En un intento por descansar unos días y reparar un mal de amores, Cristian Alarcón aterrizó en Santiago la noche del estallido. En el reencuentro con sus amigos de la adolescencia reconstruye el hilo que une a dos generaciones: los mismos jóvenes que hacían la revolución hace treinta años contra la dictadura de Pinochet son los que prenden la chispa hoy contra el neoliberalismo.



El gas entra por la nariz por sorpresa, se mueve silencioso y vil por el pasillo del edificio, y mi amiga Bárbara alcanza a decir Cris y ya nos estamos dando vuelta en el aire, sin hablar ni una hueá, al departamento del que queríamos huir un rato para ver qué pasaba en la esquina, donde un nuevo grupo de jóvenes montó una nueva barricada. Llevamos un par de horas escuchando el incansable pacos cualios, pacos culiaos, y una mujer que se desarma gritándoles desclasaos, desclasaos, les pegai a los de tu clase conchetumare.

 

En estos días escucho conceptos de esos por todos lados, como si esta sociedad tan supuestamente despolitizada hubiera guardado esas palabras en formol por décadas. Pienso en el gas del 20 de diciembre, y en el de algunas otras pocas marchas argentinas en las que cubrí para los diarios o marché y largaron lacrimógeno, pienso en que es muy eficiente el gas hijo de yuta porque entra por la nariz y sale por los ojos doloroso y convincente. Pronto los vecinos del complejo de departamentos envían sus mensajes al grupo de Whatsapp: proponen cerrar las rejas para que los pibes no entren al divino parque con juegos para niños y los milicos no puedan gasear a los cabros al menos en nuestros ojos. 

 

No vine a la ciudad para escapar de los pacos, ni de los milicos; no vine para esta revolución de estudiantes y lúmpenes incendiarios; no pretendía una nueva oportunidad para ser chileno ni una para escribir una crónica. Compré el pasaje hace semanas porque había un proyecto de novio colombiano en Santiago. Me reencontró después de 15 años, pero estoy hastiado del amor romántico. Decepcionado, ansiando mensajes azucarados de mañana y noche, me abandonó el martes anterior a la revolución con un mensaje de Whatsapp violento y terminante: bloqueado de todo. 

 

Hasta el viernes no sabía si tomaría el avión pero me asumí al borde de un estrés y viajé con la idea de irme a la casa de mi amiga en una caleta de pescadores dos horas al norte de la ciudad. Es decir, aunque ahora me de pudor, yo a esta ciudad no vine a resistir, a pelear, a gritar. ¡Vine a descansar! Al aterrizar en Santiago apenas mi amiga me escribió pensé en mi mala pata: 

 

—Aquí está la zorra, caos de tránsito, cerraron tres líneas de metro por los desórdenes – dijo. 

 

Eran los estudiantes que desde el lunes hacían “evasiones masivas en el metro”. Los reprimieron cada vez más. Ellos respondieron con acción directa. La más espectacular: algo lanzado desde lo alto de una estación estallando en las vías como un fuego artificial navideño. 

 

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Ese viernes parece de hace un año. Entramos en la ciudad en el Toyota viejo de mi amiga; tardamos horas en llegar a Providencia. En el camino comprendí que dos declaraciones de funcionarios de Piñera habían enojado a los pibes, a medio mundo. En una el ministro de Economía les decía que si querían ahorrar se levantaran a las cinco de la madrugada para tomar el metro más barato. Otro ministro dijo que no todo había aumentado en Chile, habían bajado las flores un tres coma cinco por ciento, que regalaran flores. Cuando lo escuché al pasar en una radio pensé primero que el ministro macarteaba a los estudiantes tratándolos de drogadictos, que eran flores de marihuana, pero no, eran flores comunes, silvestres nomás. 

 

Los estaban tomando para el hueveo, los estaban pichuleando, otra vez el pico en el ojo. Ya lo saben, pico en chileno es pija. El pico en el ojo es una frase hecha que sirve para mucho, y aunque hacía más de un año que no iba a Chile, durante los cuarenta y cuatro que llevo en la Argentina he viajado decenas de veces; casi nunca había escuchado la expresión. Ahora durante esta vacación imposible lo escucharía seguido. La mayoría de los chilenos sienten que hace demasiado tiempo los poderosos les tienen el pico en el ojo. 

