Naimid Cirelli estaba en Nueva York cuando esa ciudad se declaró en emergencia y activó estrategias para contrarrestar el colapso de su sistema de salud. Su nombre se sumó a la lista de los miles de argentines que aún esperan ser repatriados. Caminó por una 5ta.Avenida sólo habitada por migrantes y turistas en busca de farmacias, y vivió tantos momentos desconcertantes como reparadores. Crónica de la llegada de la pandemia al continente americano, en el ícono cosmopolita y en el otro extremo del mapa.



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El slogan de Macy’s dice que es el shopping más grande del mundo. El de la calle 34 tiene ocho pisos repletos de productos, desde ropa a electrodomésticos. Suele estar lleno de personas, pero esa tarde parecía vacío. Subimos al segundo piso buscando ofertas: empezó el aislamiento por Coronavirus en New York y yo acá, vine de luna de miel y con poco abrigo. Sólo se escuchaba la música de ambiente hasta que ¡Crash!

 

-OH MY GOD!-. El grito de una mujer llegó de cerca. 

-¿Qué está pasando?-, contesta fuerte y en español D. 

 

Al final del pasillo una señora rompía un vidrio con el torso de un maniquí. Los pedacitos de vidrio cubrían a la señora, la ropa de descuento y el piso. Seguridad llegó enseguida y se la llevaron.   

 

-¿Estás bien?-, pregunté en shock.

-Yes. What are you looking for? 

-¿Swetters? 

-You can see there.

 

Miré el perchero lleno de vidrios y agarré un buzo de Tommy Hilfiger a 20 dólares. Sin probarmelo, lo pagué y salimos rápido del local. 

 

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El sábado 14 despertamos temprano en Nueva York. Habíamos llegado unos días antes con D, mi reciente marido, por nuestra luna de miel. Llevábamos cuatro días en la ciudad cuando el alcalde Bill de Blasio anunció la emergencia sanitaria por el Coronavirus. En la televisión decían que había 157 casos detectados y que el número crecería rápido. La noticia de la cancelación de vuelos hacia Argentina llegó después. Teníamos la esperanza de que el consulado estuviera abierto. Llamamos por teléfono, pero nadie atendió. Familiares y amigues nos enviaron los números de emergencia que se publicaron en redes sociales. Mandamos mensajes, no hubo respuesta en el momento. Somos más de 25 mil los argentinos varados en distintos lugares del mundo queriendo regresar a casa, y 5000 los que esperamos en este país.

 

Sabíamos que cerrarían bares, museos, teatros y discotecas. “Estos lugares son parte del corazón de nuestra ciudad, pero estamos enfrentando una amenaza sin precedentes”, dijo de Blasio por televisión. En una ciudad con más de 19 mil restaurantes, 8.4 millones de habitantes y una cantidad de visitantes que multiplica a la población local, la postal parecía de película. Era nuestro último día en el hospedaje en Manhattan. Al día siguiente nos tocaba movernos hacia Brooklyn a un airbnb más barato. Si debíamos quedarnos más días, íbamos a pasar frío. Por eso salimos para el shopping más cercano. New York recién comenzaba a cerrar sus puertas. 

 

 

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Foto Maria Eklind

***

“¿Sabes cuándo fue la última vez que se suspendió San Patricio?”, dice D. Lo miro y no entiendo. El martes 17 Nueva York iba a amanecer verde: cerveza, remeras con tréboles de buena suerte y mucha gente exaltada, borracha, por las calles. Mientras escuchamos las primeras noticias con el anuncio del cierre del MoMa, el Met y el museo Ciencias Naturales, la cancelación de toda la temporada de la NBA y la clausura de los teatros en Broadway con pérdidas económicas millonarias, D guglea el dato: “Nunca en los últimos 250 años”. 

