En búsqueda de lo exótico, los hombres han hecho cientos de expediciones al Amazonas. La cronista Silvina Heguy retoma la tradición y cuestiona la complejidad del territorio con un trabajo de inmersión, narración y análisis donde la aventura cruza la tragedia que afecta a todos los habitantes del planeta de forma directa. El llamado pulmón del mundo se ha convertido en un campo de batalla donde indígenas, ambientalistas, pequeños y grandes agricultores, campesinos sin tierra, buscadores de tesoros, mineras, petroleras y gobierno viven una tensión pocas veces narrada. Adelanto de "Viaje al fin del Amazonas" (Debate).



Foto de portada: Álvaro Ybarra Zavala/ Reportage by Getty Images

 

El bimotor gira sobre su ala izquierda y el aire lo sacude levemente.Vista desde novecientos metros de altura, la selva es una alfombra verde, pareja, de miles de años. No sobresalen cúpulas, no hay zonas abiertas. Lo único distinto que aparece cada tanto es un manchón naranja o violeta de flores que han logrado trepar hasta la luz.Todo lo que se ve abajo está hecho para la grandeza. El cielo es el habitual de la mañana durante la estación sin lluvias.Y es el que varía, el que toma colores que son, en realidad, ríos de agua evaporada, un sistema complejo que acaba de descubrirse como parte del funcionamiento de la máquina perfecta que es la cuenca de la Amazonía en la regulación del clima de todo el planeta.

 

Cada árbol, además de emitir oxígeno, disipa el agua que va a constituir la lluvia que cae al sur, sobre la ciudad de San Pablo, o sobre los sembradíos de la pampa argentina. En la cuenca más grande del planeta hay ríos en la tierra y también en el cielo.

 

Los árboles son manantiales.

 

En una interpretación libre, se podría pensar en una colonia “extravagante de organismos que salieron del océano hace cuatrocientos millones de años y ascendieron a la tierra. Dentro de las hojas aún existen condiciones semejantes a las de la vida marina original. El bosque húmedo funciona como un elaborado y adaptado mar suspendido en el aire, que contiene un sinnúmero de células vivas. Con una evolución de cincuenta millones de años, el bosque amazónico es el mayor parque tecnológico de la Tierra, porque cada uno de sus organismos, entre billones, es una maravilla de militarización y automatización. En temperatura ambiente y utilizando mecanismos bioquímicos de una complejidad casi inaccesible, la vida procesa átomos y moléculas, determinando y regulando flujos de sustancias y energía”.

 

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La innovadora descripción es del investigador brasileño Antonio Donato Nobre, del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales, que a fines de 2014 hiló con paciencia doscientos estudios y artículos científicos sobre la selva. El futuro climático de la Amazonía es el título de su informe, que revela los secretos que la hacen un sistema único. La arboleda emite humedad a través de los ahora llamados “ríos voladores de vapor”, corrientes que esa masa de árboles lanza a la atmósfera llevando lluvias al Sudeste, el Centro-Oeste y el Sur de Brasil, y también a otras regiones de países vecinos como Bolivia, Paraguay, Argentina. Vuelan por miles de kilómetros.

 

“El problema —advirtió Nobre en la presentación del trabajo a la agencia de noticias AFP— es que estamos destruyendo la fuente de esos ‘ríos voladores’”. Sin esa función de la selva, el clima de las regiones productivas tanto de Brasil como de la Argentina podría ser casi desértico en la próxima década.

 

Para imaginarse la magnitud del manantial aéreo hay que tener en cuenta que los árboles amazónicos aportan a la atmósfera el equivalente a veinte millones de toneladas de agua al día, más de lo que el río Amazonas vierte al océano Atlántico diariamente —alrededor de diecisiete millones de toneladas—. El bombeo del agua evaporada es el causante de que al este de los Andes no existan desiertos y que tampoco haya huracanes. El informe se presentó en medio de una sequía inédita en el Sudeste brasileño, que dejó sin agua a parte de los veintidós millones de habitantes de la ciudad de San Pablo por varios días. Nobre no dudó en vincular la deforestación amazónica con la crisis del agua. La Amazonía, entonces, ya no es sólo “el pulmón de la Tierra”, los científicos la describen como el corazón del planeta.