 

La primera noche no comprendíamos demasiado. Era lógico que hubiera una marea humana en las calles porque casi un millón de santiaguinos se había quedado sin cómo volver a sus casas. Para llegar a Puente Alto sin metro ni bus hay que caminar cuatro horas. El sistema de transporte urbano depende totalmente de la red de subterráneos. El Transantiago, es decir el sistema de buses que rodea la ciudad, depende de las combinaciones internas. Pensaba que algo muy sensible podía haber tocado el corazón del chileno de a pie: el metro es la empresa pública más eficiente y democrática, transversal, modelo de servicio público. El usuario vive en toda una “cultura metro”. El metro es limpio. Es bello. Es ejemplo. Es lo que está bien. Hasta este viernes lo era. 

 

Nos habían recomendado un restaurante a unas diez cuadras por Avenida Providencia. Podíamos caminar desde la esquina de Carlos Antúnez. Y de paso ver el tamaño del cacerolazo que se empieza a escuchar. Dos tías, nos decimos, riéndonos del paso del tiempo y de nosotres mismos cuando éramos jóvenes exiliados, hijos de exiliados, y poníamos el cuerpo en cuanta marcha hubiera contra el dictador. Se va a caer, se va a caer, cantábamos y le dábamos duro a Silvio, a los Quila, a la Violeta, a Víctor Jara, a los Jaivas. La canción de protesta había arruinado nuestros oídos que tardaron en limpiarse para ser más rockeros, más cumbieros, más jazzeros, más electrónicos. 

 

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Y de pronto Providencia no es sólo el batir de los sartenes cómodos por el mango y el tamaño; pailas pienso; agitan las pailas con las que hacen los huevos revueltos de la mañana. Providencia tiene esquinas repletas de vecindad: jóvenes, matrimonios, niños, señoras y señores. Juntos forman los piquetes más civilizados del mundo. Se cruzan en medio de la calle cuando el semáforo se pone en rojo. Y cuando pasa a verde, retroceden hacia los costados. Los conductores de los autos les tocan bocinas al ritmo, y juntos parecen inaugurar una forma de protesta que ya no remite mucho al reclamo de esta tarde: ¿quién se acuerda de los cabritos evasores? 

Fue la última noche con restaurantes abiertos en Santiago. Nadie imaginaba que esa noche que arderían los supermercados, el metro y el edificio de la multinacional eléctrica, que los pacos iban a reprimir a los vecinos de Providencia y que luego lo harían en todo el largo y angosto país; quién podía creer que a esa misma noche habría estado de excepción, y a la siguiente toque de queda, que las comisarías rebosarían de miles de presos, que matarían a tantos en la resistencia. Salimos apenas ebrios y satisfechos y el regreso al departamento fue la sorpresa. Del sartén al fuego. Primeras barricadas sobre la avenida. Los carteles de las inmobiliarias y los tachos de basura ardían para cortar, ahora sí, el tránsito en las bocas del metro.

 

A esa hora no podíamos ni mi amiga ni yo entender por qué los estudiantes habían despertado tamaña solidaridad. No entendíamos que el pasaje había aumentado treinta pesos para sus padres, no para ellos. Que era una rabia intergeneracional la que se desataba el histórico 18 de octubre. Desde el lunes una estrategia enloquecedora para la policía y para Piñera se había desarrollado en todo Santiago. Las evasiones masivas estaban aceitadísimas; las acometían como un mecanismo perfecto, en distintas estaciones a distintas horas, con redes de Whatsapp e Instagram perfectas generadas el día anterior.

 

La vanguardia fueron los del Instituto Nacional, un colegio público prestigioso cuyo parangón es el Pellegrini, o el Nacional lleno de hijos de laburantes con buenas notas a tono con un colegio exigente. Padres de cuarenta años, la generación que tenía diez cuando se recuperó la democracia y que jamás vio cumplirse las promesas de crecimiento y prosperidad real que el modelo chileno les prometía. Esa tarde los chicos habían arremetido con todo. Y cuando los pacos comenzaron a detenerlos, a golpearlos, a vejarlos, sus padres que recién salían de trabajar se encontraron sin metro porque el gobierno había decidido cerrar las líneas para proteger la propiedad y frustrar la protesta. Cuando los alertaban por mensajes no tenían modo de ir en ayuda de sus hijos. Hacían cadenas de amigos para que llegaran a las comisarías. Cada colegio tenía su propio infierno temido. Tarde o temprano la represión llegaría a los cabros. Lo sabían cuando en masa cantaban como en un micro de viaje de egresados cada vez que saltaban en masa los molinetes: ¡Evadir! No pagar! ¡Nueva forma/ de luchar!

