Qué ironía: Pedro Lemebel -educador sentimental, social y literario de tantxs-, odiaba a santos y a próceres, y en eso se está convirtiendo. A su muerte la lloraron sus colegas de las juergas y de las letras, la militancia LGBT, la del sida, lxs mapuches, los miembros del PC y hasta la entonces presidenta Bachelet. A 4 años de la partida del escritor chileno que sigue tan vivo como Violeta Parra, Alejandro Modarelli repasa el expediente de su herencia y alista las nuevas voces que tomaron su posta.



Cada vez que en Santiago de Chile un coche fúnebre con cadáver popular rumbea para el Cementerio Metropolitano, en la Pérgola de las Flores los puestos se convierten en sombras de un vacío. Los vendedores quedan exhaustos de tanto pedido de ramos, y eso que el precio de venta es bajo porque, a fin de cuentas, si el muerto es Pedro Lemebel, que es como de la familia, uno no se pone a lucrar. Al paso encendido del muerto en ese verano de 2015 la gente arma la comitiva de boca en boca, de lágrima en lágrima, arroja racimos de sus textos aprendidos de memoria como si la estrella marica literaria mereciera ser despedido por el pueblo como el primus inter pares. Es que él había hecho del Mercado de La Vega y de la Pérgola de las Flores un sucedáneo tránsfuga de su escritorio, donde la materia prima es el comadreo vecinal.

 

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Aquella loca, al que el establishment había terminado de aceptar con una sonrisa torcida y sin que le hubiera besado el culo sino todo lo contrario había nacido 62 años antes en el callamperío del Zanjón de la Aguada, con los pies niños en el barro y en una casucha donde faltaba hasta el armario. No cuadraba en las góndolas del modelo gay globalizado ni en su diccionario de diferencias acríticas. Mientras otros escritores gays de clase media o alta de su país anunciaban su homosexualidad como producto exquisito, él decía en broma “nunca salí del closet porque en mi casa no teníamos armarios”. Alcanzaba con poner el cuerpo en la calle. En la pobla en la que nació, hoy gentrificada mediante entubamiento de arroyo y construcción de un parque, la vida era prepotencia del presente, y el esfuerzo por salirse una desmentida de las mujeres de la familia ante la coyuntura. Su experiencia de la homosexualidad era de arrabal, y eso fue su insumo indócil para irrumpir en la escena cultural maraca trasandina.

 

Así como al niño colibrí al que un camión le pasó por encima de la pierna mientras jugaba tardó meses en recuperarse (el rengueo tendrá más tarde una corrección que el uso del tacoaguja, de adulto, travestirá de glamour plebeyo y satírico), aquellos funerales televisados daban inicio al largo duelo por una ausencia sin reemplazo. Se lamentaba tanto la doña de la feria que daba recetas de cocina al divino Pedro y le servía las machas a la parmesana como las amigas trotonas de toda la vida y de la noche anterior. Tanto como los figurones del universo artístico y literario como la burocracia cultural partidaria. Hasta la presidenta de la Nación, de puño y letra, y en vivo, le había dejado un esquela de saludo que era condolida manera de decirle adiós (“díme si la sora Bachelet tiene faltas de ortografía”, le preguntó en broma Pedro a su amigo el académico y escritor queer Juan Pablo Sutherland, en la clínica de su agonía. Porque ojo que con este moribundo de cáncer la muerte debe resignarse a ser menos drama egregio que carnavaleo super escenificado. Hasta el último suspiro sacó dicha de la desdicha; por algo él afirmaba ser “la Chavela Vargas del sur”).

 

Sutherland describe en su crónica “El Funeral de mi prima” (2017)  la grandiosa escenografía de aquellas horas, en que “la Star del underground, ya convertida en moneda de cambio de la nación y entrando al panteón de las esfinges de la patria” viajaba zarandeada en su ataúd, cuyas manillas eran el objeto codiciado por toda la comitiva. Una congregación de opuestos llenaba el cementerio, como la señora cool de vernisagge, fan del ídolo que había puesto a cabalgar el ambiente cultural santiaguino, y dice “pero mira cómo se nos va este maricón que nos alimentó de vanguardia, esta freak genial de las Yeguas del Apocalipsis que ni Pinochet vio pasar por su lado al galope”. Estaban los compañeros del Partido Comunista y la Guardia de Honor. El académico rosa, la banda quilombera queer, las colegas de las juergas y las de las letras, la militancia lgtbi, las del sida, la hermandad mapuche, los homosexuales añejados y las colitas postodo en sus primeros pasos de irreverencia, las travestis que habían aprendido gracias a él a hablar por su diferencia y a habitar el poderoso lenguaje político del resentimiento. En fin, no había grupo vulnerado ni con bachillerato en modernidad que no se presentara a acreditarse como deudo del muerto. Sutherland se preguntó en su texto si aquel caos multicultural, musical, bailado, cantado y de a ratos poético hasta en el trámite de los discursos de los funcionarios, no era el trazo de la última crónica que Pedro proponía a Chile para ser escrita años después, cuando aquella algarabía fúnebre en evasión al Más Allá “fuese ceniza y nadie se peleara la manilla del nombre, de su firma o del féretro”.

