Andrés Calamaro tiene la fórmula perfecta de la canción. Prolífico como ninguno, construyó melodías que saltan del rock al tango, del pop al folclore, y líricas que van de la experiencia privadísima a la crónica de época. Su aporte al canon de la canción nacional es inmenso: compuso la playlist indispensable de la argentinidad. El disco nuevo y el regreso a los escenarios porteños son la excusa para repasar la carrera y la obra de un compositor al que muchos ubican en la línea invisible que une a Manzi, Yupanqui, Spinetta y García.



El último recital de Andrés Calamaro del año ’89 lo dio en un local de San Telmo. No había más de 500 personas y se cortaron apenas 50 entradas. Decidió, entonces, que ya era hora de partir y sacó un pasaje de ida a España. Le dio cuerpo y vida a una máxima literaria de James Joyce que aparece en Retrato del artista adolescente: silencio, destierro y astucia. Argentina vivía uno de los peores años económicos de su historia. La hiperinflación aceleró el traspaso de banda presidencial de Raúl Alfonsín hacia Carlos Menem. Los precios estaban en una escalada imparable e impredecible que aniquilaba el poder de compra. Ese era el país de Cómo conseguir chicas de Charly García, 40 dibujos ahí en el piso de Divididos, ¡Bang! ¡Bang! ¡Estás liquidado! de Patricio Rey y sus redonditos de ricota, Furtivos de Ratones paranoicos, Tierra del fuego de Virus, el EP Languis de Soda Stereo, El milagro argentino de Los auténticos decadentes. Discos que sonaban en las radios y que nadie compraba. Recitales que esquivaban los cortes de luz programados –cada seis horas- pero que llevaban poco público. Dentro de ese batallón de afectados por la realidad argentina, en el escalafón rockero más bajo, estaba Andrés Calamaro.

 

Con 27 años y un pasado de hits con Los abuelos de la nada, Calamaro y su carrera solista atravesaban una incertidumbre inusitada: había sacado su mejor disco, Nadie sale vivo de aquí, con muy buenas críticas pero sin audiencia visible. Algo similar pasaba con sus shows: se puede comprobar en el hoy disco de culto Loco por ti: Live en Ayacucho. Gran concierto para tribunas semidesiertas. Vivir de la música era una quimera. ¿Tenía sentido seguir adelante?

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Si la literatura argentina empieza con una violación, como dijo David Viñas, la aparición de la voz y las letras Calamaro en el rock argentino arrancan, a comienzos de los ochenta, con dos estados que atravesarán gran parte de su obra y cosmogonía poética: la espera (Sin gamulán y Mil horas) y la decepción (Costumbres argentinas).

 

Su paso por la primera reencarnación de Los abuelos de la nada dejó la suma de tres hits enormes, aunque compuso otras tantas canciones para la banda. Una buena cosecha para una temporada crítica a nivel social (1981-1985) en el que el rock tenía la fuerza impagable y el mandato histórico de convertirse en un ansiolítico y placebo social frente al derrumbe inevitable de la dictadura cívico-militar y el comienzo de la democracia.

 

Sin gamulán, Mil horas y Costumbres argentinas son canciones que aparecen como piezas necesarias para hablar del contexto sociocultural: la frialdad, el terror, la incertidumbre, el desasosiego y, por supuesto, el chamuyo (“Caminando, caminándote”).

 

Como parte de un grupo integrado por cinco personalidades contundentes, Miguel Abuelo, Gustavo Bazterrica, Daniel Melingo y Cachorro López, Andrés Calamaro supo destacarse por su capacidad para crear melodías simples, pero efectivas. Las acompañaba con líricas donde la posibilidad del romance era un problema de grandes dimensiones (un lugar común dentro de la música) que, además, sobrellevaban la idiosincrasia de un país en perpetuo conflicto al que había, de alguna manera, que resistir (la pieza contemporánea). No por nada está la pregunta: “¿Para qué siguen las guerras?”; y luego la ambigüedad: “Tengo un cohete en el pantalón”. En una oración se conjugan: drogas, sexualidad, belicismo marítimo. Es evidente que las aspiraciones de Calamaro eran altas: retratar su tiempo y el estado psíquico de sus contemporáneos.