 

El ruido del bimotor es abrumador en la cabina para cuatro personas. El avión vuelve a girar y desciende abruptamente unos metros mientras el estómago, que se queda retrasado, parece chocar contra la garganta. El verde monótono de la selva desaparece en una línea recta, prolija. Un campo arado listo para plantar soja cambió el verde por un marrón seco. También son kilómetros y kilómetros. Un castaño de Brasil, en mitad del sembradío, es la prueba de que antes ahí hubo selva. Es el árbol de la resistencia: está protegido por la ley. La panorámica está vacía y es oscura. El aire sigue siendo lo distinto, la tierra

es una polvareda profusa.

 

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Brasil, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), es el país con más pueblos indígenas del continente: tiene 305 de los 826 que identificó en su estudio de 2014. La mayoría vive al amparo y desamparo de esta selva. Se trata de un equilibrio delicado. La mata puede ser un escondite perfecto y también dar una fragilidad mortal. Aunque parezca inimaginable en esta época de hiperconectividad, todavía hay partes del mundo a las que es imposible llegar. Hay seres humanos que no conocen Internet ni teléfonos. Mundos propios. Mínimos. Protegidos por una vegetación gigante que ocupa más de seis millones de kilómetros cuadrados. Imaginarse su dimensión es difícil. La Argentina podría entrar dos veces en esta superficie. La magnitud hace complicado el control y también la protección de las aldeas que nunca han tenido contacto con otros pueblos.

 

Se sabe de su existencia por diferentes testimonios.“A veces te das cuenta de que están cuando empiezan a faltar comida o herramientas en el campamento”, contaba un ex militar brasileño que pasó varias temporadas aislado en la selva al norte del país. Para asegurarse de que los responsables del faltante de objetos son grupos no contactados hay un “truco”: poner una especie de ofrenda, solitaria, al costado del campamento, por lo general comida. “Una vez lo hice y desapareció; dejaron en su lugar una guirnalda de flores”, recordó.

 

Ese contacto “informal” se notifica oficialmente y comienza a ponerse en práctica un mecanismo de protección por parte del Estado brasileño. Por lo general, se cierra el área y no se permite la entrada de persona alguna. Brasil creó la política de“no contacto” en los años ochenta y constituyó un ejemplo en el mundo. Como en la mayoría de los casos se trata de grupos nómades, la zona a proteger es amplia. El sistema de vigilancia está a cargo de la FUNAI con el apoyo del Ejército brasileño.

En el mundo se estima que hay por lo menos cien registros de posibles comunidades aisladas, pero no se ha logrado confirmar la existencia de todas ellas. La frontera brasileña con Perú es la región del planeta donde el número es mayor. Los cálculos más conservadores indican que hay treinta en la Amazonía brasileña y quince en la parte peruana, aunque otras fuentes hablan de cincuenta en total. Por lo menos hay dos grupos en Ecuador, dos en Bolivia, se cree que en Venezuela también hay algunas comunidades aisladas de la etnia Yanomami. Fuera del continente americano se registraron otras dos en las islas Andamao, en el océano Indico, y en Nueva Guinea.

 

Entre 1987 y 2013, la FUNAI tomó contacto con cinco tribus que salieron de su soledad. Pero entre principios de 2014 y junio de 2015, tres más se acercaron peligrosamente a pueblos establecidos; la mayoría, en la zona fronteriza con Perú. La antropóloga peruana Beatriz Huertas estudió las causas y publicó un libro: Los pueblos indígenas en aislamiento. Su hipótesis central es que estos grupos están siendo desplazados de sus zonas por los buscadores ilegales de madera y metales preciosos, por las empresas que exploran el territorio en búsqueda de gas y petróleo y por los traficantes de droga.

América del hemisferio occidental, 1562, Biblioteca del Congreso de Geografía y mapa División Washington.

América del hemisferio occidental, 1562, Biblioteca del Congreso de Geografía y mapa División Washington.

 

Sydney Possuelo, a sus 75 años, es una leyenda entre los exploradores amazónicos. Desde su casa de Brasilia, el creador del Departamento de Tribus Desconocidas en la FUNAI denunció a principios de 2015 que los pueblos no contactados están en serio riesgo. En 2014, el gobierno de Dilma Rousseff le había dado a la FUNAI 1,15 millones de dólares de presupuesto para proteger a estas tribus, veinte por ciento de lo que había solicitado el organismo estatal encargado de delinear las políticas públicas con respecto a los indígenas. En 2015, con la crisis económica ya instalada en el país, entregó quince por ciento de lo pedido. El recorte del presupuesto llega en un momento en que se pronostica que se aproxima una oleada de nuevos contactos.