 

Uno ve los videos de las primeras evasiones y son estudiantinas, actos masivos y performáticos de cabritos, de cabritas –varios solo de chicas de uniformes con mini, que se empujan, se ríen, se hacen zancadillas, gritan como jugando a las vaqueras y las indias. Las evasiones masivas han sido muy binarias porque Chile no terminó con los colegios de varones o de mujeres. El jueves 17 la evasión de las 16.50 en Santa Lucía fue solo de pibas. En Plaza Egaña a las 18, casi solo varones. Como sea, en todas los protagonistas tapan sus caras con pañuelos –al principio, el lunes anterior por ejemplo, no lo hacían-. Y ni así pasan por adultos: son nenes y nenas, promedio 13 o 14 años. Mi hijo porteño de 16, que no puede parar de mirar videos chilenos en twitter y youtube, se sorprende de la masa de pibes más pibes que él. Son ratitas, dice.

 

Niños rata es el modo en que los adolescentes gamers se autodefinen y con el que también hacen bullying a los que se cuelgan y viven encerrados frente al Fornite. Como en todas partes en los colegios hay de todo; y en el Instituto Nacional habrá ratitas pero muchos son de un nivel de consciencia colectiva impresionante. Sus reclamos no son nuevos y la tensión con Piñera mucho menos. En abril fueron los primeros enfrentamientos de los cabros con los pacos en las afueras del colegio. Protestaban por proyectos de leyes que consideran abusivas, como una que se llama Aulas Seguras. Aulas Seguras fue un emblema de Piñera ante algunas escenas ideales para construir un enemigo interno peligroso al interior de Chile: el estudiante encapuchado que lanza bombas molotov.

 

El viernes a la madrugada nos quedamos en las protestas hasta que los gases volvieron irrespirable la esquina de Providencia y Carlos Antúnez. Nos dormimos entre los gritos de los primeros presos que insultaban a los pacos hasta que los patrulleros se perdían en la noche con sus sirenas a full. Pacos culiaos, paco conchetumareeee. Cucas, les dicen en Chile. Ahí viene la cuca, contaba mi madre que se alertaban después del golpe cuando vivíamos en el pueblo. 

 

El sábado despertamos con el tin tin tin de las cacerolas prendido en surround, desde todos los rincones del barrio. Las torres de Carlos Antúnez son un proyecto edilicio del sesenta construidas por la Caja de Empleados Particulares para sus afiliados. Están dispuestas en ángulo a la Avenida, hacia jardines interiores enormes, para que el ruido de la siempre caudalosa Providencia no afecte la tranquilidad de los vecinos. La abuela de mi amiga, secretaria, lo compró en cuotas entonces. En los setenta vivieron sus padres. Ella nació cuando vivían allí, hasta que se tuvieron que exiliar, en el 74. Le pedí que me resumiera la historia del lugar. Me envió un mensaje perfectamente redactado desde su celular ayer, cuando ya estaba terminando esta crónica:

 

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—Durante el gobierno de Salvador Allende la zona fue escenario de batallas campales entre los partidarios y detractores del gobierno. Mis padres, socialistas y partidarios de Allende, participaban en el programa de la Junta de Abastecimiento y Control de Precios (JAP), una entidad creada para combatir el desabastecimiento con que la derecha buscaba desestabilizar a la Unidad Popular. A veces llegaban grupos de derecha a desarmar las filas para evitar la entrega de los productos y se armaban tremendas bataholas. Desde entonces no se veían colas ni barricadas en esa parte de la ciudad.

 

A Barbarita la conocí en 1989, en Santiago. Había sido una niña exiliada en la Argentina como yo, y llegué a ella por mi amiga Silvina, de La Plata. Eran mejores amigas del secundario. Como viajé con un permiso trucho de mis padres luego no pude regresar y quedé varado en su casa. Con ella conocí a su familia y a sus amigos, estudiantes de primer año en periodismo de la Diego Portales. A lo largo de 30 años los he visto esporádicamente, a unos más que a otros. El más entrañable y querido es su ex novio, el Pato. Apenas pisamos Plaza Ñuñoa, el  domingo después del primer toque de queda, graba un video para Instagram y por la cámara vi la morisqueta típica del Pato. Finalmente quedó escrachado en un tuit. 