 

El 1 de marzo se confirmó el primer caso de coronavirus en Nueva York. Llegamos pocos días después y en las noticias ya se hablaba de que las infecciones iban en aumento. El desafío: tanta gente sin acceso gratuito a la salud hace que los chequeos médicos sean pocos y los contagiados muchos. Y las limitaciones del sistema sanitario -pocas camas en hospitales, muchas menos en cuidados intensivos- advierten una saturación de los servicios de atención. Nosotres no estábamos informados de las alarmas que ya generaba el brote, las últimas semanas la única noticia a la que nos habíamos dedicado fue a la de nuestro casamiento. 

 

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Pasamos los primeros días caminando por el Central Park, mirando vidrieras y las fotos de boda que nos envió al fotógrafo en archivos descargables. D abrazado a sus amigas, otra foto mía sosteniendo a mi perro Salvat, mi mamá con dos de mis hermanes, una pareja de amigues bailando en el pasto. Todes sonriendo. Recién cuando corrió el rumor ese jueves por Twitter de que el gobierno argentino cancelaría todos los vuelos de vuelta de países afectados y Estados Unidos entraba en la lista, empezamos a preocuparnos. Esa tarde cancelamos nuestros planes de ir a ver humoristas de Saturday Night Live y volvimos al departamento alquilado en Koreatown para esperar la cadena nacional del presidente Alberto Fernández. Se hizo de noche tocando F5 en algún streaming de TV argentina. En los canales locales hablaba el alcalde de NY, Bill de Blasio. El 13 de marzo decretaba la emergencia en la ciudad. 

 

***

La mañana siguiente entramos a un café, conseguimos WIFI y leímos decenas de mensajes de familiares y amigues. Manhattan no tenía museos, pero igual parecía activa: gente hablando en varios idiomas por la calle, sacando fotos, locales abiertos, también bares. Llovía y tardamos mucho en llegar a la zona del consulado argentino. Paramos a comprar un té, miramos la iglesia de Santo Tomás, después una vidriera con juguetes de colección.

 

Todo cambió cuando entramos al consulado:

 

-Hola, ¿están bien?-, dijo un chico vestido de camisa blanca y suéter gris, barba impecable, ni bien atravesamos la puerta. Alrededor, decenas de personas llenando papeles y hablando a gritos.  

 

-Si, muy bien. Venimos porque queremos conocer las opciones de vuelta-, respondí tranquila. 

 

-¿Tienen pasaje de aerolínea comercial?-, dijo. Estaba pálido y hablaba acelerado. 

 

- Sí, pero…

 

- Intenten que se los cambien antes del domingo. Si no, hacen una demanda judicial. Y llenen este formulario por las dudas. Hola, ¿ustedes están bien?-, ahora hablaba con un grupo de chicas.


El consulado argentino en Nueva York está en un edificio antiguo de piedra blanca y azul estilo francés. Adentro pusieron una mesa con café, agua y té. Hay pocos espacios para sentarse así que me acomodé en el piso a llenar el formulario, mientras D intentaba conseguir más información. Diez minutos pasaron hasta que D volvió para chequear los datos y entregar el papel. 

 

-Nai, acá preguntaban por el vuelo y pusiste tu documento. Acá, la dirección en Estados Unidos y pusiste la de casa en Ciudadela. Esperame que lo llenamos de nuevo. 

 

Volví a mirarlo confundida. La cifra de contagio para el viernes 13 sumaba más de cien personas infectadas y casi diez hospitalizadas. Yo empezaba a dejar de estar tranquila. 

 

Salimos del consulado y la calle estaba llena de turistas. Cerrados los museos, se volcaron a caminar por la 5ta Avenida. Avanzamos sin hablar hasta el Central Park. El zoológico todavía estaba abierto y un grupo de niñes aplaudía frente a un espectáculo de focas. Seguimos andando y llegamos al Museo Metropolitano. Tal vez todo había sido una exageración y estaría abierto, pero no. En las escalinatas, frente al gran cartel rojo de “closed today”, comimos un pancho con chile picante y empezamos a plantearnos las alternativas. 

 

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***

 

-¿Están bien?-, escribe mi mamá por mensaje.

-¡Qué locura, espero que vuelvan rápido!-, una amiga por Instagram. 