 

David usa un short de baño azul y lleva dos cachos de banana en sus brazos. Hace equilibrio entre el peso de la carga y el lecho barroso del río Envira. En la mitad del cauce, el agua le llega a la cintura. En la costa de su aldea de la etnia Ashaninka, llamada Simpatia, un grupo sigue atento cada movimiento que hace este hombre bajo y corpachón. Desde el otro lado se acercan al mismo ritmo dos hombres. Van casi desnudos. Tienen un flequillo recto en su frente, como si se lo hubieran cortado con una taza. Hay desconfianza y gritos. Un miembro de la FUNAI, que había llegado hasta ahí a dar asistencia médica a David y su gente, filma el encuentro. El 27 de junio de 2014 quedará registrado como el primer contacto con los Xiname o Chitonawa.

 

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David logró comunicarse con ellos con un par de palabras y varios gestos que intentaban ser amistosos. Finalmente, se produjo la entrega y cada parte volvió a su costa. El encuentro se repitió al día siguiente. La segunda vez, los Chitonawa cruzaron el río y llegaron hasta las casas. Se llevaron un hacha. Después volvieron a aparecer y trataron de explicar su presencia.

 

 Desde la FUNAI pidieron colaboración a las autoridades de Perú, seguros de que el grupo de veinticuatro personas huía de buscadores ilegales de madera que estaban talando la selva en el país vecino. Los Chitonawa pagaron la huida y el contacto con el pueblo de David contagiándose enfermedades que hasta ese momento nunca habían tenido, como la gripe.

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Por otra parte, Survival International, la organización que trabaja por los derechos de los pueblos indígenas, alertó que esta comunidad, hasta ese momento aislada, había sido víctima de una matanza. Zé Correa, un intérprete que ayudó a com- prender lo relatado, lo resumió así:“La mayoría de los mayores fueron masacrados por hombres blancos peruanos, que les dispararon e incendiaron las casas de los aislados. Ellos dijeron que muchos mayores murieron y que llegaron a enterrar hasta tres personas en una misma fosa. Dijeron que murió tanta gente que no pudieron enterrar a todos, que los buitres se comieron sus cadáveres”.

 

El conjunto total de la cuenca y la selva amazónica ocupa el siete por ciento de la superficie del planeta. Además de pueblos originarios contiene cientos de miles de especies animales y vegetales, muchas de ellas desconocidas aún. La ciencia estima que en ella está la mitad de la biodiversidad de la Tierra. La magnitud de la cuenca está dada por la extensa red acuática que tejen los ríos que desembocan en el más largo y caudaloso del mundo, el Amazonas. Son 6.762 kilómetros, si se cuenta el eje que conforman éste y los ríos Solimões y Ucayali.Veinte millones de kilómetros de vías navegables que, en algunas partes, llegan a tener ciento diez metros de profundidad —el equivalente a un edificio de treinta pisos— y vierten en el Océano Atlántico el quince por ciento del agua dulce de todo el planeta. Desde que, en 1499, lo vio por primera vez Américo Vespucio, el sitio sigue dejando asombrado al viajero.

 

“Creo que estos dos ríos son la causa del agua dulce en el mar”, escribió Vespucio, el primero en narrar la geografía de semejante torrente. El lugar aún parece ser una rareza. La llegada del Amazonas al oceáno Atlántico es un espectáculo. Desde la desembocadura, el río parece un mar. Una isla, la de Marajó, del tamaño de Suiza (50.000 kilómetros cuadrados); un delta de más de dos mil islotes, y un fenómeno de mareas único que produce la ola más grande y larga del mundo, la Pororoca, que penetra desde el Atlántico hacia el interior del río en un estremecedor movimiento que puede llegar a medir hasta cuatro metros de altura cuando atraviesa zonas estrechas.Acompañada por un mítico estruendo, arrasa lo que encuentra en su camino, que veces llega a prolongarse por 600 kilómetros. Surfearla es una aventura que cualquier amante del peligro tiene en su lista de cosas por hacer.Aseguran que se puede estar horas intentado domar esta pelea entre el río y el agua del océano.