 

Detrás del Pato, los otros de la banda: el Búho, documentalista, con su novia la Pachi; la Jani, ex cuñada del Pato, socióloga; y finalmente el Rube, actor de telenovelas y teatro. Estábamos casi todos. Era un hermoso carnaval de millennials con batucada y olor a buena marihuana. La noche anterior los encapuchados habían roto las vidrieras de una concesionaria y habían quemado tres autos de alta gama. A las cinco de la tarde, con un sol peronista que los hacía brillar a todes, nada de ese fuego reciente se notaba. Los amigos se reían de mi destino: te persigue la noticia, siempre que venís está la zorra, erís un workaholico incurable, la cagaste. 

 

Martes, ya en Buenos Aires, le pregunto al Búho: 

 

—¿Cómo terminó todo el domingo en la plaza Búho?

 

—La llegada de carabineros a las 21. Todos corrieron y se acabó. Pero quemaron autos de nuevo, de una automotora

 

—¿Tu viaje va…? ¿O te quedarás aislado en este país dominado por el caos y la destrucción?

 

—No lo sé aún. Sabré en el aeropuerto a las 18. 

 

—Consulta: ¿qué ves en estos cabros del Nacional de vos y los amigos de tu época?

 

—Son distintos… Los de hoy se sienten menos “especiales”. Y mucho más participativos. En mis tiempos no se movían por nada. El individualismo era atroz.

 

 

—¿Existe alguna línea que los una?

 

—Sentirse parte de los sectores más populares. Ni ayer ni hoy ha sido cuico el colegio… Y en ese colegio hay una onda “republicana”, como que hay una historia en ese colegio. Pero en general los veo distintos. Pero es mi mirada nomás. He conversado con ellos algunas veces.

 

—¿Sus padres qué tipo de laburo tienen?

 

—Sus padres son de 40 años, muchos ven en ese colegio una posibilidad de movilidad social. Son gente no cuica, sobre todo. Del 90 por ciento de chilenos que gana menos de 1000 dolares al mes.

 

—¿Los encapuchados de las bombas incendiarias y los que rociaron profes con gasoil son los propios pibes o infiltrados?

 

—Son ellos, un pequeño grupo de ellos. La ultraizquierda po… Desde la revolución Francesa que existe. Igual en el Nacional (como en el país) hay una mayoría que está más en la de arreglar las cosas. Sólo que no es escuchada y se la pichulean con demasiada frecuencia. Y los medios le dan pelota solo a los encapuchados… No ven más allá. Y ahora están horrorizados. 

 

Ese domingo era el segundo día de toque de queda, lo habían adelantado a las 19. Con Bárbara nos fuimos en el Toyota a todo dar hasta el departamento. Cuando llegamos la barricada ardía como una pira, estaba hasta las manos de pibes cantando y saltando, tocando las cacerolas ya abolladas. Los militares comenzaban a salir, todavía no se conocían las denuncias de torturas pero ya había muertos, casi solo los quemados. Los rumores como que los incinerados pueden ser desaparecidos que el ejército arrojó al fuego para borrar evidencia no circulaban. El temor de las clases medias barriales a los saqueos de los lúmpenes aún no era tapa, y tampoco nos podíamos imaginar que la gente marcharía a la puerta de los medios para denunciar el sesgo autoritario y decadente de la prensa canalla.  

 

 

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En la madrugada, cuando ya intentábamos dormir pero no podíamos por el debate que sostenían los vecinos de las torres sobre si proteger a los pibes tras las rejas del parque o cerrarlas y que quedaran a su suerte o en manos de los milicos, Bárbara me contó que el Pato, el Búho, el Rube eran ex alumnos del Instituto Nacional. 

 

Entonces nos vi a todes en las marchas del final de la dictadura, nos vi entre los humos ácidos, y felices trepando unas escaleras de madera de siete pisos que nos llevaban a beber el vino más embriagador en un antro llamado 777 en la Alameda a esa altura y me vi queriendo regresar, vivir con ellos, ser chileno. Me vi decepcionado luego por esa vida que entendí que se llevaba allá, porque acá, en Buenos Aires, donde me quedé, podría ser marica, padre soltero, peronista, negro, periodista, molestar a los malos y que no hicieran más que amenazarme con insultos homofóbicos.

