Estela de Carlotto se enteró de que su nieto era un joven pianista a quien sus amigos describen como “solidario” y “bueno para la escritura”. María Eugenia Ludueña, autora de “Vida y militancia de Laura Carlotto”, reconstruye una búsqueda que duró 36 años. ¿Por qué un caso tan singular, el de una joven militante secuestrada y asesinada atraviesa y conmueve como si se tratara de alguien de nuestra familia?



El viaje más largo de la vida de Estela Barnes de Carlotto empezó aquella tarde de invierno, en agosto de 1978, con una citación para presentarse en la comisaría de Isidro Casanova. Ella, su marido y su hermano, el padrino de Laura, se subieron a la furgoneta color crema. Horas después estaban en el despacho de un comisario y les entregaban el cuerpo de Laura, el cráneo y el vientre destrozados por las balas. Aquella vez, cuando le informaron la muerte de su hija con absoluta frialdad, fue la única en que la madre de Laura perdió la moderación. “¿Cómo que falleció? ¡La tuvieron nueve meses para matarla!”. Estela siguió gritándoles: canallas, cobardes, asesinos, criminales. Pero antes de dejar al despacho, se tomó un segundo para preguntar al subcomisario:

 

—¿Y qué pasó con el bebé?

 

Se había enterado del embarazo a través de alguien que había compartido el cautiverio con su hija en un tramo de esos nueve meses -toda una cifra- en que la mayor de los cuatro hermanos Carlotto estuvo desaparecida. 

 

—No sé —respondió el subcomisario—. Cumplo órdenes del ejército. Del área de operaciones 114.  

 

Quizás ese viaje largo de Estela y de la familia Carlotto haya terminado ayer.

 

El 5 de agosto de 2014, como casi todos los días, Estela subió al auto en la puerta de su casa en un barrio de Tolosa. Desde la muerte de su marido vive sola y no cambió de idea con las ráfagas de ametralladora que atravesaron la pared del frente en 2002. Ni tampoco cuando en 2009 desconocidos atacaron el auto del policía esta­cionado en la puerta. Desde entonces vive con custodia. Ayer, otro día de agosto, casi 36 años después, el chofer encaró hacia la autopista para recorrer esos 55 kilómetros que separan La Plata de la ciudad de Buenos Aires, donde está la casa central de Abuelas. Pero antes debía resolver un trámite en el juzgado de María Romilda Servini de Cubría.

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El libro que escribí sobre Laura Carlotto tenía un final abierto, feliz. Di muchas vueltas para escribir el principio y el final de la vida de Laura, como si en esos aspectos narrativos se jugaran también cuestiones vitales del recorrido de Estela. Recién ahora me doy cuenta: empecé el libro con la idea de que Estela empezaba el viaje más largo de su vida el día que iba -sin saberlo- a encontrarse con el cuerpo de su hija. En el final del libro no suena un teléfono, pero suena un timbre.

***

En Tribunales tramitan varias causas por identidad de hijos de desaparecidos, entre ellos el de Laura. Estela bajó del auto, caminó con su bastón por la planta baja del Palacio y entró sola al despacho de Servini de Cubría. La jueza la estaba esperando. Ella, el secretario y representantes del Banco Nacional de Datos Genéticos le dieron la noticia en dos oraciones: “Se recuperó otro nieto varón”, escuchó Estela primero. Y de inmediato: “Es tu nieto”.

 

Entre abrazos y llantos, Estela llamó por teléfono a sus hijos. Remo, el menor, el diputado nacional, corrió hasta Tribunales a acompañar a su madre, feliz y preocupado porque recibiera la noticia sola: es una señora de 83 años.

 

Claudia, la segunda hija después de Laura y la compañera férrea, todavía estaba en su casa de La Plata cuando Estela la llamó. Lloraba. Lloraba y más allá de la conmoción no entendía: según las reglas, ella como presidenta de  la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi) es habitualmente la encargada de dar la noticia. Entre lágrimas llamó a Kibo. Por el tono conmovido de Claudia, él enseguida lo intuyó. Las palabras de su hermana ya forman parte de lo que no se olvida: “¡Encontramos a Guido, mi amor!”, le dijo ella. Kibo todavía se ríe: jamás en la vida su hermana lo había llamado así.