 

“El hombre podrá tener el conocimiento de las estrellas, pero el de la selva no”, les gusta decir a las personas que viven cerca del Río Negro, un torrente de agua oscura que baja con fuerza desde Colombia y que parece no querer mezclarse con el caudal más claro del Amazonas, diferencia que se explica porque las aguas tienen distintas temperaturas y densidades. La frontera acuática está cerca de la ciudad de Manaos. El Negro es el segundo mayor río del mundo.Y lo que dice su gente es una verdad a medias: la selva sabe protegerse, pero con límites.

En los últimos cuarenta años se ha talado cerca del veinte por ciento de sus árboles. En total, la deforestación alcanzó 762.979 kilómetros cuadrados: el equivalente a tres Estados de San Pablo o dos Alemanias, más de doce mil canchas de fútbol por día, más de quinientas por hora, casi nueve por minuto. Sumando el área talada y el área degradada se alcanza la aterradora estimación de que, hasta 2013, el cuarenta y siete por ciento de la selva amazónica puede haber sido afectada directamente por la actividad humana.

 “La selva sobrevivió durante más de cincuenta millones de años a volcanes, glaciaciones, meteoritos, deriva del continente”, escribe Nobre.“Pero en menos de cincuenta años está amenazada por la acción del hombre”.

 

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El fenómeno de la deforestación venía en aumento hasta que el gobierno brasileño puso en marcha un sistema de vigilancia —incluye control satelital a cargo del IBAMA— que se ocupa de perseguir a los depredadores de la selva con el apoyo logístico del Ejército. La tendencia proteccionista funcionó hasta 2013. En los diez años anteriores a esa fecha lograron que la tala cayera el ochenta por ciento. Pero, según las cifras oficiales, de agosto a julio de 2013 el desmonte aumentó veintiocho por ciento respecto del mismo período de 2012: fueron, en total, 5.843 kilómetros cuadrados de selva perdida. En 2014 la tala volvió a disminuir dieciocho por ciento, pero desde distintos sectores se ha detectado la existencia de fallas en el sistema.

 

En noviembre de 2013, al informar el aumento de la superficie talada, la ministra de Medio Ambiente de Brasil, Izabella Teixeira, reiteró el compromiso gubernamental para detener el desmonte. Tres meses más tarde, la presidenta Dilma Rousseff viajó hasta una de las zonas más castigadas por la deforestación —el Estado de Mato Grosso, que produce el veintidós por ciento de los granos de Brasil— y festejó sobre un tractor el inicio de la cosecha de soja en un territorio que hace dos décadas era selvático. Ese año, la zafra llegaría a los 196 millones de toneladas. Brasil, los Estados Unidos y la Argentina son los productores más grandes de esta oleaginosa en el mundo. Las dos escenas del mismo gobierno muestran una parte de las contradicciones que vive Brasil con respecto a la Amazonía.

 

Finalmente, el llamado pulmón del mundo parece haberse convertido en un campo de batalla donde indígenas, ambientalistas, pequeños y grandes agricultores, campesinos sin tierra, ganaderos, buscadores de diamantes y de oro, grandes empresas mineras y petroleras y el gobierno —con ojos proteccionistas pero también con planes de construir represas hidroeléctricas y fomentar la agricultura para “dar de comer al mundo”— se cruzan en situaciones de tensión con poca visibilidad y que han llegado en 2014 a que un grupo indígena se declarara en “estado de guerra”. Posiciones desencontradas en un debate que no parece tener medias tintas. Brasil es un país que está presionado tanto para producir alimentos como para proteger el medioambiente. Y su Parlamento, que —entre otros asuntos— debe legislar sobre la selva, es acusado de tener en sus bancas a demasiados grandes productores agrarios. Su descrédito ha llevado a muchos brasileños a decir que Brasilia, su sede, queda en otro planeta.