 

Ellos habían sido los revolucionarios de su tiempo en esa escuela de chonguitos donde tenían distintas militancias. En ese colegio donde dio clases Andrés Bello y estudió Arturo Prat, todos los  Alessandri, y también Salvador Allende. Esa escuela fundada casi con Chile, en 1813. En aquel 1989, hace treinta años, apenas los conocía, y sabía, o supe luego, que había secretos, que algunos llevaban molotovs, o sabían prepararlas, que no solo portaban limones y bicarbonato en las mochilas. Hacía años que yo soñaba con matar al dictador, con ser uno de los entrenados y elegidos para hacerlo mierda con un misil, como intentaron los pibes que le erraron y no pudieron. Con tirar una molotov hubiera sido feliz. 

 

El conflicto del Instituto Nacional amerita un googleo y es alucinante ver cómo escaló en los últimos dos años. Los pibes pedían mejoras estructurales en un edificio que denunciaban lleno de ratas, no ratitas; y cayéndose de a cachos; pedían duchas calientes, pedían mejoras como las de los secundarios de todas partes. En las protestas comenzaron a usar molotovs. Algunos creen que es un ala anarco. Puede ser, en Chile la juventud anarquista tiene su tumbao. De pronto uno de los nenes –se ve claro en un video— se prendió fuego tirando una bomba. 

 

Son una botellitas cargadas en un pack de cervezas Corona; las exhibieron los de la PDI, Policía de Investigaciones, cuando detuvieron a varios y les secuestraron las mochilas dizque muy abultadas. Es decir: hace mucho que el estado chileno camina a estos pibes. En estos mismos colegios se gestó la revolución pingüina del 2006 y la revuelta estudiantil del 2011, también contra Piñera. Estos pibes para sus acciones directas usan mamelucos y guantes ignífugos. Miden metro y medio. Es como ver un tele tubi flaco haciendo una travesura, posta. Piñera y su ministro del interior, Andrés Chadwick, se obsesionaron con los revoltosos del Nacional. También lo hizo el alcalde de Santiago, Alessandri, sobrino nieto del ex presidente. Por eso crearon la ley Aulas Seguras, para permitirle a los directores de escuelas expulsar de una a los estudiantes violentos. 

 

Los estudiantes, y sus padres organizados en Centros de Apoderados, se opusieron a la ley de todas las maneras posibles. Los pacos llegaron a entrar al Nacional con armas, reprimiendo a los cabros hasta en las aulas. Las fuerzas especiales desalojaron dos tomas, la del Nacional y la del Liceo Amunátegui. Eso empeoró las cosas. El Estado no ha hecho más que tirar bencina sobre el conflicto. No solo en este colegio emblemático, si no en otros aliados a este, como el Instituto Nacional Barros Arana, el Liceo de Aplicaciones, el Liceo Darío Salas. El 14 de octubre la PDI detuvo a cinco del Nacional y el Aplicaciones. Están en prisión domiciliaria: son menores. 

 

Así se comprende la furia de Piñera, el delirio alienígena, las declaraciones de guerra, la espuma fascista que le sale al ministro Chadwick de los labios cuando habla de los encapuchados. Esto explica la mecha que encendió el estallido más grande de Chile en 30 años de gobiernos neoliberales –de derecha o socialdemócratas, pero neoliberales-. 

 

El aumento del metro golpeó por tercera vez en el año el bolsillo de sus padres. Habían aprendido que si no peleaban con acciones no los escuchaban, y que aún así, Piñera los mandaba a reprimir. 

 

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La evasión masiva fue el resultado de debates intensos. En el Nacional los padres están divididos, hay tres centros de apoderados porque tienen posiciones divergentes sobre la lucha de sus hijes: algunos solo quieren que salgan de allí con el mejor resultado posible en la PSU (Prueba de Selección Universitaria), la prueba de aptitud académica que determina qué carrera y en qué universidad podrá estudiar un chique. Aún así a casi nadie se le ocurre apoyar la represión para resolver el problema. “Incluso los estudiantes que lanzan bombas molotov tienen derechos, porque son niños que todavía están creciendo y eso es lo que el alcalde y el gobierno no entienden”, le dice una madre a la BBC, en una nota sobre el conflicto. 

