Durante cuatro días dos actrices vivieron en el Hotel Faena y recibieron invitados que se anotaron a través de una cuenta de Instagram. A Tamara Tenenbaum le tocó compartir con ellas el final de la performance. ¿De qué hablamos con desconocidos? ¿Podemos construir intimidad? Todo lo que puede suceder durante una hora en la cama de un hotel.



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Foto portada: Laura Limp. Fotos interior: Boscology y Loló Bonfanti. 

 

En la voz de Fernando Rubio el plan sonaba sencillo: dos actrices, vestidas iguales, jugando a ser una la doble de la otra, ocuparían habitaciones contiguas en el hotel Faena durante cuatro días seguidos. Cada una de sus horas —sacando las de sueño— estaría marcada por una actividad en la que casi siempre estarían solas con un espectador o espectadora. Quienes quisieran presenciar la performance “Cuando hablamos de amor” tenían que escribir a una cuenta de Instagram armada especialmente, elegir el momento que les interesaba y explicar por qué. Cada una de las actrices elegiría, en cada caso, a quién quería recibir. A veces les tocaría compartir un sauna, o un desayuno, o incluso un baño de espuma.

 

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En ocasiones las situaciones estarían determinadas por libros o películas; el segundo día, por ejemplo, reprodujeron en la piscina una conversación escrita por Wong Kar-Wai. Y en tres momentos, además, les tocaría recibir una visita. El primer día, la habitación 208 —ocupada por la actriz Flor Dyszel— se encontraría con su espectador o espectadora y con el filósofo Horacio Banega. A esa misma hora, el analista Santiago Candia estaría en la habitación 210 con la actriz brasileña Laura Limp. La tercera visita sería la mía; cuando le dije a Fernando que los primeros días de la performance estaría de viaje y llegaría justísimo para el final del último me propuso que mis acciones estuvieran marcadas por la despedida. De 22 a 23 del día 4, entonces, estaría en la habitación 208; de las 23 a las 24, el final de la performance, en la 210. A cada una de las actrices les haría una entrevista, en presencia del único miembro del público.

 

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Me arrepentí unas cinco o seis veces de decirle que sí a Fernando no solamente porque vendría de viajar y estaría cansada, aunque también por eso; me arrepentí cinco veces porque no soy actriz, y la sensación de ser observada durante dos horas haciendo algo que ni siquiera entendía bien qué era me provocaba, según el momento, de vértigo a pánico. La gente del teatro no suele tener idea de lo difícil que es para el resto de los mortales estar en el presente: y más, creo, para los que escribimos. Yo no soy nostálgica, más bien todo lo contrario: solo sé vivir en el futuro. Mi forma de vivir el aquí y ahora es mirando alrededor como una obsesiva, dándole de comer a la cabeza para que algo, en algún momento, se escriba. En algún momento que no es ahora. ¿Cómo iba a hacer para producir algo sustantivo, un momento que valiera la pena ser vivido, ahí toda desnuda, sin un texto para decir, solo equipada con mis preguntas? Era un delirio por donde se mirara. “Usá esos nervios”, me hubiera dicho un actor, pero yo no sé usar esas cosas. Las que escribimos no tenemos esa necesidad de usarlo todo, de trabajar con lo que sea que tenés en las manos porque la función es esta noche. Los días que me siento mal sencillamente no escribo. De uso, nada.

 

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Suelo decir que sí a casi todo al principio; si algo no me convence, me termino bajando después. Pero cada noche en que pensé en escribirle a Fernando para decirle que me daba demasiado miedo, que estaba enferma, que se había muerto una tía, lo que fuera, decidí activamente no hacerlo. Me gustan los hoteles, son mi lugar favorito en el mundo. Las actrices me enamoran; estas dos eran divinas. Me encantan esas mujeres que sí gozan de ser miradas, que saben escorzar el cuerpo, que pueden apagar la neurosis para activar una energía que imanta. El amor me obsesiona: estuve todo 2018 leyendo y escribiendo sobre él. Eso, creo, fue lo más decisivo: la obra me permitía volver a examinar eso que me había pasado estudiando desde un lugar diferente. No desde la posición del argumento, de la pregunta intelectual, del análisis político feminista, sino desde la piel; usaría —ahí sí: el uso— los cuerpos de estas actrices, las ondas de sus voces y el peso de sus músculos en las camas del Faena como una especie de catalizador para mi propia investigación.