 

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Si una década y media antes, el rock buscaba refugio en zonas bucólicas y el escape era la salida perfecta (Una casa con diez pinos, Rutas argentinas, Mañanas campestres, entre otras), esta generación, de la que también formaban parte, con sus diferencias, Virus, Los Redondos, Sumo, Soda Stereo, Miguel Mateos Zas, Riff, estaba dispuesta a quedarse en el cemento de la ciudad y buscar el placer y el hedonismo a toda costa y bajo cualquier circunstancia.

 

En estas primeras canciones de Calamaro no hay salvación posible. Sin embargo, los acordes que elige el músico para acompañar sus letras convierten a la decepción en un momento de jolgorio. La desesperación en un contexto de festejo contribuye a la recuperación de algo necesario para ese momento: el estado ánimo.

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Sobre el comienzo de su vida, Andrés Calamaro le dijo a Alfredo Rosso para Rolling Stone: “Yo soy de la Recova de Retiro. Nací a la vuelta del Instituto Di Tella. Fui un niño de los años 60 y después crecí con Videla, pero de veras. Hasta los 11 años, desde la cama de mi habitación se veían los rieles del tren. Libertador y Basavilbaso. El primer matrimonio de mi hermana fue con Carlitos Nuñez, de I Musicisti, los que después se transformaron en Les Luthier; ellos empezaron a ensayar en mi casa. Cuando era chico mi hermana me tocó los acordes más fáciles de “Submarino amarillo”; estaba Félix Luna y él lo tocó en guitarra, pero en otra armonía más rica. Recuerdo discos de Sebastiao Tapajos, de Paco Ibáñez, de Charlie Parker, de Vivaldi […] Hay muchos notables que fueron conmigo a la escuela: Martín Rejtman, novelista y cineasta; el diputado Andrés Delich. Hice la primaria y la secundaria en la Escuela del Sol, en la calle Ciudad de la Paz así que soy un proyecto de ciudadano contemporáneo. La Escuela del Sol era un intento de educar a los chicos por encima de la mediocridad, pero desde que terminé quinto año no volví más, por una diferencia de criterio acerca de las bondades y el peligro.”

 

Siempre fue precoz. Antes de cumplir los 18 años ya había grabado con Raíces. Los abandonó y se puso a trabajar como sesionista mientras recorría la escena (una vez tocó la batería para Los Violadores) y formaba grupos de escasa repercusión con sus aliados incondicionales: Gringui Herrera o Marcelo “Cuino” Scornik. Uno de ellos fue Elmer Band. Por intermedio de Alejandro Lerner y Pipo Lernoud entró a Los Abuelos de la Nada y también los dejó —contra su voluntad— para darle forma a su proyecto solista.

 

¿Qué mirada había sobre la figura y la música de Calamaro en los ochenta cuando intentaba construir su carrera solista?

 

Roberto Petinatto escribió en el número 3 de la revista Cerdos & Peces: “Todavía sigo pensando que el músico argentino hace música para los músicos. Son muy ambiciosos, pero no quieren sufrir… Mirá cómo es la lista: primero viene Charly, después los Abuelos, Zavaleta y el solista de Calamaro… agarrás esos cuatro LP, los mezclás y hacés un disco que es todo igual. Pero el rock no se muere ni tampoco, como dicen muchos, se institucionaliza”.

 

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Martín Pérez, editor del suplemento Radar de Página/12 recuerda que “Calamaro fue blanco de críticas desde su primera aparición pública. En Los Abuelos de la Nada era señalado como el advenedizo que con su poesía fácil le quería robar el grupo al verdadero poeta, que era Miguel Abuelo. Después fue acusado por la separación de los Abuelos. Creo que la primera vez que se lo tomó unánimemente en serio a Calamaro fue recién cuando demostró sus dotes como productor de éxitos ajenos, en la segunda mitad de los 80, con Los Cadillacs, Don Cornelio y Los Enanitos Verdes, entre otros. Después, a pesar del escepticismo inicial ante su perfil rocker embanderado con Johnnie B Good, esa segunda etapa de sus primeros fallidos años como solista empezó a ganarse un cierto aura de autor de culto, y por entonces —fines de los 80 y comienzos de los 90— ya tuvo sus primeros defensores dentro de la crítica”.

