Ernesto Neto hace denuncia social con instalaciones que son juegos dinámicos tan políticos como lúdicos, interactivos y placenteros. Es parte del “team de oro” latinoamericano. Su obra está en el Centro Pompidou, el Guggenheim y la Tate Gallery, y ahora también en el Malba. La muestra Soplo nació luego de participar en rituales amazónicos, por eso su figura central es una boa constrictor como disparador de discusiones sobre protección y derechos ambientales.



“Soplar: shhhhhhh. Podemos sentirlo: es el soplo vivo de la naturaleza. Es el soplo de la serpiente del Amazonas que nos ronda como una bendición”, susurra Ernesto Neto luego de exhalar. 

 

El escultor brasileño está en el Malba parado en medio de Soplo, su retrospectiva, una muestra en la que el vínculo entre el espacio, la forma, los cuerpos (de los seres humanos y no humanos) y la naturaleza es fundamental. Neto planta posición frente al pensamiento occidental: habla del espíritu de la serpiente, presente en sus palabras y en los ritmos del montaje, explica que para él no simboliza el mal, como dice la historia bíblica. Prefiere el significado que le dan los pueblos amazónicos -con los que convive varias veces al año desde 2013-, para quienes Yube (la boa constrictor) significa la fuerza energética, el origen y la vida. Yube se ondula, se mueve, traga, expulsa y decide. Hay que ser engullido por ella para renacer fortificado.

 

Usa camisa y pantalón claros, zapatillas, tiene la piel bronceada, el pelo canoso. Termina de montar su exposición junto a la curadora Victoria Giraudo. Su concentración es de taller. Neto es un artista latinoamericano reconocido a nivel global, tanto simbólicamente como dentro del mercado (la “bolsa de valores” del arte). Junto a los mexicanos Gabriel Orozco y Teresa Margolles, a la venezolana Doris Salcedo y a los brasileños Cildo Meireles y Adriana Varejão, es parte del “team de oro” de los creadores de la región, esa generación que tiene entre 50 y 60 y pico,  cotiza bien y puede exponer obras en espacios clave. Participó tres veces de la Bienal Internacional de Arte de Venecia (en 2017, 2003 y 2001); expuso en la de Lyon (2017), Sharjah (2013), Estambul (2011) y São Paulo (2010 y 1998). Su obra está presente en el Centre Pompidou (París), en la colección Inhotim (Brasil), en el  Guggenheim y en el MoMA (Nueva York), en la Tate Gallery (Londres), en el TBA21 (Viena), en el SFMOMA (San Francisco), entre otros. 

 

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Neto es un artista astuto: presenta urgencias sociales complejas bajo la forma de obras que son juegos dinámicos tan políticos como seductores, interactivos, lúdicos y placenteros.

 

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Es en la Amazonia, esa zona castigada por los incendios fúnebres, donde Neto-artista y Neto-chamán (¿hay diferencias, acaso?) pasa varias semanas al año con sus amigos del pueblo Huni Kuin, de Acre. En la exposición del Malba se entrevén las huellas de la gran serpiente en las series de dibujos en los que su andar teje y entreteje secretos y formas. Sus movimientos definen cómo están colgadas las piezas, sinuosas, bajando-subiendo-nuevamente bajando. Pero Yube reaparece especialmente en los movimientos que debe hacer el público para interactuar con algunas obras especiales de Neto: sus instalaciones inmersivas o site-specific.

 

Como “O sagrado é Amor” (2017), un gran árbol creado en crochet rojo y frutos colgantes aromatizados debajo del que es posible sentarse plácidamente. U “Oxalá” (2018), que además de ser el símbolo de una divinidad andrógina representante del cielo y vinculada a las fuerzas de la naturaleza, es un blanco núcleo entretejido del que salen coronas que los participantes pueden ponerse, a la par, sobre sus cabezas. Pero quizás sea “Flying Gloup Nave” (1999-2019) la obra inmersiva más grande de la exposición: una especie de útero de poliamida, superficies estirables en las que es posible entrar abriéndose paso de a poco y con cuidado: como rozando una nube con los pies. Estos trabajos hacen que el público se implique, se haga cargo de su propio peso, conciencia y sensibilidad; que esté atento a su percepción y camine las obras en sus dimensiones impredecibles.