 

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Armada con ese objetivo y con la confianza que Fernando había depositado en mí, toqué la puerta de la primera habitación. Entré en silencio, puse una versión del bolero “Vete de mí” y empecé a preparar el trago que había elegido para hacerle a Flor Dyszel, un mint julep. Machacar la menta en la mesita me puso en el rol ideal para esa hora: sintiéndome cantinero, los oídos se me abrieron solos. El rato estuvo marcado por la amistad. Por una casualidad de esas que pasan pero tampoco tanto, Flor es una de las amigas más cercanas de mi novio; el espectador que había elegido esa hora también es amigo de él, así que los tres nos conocíamos. Ellos son amigos —Flor recibió varios amigos como espectadores durante esos días; incluso, me dijo, tuvo un encuentro extrañísimo con su madre, que vino y le contó algo que jamás le había contado— pero yo los conocía de lejos. Y entendí, mientras esa hora se nos iba volando, algo de lo que tenía que pasar, algo de eso que Fernando sabía que era posible y de lo que yo había dudado: la obligación de hacernos preguntas sobre el amor como en un verdad-consecuencia nos hizo caer en una intimidad que empezó con las costuras a la vista y terminó como lo más necesario del mundo. Los modos de la intimidad son muchos: a nosotros tres se nos armó esto que digo, la amistad, tres personas que toman en ronda y se ríen hasta que de pronto uno dice algo que nos deja a todos en silencio. Flor nos contó sobre sus días: en la cara se le veía toda la emoción que había tenido que atravesar y acumular. Ojos cansados de llorar y de sonreír, pero brillantes de todo eso. Yo no era la única, se ve, que había venido a usarlas a ellas para aprender algo. Pero también se había dado la inversa; ese mismo día, nos contó Flor, una joven llegó y le regaló una foto de ella con su madre, que había muerto hacía siete años. No estaba triste, y Flor no se angustió. Algo de la resiliencia de esa mujer la tenía todavía tomada; de su generosidad, también, de venir a regalarle algo así de importante a una completa extraña.

 

Cuando toqué la segunda puerta empecé haciendo exactamente lo mismo: el silencio, el bolero y el trago. Pero Laura y yo solo nos habíamos visto una vez; eso, como saben todos los que frecuentan bares o lugares así donde se puede disfrutar el anonimato, produce otro tipo de intimidad, la de lo efímero e irrecuperable. En lugar de sentarnos en el sillón a conversar como amigas nos tiramos en la cama a hablarnos bien cerca. No como amantes; más como primas que duermen juntas de casualidad un verano y el resto del año casi no se encuentran. El portugués de Laura también me hacía sentir esa mezcla de distancia y cercanía que aparece con la gente que se conoce de viaje, con esa que tenemos la casi certeza de que no nos volveremos a cruzar. Aproveché esa otra forma de la intimidad, la de la confidencia fugaz, para preguntarle cosas que realmente quería saber, cosas que necesitaba saber para mi vida: algunas las puedo contar. Hablamos de sus hijos; al primero lo tuvo a los diecinueve años. Su mamá la echó de casa cuando Laura le dijo que estaba embarazada: “vos no vas a tener la vida que yo tuve, un hijo a esta edad”, le decía, porque las vidas son así de complicadas y las personas así de retorcidas. “No”, se dijo Laura, “voy a tener este hijo, y voy a tener mi vida”. Hablamos sobre el tema de los hijos y de decidir tenerlos, un tema que hace un tiempo me obsesiona, pero de “decidir” hablé yo sola: Laura jamás usó ese lenguaje. Solamente me habló de deseo y de amor. Esto era algo que yo había venido a vivir. No creo en ninguna mística, ni en ninguna otra cosa que no sean los accidentes; pero este había sido un accidente feliz.

 

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A la medianoche nos convertimos todas en calabazas. La puerta que comunicaba las dos habitaciones se abrió mientras las productoras ayudaban a las chicas a terminar de organizar la retirada. Las dos actrices se abrazaron: habían empezado idénticas y los modos en que cada una se había gastado en esos cuatro días las había dejado bien distintas, como esos pares de mellizas que envejecen diferente. Yo me llevé a casa una gratitud y un aprendizaje: no es casualidad que todas las veces que pensé en dejarme ganar por el miedo y el cinismo haya decidido no hacerlo, y mandarle a Fernando un poema sobre el amor en lugar de una negativa. No es mística ni horóscopo; pero casualidad tampoco es. Es algo mío, algo nuestro. Una fuerza sutil pero capaz de embestir cualquier neurosis para ir a buscar eso que tiene que encontrar en el cuerpo de alguien más.  

 

(Cuando hablamos de amor fue una performance de Fernando Rubio protagonizada por las actrices Laura Limp y Flor Dyszel. Fue comisionada y producida por el Faena Festival, con Zoe Lukov como curadora. Se presentó entre el 10 y 14 de abril de 2019).

 

 

  

 

 


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