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Sus primeros cuadro discos solistas son Hotel Calamaro, Vida cruel, Por mirarte y Nadie sale vivo de aquí. Una primera etapa en la que Calamaro mostró sus cualidades como productor y arquitecto de canciones que podían atravesar distintos niveles de sentidos sonoro y poético. Pop, irónico, oscuro y tecno en Hotel Calamaro y Vida cruel (el favorito de Leo García) y luego definitivamente personal y único con Por mirarte y Nadie sale vivo de aquí, donde ya se perfilaba el Calamaro que todos conocemos: el creador de sonidos y líricas que parecen estar impregnadas en el inconsciente colectivo aunque se las escuche por primera vez.

 

Martín Pérez considera que Andrés “es un emergente de eso que empezó a forjarse hacia finales de la dictadura militar y estalló con el regreso de la democracia, algo que podríamos llamar cultura rock. Esas dos palabras, que a simple vista parecieran formar un oxímoron a la altura de la inteligencia militar, en realidad engloban una forma de leer la cultura y el arte con mayúscula desde la cultura popular y masiva. Revolviendo en el tacho de basura del sistema, el rock de aquellos años fue armando su propio linaje cultural, y Calamaro forma parte de la generación que creció resguardándose en el ámbito privado durante la dictadura y floreció hacia el final de la misma y con la llegada de la democracia”.

 

A partir de esa aparición, Calamaro fue una joven promesa que se dejó influenciar por todo y por todos, y como bien señala Martín Pérez, paró sus pelos a la new romantic antes que nadie, y luego se abrazó al rock de campera de cuero cuando no era algo muy bien visto. Como artista disfrutó de unas primeras mieles de la popularidad muy temprano para luego atravesar un largo desierto que solo terminó cuando recuperó el éxito en sus propios términos.

 

Así llegó Calamaro a Los Rodríguez.

 

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Andrés Calamaro le contó al periodista Claudio Kleiman: “El día que llegué a Madrid, Ariel (Rot) y Julián (Infante) me fueron a esperar al aeropuerto y los paró la policía por sus pintas de yonquis. Ese mismo día lo conocí a Guille Martín, que en paz descanse. Pancho Varona dijo que es el músico español más querido de los últimos 50 años, y es verdad, la gente se sigue emocionando cuando le ve en los videos nuestros de YouTube. Primero nos fuimos a pillar, a comprar para fumar a un bar de Malaseña, y luego fuimos a ensayar a una lasa que le llamaba La Nave, donde estaban Willy Crook, Dani Melingo, Pettinato”.

 

Para algunos, Los Rodríguez fue la banda soporte de Calamaro; para otros, un proyecto de Ariel Rot, que jugaba de local en España por haber estado en Tequila. Lo cierto es que la banda creó su propio espacio rockero en un ambiente donde la tendencia era otra. Dijo Calamaro muchos años después de la separación de Los Rodriguez: “Nosotros tampoco nos inventamos con la intención de revolucionar nada más que nuestra vida. Para mí, empezar de nuevo un grupo de rock con 30 años ya era una gran cosa. Vivir esa aventura de cero, en otro país, era milagroso, con o sin inocencia perdida, o recuperada. Era interesante salir a buscar cómo ganarse la vida o como conseguir un contrato”.

Juan Puchades, editor de la revista Efeeme, recuerda desde España: “No sucedió gran cosa con el final de Los Rodríguez. No creo que hubiera muchas lágrimas. Ellos habían ganado público de verdad con Palabras más, palabras menos, y su mayor popularidad fue durante el verano de 1996, como teloneros de la gira con Sabina. El éxito de ventas les llega en paralelo a la separación, con Hasta luego. Calamaro llevaba tiempo forjándose su perfil personal, con muchas colaboraciones con otros artistas en discos ajenos, pero no era una estrella, de ningún modo. El “estrellato”, si se puede hablar en esos términos, lo vivió con Alta suciedad. Más allá de los seguidores de Los Rodríguez, no creo que se “esperase” el disco”.