 

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¿Qué es de Chile sin Pedro Lemebel? ¿Quién ha recogido las perlas huérfanas de su legado literario: el gesto punk, la patada del stiletto contra las rejas de la democracia neoliberal, clasista y racializada, la audacia contramodélica, su prosa a la que tantos aspiran y no pueden? ¿Quién pisa su lugar en el concierto de las imágenes culturales de Chile que, como un misil tránsfuga, marcó la exportación de la neocrónica -como le gustaba llamar a su propio registro de escritura- y ha explotado más allá de los Andes hasta impregnar el continente? Pienso en el cronista y poeta colombiano la John Better, en mis propias crónicas sodomitas.

 

Un nuevo estilo de narrar lo urbano; toda una obra traducida a varias lenguas como casi ninguna otra (salvando a Roberto Bolaños) de un autor chileno de los últimos tiempos. Íntimo forastero en su propia tierra, donde la corporación prostática literaria le negó el Premio Nacional. Sin embargo, era el único escritor que la gente reconocía en la calle. Ya es hora, entonces, de pasar revista a los expedientes de su herencia.

 

“La ciudad quedó sin tí, con ganas de tí” (El Che de los gays)

 

Sutherland considera que “sus huellas se aprecian hoy en los gestos tanto institucionales como por la gran cantidad de grupos que llevan su nombre. Se inauguran bibliotecas públicas, colecciones de editoriales, libros y libros sobre su obra, documentales sobre su vida (este año en Berlin). Activistas de la disidencia gritan hasta el infinito sus textos, el manifiesto convertido en mantra de las minorías de la resistencia. Pedro caló hondo en los marginados, se ha convertido en una santa popular repletando las calles, las poleras, el fetichismo sobre su imagen se extiende, pero su legado recién comienza a verse. Todavía falta mucho para entender su verdadero impacto. Pero entre tanto sigue siendo el provocador escritor que le da un viento fresco a la sociedad chilena, inédito para una sociedad tan pacata”.

 

Representa un fenómeno religioso y pugilista, por supuesto, tratándose de un muerto que es más que un fantasma y menos que un prócer, porque la idea de monumento cultural lo hubiera horrorizado, y mejor salvarlo de esa conversión marmórea y dedicarle unas plegarias malandras como los rotos argentinos al Gauchito Gil.

 

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Constanza Farías, su colaboradora en materia audiovisual, inagotable en los preparativos de las performances a las que se atrevió hasta poco antes del decreto de la parca, recupera la simbología de santuario popular, y se le ocurre que “solo le está faltando hacer milagros y que lleguen a beatificarlo. Los santos nunca le gustaron mucho, excepto San Sebastián y Fray Andresito”.

 

Hace, nomás, unos meses un revuelo sacudió la Alcaldía de la Comuna de Independencia: un profesor de lenguaje y comunicación propuso a los estudiantes leer uno de los célebres libros de Pedro, y una parte se negó a quemarse las ñoñas retinas con las imaginaciones del maricón. La Dirección de educación municipal le rescindió el contrato y hasta el Alcalde de centroizquierda se mostró comprensivo con la avanzada facha. El respeto a la diversidad sexual se ejerce como con los mapuches, con una ley escrita, política de Estado, y otra clandestina, que es la que cohesiona a la derecha y vuelve farsa lo legislado. O sea que la muerte, al cabo, no santifica tanto al santo. Con los adolescentes evangelizados la cosa es distinta y esa reyerta, se siente, proviene de la permanencia de quien llegó a Chile a traer la discordia en la uniformidad declamada.

 

Víctor Hugo Robles, artivista conocido como “el Che de los gays de Chile” y amigo de Pedro desde la juventud, pone el acento en este episodio de censura y cobardía institucional. Durante la presentación del libro Lemebel oral -20 años de entrevistas-1994-2014 recopiladas y editadas por Gonzalo León (Mansalva, 2018), dice: “¿Te imaginas, Pedro, si les hubieran hecho leer aquella crónica donde relatabas cómo es que hiciste una paja a un perro callejero? ¡Uf, la que se hubiera armado!”. La Che, la Checha, cree que el Premio Nacional hubiera entumecido la herencia de Lemebel, porque su “cara de india insurrecta” está ahora definitivamente en una galería más amorosa, la que visita el pueblo cuando alguien lo recuerda. “Tu premio fue resistir a la dictadura y a la derecha piñerista. Tu premio es seguir incomodando al poder. Tu premio es que la mayoría de los estudiantes batallen por tus libros, entre ellas varias colitas chicas”.  

