Lo que empezó como una protesta contra el aumento del precio del transporte público se convirtió en una revuelta popular contras las políticas de derecha. Jóvenes, caceroleros, vecinos que pasean perros y escapan de los gases lacrimógenos. Así está el domingo a la tarde Plaza Italia (Baquedano), el límite simbólico que divide las clases sociales de Santiago de Chile. La antropóloga Francisca Márquez registra los movimientos y se pregunta por qué la televisión sólo muestra las capuchas y las piedras y no el saqueo neoliberal que comenzó tanto tiempo antes.



Domingo, 20 de octubre. 16 horas. Desde la ventana miro Plaza Italia con estupor. Tras una nube tóxica, jóvenes de poleras blancas con el arcoíris estampado en su pecho corren desbandados, jóvenes en sus bicicletas, jóvenes paseando a sus perros, jóvenes trotando con sus audífonos, vecinos y vecinas golpeando vehementes sus ollas y sartenes con las cucharas de metal. Piquetes de carabineros apertrechados tras sus escudos e imponentes uniformes verdes. Las bombas lacrimógenas, como veloces bengalas, estallan en los pies y cabezas de estos jóvenes y vecinos. Los carabineros en grupos de diez o más, no cesan de repeler y lanzar las bombas a la altura del peatón, una tras otra.

 

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Un joven que transita por la ciclovía es detenido con su bicicleta e introducido violentamente a un carro de la policía. Dos jóvenes increpan al piquete, uno lleva una patineta bajo su brazo; la discusión crece y de un solo golpe la patineta cae y comienza su descenso por la vereda. Los dos jóvenes, a pesar de su resistencia, son llevados en anda al bus fuertemente blindado. Dos mujeres vestidas de blanco y cintos rojos llevan sus inciensos bajo la escultura de Manuel Rodríguez: en un círculo de flores e incienso hacen su ritual. Un piquete de carabineros corre raudo y las apresa. Pero quién sabe qué maldiciones invocan para que las suelten después de un buen forcejeo. Ocho mujeres jóvenes vestidas de negro escalan raudas la base de la escultura a Manuel Rodríguez y, en un solo gesto, muestran sus bellos traseros desnudos: desde sus nalgas emergen negras colas de caballo. Todos ríen, ellas también. Alegres se alejan en estampida de las bengalas de humo tóxico que quema sus traseros.

 

Sospechosamente, las cámaras de TV solo enfocan a los jóvenes encapuchados, las piedras, los zorrillos, las fuerzas especiales o los dueños de supermercados que ingresan al Palacio de la Moneda para reclamar el resguardo de sus mercaderías. En las cámaras nunca jamás aparecen los jóvenes con sus bicicletas, las lágrimas de algún vecino, los sartenes y las cucharas, las familias con sus coches, los haitianos que sigilosamente no dejan de barrer, las banderas de la cruz roja, o los cientos de jóvenes que saltan alegres gritando el derecho al respeto y a la dignidad. ¿De qué se trata esta obsesión de limpiar Plaza Italia por parte de fuerzas especiales y el ejército? ¿No era que el ministro del interior Andrés Chadwick nos dio permiso para marchar y movilizarnos pacíficamente?

 

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La pobreza de imágenes y de lenguaje de la televisión se asemeja extrañamente a las palabras del presidente Piñera cuando justifica e invoca la estrategia de seguridad de estado: vandalismo, saqueos, turbas, desorden o caos descarado. “Está bien protestar, pero jamás fuera de la ley”, dijo el presidente al inicio de esta semana. Gran lección de política, brutal. Faltó que diera un número telefónico para hacer los reclamos a La Moneda; faltó que recordara que cada isapre (Institución de Salud Previsional), afp (Administradora de Fondos de Pensiones), telefónica, sucursal bancaria o supermercado tiene también una web y un teléfono para hacer reclamos: “marque 1, marque 2, marque 3, marque su rut, marque 4”. El daño a las empresas y al metro, dice el ministro del Trabajo Nicolás Monckeberg, solo “va a perjudicar a los propios trabajadores”, “cada incendio es equivalente a la quema de un contrato de trabajo”; como si el acceso a esos bienes y mercancías hubiese estado alguna vez libremente garantizado. En una línea similar, una periodista de Megavisión se pregunta sin respuesta posible: “¿Por qué estas movilizaciones no tienen dirigentes visibles?”. Como si el problema estuviese en la espontaneidad, la transversalidad y la masividad de las protestas y expresiones ciudadanas. Sospechosa complicidad de los medios, de las autoridades de gobierno y de los empresarios.

 

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Lo que no saben las cámaras, ni el presidente, ni los empresarios es que cuando oscurece las ventanas se llenan de tambores de guerra que cubren con su metálico sonido a toda la ciudad. Lo que tampoco saben ni sabrán, es que mirando hacia Plaza Italia, en el frontis del edificio corporativo de la Telefónica, un grupo de vecinos proyecta en grandes letras blancas, la palabra DIGNIDAD; y que sobre la fachada de los edificios Turri, un gran lienzo anuncia “NO LES TENEMOS MIEDO”. La vida cotidiana de la ciudad, plagada de penurias, abusos, pero también de dignidad, no solo no tiene lugar en las cámaras de TV o en las portadas de la prensa, tampoco en el Palacio de la Moneda. Porque ello les exigiría reconocer que el saqueo comenzó hace ya tiempo. Lo que hoy tenemos es una puesta al día con esos abusos que se nos instalaron en nuestras vidas. Lo que vemos en Plaza Italia es un grito por el derecho a la dignidad, y para eso, solo cabe poner el cuerpo. Cuando las palabras y los decretos ya no sirven, solo queda como último gesto de rebeldía e insumisión volver a la plaza, a Plaza Italia.

 

 



 



 


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