En Nashville los pobres odian a Obama por comunista. En Lawrenceburg, al norte del río Ohio, un Wal Mart vende armas de color rosa para las damas. Al sur, en Petersburg, los creacionistas juran que el universo fue creado por Dios hace 6 mil años y que los dinosaurios convivieron con los hombres. En Louisville, los marginales viven viajando en los ómnibus o duermen en ciudades carpas. Segunda parte de la gran crónica del sur de Estados Unidos, por la escritora Mariana Enríquez.



Pascua en Lawrenceburg: dinosaurios y hombres

 

En un casino de Lawrenceburg, una pequeña localidad en el límite de tres estados –Ohio, Indiana y Kentucky- los ancianos pasan la noche frente a las maquinitas, a veces enganchados con un cable de la ficha que introducen en la ranura, así no tienen que cargar de monedas y el juego les resulta más cómodo: parecen viejos cyborgs, medio dormidos, escuchando lejanamente al pésimo imitador de Elvis que canta sobre el escenario –o al pésimo imitador de Rod Stewart. Lawrenceburg es parte del rust belt, del cinturón industrial de los Estados Unidos, aunque en estos años lo que realmente dinamiza la economía de la pequeña ciudad es el fastuoso casino flotante sobre el río Ohio. Vinimos en una única y breve excursión al Norte para visitar a Brian, amigo, escritor, dueño de una granja -que heredó de su abuela.

 

Brian fue huésped en mi casa de Buenos Aires hace tres años, cuando visitó Argentina, y está feliz de recibirnos, a mi compañero y a mi. Se siente un poco aislado en Lawrenceburg pero, al mismo tiempo, la granja y el pueblo dormilón son el retiro ideal para un escritor: Brian vive solo y está terminando su segunda novela. En el pueblo saben que es escritor pero posiblemente lo conocen mucho más porque hizo campaña por Barack Obama, con gran dedicación. ¿Logró convencer a alguien? No está seguro. Los demócratas de Lawrencenburg son bastantes, pero todos querían a Hillary.

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Con su auto -por fin podemos movernos normalmente, sin desesperar por un transporte público o llamar a taxis y esperarlos por veinte o treinta minutos- nos lleva a ver el Wal-Mart, donde se venden armas de todo tamaño y color –hay escopetas rosadas, para chicas- además de, claro, munición. Nos lleva a Cincinatti, una de las ciudades más importantes del estado de Ohio, al mirador del hotel Hilton, desde donde se puede ver esta ciudad modesta y hermosa.

 

-En el sur, cuando les contábamos‘nos vamos para Cincinatti’ se reían. Decían: ‘que tengan suerte’. ¡Pero esta ciudad es genial!

Masticamos una Goetta, la salchicha alemana traída a la ciudad por los inmigrantes a fines del siglo XIX.

 

-Bueno -dice Brian-. Ustedes sabrán que entre el norte y sur suele haber malentendidos y roces. 

 

Cincinatti es la ciudad donde Harriet Beecher Stowe escribió La cabaña del tío Tom basándose en las historias que le contaban los esclavos escapados del sur, sobre todo de Kentucky, el estado del otro lado del río que practicaba la esclavitud. Ohio, claro, no permitía la esclavitud. Y esta ciudad, por su condición limítrofe, fue un centro de actividad de abolicionistas -y también de cazadores de esclavos.

 

Brian nos pasea por el centro de la ciudad y nos cuenta que, hace unos años, tenía miedo de pasar por ahí; se trata de una parte del barrio Over-The-Rhine, en algún momento considerado de los más peligrosos del país, tanto que sus calles fueron usadas en la película Traffic para rodar las escenas de casas de crack y venta de drogas y adicción –tanto cumplía el barrio su aspecto de estereotipo de crimen urbano. Pero en los últimos años llovieron sobre el antiguo barrio de inmigrantes alemanes, de gran belleza arquitectónica, millones de dólares de inversión inmobiliaria. Y ahora hay galerías de arte y restaurantes y boutiques de diseñadores indie por todos lados. También se está renovando Washington Park, el parque céntrico que solía ser refugio de dealers y clientes. Hay gente que sigue teniendo miedo de ir a comer allí por la noche, pero es una minoría: el lento ingreso en la gentrificación de Over-The-Rhine es obvio.