 

Cuando se terminan Los Rodríguez, Andrés Calamaro ya había sacado el soundtrack de la película Caballos salvajes de Marcelo Piñeiro, el segundo volumen de las Grabaciones encontradas, cinco discos (Buena suerte, 1991; Disco pirata, 1992; Sin documentos, 1993; Palabras más, palabras menos, 1993; ¡Hasta luego!, 1997), y componía canciones que no encontraban un lugar definitivo. Era un exiliado que había recuperado su relación con cierta masividad en dos continentes, había publicado discos que lo corrían del lugar inmóvil y temeroso que da el éxito, y, lo más importante, estaba fértil, en absoluta actividad creativa.

 

Era 1996. Calamaro tenía 34 años. El futuro lo estaba esperando.

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Con Alta suciedad, el segundo disco más vendido en Argentina después de El amor después del amor de Fito Paéz, Calamaro buscó retornar al sonido de estirpe básica pero delicada. Para las grabaciones contrató a músicos que habían tocado con Steely Dan, Tom Waits y Keith Richards, entre otros. A la vez, trataba de afiliarse a un linaje rockero representativo de su generación que venía tanto de los dioses blancos (The Beatles, The Rolling Stones) como negros (James Brown, Marvin Gaye). Era la fina prosapia de unos sonidos y canciones reconocibles con armonías sencillas, pero de arreglos complejos, que se podían relacionar con su último trabajo en tierras argentinas: Nadie sale vivo de aquí, del 89. En Alta suciedad no se encontraban las huellas de ese rock rumbero que exploró en Los Rodríguez. No fue un corte abrupto, pero sí notorio. Lo que se perfilaba, sin dudas, era una vuelta a las bases, al rock old school de seres experimentados, con años de estudios y escenarios: tipos virtuosos en los suyo haciendo lo que mejor les salía bajo la mirada de un productor confiable como Joe Blaney.

 

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Alta suciedad no es un disco focalizado en letras ingeniosas (“Flaca”), sabias (“Todo lo demás”), juguetonas (“Elvis está vivo”) y de un flujo íntimo (“Crímenes perfecto”), sino que se trata de una gestalt que funciona a todo nivel: todas las piezas sonoras, y la letra es una de ellas y no siempre la más importante, encajan. Es la construcción, en definitiva, del ensamble de los dos elementos, música y lírica, que le dan forma a una canción para que pueda entrar en la memoria de alguien a partir de una lengua en común.

 

En 1999 aparecen las 37 canciones de Honestidad brutal. Y logró su primer récord: darle vida al disco de mayor duración de la historia del rock argentino hasta ese momento.

 

Es un disco que funciona como puente, inestable pero puente al fin, entre la sobriedad, fineza y profesionalidad de Alta suciedad y la operación “derrumbe de los procesos habituales de grabación” que hace Calamaro con lo que vendría después: El Salmón. También podría ser considerado un disco que oficia de pasaje entre el músico que redescubre la masividad y reacciona con desencanto hacia ese mundo que lo lleva al encierro feroz. Tal vez fue solo un momento de ruptura amorosa que lo encontró particularmente sensible. O quizás, puede verse como una parada ineludible de consumidores: entre el viaje que va del “porrito” a la apropiación de la cocaína.

 

Cualquiera sea el caso, y ninguna razón es más válida que otra ni hay carga moral en estas palabras, Honestidad brutal tiene valor increíble en sí mismo y se propone como un disco donde las condiciones de producción son importantes a la hora de escucharlo terminado.    

