cuando tomás estas decisiones sos interrogado por medio mundo –me cuenta la pareja-, tenés que estar dando explicaciones de todo”.

 

Surge el tema de la obligatoriedad, que según ellos no es más que un fantasma, porque quien en realidad tiene la obligación de brindar educación –explican- es el Estado, y luego las familias pueden elegir lo que consideran mejor para sus hijos. La otra palabra ineludible es “acreditación”. “Nosotros mismos decíamos: ‘Y ahora ¿cómo van a acreditar lo que aprenden?’”, dice Estanislao. “Bajamos la ansiedad cuando entendimos que acreditar no era más que estar a tiro con una línea de tiempo pre establecida que a algunos podrá quedarles bien, pero a nosotros no nos preocupa. Nos parece que llegado el caso es posible arribar al mismo lugar en otros tiempos, rendir exámenes o incluso hacer un acelerado, siempre de acuerdo a sus intereses”.

 

¿Cómo llegaron hasta acá? Todo comenzó cuando tenían que buscar un jardín para Prilidiano y como ninguno los convencía, empezaron a rumiar la posibilidad de que directamente no hiciera el nivel inicial. Pero el jardín soñado apareció –chiquito, municipal, bien barrial-. Una situación parecida se presentó al momento de pasar a primer grado y la escuela que pretendían para su hijo parecía no existir. “Yo estaba desesperada –dice Verónica-. Estani me decía: ‘Qué no vaya’. Y yo: ‘Callate, ¿cómo no va a ir a la primaria?’. Entonces encontramos una escuela que nos encantó y terminó yendo ahí hasta sexto grado. La directora era una mujer con una cabeza muy abierta”.

 

Verónica es profesora de plástica en secundarios, donde empezó a advertir ciertas realidades que no le cerraban. “Veía que los chicos entraban llenos de curiosidades, pero al final terminaban achanchados porque la escuela acalla constantemente sus inquietudes personales”. Entonces le ofrecieron a Prilidiano la opción de no hacer la secundaria. Él igual quiso seguir, aunque al poco tiempo sufrió una situación de hostigamiento tras la que terminó dejando. “Fue un detonante, pero la posibilidad ya estaba planteada. De hecho la alternativa de ir a otro colegio ni siquiera apareció”, relatan sus padres. Con Belisario fue distinto. Él hizo su primer grado y en segundo les comunicó que ya no quería continuar, cosa que respetaron explicándole que su decisión no era irreversible.

 

Al principio se impusieron un esquema de estudio algo rígido con manuales, horarios y programas, pero al final se dieron cuenta de que lo único que hacían era replicar lo que sucedía en la escuela. “Decidimos desordenar un poco los contenidos”, marca Estanislao. En forma periódica se juntan alrededor de una mesa a comentar y profundizar diferentes cuestiones a partir de manuales, documentales y noticias. Leen en voz alta. Hacen arte. Les encanta la música. Discuten la actualidad. Por ejemplo, el caso de Santiago Maldonado. “Empezamos a charlarlo –cuenta Verónica- y entonces Prili empezó a preguntar cosas sobre las comunidades mapuches que nosotros mismos dijimos: ‘Esto tendríamos que saberlo’. Buscamos información y terminamos viendo cosas de geografía, historia, economía, por ahí no con la calculadora pero sí estudiando intereses económicos”.

 

Prilidiano está construyendo una bicicleta de madera, para lo cual busca toneladas de información y dibuja moldes. “En la escuela se lo estaría perdiendo, porque la escuela no considera que eso es un conocimiento válido. Y aparte no tendría tiempo”, dice su mamá. También cursa talleres de educación no formal de cine, fotografía, animación y actuación. A Belisario le encanta la historia, que aprende “como sin querer”. Ambos van al club y tienen amigos. “Si a los chicos los acompañás en ese impulso natural de querer descubrir, es imposible que no aprendan. Ahí es donde la desescolarización se nos hace viable”, dice su papá. Y remata: “En nuestro caso sabemos que contamos con el tiempo para que ellos transiten ese aprendizaje con nosotros. Hasta nos achicamos económicamente para lograrlo. Pero no predicamos, tampoco hace falta hacer de todo una bandera. Contamos nuestro recorrido personal, que seguimos sin agarrarnos de ningún formato. Es nuestra verdad. Algunos podrán decir ‘no la comparto’. Pero nunca ‘no es tu verdad’”.

 

Lo que sé. Hay infinitos órdenes en los cuales todo esto puede pensarse. Hay extremos, hay experiencias, hay distintos atravesamientos. Una preocupación: que cuando criamos contra la corriente terminemos volviéndonos algo endogámicos, y no solamente porque para nuestros hijos es importante “el afuera” sino porque todos los chicos debieran preocuparnos, si al fin y al cabo la infancia es un patrimonio y una responsabilidad de todos. Otra: que nos desvelemos demasiado por lo que viene y nos olvidemos de que además de “el futuro” los chicos también son, y muy especialmente,  presente. Me queda una eterna tela de reflexión. Y la convicción de que no hay nada –ningún artefacto, ni formato, ni receta ni manual ni verdad única- capaz de reemplazar el amor, el conocimiento y el cuidado humanizante que un padre o una madre pueden dar a sus hijos.

 

 


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