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Hay otras áreas de Cincinatti que impresionan por su riqueza actual y por su aún más impactante lujo pasado. Clifton, por ejemplo, alguna vez hogar de apenas siete (¡siete!) mansiones de los millonarios más importantes de la ciudad. Muchas de esas casas fueron demolidas; pero se mantiene en pie el tremendo castillo neogótico Scarlet Oaks, alguna vez propiedad del barón del acero George K. Schoenberger, hoy un geriátrico; todavía se pueden visitar sus magníficas, enormes, oscuras salas victorianas, con diseños de murciélagos y lechuzas; lejos, se escuchan los quejidos de los ancianos ya dementes. El castillo fue, antes, un instituto psiquiátrico. Los enfermeros, dicen, evitan esas salas preservadas, con sus muebles millonarios. Muy cerca está el cementerio Spring Grove, un jardín magnífico con su deslumbrante Arboretum de más de 1.200 especies de árboles, sus rosados cerezos en flor, su pasmoso rosedal, su bosque propio.

 

La vida aquí, en lo alto de esta colina de Ohio, fue estupenda para los pocos que la disfrutaron.

 

 

Nuestro amigo y su bendito auto también nos llevan a los pueblos que parecen inmóviles al borde del río Ohio, en el estado Indiana. Pueblos que se llaman Aurora, Madison, Patriot; todos recuerdan las vidas pequeñas y desesperadas de Winesburg, Ohio de Sherwood Anderson y la melancolía de los cuentos de Ray Bradbury, que pasó su infancia por aquí cerca. Mujeres guías de casas victorianas -hay muchas en la zona–que esperan a los escasos visitantes sentadas en la puerta. Extrañas mujeres devotas de estas mansiones -como Hillforest, de estilo renacimiento italiano, en la localidad de Aurora, 3.000 habitantes- que suelen juntarse a tomar el té y usar vestidos de época -de aquella época. Cines que están en peligro de cierre como el Ohio Theatre de Madison, fundado en 1938, que necesita 150.000 dólares para su renovación digital y está buscando socios en el pueblo para poder sacar un crédito y alquilar el equipo necesario antes de 2013, cuando ya sólo habrá películas digitales. Madison es un pueblo hermoso, quieto, dorado, otoñal.

 

Pero Brian sostiene que hay un lugar que nos gustará mucho más, en el sentido perverso del gusto. Que él nos lleva pero no nos acompaña porque “no quiere darle dinero a esa gente”. Habla del Creation Museum, el Museo del Creacionismo, ubicado en Petersburg, Kentucky. Decidimos dejar la excursión para la Pascua, que se avecina.

 

El creacionismo es un tema importante en Estados Unidos. Sus partidarios quieren que se enseñe en las escuelas y con frecuencia retiran a sus hijos del sistema educativo. Teoría y doctrina, sostienen que la Evolución formulada por Darwin es una equivocación y una mentira y una blasfemia, y que el mundo fue creado por Dios hace 6.000 años, como lo cuenta la Biblia en el Génesis. Y literalmente creado en siete días, en el Edén y demás. El museo está destinado a la demostración de la verdad del creacionismo. Fundado y dirigido por un australiano llamado Ken Ham, no es un emprendimiento modesto: se trata de una brutalidad de 6.500 metros cuadrados, con planetario, jardín japonés, jardín botánico, café (se llama “Noé”), restorán, cine, y zoológico, además de animatronics de patriarcas de la Biblia y dinosaurios –porque, se entiende, si Dios creó a los animales en el sexto día, los creó a todos juntos, no creó primero a los dinosaurios y después a los demás, por lo tanto hombres y bestias convivieron. ¿Y por qué no se comieron a Adán y Eva los Tyrannosaurus Rex? Porque eran vegetarianos, explica el museo, porque el Paraíso nada moría (sólo las plantas). Hay un Noé animado -un muñeco parlante- que responde preguntas sobre el Arca. Por ejemplo: “¿Cómo hizo para subir a los dinosaurios?”. “Jo jo jo”, ríe. despreciativo el patriarca, y contesta: “¿Acaso creías que los subí yo? ¡Dios me ayudó! Y además había lugar de sobra porque no subieron al Arca dinosaurios adultos, sino bebés, a veces en huevos!”.

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¡Pero por supuesto! Noé responde muchas preguntas más, inclusive algunas concernientes a las condiciones sanitarias de a bordo -¿cómo y con qué frecuencia se limpiaba la mierda animal?; ¿cómo se evitaba el olor?- y cada respuesta llega con esa risa despreciativa por los individuos de poca fe que tienen semejantes dudas. Noé es francamente insoportable.