-Pensá que es un momento histórico, se lo vas a contar a tus nietos-, otra amiga en un grupo de Whatsapp. 

-Me da impotencia porque no puedo ayudarte, no conozca a nadie-, pone mi hermana.

-¿Pero no conseguiste pasajes de Aerolíneas Argentinas?-, otro amigo.  

 

Los mensajes llegan de a decenas. Cada vez que levanto el teléfono, empiezo a temblar. Respondo casi copypasteando: “Estamos bien, tenemos algo de dinero, gracias por preocuparse, cuidense”. 

 

Para el sábado 14 ya había rumores de toque de queda y un posible cierre de aeropuertos.  

 

-Nai, te voy a pasar el contacto de un amigo que vive en la ciudad por cualquier cosa-, escribe Lucía. No nos conocemos tanto. Semanas atrás cenamos juntas y le conté del viaje. Ahora le envío un mensaje de audio. Me tranquiliza su voz.  

 

Le escribo a su amigo. Nos ofrece un lugar en su departamento y manda sticker de gatitos con corazones. Respondo con uno de pug. Respiro. 

 

En las noticias hablan de desabastecimiento. No se consiguen carnes, fideos, sopas, papel higiénico, máscaras, alcohol en gel, toallitas desinfectantes, termómetros. Nos dividimos para buscar uno por farmacias cercanas. D vuelve triunfante: consiguió el último de la ciudad. Me lo muestra. Es rectal.    

 

Después entramos juntes a un supermercado que está un poco más vacío: Jack’s. Por los precios, parece una especie de Día. Nada supera los dos dólares. Mientras D busca sopas en lata para esta noche, me acerco a la zona se medicamentos. Veo un remedio contra la gripe y dolor de garganta caído bajo un canasto. Es el último y el frío está creciendo. Intento alcanzarlo, pero mis dedos son cortos. Se acerca una chica: “¿Necesitas ayuda?”, dice en inglés y yo asiento con la cabeza. Se agacha al lado mío y logra sacar la caja. Lee el prospecto, me mira, sonríe y se la lleva. 

 

***

 

Logramos conectarnos con el consulado a través de Whatspp. El número tienen una foto de una pareja bailando tango: 

 

-Hola, buen día. Ayer nos acercamos a la embajada con mi esposa. Tenemos pasaje de vuelta para el 29 de marzo y no logramos cambiarlo. American Airlines no nos da respuesta. Quería saber cómo sería la modalidad de retorno para las personas sin pasajes. 

 

-Intente cambiar el pasaje. Todavía no tenemos información.

 

Nuestro agente de viajes nos ofrece una vía de escape. Tomar un vuelo de Aero México desde Nueva York, pasando por Ciudad de México, que nos llevara a Ezeiza. La alegría duró poco: 2400 dólares entre les dos y ninguna seguridad acerca de poder entrar a Argentina de esa manera. No teníamos ese dinero.

 

 

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“¿Acaso ustedes no leen las noticias? Habrá un lockdown en 48 horas. Si llegan aquí, no podrán volver a casa”, escribe Cris en inglés. Es el dueño del segundo airbnb donde entraríamos en unas horas. Pide que cancelamos la reserva. Yo uso un traductor para leer el mensaje: lockdown aparece como “bloqueo” en la pantalla y no termino de entender qué implica, pero me agarro fuerte a D. 

 

Estamos en el subte línea L, conectados al WIFI público, dejando la isla hacia Brooklyn. Vuelvo a usar el traductor para esbozar una respuesta. “Leemos las noticias, pero nuestros vuelos fueron cancelados. Por favor, reconsideralo porque no tenemos dónde dormir”, le escribo a nuestro anfitrión. Bajamos en una estación cualquiera para no perder la conexión. Él tarda tres minutos en contestar. Sabemos que está en Hawaii porque decidió dejar la ciudad para ir a surfear.

 

Ya hay 463 casos de Coronavirus en la ciudad, y muertes.