 

Honestidad brutal, ya desde el título, tiene un nivel de profundidad extremo y la intención es abrir el juego hacia lo inexplorado, hacia ritmos musicales como el tango o el folclore, hacia el riesgo, con canciones que cuentan estados que bordean el exhibicionismo como Son las 9, y la crudeza, en la que Con Abuelo es una pieza modelo hecha con la memoria pero escrita con la mano nerviosa y violenta. Incluso en canciones en apariencia inofensivas como Te quiero igual se hacen referencias, bajo el amparo de un inocente ruego de un enamorado, al consumo de drogas duras: “Te quiero/ pero te llevaste la flor/ y me dejaste el florero/ te quiero/ me dejaste las cenizas/ y te llevaste el cenicero”. Se trataba, al fin y al cabo, de suprimir los límites entre obra y vida cotidiana y borrar cualquier clase de artificio para ir tras la velocidad de la creación.

Calamaro, en estos registros magníficos y conceptuales, no está pensando en las consecuencias emocionales de exhibir su alma y sus venas (a veces parece que le habla directamente a su ex: “Negrita”) ni en las repercusiones económicas que implica aventurarse en un disco doble (fue un trabajo caro luego de un año de grabaciones en Buenos Aires, España y Estados Unidos), sino que, como el capitán Ahab, va tras su ballena blanca: la canción perfecta.

 

Son los años peligrosos de Calamaro.

 

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Honestidad brutal supone un salto de fe hacia el futuro por lo apabullante de la propuesta. En su momento fue leída y escuchada como una obra que parecía un exceso. Y como todo exceso lleva tiempo de digerir. El aura “sabinesco” en las letras se aleja para dar paso a letras en tono dylaniano: catarsis al mejor estilo Blonde on blonde del cual Paloma es un caso concreto y reconocible (en otro orden de cosas: era una canción que Spinetta siempre le halagó, incluso desde antes de ser editada). Honestidad brutal define eso de la vida (larga) de una canción: el centro neurálgico duradero se percibe en la cantidad de sentimiento que le podés poner en el encadenamiento y cortes de los versos.        

 

El Salmón es parte del influjo creador que continuó luego de la grabación de Honestidad brutal. Había que seguir componiendo, grabando. Fue la necesidad de vencer, además de la desidia y la arrogancia de los músicos de rock, a todos los intermediarios que hay en el “negocio” de la música. Y en eso se incluían las necesidades industriales de que todo sonara con determinada “calidad”.

 

El Salmón fue la forma que encontró Andrés Calamaro de sumergirse en el corazón de la experiencia musical y hacerlo absolutamente todo. El trabajo fue agudo y agotador. Componer, grabar, mezclar y terminar una, cinco, diez canciones por día fue una misión que se autoimpuso como alguien que asume, sin protestar, una misión riesgosa en territorio enemigo. La guerra de un solo hombre. Pero con ayuda de Marcelo “Cuino” Scornik y muchos músicos que participaron.

 

Si en la etapa de Alta suciedad, Calamaro estaba fascinado con Tarantino y Perros de la calle, en los días de El salmón se cuenta que Andrés estaba apasionado por Apocalipsis now de Coppola. Hoy se entiende esa fascinación: podemos imaginarlo como el perfecto Capitán Kurtz, inalcanzable y perdido en un viaje al fin de la noche de su propia carrera como músico (uno de las canciones se llama “Es el fin de mi carrera”).

 

Con partes iguales de locura, por emprender esta aventura innecesaria, lo que le da al disco una cualidad de gesto artístico, y de equilibrista genial, por haber escapado de esa época con canciones que aún siguen tocando sensibilidades: como Chicas, Tuyo siempre, Ok Perdón, Días distintos, Calamaro hizo uno de los mejores discos del rock en castellano.

 

Son 103 canciones con un gran número de referencias literarias, cinematográficas, tóxicas, crítica social, homenajes, sátira, simples humoradas, mensajes velados y otros dolorosamente explícitos. Un disco quíntuple. Grabaciones caseras hechas en portaestudios que se iban acumulando en un rincón y que luego fueron retocadas apenas en New York.

 

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Cuando salió El Salmón, en el 2000, a la Argentina le faltaba muy poco para derrumbarse (otra vez). Y estos cinco discos son el soundtrack inevitable de esa caída anunciada. Hay un grado de conexión extraordinaria entre disco y época, proceso de creación y descomposición social, visión de obra y desestabilidad emocional de un pueblo.