 

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En este contexto, emergen grupos universitarios de disidencias artísticas y sexuales y lo queer y lo post porno en Santiago (quien puede pasar hoy por alto a la performer Anastasia Benavente) son marcas de las aspiraciones de continuar con la escena lemebeliana. Y también están las amigas de siempre como Jaime Lepé que ve la continuidad de Pedro en la literatura queer de Juan Pablo Sutherland, en las crónicas travestis duras de Claudia Rodríguez, en el recorrido docu-ficcionado que hace Gonzalo Asalazar de Santiago cola antes del golpe, en su libro El deseo invisible. “Me gusta pensar que, de alguna forma, heredamos la provocación y el neobarroco poblacional del ojo lemebeliano -escribióp Asalazar-. Él caminó en el filo de la institución, y la institucionalidad cultural no lo reconoció con el Premio. A Chile le falta el Pedro vivo, que se enfrentó a la dictadura pero también a los machitos de la izquierda, cuando era peligroso hacerlo. El que siempre desconfió de nuestra escuálida demosgracia. Se había adelantado a la crítica del modelo chileno instalada por los movimientos sociales en 2006″.

 

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Salvador Ojeda, del blog Lemebel, entiende que “se han agudizado las diferencias sociales y ecónomicas en Chile -la mayoría no tenemos nada- que Lemebel describió con su pluma afilada y su lengua marica. Pedro sigue estando tan presente como las canciones de Violeta Parra y Víctor Jara. Lo pondría en el mismo nivel como legado en esta tierra. Las colas chicas lo toman ahora como bastión personal de sus performances y se hacen llamar, como antes él y Pancho Casas, Las Yeguas del Apocalipsis. Somos nosotros, las nuevas generaciones, quienes tenemos que ser capaces de encontrar diferentes lecturas de sus escritos”.

 

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Hace unos meses, en el 1er Encuentro Internacional de Derechos Lingüísticos como Derechos Humanos realizado en Córdoba (en simultáneo y como crítica al Congreso de la Lengua Española) conocí a dos poetas mapuches que vienen hidratando el nuevo suelo literario chileno: David Aniñir Guilitraro y Daniela Catrileo.

 

Fue tal la intensidad de su presencia, el volcán de sus voces, que por un momento lo único que me desesperó en el encuentro era consultarlos por Chile sin Pedro Lemebel y hasta dónde y desde dónde podían sentirse -si se sentían- interpelados por su vida y por su muerte.

 

Daniela me contó que cuando leyó El Zanjón de la Aguada se había conmovido al pensar en ese lugar y las poblaciones callampas como si fuera el campamento donde le tocó llegar a su familia en dictadura, después de la migración desde sus comunidades mapuches. Del sur a la periferia de la gran ciudad: “Zanjón es una palabra que utilizo en un poema y ese imaginario está muy presente en Río herido, mi primer libro de poesía. Es un poco la infancia de la pobreza compartida con mi padre y sus hermanas. Me enamoré de la voz de Lemebel. Encontré un eco de las historias de las personas que yo conocía, su cotidianeidad, la realidad. Sus personajes eran mis vecinos, mi familia, mis amistades. Mi educación sentimental y política partió con el punk, la poesía y Lemebel. Después entendí varias cuestiones -no se trataba solo de sexualidad, que era un tema urgente de tratar desde otra perspectiva- sino que mis libros están construidos en la arquitectura de los suyos. En poesía y narrativa por fin hay cuerpos que escriben”.

 

Hoy los mapuches, dice Daniela, “también escribimos”. Me quedo con su apelación a las impurezas del lenguaje, a “las transformaciones y metamorfosis” de todo un universo que pide un Lemebel vivo. El grito de resistencia de machi en mapungudum, sobre los muertos por el Estado en la Araucanía, habitó la garganta de Pedro incluso ya vaciada por el avance de un tumor crecido de furia contra un país que busca, a través de estas nuevas generaciones sin acceso al gran consumo, salirse del concepto mall y de las pretensiones de contener una Sanhattan. Porque, vamos, esto es Sudamérica y la historia se escribe torcida.         

 

 

Fotos: Documental Joanna Reposi Garibaldi (portada), Alvaro Hoppe, Pedro Marinello


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