 

El Museo del Creacionismo acaba de comprar otro terreno enorme para construir una réplica a escala del Arca. ¿Y las medidas de dónde las sacaron? En algún lado, en algún panel, lo explican, pero el museo es abrumador en su ignorancia y cretinismo y y tamaño y riqueza, así que salimos antes de averiguar la respuesta y no compramos nada en el apabullante giftshop, a la salida, aunque ofrecen remeras que dicen “Yo creo”, libros para niños que explican el aborto, corbatas con dinosaurios montados por hombres e incontables refutaciones de Darwin.

 

Volvemos ansiosos de compartir esta visión de la locura, pero en el camino de vuelta, nuestro amigo Brian nos pide, por favor, contención. “En casa estamos festejando Pascua, y hay muchos creacionistas. Mi madre, por ejemplo”. ¿Esa mujer deliciosa, amable? Ella misma. Sólo podemos hablar con sus hermanos, ultraprogresistas: uno de ellos se casó en una ceremonia africana en Kenya, el otro es maestro y envía a su hijo a hacer trabajo comunitario a Nicaragua. Los dos nos acosan a preguntas, fascinados por ese lugar que no quieren pisar. Hay tíos y tías que preguntan y nosotros no sabemos si son creyentes o no, entonces decimos que el Museo del Creacionismo es fascinante, y no mentimos.

 

La fiesta de Pascua sigue, los chicos buscan huevos en el enorme terreno de la granja y los viejos devoran el buffet. Cae la tarde y es el sueño americano.

 

El único que faltó a la fiesta es Mike, el primo. El primo en desgracia. Hace tres años, en plena burbuja inmobiliaria, Mike compró dos casas en Los Angeles y pensó que su vida estaba resuelta. Perdió ambas y ganó deudas. Tuvo que mudarse a la casa de su suegro, una vergüenza innombrable en Estados Unidos. Tiene dos hijos: ambos padecen autismo. Mike es albañil de lujo y está construyendo un baño de huéspedes en la casa de Brian. No oculta el desprecio que siente por su primo escritor. En días anteriores, sus apariciones en la granja, martillo en mano, resultaban espeluznantes: Mike está lleno de violencia contenida, de rabia. No entiende cómo pudo pasarle a él.

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Mike sigue siendo republicano. También es creacionista. Cuando le dicen que la reforma de salud de Obama le vendría muy bien, para sus hijos, para él mismo, ahora que es pobre y seguramente ya no será rico en esta vida, Mike se ofende y niega y repudia el sistema propuesto por el presidente, que juzga comunista.

 

El baño que está construyendo en casa de su primo es el único trabajo que Mike pudo conseguir en meses, salvo por el arreglo del piso de la casa de su otro primo, el votante de Obama que manda a su hijo rubio a Nicaragua.

 

Greyhound o nunca despreciar las advertencias

 

La mujer que entra a la estación de Greyhound de Louisville, Kentucky, camina arrastrando su bolso y respira por la boca, abierta en una O. Los ojos le sobresalen del rostro como si fuera una enferma hipertiroidea. Tiene el pelo largo atado en una cola de ratón. Parece salida de un apocalipsis zombie: más que respirar, gruñe, y mira a su alrededor con extrema tensión.

 

Estamos aterrados. Creemos que puede mordernos. Sin embargo, a nadie más le llama la atención la mujer zombie obesa. Esta es una estación de Greyhound y ella es el tipo de visión normal en un lugar como este.

 

Nos avisaron, largamente, acerca del Tema Greyhound. Que los omnibus no se comparan con los cómodos micros de larga distancia argentinos. Que los pasajeros constituyen un grupo social más que marginal en EE.UU.: los ciudadanos que no puede manejar (o no saben, o no se les permite), los que no pueden pagar un pasaje de avión, los que no tienen otra opción. Nos advirtieron e incluso nos insistieron: no tomen Greyhound, la pasarán mal. Nosotros resoplamos: bah, yo soy latinoamericana, él recorrió Africa, nada nos espantará.

 

Cuánta equivocación.