 

Neto pide, esta vez, la puesta en juego del cuerpo individual pero también del cuerpo colectivo, del cuerpo público y social: porque las obras están pensadas más allá del arte. Fueron creadas a partir de experimentos comunitarios. Son espacios sagrados y rituales, tal como los que vive y ve en la Amazonia junto a la comunidad Huni Kuin.

 

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Sus trabajos son como agua o lluvias para el espíritu y también para los incendios amazónicos: exponen y defienden el riquísimo valor de su patrimonio y sus comunidades. Lo predijo Neto en 2017, en la Bienal de Venecia: “Quieren terminar con los árboles. Quieren la tierra para plantar soja. Y los indios son sus víctimas por encontrarse en el camino de las motosierras”. Para ese momento, el carioca convocó a un grupo de miembros Huni Kuin y los invitó a Italia: en esa vidriera internacional nuclear realizaron performances de rituales amazónicos sagrados y generaron diálogos y discusiones públicas sobre protección ambiental y derechos.

 

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A fines de los´90 el escultor incorporó a su trabajo condimentos y especias olorosas: las ubicó dentro de sus obras, en formas contenedoras similares a “bolsitas” o a frutos colegantes de las instalaciones o de árboles imaginarios construidos con poliamida o al crochet. Así, el aroma de las hojas de laurel y de los clavos de olor delimitan territorios sensibles y perceptivos invisibles a quien se ubique dentro de las instalaciones. Estos aromas transportan a nuevos universos sensoriales (el olfato también define imaginarios).

 

Las grandes estructuras habitables de Neto -ya de crochet, ya de poliamida- se abren a la idea de participación corporal, aunque nunca definida por el artista como performance. Y si bien Neto es heredero de las experiencia de Lygiah Clark (Brasil, 1920-1988) y de las formas límpidas de Constantin Brancussi (Rumania, 1876- París, 1957),  la relación entre las piezas y la corporalidad del público marca un denominador común entre los tres artistas. Neto toma de Clark la frase “La casa es el cuerpo” y la actualiza: “La Tierra es el cuerpo”. Es que Neto piensa sus obras como esculturas pero también cree que el planeta es una gran escultura gigante. Objetos, agua, aire, seres: todo, para él, es parte de un cuerpo dinámico que dialoga y se mueve. 

 

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Con Soplo queda expuesta cierta parte del sistema del arte que escapa a la lógica capital-colonial-racional e invoca a la fuerza del goce creativo grupal, comunitario. Estas obras crean anticuerpos ante el aniquilamiento del espacio y el reclamo comunes: nos convierte en corporalidades resistentes.

 

Pero hay un trabajo fundamental de la producción reciente de Neto que no pudo venir a Malba pero que sí estuvo expuesto en la muestra realizada en la Pinacoteca de São Paulo a comienzos de este año. Se trata de “Cura Bra Cura Té” (2019), una pieza que requiere de una altura y de un espacio muy especiales. Es un inmenso árbol tejido al crochet desde cuya “copa” caen frutos tejidos y perfumados. Bajo su cuidado, en su refugio, las personas tocan música o descansaban. En esa exhibición, los miembros de la comunidad amazónica hicieron sus rituales junto al público.

 

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Cuando Neto no puede visitar la Amazonia, sus amigos del pueblo Huni Kuin lo visitan en Río de Janeiro. Pero los rituales conjuntos no se interrumpen. Se suman, incluso, otros amigos: en esas ceremonias toman plantas medicinales, bailan, cantan y se entregan a visiones sobre el futuro y el pasado. Aprenden en grupo, sostienen Neto: se encuentran para compartir un saber despreciado por la vida urbana, la ciencia y el pensamiento occidental. 

 

Para Neto este intercambio es fundamental: lo ayuda a organizar el mundo, a saber cómo seguir adelante, a comprender la vida, la política, los espíritus, las estrategias. Le permite construir esperanzas elásticas, placenteras y sabias como sus esculturas de poliamida dentro de las que es posible desplazarse y encontrarse con otros.

 

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