 

Mediados de julio. La selva no tiene horizonte ni señales para orientarse. Los GPS no funcionan y el cielo no aparece: el sol o las estrellas no sirven de ayuda, la vegetación es pura claustrofobia. La caminata se precipita. No hay arriba ni abajo, solo adelante, y adelante va Sergio, un joven Manoki que asegura saber dónde está la catarata casi secreta. Hasta que —después de media hora eterna— confiesa que está perdido, que no sabe por dónde salir. Hay boas, serpientes, hay murciélagos, arañas. La fragilidad del peligro. La desorientación es el único sentido activo. Sergio está nervioso. Los tres que lo seguimos, desesperados. En voz baja se escuchan insultos y preguntas demasiado tardías entre la respiración agitada. ¿Cómo nos separamos de los otros? ¿Cómo le creímos que podíamos unirnos al resto por un atajo? ¿Cuánto tardarán en darse cuenta de que estamos perdidos? ¿Nos buscarán? Es la estación seca, los pumas tienen hambre y se acercan a esta zona próxima al río Sangre, donde el resto de los animales vienen a tomar agua y entonces la posibilidad de cazar una presa es mayor. El cerebro recuerda las historias de aquellos tragados por la selva. El terreno se inclina. Los pasos son zancadas que trepan en una pared de lianas, hojas, troncos caídos y algunas piedras que dan seguridad. Hay que pisar donde el otro pisa para asegurar la sobreviviencia. Hace horas que la fórmula funciona. Sergio se da vuelta y sonríe por primera vez. “Estamos a salvo”, dice. “Llegamos a un camino”.

 

No importan los siglos transcurridos. En la selva aún en agonía existen kilómetros de terreno inexplorado. Sigue siendo ese prodigio natural estudiado de manera incompleta.Todavía no pudo con él la tecnología satelital, como tampoco pudo la obsesión de los cartógrafos que a pie, y con esa fe en la racionalidad, creían que el mundo era un espacio capaz de ser captado en proporciones, coordenadas y cálculos.

 

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Pueblo yanomami, región Ajarani en Roraima. Foto: © Mario Vilela »FUNAI

 

Aún no es fácil armar un viaje por la selva amazónica. Para llegar a las aldeas indígenas se necesita una invitación especial del cacique. Con ella hay que ir a la oficina de la FUNAI, que termina de dar el permiso para ingresar a las tierras protegidas por la ley. Las vacunas contra la fiebre amarilla, la antitetánica, los consejos para no tomar las pastillas contra la malaria porque tienen efectos indeseables, son parte de la lista de tareas preparatorias. Se cruzan cientos de mails, se coordinan fechas. Después llegarán las rutas difíciles, la monotonía de los kilómetros.Y el objetivo de alcanzar alguna zona a la que sólo se puede ir combinando pequeños aviones con días de caminata o de navegación. Los extraños no siempre son bienvenidos.

 

 Algunos jefes indígenas piden dinero, en dólares, para ser visitados. Otros, los traficantes, no quieren que se sepa lo que sucede y ante un grupo de extraños son capaces de amenazas y disparos.También están los fixers, que trabajan para los medios de prensa del Primer Mundo y son clave para la travesía. Son los productores, los encargados de arreglar los papeles, de hacer los contactos, son quienes conocen el terreno como pocos, han viajado decenas de veces para National Geographic, que no sería lo que es sin la selva amazónica. Sus tarifas son altas; como mínimo, doscientos dólares diarios, pero su eficacia vale el precio. Hay peligro en las rutas y ellos saben cómo actuar. Son una mezcla de MacGyver, psicólogo y coordinador de viaje. Hablan varios idiomas, tienen el don de conversar con indígenas que apenas han salido de la selva, con traficantes que no se presentan como tales y con neuróticos productores de documentales japoneses que se mueven con la delicadeza de mariposas. Son maestros de ceremonia de travesías que, a veces, se transforman en pesadillas de convivencia y horas de trabajo. Son los primeros en levantarse y los últimos en irse a dormir, después de que todo esté listo para seguir la marcha al otro día. Encuentran soluciones imposibles, hacen chistes, dan clases de biología, cuentan historias de la selva, saben por dónde ir y se adelantan a lo que está por suceder. Al peaje, por ejemplo.

 

“Pedágio [peaje] Narciso Kazaizase”: el cartel sobre la carretera 50 indica que es obligator io detenerse. Hay una lista de precios: “carreta: 50 reales; camión: 30 reales; auto: 20 reales; moto: 10 reales”. Entre tres y doce dólares cuesta el derecho de paso por esta tierra indígena. El camino asfaltado es un atajo que permite ahorrar casi cien kilómetros. Detrás del cartel se ve una caseta de madera pintada de amarillo y verde con una galería amplia. Hay dos sillones negros y dos personas en plena siesta. Del techo cuelgan unos plumeros de plumas naturales grises y blancas; están en venta. Hay una mesa, sobre ella una botella de dos litros de gaseosa y un termo. Anessio está de turno y se despierta con el ruido de cada vehículo que se acerca.Va vestido como si fuera invierno: jean azul oscuro y camisa de un tono un poco más suave y mangas largas, arremangadas. Usa zapatos de cuero negro brillante, gorra oscura con letras rojas y reloj de goma negra demasiado grande.Tiene 50 años y pertenece a la comunidad Paresí, originaria de estas tierras.