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Baltasar Comotto es, dicen los que saben, uno de los mejores guitarristas de Argentina. Tocó con Spinetta y ahora está en la banda del Indio Solari. Desde Bohemio (2015), forma parte de la banda que acompaña a Calamaro. Siempre estuvo con los grandes. Mientras prepara su tercer disco solista y apronta valijas para partir de viaje, habla de su relación con Calamaro: “Había escuchado sus discos solistas como Alta suciedad, Honestidad Brutal. De chico vi a Los Rodríguez en Dr. Jekill y me impactó cómo sonaban en vivo, la solidez de las canciones y los arreglos de las guitarras. También me llegaba, por mis hermanos, música de Los Abuelos de la Nada. Son temas de alto vuelo lírico y musical.”

 

Las canciones que le entrega Calamaro para interpretar están “muy armadas”, y básicamente su trabajo es “acordar los roles con Julián Kanevsky y buscar la mejor interpretación posible, tanto en los solos, como en acompañar las canciones. Aprendo mucho al estar con músicos como Germán Widemayer, Sergio Verdineli, Julián y Mariano Domínguez. En cuanto a Andrés, me da mucha libertad en las interpretaciones, lo que hace muy natural la manera de trabajar en los ensayos o en una grabación.”

 

Cuando Baltasar tienen que hablar de las virtudes de Calamaro como músico, por afuera de su reconocida poética, dice: “Creo que Andrés tiene gran facilidad de vincularse con distintos géneros y sonar como El Salmón. Él conoce muy bien el funcionamiento de diferentes instrumentos como la batería, la guitarra, el bajo, además de ser un gran tecladista y vocalista. Es un gran productor de canciones con un ojo muy afilado”.

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El 17 de junio del 2008 Andrés Calamaro está en el programa Ratones Coloraos del Canal Sur Andalucía. Es una de sus primeras apariciones televisivas luego de pasar un tiempo alejado de los estudios de TV.

 

Canta algunos tangos con ese modo tan personal que tiene de abordar el género. Se lo ve entregado al sentimiento mientras mira en el atril la letra para no perderse. Cuando termina recibe el aplauso del público y se sienta frente al conductor Jesús Quinteros. Tiene los anteojos negros puestos.

 

—¿Tú ahora qué predicas?

—Qué buena pregunta, qué buena pregunta. Predico la indulgencia para los pequeños defectos y fallas que tenemos todos.

[…]

—¿Por qué te retiraste, la fama te hacía la vida imposible?

—No fue por eso— dice Calamaro ya sin anteojos—. Fue una mezcla de motivos, digamos, bohemios, antirománticos, toxicidad, ¿no? y, sí, es verdad, en parte yo sentía que quería salirme un poco del ambiente del músico de rock y de la gente que lo rodea. Gente muy buena que todavía sigue trabajando conmigo pero pensaba en ese momento que vivir sin responsabilidades era un tesoro que había que aprovechar. Justo era 1999, terminaba un milenio y empezaba otro y quise estar grabando todo el tiempo lo que pasaba. Terminé 100 días de hacer canciones y finalmente…lo que pasa es que acá se usa la palabra jonki y es una palabra muy cruda. Se tilda al jonki como una persona que pierde su identidad, que va a lugares inmundos para buscar la droga. Yo hablo de otra cosa: de un consumo profesional en la cual estuve yo, entre idas y venidas, unos cuatro años. Una temporada corta. 

 

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Después de sus discos de “recuperación” y excelente regreso, El cantante, Tinta roja y El palacio de las flores junto a Litto Nebbia, donde se concentró más en la ejecución de su voz inconfundible, Calamaro se volvió para el imaginario social un verdadero clásico: ya era dueño de una obra y un repertorio inmenso; y además había creado un lenguaje propio con el que había influido a toda una nueva generación de compositores que van desde Estelares a Pity Alvarez, por nombrar unos pocos. Es decir, había un territorio de la cultura popular que sólo le pertenecía, por derecho propio, a él.