 

Un skinhead con la palabra “psicópata” tatuada en el cuello. Un hombre en muletas que lee pornografía violenta en su Kindle –cuando miré de reojo la pantalla, la escena que leía hablaba de una violación y un ano sangrante y labios bebiendo sangre y mierda. Una mujer maltratando a sus dos hijos de menos de seis años. Un hombre hablando por teléfono, sin cesar, de su maleta perdida: la tenía en Cincinatti y después desapareció y dónde está mi maleta, una y otra vez. En loop. Todos enojados, se corta el aire, cada discusión parece poder terminar en el desastre. Las dos horas hasta Nashville nos contractura la espalda y el alma.

 

-Estuve menos nervioso en una combi en el Congo –dice mi compañero. Lo dice en serio.

 

Más tarde, en una coqueta casa de East Nashville, nuestro huésped nos cuenta que hay gente viviendo en esos micros. No tienen casa ni auto pero les queda algo de dinero en el banco o todavía pueden usar la tarjeta de crédito. Se bañan y comen en las estaciones y duermen en el Greyhound. Y así viven, en movimiento, por todo Estados Unidos.

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Los que ni eso les queda viven en las Tent Cities, las ciudades de carpas. Hay una en Nashville; muchos de los que viven allí se quedaron sin casa después de la gran inundación de 2010. Los sin techo de Nashville tienen su propia revista, The Contributor. La reparten en The Strip, la calle principal, donde los turistas vienen a escuchar música country, o en el más secreto distrito de Five Points donde los miércoles, en el bar Five Spots, se juntan músicos tradicionales con sus banjos y violines a tocar bluegrass y folk: la mayoría tiene más de setenta años.

 

Nashville es mi paraíso personal. Puedo ver el traje negro de Johnny Cash en el Auditorio Ryman; sobre ese escenario Johnny hizo su show televisivo entre 1969 y 1971, un programa que le mostró a Estados Unidos a Bob Dylan, Joni Mitchell, Ramblin’ Jack Elliot, Pete Seeger, Odetta, Ray Charles y Louis Armstrong -que murió ocho meses después de su participación. Sobre ese escenario, también, mucho años antes y totalmente drogado, Johnny se enfureció y rompió cada una de las lamparitas que iluminaban las tablas. Arranque que le valió la expulsión de la asociación que controla el negocio del country, el Grand Ole Opry; expulsión que le ganó el amor y el respeto de todos los demás. En el Country Music Hall Of Fame apoyo la mano sobre el vidrio que cubre el traje bordado de Gram Parsons y casi me arrodillo frente a la memorabilia de Hank Williams–aunque me enojan e indignan las ausencias en ese Vaticano del country, gobernado por sus obispos sordos que prefieren darle lugar a Keith Urban (el marido de Nicole Kidman) y no a Townes Van Zandt (uno de los mejores compositores de la música popular de la historia, punto). Trato de fotografiar en vano el Cadillac blanco de Elvis y en el Strip, cuando una banda de covers toca “Tennessee Waltz” y hay parejas que bailan y abrimos las cervezas Yazoo, me dan ganas de llorar y me doy cuenta, una vez más, que hay algo en esta música y en esta parte del mundo que me conmueve y que no hay lecciones sobre imperialismo que puedan evitarlo.

 

Cuando volvemos a casa de Matt y Laura, nuestros anfitriones, encontramos en la cocina al vecino de diez años, Martikus. Por ser extranjeros venidos de tan lejos, nos dedica baile y canción. Martikus canta como Michael Jackson y, si le pusiera más ganas, bailaría igual de bien. Su falsete recuerda, también, a Smokey Robinson. Martikus va a ganar American Idol en algunos años. Él lo sabe: es obvio.

 

-Queremos ser tus managers.

 

-No, gracias -dice Martikus, con falsa modestia, y se va revoleando sus rastas.

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Cenamos con Matt y Laura. Ella nos cuenta sobre su padre, un ingeniero que vive en Mobile, Alabama. Un hombre culto, dice, que nunca tuvo un exabrupto racista, por lo menos que ella recuerde. Un hombre que, desde que Obama ganó las elecciones, ha enloquecido. Grita que el presidente quiere arruinar el país. Que es comunista. Que nació en Kenya. Matt y Laura alquilan una casa que siempre está fría porque decidieron no encender la calefacción: es demasiado cara. En dos meses, cuando ella termine su posgrado, volverán a Alabama y al calor. Pero, como no tienen dinero, volverán a casa de ese padre. “Se ofende si le digo que su reacción es racista”, dice Laura. “No sé cómo hablar con él. Dice cosas vergonzosas. Está fuera de sí”.