 

Hace 37 años Claudia estaba exiliada temporariamente en Paraguay cuando supo que su hermana Laura estaba embarazada. Aquella vez ella sostenía en brazos a la primera de sus seis hijos: “Cuando me enteré, me daba la cabeza contra la pared del baño, literalmente –recuerda Claudia–. Decía: ‘Esto no puede ser peor’. Pobre. Yo tenía mi beba en brazos y pensaba ‘a mí me sacan la nena y yo qué hago’. Dios mío, parir ahí, que le saquen la criatura. ¡Qué van a hacer con ese bebé! Se me hizo carne. Mi nena tenía meses. Fue terrible. En ese momento dije: ‘Ojalá que lo pierda, para que no se lo saquen’. Después me arrepentí mucho, pero fue pensando en evitar el sufrimiento, el que yo hubiera sentido si me quitaban a mi hija”.

 

Ayer Claudia se paseaba por la Casa de Abuelas –tomada por abuelas, nietos, periodistas- celebrando con sus hermanos, sus hijos, sobrinos y nietos, escapando de las cámaras y pendiente de su sobrino restituido. “Da un poco de angustia. Él necesita tiempo para procesar todo esto. Nosotros venimos hace años y fuimos muy cuidadosos. Todavía no sabemos cuándo será el encuentro”. Estaba preocupada: se habían filtrado datos que permitían identificarlo. Él se había presentado espontáneamente en julio en Abuelas con sospechas sobre su origen y había sido derivado a la Conadi. A Claudia el caso no le llamaba la atención: el organismo lleva alrededor de ocho mil casos. El 24 de julio se hizo el examen de ADN. En general, en estas presentaciones espontáneas, el Banco Genético gira una copia del informe a la Conadi. Casi siempre es Claudia quien da la noticia cuando no se abre una vía judicial. Pero en el juzgado de  Servini de Cubría estaba hacía años una causa y el Banco giró la data al juzgado.

 

Con la noticia de que el hijo de Laura vive en Olavarría, tiene 36 años y es músico, los Carlotto, además de rebosar felicidad, se sacaron de encima algunos temores bien guardados. El peor, no sólo para ellos: que Estela se fuera de este mundo sin conocerlo. Que Guido hubiera fallecido por alguna enfermedad. O que hubiera sido criado en una familia con militares recalcitrantes. Por eso ayer Claudia decía “Estoy tarada”. Y repetía dos palabras como mantras: felicidad y alivio. Guido Montoya Carlotto es un joven pianista que se acercó a Música por la identidad, a quien sus amigos ayer describían por las redes como “solidario” y “bueno para la escritura”.

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Al conocerse el análisis de ADN también se develó otra incógnita: quién es el padre de Guido Ignacio. Los Carlotto tenían presunciones sobre el último compañero de Laura, pero nunca las dieron a conocer. Porque recién ayer con los resultados de ADN se confirmaron. Walmir Oscar Montoya, El Puño, militante montonero, 25 años, era el famoso “petiso” o “chiquito” del que Laura le habló a Remo, su protegido, o a Kibo, su compinche.

 

Apenas Estela la llamó para contarle, Claudia le pidió por favor a la jueza que no le dijera nada directamente al joven, quien ya había advertido que prefería no recibir esa información en un juzgado. Claudia y Estela se reunieron en Abuelas. Y Claudia, temorosa de que el chico se enterara por televisión, se comunicó con Olavarría para decir esas palabras que llevan tanto tiempo atragantadas: sos hijo de desaparecidos. Sos Carlotto, el nieto de Estela y además, mi sobrino.

*** 

—¡Abuelita! ¿Va a alcanzar el estofado de los domingos?—. Uno de sus 14 nietos la abrazaba y Estela se reía a carcajadas: “la pastaciutta!”.  La Casa de las Abuelas estaba de fiesta una vez más. La sala donde Estela dio la conferencia de prensa, en el primer piso, se llenó rápido. La mayoría debió contentarse con esperar en las escaleras donde los ministros, funcionarios y legisladores –Alak, Tomada, Fresneda, entre otros- tenían que luchar cuerpo a cuerpo para avanzar un escalón. Otros miraban la conferencia por la pantalla de los celulares. Sobre Virrey Cevallos, la vereda estaba inundada de gente. Los autos al pasar tocaban bocina igual que cuando Argentina hacía un gol en el Mundial. Las redacciones de la Argentina pusieron “pausa”. En las oficinas la gente dejaba sus escritorios y se agrupaba alrededor de los televisores. Millones lloraban frente al televisor. Estela exudaba un brillo extra en los ojos y en la voz, estrenaba una sonrisa más amplia, implacable.