 

Sus discos posteriores, La lengua popular, On the rock, Bohemio, Romaphonic Sessions y, ahora, Volumen 11, no hicieron más que confirmar la construcción de un presente eterno en el que cada nuevo disco (incluidos los trabajos en vivo Jamón del medio, Pura sangre e Hijos del pueblo con Enrique Bunbury) atraían sobre él toda la atención que no tenían ninguno de sus contemporáneos o maestros o epígonos.

 

Dice Humphrey Inzillo, periodista y editor de la revista Brando, sobre la permanencia de Calamaro, a quien entrevistó muchas veces: “Las canciones son artefactos mágicos. Una canción puede ser el más maravilloso de los misterios: un cuento musical que, en su forma más tradicional, dura tres minutos y que, en su forma más perfecta, se nos mete bajo la piel para toda la vida”.

 

Dice, también, algo que no es difícil imaginar en boca de otros hombres y mujeres que rondan y pasan los 30: Calamaro es uno de los grandes cancionistas de la Argentina. A la altura de Homero Manzi, de Homero Expósito, de Alfredo Le Pera, de Atahualpa Yupanqui, de Spinetta, de García, de Páez. Su aporte al canon de la canción nacional es inmenso. Sus temas forman parte de ese inconsciente colectivo: una banda sonora de la argentinidad, indispensable en el playlist de cada una de nuestras vidas.  

 

Martín Pérez va en el mismo sentido: “La base del éxito de Calamaro es esa capacidad de construir canciones donde se puede reconocer una experiencia privada pero que al mismo tiempo compartirla de manera colectiva. Su particular universo estilístico, capaz de mezclar de manera democrática al rock con otros estilos populares y al mismo tiempo no dejar de ser rockero en el mejor sentido, terminó de forjarse recién en su primer obra maestra, Nadie sale vivo de aquí, donde está todo lo que después fueron Los Rodríguez, incluso el vínculo con Ariel Rot.”

 

Pérez ubica al disco Alta suciedad como el momento de catalización de Calamaro. El punto exacto en el que el sello Calamaro se democratiza: lo que antes sonaba en las casas de algunos consumidores compulsivos de rock, termina por llegar a todos los hogares.

 

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Una vez que logró ese éxito, Calamaro lo abandonó todo para ir a buscar un lugar al lado del fuego de la composición, persiguiendo una y otra vez la mejor canción. “Todo un recorrido que ha terminado legitimando su figura, su obra y sus canciones por sobre el coro de quienes siempre lo han despreciado o dejado de lado, por motivos que una y otra vez se basan en el prejuicio antes que en razones artísticas”, dice Pérez.

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Resulta increíble que en su primera entrevista en un medio gráfico, aparecida en la revista Twist y gritos del 2 de agosto de 1984, Calamaro (de 22 años) exponía su combativo modo de pensar, que mantiene hasta el día de hoy. Decía: “Soy de la idea de que seguimos viviendo parados arriba de una dinamita constante. Hay una función que yo estoy cumpliendo comprometida con el país y es la de crear en libertad. Yo siempre creé en absoluta libertad. Y eso me parece importante. Se habla de la crisis y se usa como una cosa cotidiana. “Democracia” es la palabra de moda y con eso no se puede jugar. Estamos en una conciliación eterna. Por ejemplo la deuda externa, los militares que la contrajeron y que torturaron y mataron gente están en sus casas mirando televisión. Ya ningún medio habla de ellos y son juzgados por otros militares. Y no se sabe nada. En ese sentido, los medios de difusión siempre han hecho muy mal al país. Salvo algunas excepciones, está lleno de información dañina flotando en el aire. La experiencia que me queda de todos estos años es que no puedo confiar de lo que dicen las grandes editoriales. Me indigna el canal 9, por ejemplo, me parece muy choto. Hacen los mismos programas de siempre, y ¡encima tenemos que agradecerles que pasen a Michael Jackson los lunes a la noche! Ahora se dice “en el mundial vivíamos engañados”, pero en el fondo todos queríamos que fuera un mundial eterno. Incluso al mes se hizo otro mundialito! Todo incentivado por esos forros como Clemente.”

 

FOTOShttp://www.calamaro.com/

 


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