 

Le pregunto al Pato por la línea entre él y sus amigos y estos pibes. 

 

Común: la pasión por la ideología, la política y tratar de salvar el mundo

 

Diferente: que se radicalizaron, una suerte de fatalismo, que ya nada es tan importante, y por eso les da lo mismo ponerse en riesgo ellos mismos

 

No tienen miedo. 

 

Nosotros sí. Yo mismo quiero dejar el país porque no soportaría que algo me pasara y mi hijo quedara solo en Buenos Aires. Bárbara está triste, entre la rabia y la pena. El miércoles me manda una foto de los militares en el patio de las torres de Carlos Antúnez. Ya nada tienen que debatir los vecinos. ¿Qué hacen los vecinos?, pregunto. Gritan desde sus departamentos. ¿Qué hacen ahí los milicos?, pregunto. Amedrentar, dice.

 

El Pato me cuenta mucho de los pibes y que él y sus compañeros hicieron una declaración enviada a Chadwick donde le dicen que combata el narcotráfico y no criminalice a estos adolescentes: hasta se juntaron frente al colegio y marcharon una cuadra con el mismo cartel que usaban en el 87: Seguridad para estudiar. Libertad para vivir. 

 

El Pato también tiene miedo, o algo parecido. Pena. 

 

Pato estuvo en Plaza Italia, y en Plaza Italia estuvo hace más de 30 años, el 20 de mayo del 86, en medio de la estampida de los que huían del gatillo de los milicos. Fue a dar al puente Loreto, y de ahí huyó por las calles oscuras, agachándose, escabulléndose, encorvado, volviéndose más pequeño para no ser alcanzado por las balas. Es esa noche, como si no hubiera habido otras la que lo revuelca en la soledas de su cuarto estas noches. Aquella vez el que cayó no fue él, sino un pibe de  población con nombre de gringo: Ronald Wood. Baleado. Y sobre él, me cuenta Pato, escribió nuestro querido Pedro, Pedro Lemebel. Y yo busco el texto, que dice: 

 

Tal vez, sería posible encontrar su mirada color miel, entre tantas cuencas vacías de estudiantes muertos que alguna vez soñaron con el futuro esplendor de esta impune democracia. Al pensarlo, su recuerdo de niño grande me golpea el pecho, y veo pasar las nubes tratando de recortar su perfil en esos algodones que deshilacha el viento. Al evocarlo, me cuesta imaginar su risa podrida bajo la tierra. Al soñarlo, en el enorme cielo salado de su ausencia, me cuesta creer que ya nunca más volverá a alegrarme la mañana el remolino juguetón de sus gestos.

 

Solo puedo pensar, en el borde esta crónica, en los pibes. En los cabros. En las cabras. En la maravilla de su persistencia. En el gesto poderoso de sus evasiones. En que no es casual la ira que despertaron en la derecha. En que se los comprende desprovistos de miedo. Y se los comprende encerrados y golpeados. El último número mezquino de presos menores daba ayer 225. Entre las denuncias las más atroces son vejámenes contra elles. También se comprende una cifra divulgada el año pasado. Chile es el país con la segunda tasa de suicidio adolescente entre los países pertenecientes a la OCDE. El suicidio es la segunda causa de muerte en Chile, un niño, niña o adolescente se suicida cada dos días, dice Rocío Faúndez, de la fundación Todo Mejora. 

 

Esos pibes sin futuro son los que iniciaron la revolución que ahora todos protagonizan. Esos pibes suicidas cambiaron para siempre el rumbo de la historia. 

 

Hoy el Búho me reporta la situación del día. 

 

—¿Cómo va esa revuelta ?

 

—¿Llegaste a salvo?

 

—Siii.

 

—En estos días ha sido lo mismo. Plaza Ñuñoa es como el centro de protesta de la clase media alta. Pero en muchas

partes.

 

—O sea muchas plazas Ñuñoas.

 

—Claro. Pero con gente de pelo más de oscuro.

 

—¿Y los barrios ?

 

—Gente en las esquinas. También harto lumpen y saqueos. Pero harta cacerola y familias.

 

—Soy más optimista ahora.

 

—Mejor. Nada puede ser peor.

 

 

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