 

-Okay, pueden venir pero se desinfectan antes de entrar-, responde. 

 

Volvemos a subir al subte. Lo miro a D. Estoy asustada. Empiezo a llorar. 

 

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Foto Luca Sartoni 

 

***

 

El lunes 15 de marzo decidimos salir de la ciudad. J, mi jefa y amiga, vive en Chicago y nos ofrece un lugar en su casa hasta que todo pase. Ella comprará nuestros pasajes de cabotaje y nos esperará con una sopa de verduras con queso crema “al mejor estilo Kiev” junto a su marido y sus dos gatos. Pero irnos es admitir que será más difícil volver a casa.

 

En Nueva York anuncian el toque de queda a partir de las 20, desde el martes 16. También comunican cuáles serán los refuerzos que se harán para intentar frenar el colapso del sistema de salud. Se prohiben las reuniones de más de 50 personas y se establece que los restaurantes sólo vendan comida para llevar y entrega a domicilio. El presidente Donald Trump dice que el virus “no está controlado” y que la situación puede durar hasta julio.

 

Hablo con una amiga que está en Berlín y con otra que está en Lisboa. Me recomiendan que nos vayamos urgente de Nueva York. Volvemos a intentar con el consulado:

 

-Hola, nos es imposible regresar a su oficina antes del martes. Decidimos irnos a Chicago, donde está todo más tranquilo que en NY. Al llegar, completaremos un nuevo formulario porque no tenemos certezas de cómo va a funcionar la repatriación y hasta el miércoles puede pasar cualquier cosa en este estado, escribimos al contacto del consulado esperando un consejo. 

 

-Cuidense-, responden.

 

De golpe recuerdo que tengo miedo a las escaleras desde chica. Lo disimulo, pero bajarlas no es un gesto que salga automático: siempre agarro fuerte la baranda y veo cada escalón unos segundos para medir distancia. Las que más miedo me dan son las que tienen agujeros entre escalones. Pienso que puedo caerme por ahí aunque no tenga sentido porque mí cuerpo no pasa. No hay mucha gente que sepa ésto porque es una tontería y me da vergüenza. D sabe. Anoche soñé que estaba en lo alto de un edificio muy hermoso, muy antiguo, muy elevado. Todo era escaleras de piedra, mármol, madera, fierro con forma caracol. Había mucha más gente asomada contemplando la ciudad. D me mira, dice que bajemos. Empezamos a bajar. 

 

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***

 

El jueves 19 logramos comunicarnos con American Airlines. Usamos el código de viajera frecuente de J para acceder al sistema que días antes nos había dejado en línea de espera durante horas. Nos ofrecieron adelantar nuestros pasajes e ingresar al país vía Brasil con Latam. Dijimos que sí al unísono con D. Después sacamos los pasajes más baratos que encontramos desde Chicago a Nueva York para poder subir a nuestro vuelo de regreso. Al momento había más de 13 mil personas contagiadas en Estados Unidos. Las ciudades más complicadas eran Nueva York, San Francisco y Miami. Todas con lockdown. 

 

El plan sería pasar por San Pablo antes de llegar a Buenos Aires. Organizamos con nuestra familia el traslado del aeropuerto a la cuarentena en el conurbano. Armamos un grupo de Whatsapp bajo el nombre “Operativo Retorno”. Mi mamá se ofreció a comprarnos comida y mi suegra provisiones de yerba. Mi papá, a buscarnos. D le escribió al consulado y ellos nos pidieron nuestros datos para borrarnos de la lista de vuelos de repatriación. 

 

A la noche festejamos con J y su marido. Ella abrió un vino californiano y él preparó una receta yankee de cerdo “borracho”. A la mañana siguiente me desperté a las 7 AM con un mensaje: “tu vuelo fue cancelado”. Brasil cerró fronteras. Esta vez, estuvimos preparados. Cambiamos los pasajes para llegar por Santiago de Chile. En la televisión anunciaron en inglés que el sábado comenzaría el lockdown Chicago. No necesitamos traductor para entender. 

 

 

 


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