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La ruta está a unos 350 kilómetros de Cuiabá. “Atraviesa nuestras tierras”, dice Anessio a modo de explicación por la existencia del peaje. “El intendente, los agricultores, los políticos querían asfaltarla. Nosotros no, entonces si la quieren así, que paguen. A nosotros no nos iba a traer mejoras, al contrario, nos molestaría, querían pasar gratis y no lo íbamos a permitir”, cuenta mientras saca el talonario para cobrar al conductor de un camión cargado de madera.

 

Anessio todavía recuerda cuando todo era selva. Su pueblo fue uno de los primeros en establecer contacto con los colonos, en el siglo XVII. Primero los transformaron en esclavos para extraer caucho, después —en 1908— los emplearon para trazar la línea del telégrafo.

 

 “Lo único que queda de selva está en la tierra indígena protegida. Este peaje nos ayuda con nuestras necesidades en educación para los más pequeños y salud. En Brasil tenemos una pésima educación y en las aldeas es peor. Si el gobierno nos quita este peaje, vamos a morir”, dice.

 

En estos días se calcula que hay dos mil miembros de la comunidad Paresí repartidos en distintas aldeas en una superficie de 1,7 millones de hectáreas y protegida por la ley federal. La relación entre la cantidad de habitantes indígenas y la extensión de las tierras que tienen para vivir provoca fuertes críticas por parte de los agricultores. El peaje fue destruido ya dos veces por grupos de matones a sueldo mandados por ellos.

 

Gelson Fennai Zolkiu llega en una moto a la que le cuesta mantener en línea recta. Es el responsable del peaje por donde pasan alrededor de mil autos por día. Se nota que bebió alcohol cuando invita a pasar al interior de la casilla y se enfrasca en la explicación de cómo entregan los cupones a los conductores, de cómo se quedan con una copia para control y cómo guardan el dinero en una caja con llave. Alcohol y dinero marcan también el ritmo de muchas aldeas. Una voluntaria de una ONG pidió que no se mencionara esta circunstancia: ayuda a fomentar la mala imagen de los pueblos originarios en Brasil, argumentó.

 

“Hubiera deseado vivir en la era de los viajes verdaderos en todo su esplendor: era un espectáculo aún no contaminado”, dijo una vez el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss cuando recordó sus expediciones en el Mato Grosso. La radio de la casilla de peaje está prendida. La publicidad ofrece un servicio de fumigación aéreo. Tristes trópicos es el nombre del libro que Lévi-Strauss escribió para contar sobre la complejidad de su trabajo de campo en esta parte del continente americano. “Odio los viajes y los exploradores”, fue la frase con la que comenzó el relato en cuyo origen está la intención de reconstruir el exotismo a partir de la ayuda de los vestigios. Con los remordimientos de ser parte de la civilización que desde la arrogancia de la superioridad tecnológica suprimió la diversidad, y basado en las expediciones a la Amazonía que realizó entre 1935 y 1939, escribió una de las bitácoras más interesantes del siglo XX. Setenta años después, el terreno es el mismo. Los vestigios, menos. La selva, su civilización, siguen jaqueadas por la voracidad.

 

La diferencia son los mapas. La primera aproximación del viajero siglo XXI es por Google Maps. Antes eran papeles dibujados con tinta. El río Amazonas era una serpiente gigantesca y monstruosa que salía del continente cuando el cartógrafo español Diego Gutiérrez, en 1562, dio una idea completa de los misterios que se proyectaban desde el imaginario europeo sobre estas tierras. En el intento de ordenar lo desconocido, sobre el continente dibujado aparecen animales, míticos pobladores originarios, escenas de luchas y canibalismo. Hoy, la pantalla del Ipad sólo muestra manchones verdes con espacios carcomidos. El gran río sigue asemejándose a una serpiente gigante de recorrido sinuoso. Hay puntos que son ciudades y pueblos, rutas y caminos como venas. La geografía, en ese sentido, es la misma. La tecnología no ha logrado cambiar ese aspecto. Cuiabá es el origen del viaje, como lo fue de la primera expedición de Lévi-Strauss. El aeropuerto fue remodelado para recibir a otro tipo de viajeros modernos: los fanáticos del fútbol.