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Juano, su nieto, también es músico: “Todavía no caigo, no lo puedo creer. Me enteré a las 4 de la tarde, como todos”. Como todos: pocas noticias entrañan semejante poder simbólico. El arte de hacernos sentir envueltos en alguna clase de nube que estremece, sacude, hermana. A vuelo rasante, en la última década solo la muerte de Néstor Kirchner nos sumió en alguna caravana emocional semejante, con todos los matices: la sensación de que pasa algo urgente, importante, irrepetible, que no tiene vuelta atrás, estés donde estés parado. En el caso de Néstor, fue la contracara: la tristeza, el arrebato del final del interrogante: ¿qué hubiera pasado si…? La noticia de Guido, en cambio, es la alegría. Hay alegrías que no tienen banderas. Ayer los únicos que no celebraban eran los trolls de la derecha que cada tanto se animaban a tuitear aquello de que Estela nunca fue abuela.

 

El hallazgo de Guido Montoya Carlotto es una historia que abre interrogantes para todas las disciplinas. ¿Qué se hace con los abrazos y los besos acumulados en 36 años? ¿Por qué un caso tan singular –el de una joven mujer militante secuestrada, desaparecida, asesinada, obligada a parir con grilletes, el de un bebé que fue arrancado de los brazos de la madre a las 5 horas de nacer y pasó 36 años sin saber quién era- atraviesa y conmueve como si se tratara de alguien de nuestra familia? ¿Porque es una historia que representa a otras tantas que encarnan que sólo con perseverancia y organización colectiva es posible conseguir y transformar? ¿Porque enseña que más temprano que tarde sin reposo el velo de la mentira cae? ¿Porque el bien triunfa sobre el mal a pesar del siniestro pacto de silencio de los represores? (¿Cómo es que solo uno de ellos se atrevió a dar algún dato que sirvió para localizar a dos nietos?) ¿O porque 36 años es demasiado tiempo para la directora de una escuela que tres días después de enterrar a su hija se entera que le salió la jubilación que había pedido para dedicar el día entero a buscar a su nieto? (“Tranquila hija, que yo sigo acá abajo buscando”, le decía Estela a Laura) ¿Porque el bebé y la mamá se vuelven a reunir, 36 años después, en esos dos rostros donde a simple vista se adivinan los parecidos: el de Ignacio o Guido, la nariz, la forma de la cara y el semblante de Estela, los ojos inolvidables de su madre? ¿Porque en esta aparición de un nieto se respira también la aparición de una madre? ¿O estremece simplemente por eso, porque se trata nada más, y nada menos, que de una aparición?

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Estoy demasiado conmovida para seguir escribiendo. Me quedan muchas preguntas por hacerle a la familia Carlotto. A Ignacio Guido. Al fin y al cabo contar la vida de Laura fue una idea de Estela dedicada a él. Me seguiré preguntando, entre tantas cosas, por qué después de que los Carlotto y varios equipos de investigación se rompieran la cabeza durante años, hilando datos, cruzando nombres, operativos, jurisdicciones de fuerzas, cómo fue que el hallazgo se dio al revés: por alguna astilla clavada en la biografía de Ignacio. Pero también en qué medida cada paso ayudó a este final feliz y también doloroso. 36 años es mucho tiempo, podría haber sido más. Es menos porque Abuelas, y porque las compañeras de cautiverio de Laura en La Cacha dieron unos testimonios valientes que probaban su embarazo y su parto, y porque la exhumación de Clyde Snow –el fundador del Equipo Argentino de Antropología Forense- demostró que en los huesos de su cadera había anidado un bebé y por los juicios y por tantos esfuerzos más.

 

Me seguiré preguntando también por qué para escribir este texto tan arrebatado vuelvo a necesitar los conjuros de Laura: su retrato cerca, un poema de Urondo y otros ritos secretos que invoqué mientras contaba su historia en un libro.  La miro y hoy su mirada –esa que mira a todos lados y a ninguna parte- me parece aún más certera y firme, tan implacable como la sonrisa de Estela.

 

Y me seguiré preguntando mientras viva: cómo se explica que ayer por la mañana me desperté sobresaltada, a las 4:30 de la madrugada y ya no me puede dormir. El sueño me había perturbado. Había soñado con Estela. Era una escena de apariencia familiar: la mamá de Laura estaba recostada sobre una cama. Mi hijo entraba y salía del sueño sin motivos. Y Estela me decía: “Creo que voy a necesitar un té”.


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