 

Esa noche, con mi compañero, reconsideramos el Tema Greyhound. Seguramente exageramos. Fue una mala impresión. Deberíamos sacar un pasaje para finalmente ir a Tupelo, a ver la casa natal de Elvis. Pero cuando casi nos convencemos, leemos la prensa local y se nos paran los pelos: en un Greyhound venido de Louisville (¿sería el nuestro?) llegó a Nashville un joven que, en nueve horas, hizo desastres: robó armas, robó un negocio, robó un taxi. Entró a las oficinas de un hotel, cagó sobre los escritorios y pintó con mierda las paredes. Después asaltó a algunos pasajeros con peluca de mujer y llorando. Terminada la faena, se metió en un baño y se afeitó la cabeza. La policía lo encontró en Opryland, una especie de Parque Temático y Hotel del establishment country: estaba escondido bajo el agua, en una pileta.

 

Descartamos en seguida la excursión a Tupelo. Nunca pudimos confirmar si este hombre (William Todd, 24 años) fue nuestro compañero de viaje en Tennessee.

 

Los fantasmas de Savannah

 

“Lo único que quieren son fantasmas. Trato de ofrecerles Historia, pero no hay modo”, dice Paul, el guía parapetado en la puerta de la casa Sorrel-Weed, una mansión colonial de estilo neogriego y uno de los ejemplos más hermosos de arquitectura antebellum en Savannah. Los tours de fantasmas, anuncia, son a las siete de la tarde, después de la caída del sol. “¿Se llenan?”, queremos saber.

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Él pone los ojos en blanco. Sucede que en 2005 llegó a la ciudad un equipo del programa de TV Ghost Hunters, que es muy popular en Estados Unidos. Estudiaron la ciudad y en particular esta casa porque, sabían, a mediados del siglo XIX, en el pequeño galpón para carruajes del patio, apareció muerta y mutilada una esclava negra, posiblemente asesinada por el rico dueño, Francis Sorrel.

 

Usaron equipos de grabación en el lugar del crimen y allí capturaron una voz femenina pidiendo ayuda. Esa grabación, la evidencia de los fantasmas de la casa Sorrel, es material obligado en cada tour macabro de la ciudad –pero, para poder ser parte de esas caminatas nocturnas, para poder escuchar las historias de espíritus y crímenes, hay que reservar con semanas de anticipación. Y eso a pesar de que hay una veintena de tours. Es lo único que vienen a buscar, como dice el Paul el guía, los miles de turistas que recorren las veintidós plazas de Savannah, tomando champagne por la noche en las calles empedradas –es uno de los pocos lugares en Estados Unidos donde está permitido beber en la vía pública–, gritando de asombro ante las mansiones y las antigüedades y la insoportable belleza de la ciudad. Savannah es, dicen las guías, la ciudad más encantada de los Estados Unidos y todos quieren pruebas.

 

La grabación, los gritos de la mujer, entonces. Los escuchamos en un tour barato y estúpido que incluye recreaciones y una guía disfrazada de jovencita gótica. Es decepcionante. Lo que allí se escucha puede ser una radio lejana o una gata en celo atrapada en lo alto de una palmera.

 

Savannah, fundada en 1733, ocupada por el general Sherman durante la Guerra Civil en 1864 y ofrecida como regalo de Navidad para el presidente Abraham Lincoln ese mismo año –el general no la incendió por encontrarla demasiado bonita– se toma su condición de ciudad fantasmagórica con cierta pesadumbre porque, es cierto, no hay evidentes escalofríos bajo esos árboles chorreantes de musgo español, ni aunque se susurren miles de historias de niñas que murieron quemadas y siguen jugando entre los olmos. Ni siquiera resulta espeluznante el cementerio Laurel Grove, en pleno centro, que se usa como parque y paseo de perritos. Hay tumbas con fechas de nacimiento y muerte cambiadas, porque los soldados de Sherman, que establecieron cuartel en el cementerio, se aburrían. Entre las piedras gastadas y semienterradas, todo es apacible; los guías insisten en que los soldados habrían dormido dentro de los panteones, por el frío, y en algunos casos practicado necrofilia, pero la verdad es que siempre hace bastante calor en Savannah y los soldados, si quisieron amar, seguramente se habrán amado entre ellos, que estaban vivos. Le preguntamos a Jayson, nuestro anfitrión, si tiene fantasmas en su casa, ubicada en el límite del distrito histórico. “No. Y eso que vivo entre una iglesia y una funeraria”.