 

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La ciudad fue una de las sedes de la Copa Mundial 2014. ¿Habrán sabido ellos que estaban en la que fue durante los siglos XIX y XX una de las puertas principales a la aventura de la selva?

 

En ese caso, deberían haber olvidado el partido y dejado la ciudad, como aquella primera travesía de los hermanos Villas- Bôas, quienes cuando leyeron en el periódico que el gobierno estaba organizando la marcha para abrir “camino para el desarrollo de Brasil” se anotaron en una lista que convocó a una legión de desesperados por un salario. La expedición salió el primer día del año 1943 a descubrir lo que muchos creen uno de los lugares más bellos de la Tierra: el actual Parque Nacional Xingú. Los míticos hermanos fueron los fundadores del linaje de los llamados sertanistas, exploradores que se internaban en la selva en busca de tribus.

 

Al convocar a la travesía, el entonces presidente Getúlio Vargas —cuatro veces primer mandatario y líder popular en la historia moderna brasileña— había dicho que es “realidad urgente y es necesario subir a la montaña, superar mesetas y expandirse en la dirección de las latitudes.Volviendo a la pista de los pioneros que plantaron en el corazón del continente en punta vigorosa y épica las cuatro fronteras territoriales” y reclamó: “Eliminar nuevos obstáculos, acortar distancias, abrir caminos y extender las fronteras económicas, consolidando definitivamente los cimientos de la nación.” Para Vargas el verdadero significado de brasileidad era esa expedición.Ya sin el oro que había fluido hacia Europa en el siglo anterior y “hecho de América el continente de la codicia y los intentos de aventura” a los brasileños les quedaba una sola alternativa:“Los valles fértiles y vastos, el producto de las cosechas variadas y abundantes; las entrañas de la tierra, el metal, que forjan los instrumentos para la defensa y el progreso industrial”. Casi ochenta años después de ese discurso de lanzamiento, esa idea sigue dando vueltas en la cabeza de muchos brasileños.

 

El intento de “andar por tierras donde nunca nadie anduvo, llegar a lugares donde nadie llegó” para Orlando, Claudio y Leonardo Villas-Bôas fue la expedición Roncador-Xingú. Significó la toma de contacto con tribus que nunca habían visto a los llamados “hombres blancos”. Los tres hermanos se instalaron en sus aldeas en un ingenuo intento de asimilación que, en realidad, provocó el contagio y hasta la muerte de muchos de ellos por una enfermedad que los locales desconocían: la gripe.

 

El largo y doloroso proceso terminó en la comprensión del otro por parte de los Villas Bôas y en el esbozo de la primera política para proteger la cultura originaria por medio de un área delimitada. Incluso llegaron a imaginar un Estado indígena. Claudio, en su su bitácora de viaje, pergeñó una mirada que hasta ese momento había sido poco tenida en cuenta en la sociedad brasileña: “Si pensamos que nuestro objetivo aquí, en nuestro paso rápido por la Tierra, es acumular riqueza, entonces no tenemos nada que aprender de los indios. Pero si creemos que lo ideal es el hombre en equilibrio dentro de su familia y en su comunidad, entonces los indios tienen lecciones extraordinarias para darnos”, argumentó.

 

Esa idea —en la que subyace la del “buen salvaje”— sigue presente en otra gran parte de la sociedad que discute contra aquellos que sostienen que los pueblos originarios tienen demasiadas tierras y que sus integrantes son vagos. Es también la dicotomía que aparece en la lógica de la mayoría de los viajes “exploratorios” que siguen buscando probar alguna de esas posturas.

 

* * *

 

 A lo que ya está descubierto, el explorador moderno le suma un protagonismo estilo selfie o se limita a registrar el exotismo que ha logrado sobrevivir para probar que el pasado ha merecido rescatarse. Usa el mapa más allá de la necesidad de la orientación, para poder moverse sin esa sensación de no tener el dominio, de no andar sobre lo desconocido. El mapa ajado es geografía y también la conciencia del “usted está aquí”, “dónde debo ir”, “de qué se trata lo que veo”. Del territorio distinto. Contra la posibilidad de la pérdida. Es también la base de la construcción de la cartografía privada. El registro para la memoria. El mapa de papel ofrece la seguridad de poder sacarlo, volver a mirar las marcas para poder reconstruir el camino, la vivencia. Pero la naturaleza, la selva en vivo, es demasiado intensa para poder distraerse. La marca, la cruz, servirá después como apertura de la memoria. Ir a buscar las marcas de los otros es una tarea previa a la expedición. La cartografía, finalmente, es lo más parecido a la asociación de la memoria. El atlas personal es registro y es plan sobre registros y planes de viajeros anteriores. Los antiguos mapas eran las representaciones más cercanas al intento por atrapar el mundo.

 

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Indígenas aislados de Brasil. Las fotos muestran una comunidad sana con cestos llenos de mandioca y papaya frescas de sus huertos. Foto: © Gleison Miranda/FUNAI/Survival

 

En la era del Google Maps son también lecturas de aventuras sobre lo que se esperaba encontrar. Lo real es menos mágico. En el pasado el cartógrafo era artista, no sólo astrónomo, geógrafo y aventurero.Volvía y entregaba a la Europa de salón el salvaje mundo que esperaban ver. Hoy la sala sale a buscar esa aventura. Entonces, el señor de National Geographic se revuelca sobre el barro del río Amazonas como si fuera un oso en celo. Busca a los pobladores, se “hace amigo”, y lo llevan en poderosas motos de agua a buscar la ola gigante para que logre su sueño, su idea de aventura, la de surfear la marea gigante. Son diez hombres que se mueven para que el explorador en la televisión —ya de vuelta— entregue su aventura a los nuevos salones de la civilización: las pantallas. No sabremos más. El mapa es más ajustado, el deseo de la aventura se circunscribe a eso: no muestra más allá del lugar. ¿Cuándo llegaron las motos de agua al Amazonas? Ni siquiera se muestra un mapa formal de dónde transcurre la aventura. Sabremos después que cerca hay un río más pequeño y poco profundo porque el mismo aventurero atrapará peces de tres ojos para entregar a la cámara el componente exótico y después devolverlos al agua. Estará ahí tatuado con bermudas corriendo y zambulléndose por la correntada débil. Habrá otro que pasará horas navegando en busca de un pez enormemente monstruoso. No sabremos qué costumbre o qué cultura sostienen a los pueblos que le entregan su observación milenaria como ayuda en su búsqueda. Se sabrá, gracias a la aceleración del tiempo de la cámara, que son varias horas en la oscuridad esperando el encuentro.

 

Hasta que, finalmente, se produce y la cámara lo capta. El pez capturado es gigante, cumple con la categoría de lo exótico y el explorador de la televisión lo devuelve al río, en el ritual de lo políticamente correcto.

 

En estos mapas modernos no hay contexto. Sólo espectáculo. No hay conflicto, no hay tensión, no hay reclamos. La selva está lavada de complejidad. Sigue siendo el ámbito para la aventura con peligros como ser comido por un cocodrilo o tragado por un boa o a la espera de descubrir un mundo nunca antes visto. Mark Twain habla del viaje como antídoto contra la ignorancia y los prejuicios. Pero son pocos los exploradores modernos que van más allá. Del lado local hay también una percepción de que lo que busca el visitante es lo exótico y su explotación. Pocos se detienen a ver el paisaje y sus líneas ocultas. La cuadrícula del mapa heredado se adapta a las expectativas, a lo esperado. El explorador moderno no quiere sorpresa (¿las habrá?). A su pesar, el costado del camino está lleno de historias, muchas violentas y de sufrimiento. El debate fuera de esa mente cartográfica queda circunscripto para grupos pequeños, algunos con intereses creados. El explorador no se puede mover de lo que va a buscar: ni para las pequeñas virtudes ni para las oscuridades. Comprueba o se decepciona. Se sigue sin aceptar lo diferente en toda su profundidad. Es difícil hablar de lo distinto cuando ya está contaminado por la propia civilización, reflexionaba Lévi-Strauss. Se viaja lejos para acercarse cada vez más al centro de la propia existencia. Finalmente, la soledad es lo único deshabitado, y el prejuicio, la brújula.

 


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