 

En efecto, desde todas las ventanas de la casa de Jayson se pueden ver los movimientos de los funebreros. A eso se dedica durante gran parte del día Ross, el novio de Jayson, que tiene unos sesenta años, está jubilado y viene de Missouri. Recién se está acostumbrando a Savannah. El distrito histórico es muy hermoso, dice, pero para comprar algo hay que irse fuera de la ciudad, y el resto no es así de coqueto.

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Es un entramado de autopistas enloquecedor. Pero tiene confianza en su adaptación. Savannah, resulta obvio, es una ciudad gay friendly. Ross, Jayson y sus amigos se la pasan en el porche, con sus remeras de arco iris, y todo el barrio los saluda con alegría.

 

Savannah tuvo un rey durante muchos años: el restaurador y anticuario Jim Williams. Que fue inmortalizado en toda su gloria y su miseria en Medianoche en el jardín del bien y del mal, crónica de John Berendt de 1994 y película de Clint Eastwood tres años después. El libro cuenta el asesinato de Danny Hansford, un bello taxi-boy local, a manos de Jim, su amante rico, uno de los ciudadanos más respetados del Sur, que había establecido residencia en la mansión Mercer de Savannah después de restaurar cincuenta propiedades en la región. El crimen ocurrió en 1981 y Williams fue juzgado cuatro veces hasta ser encontrado inocente. El libro, editado después de la muerte del sofisticado Jim, lo cree culpable. Y revela la práctica de magia negra en la ciudad, convierte en una estrella a la drag queen y transexual Lady Chablis y populariza, en su foto de portada, la imagen de una escultura funeraria del cementerio Bonaventure, una niña de piedra de largo vestido, que sostiene platos en cada una de sus manos, para que de ellos coman los pájaros. Una estatua que provoca un malentendido casi tan grande como el de los fantasmas. Hay otros miles de turistas que vienen a Savannah obsesionados por el libro y entre sus obsesiones está ver a la niña. Pero ella ya no está en el cementerio: está en un museo. Y no es lo mismo verla fuera de su ambiente natural, es otra decepción. Al cementerio Bonaventure, sin embargo, no le hace falta la niña de los pájaros. Su triste hermosura, su elegancia, su silencio quebrado apenas por el murmullo del río cercano, es indescriptible.

 

En la popular casa de Jim Williams el guía es un jovencito de Detroit, que habla a una velocidad inaudita para esta perezosa ciudad del Sur. Cuando enseña el estudio de Jim, allí donde murió Danny  después de ser baleado, dice, y es la única referencia: “Aquí ocurrió, ustedes saben, ese accidente desafortunado.”.

 

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Lady Chablis actúa una vez por mes en Club One, Jefferson Street, cerca del barrio victoriano que es, también, el barrio negro. Conseguir entradas es tan imposible como conseguir un buen tour de fantasmas. Eso permite que uno de los lugares más encantadores de Savannah esté siempre vacío: frente a la catedral, modesta y gris, está la casa museo de Flannery O’Connor, donde la escritora vivió hasta los doce años. No quedan muchas de sus cosas, pero está su juego de muñecas y la extraña cuna-cárcel en forma de ataúd blanco en la que dormía para estar protegida de los mosquitos. También sus libros, que Flannery juzgaba sumariamente en la portada, apuntando con letra infantil: “Libro malo” o “Aburridísimo”. Los turistas que entran, de Tulsa, Oklahoma, preguntan si esta es la autora de “Santuario”. Se les informa que ése es Faulkner, y que su casa queda en Oxford, Mississippi, un poco lejos. Que Flannery es la autora de ese cuento que seguro leyeron en la escuela, ése sobre un asesino serial que mata a una familia que va camino de Florida, de vacaciones, y todo porque se desvían cuando la abuela quiere ver cierta mansión, fragmento decadente del viejo sur. “Ah, qué gracioso, ¡nosotros vamos para Florida después!” dicen los turistas. Es posible intuir la sonrisa del guía nativo.

 

Los nativos de Savannah no son fáciles de encontrar pero son inconfundibles. Por ejemplo, suelen referirse oblicuamente a todo lo que los inquieta. A Medianoche en el jardín del bien y del mal le dicen “El libro”.

 

Y a la guerra civil la llaman “el inconveniente”.

 


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