La militancia por el aborto legal convirtió a las guionistas en un colectivo que desde ahora será un espacio de encuentro para pensarse y pensar la manera en que se representa a las mujeres en la ficción. El 13 y 14 J lo pasaron en la calle, esperando la media sanción de la Cámara de Diputados. Este es un diario íntimo grupal de 15 guionistas que por primera vez hablan sin censuras sobre el aborto y sobre las dos jornadas históricas que quizás algún día lleguen a la TV.



Foto Portada: Melisa Scarcella
Fotos Interior: Emiliana Miguelez y Melisa Scarcella

 

Nos unimos 

 

Por Esther Feldman*

 

Las guionistas nos elegimos para pasar juntas la vigilia por el aborto legal. Somos un grupo que nació de una idea sorora de Belén Wedeltoft y Vicky Crespo: unirnos para escucharnos, cuidarnos y compartir nuestros padecimientos de mujeres guionistas en un medio machista y patriarcal.

 

Después del festejo me quedé sin voz, sin lágrimas. Por primera vez me quedé sin palabras. Es tanta la emoción que no alcanzan las palabras para describir lo que pasó en estas últimas horas. Sólo puedo repetir lo que dijeron otras: “Hoy parimos una ley”, “La revolución de las mujeres llegó para quedarse”, “Ahora que sí nos ven”, “Hicimos política en la calle”, “Hicimos historia”, “Este es el siglo de los derechos de las mujeres”, “Todas las vidas se defienden conquistando derechos”, “Transversalidad” y mil frases más que rebotan en mi cabeza mientras no dejo de cantar “Aborto legal, en el hospital”.

 

Me quedé sin voz, sin lágrimas y sin palabras: la marea verde nos envolvió y nos calentó el corazón, el alma y el cuerpo. Me siento orgullosa de mi hija porque es su revolución y sé que mi nieta va a estar orgullosa de nosotras. Porque en la calle todas juntas recuperamos el cuerpo. Recuperamos nuestro cuerpo.

 

Desde que nos unimos, las guionistas soñamos con poder contar otras historias, con heroínas fuertes, aborteras, empoderadas. Ese sueño se está convirtiendo en realidad. Gracias a todxs por sus palabras.

 

* Guionista-Dramaturga-Narradora- Columnista de “Basta de Todo”.

 

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Abrazame hasta que sea ley 

 

Por Vero Lorca

 

Iba a arrancar contando que todavía tengo los pies fríos y la emoción fácil después de la vigilia. También pensaba que media sanción no me llena, como no me llena medio cuartito de helado, prefiero el pote entero, pero algo es algo. Si bien es un gran paso, todavía falta mucho. Y no sólo por esta ley. Pero me permito estar feliz por un momento, mientras tomo una copa de vino, y trato de calentarme los pies antes de volver a la calle.

 

Quiero escribir sobre el gran laburo que hicieron las mujeres de la Campaña, las de Ni Una Menos, las feministas, las periodistas, las compañeras de las asambleas, las pibas, todas. Pero no sé por dónde arrancar. Trabajo de escribir, entre otras cosas, y sin embargo no me salen las palabras, se me mezclan las ideas y las sensaciones. Siento que todo es un lugar común. Y quizás, de eso se trata. De un lugar común para todas. Soy comediante y me está costando armar chistes, porque hoy la emoción me supera. Claro que las declaraciones de algunxs diputadxs no te dejan otra que reírte, para no llorar.

 

Tengo miles de fotos en el celular, pero muchas más en mi cabeza. Las primeras son de un desayuno en Anfibia. Porque como nadie podía dormir la noche previa, mejor era encontrarse temprano y abrazarnos, aún sin conocernos todas, entre mates y cosas dulces como para sumar calorías antes de salir a la calle. Después, la marea. Todo el día, toda la noche.

 

Hubo abrazos de todo tipo. Con las compañeras de siempre, hermanas, amigas, colegas y también las otras, las que vamos conociendo en el camino. Las que estaban antes. Las que se suman. Las pibas.

 

Hubo recambio. Las que pasaban antes del laburo, las que venían después. Las que se escapaban al mediodía. Las que llegaban dispuestas a pasar todo el tiempo que fuera necesario. Las que ponían la casa que quedaba cerca por si alguna necesitaba ir al baño, calentar agua para el mate o cargar el celular.

 

Nos preparamos como si nos fuéramos de campamento, como nos preparamos para el Encuentro Nacional de Mujeres. Abrigo, OK, celular cargado, OK, alguna petaca, OK. Porque sí. Porque estamos peleando por nuestros derechos, y uno de ellos es el derecho al goce. Y porque encontrarnos y reconocernos en la otra es una fiesta.

 

Tengo fotos de momentos maravillosos. Subí una en la que estoy con mi hermana. Ella venía con su columna, pero acordamos encontrarnos en una esquina. Tengo otra de mi abuelo con el CHE, por motivos que no vienen al caso, o sí, pero no hay tanto espacio, y esta foto, un poco, se la dedicamos a él y a mis viejos, que con todas sus contradicciones nos enseñaron a militar por lo que creemos. Y hoy mandaban mensajitos orgullosxs.
Tengo fotos con mis amigas que siempre bancan la parada. Gracias por cada charla, aprendo día a día. Y con las que no tengo fotos porque no llegamos a encontrarnos, porque la marea es enorme, tengo mensajes con mucho emoji de bracito, puño y corazón verde.

 

Tengo foto con mi psicóloga feminista que un día me contó sobre los Encuentros y me fue empujando de a poco hasta que fui al primero, y que ayer me abrazó y me dijo “Qué lindo es compartir esto”. Espero ansiosa mi próxima sesión.

 

Tengo fotos con colegas escritoras, comediantes y actrices, porque nos armamos en colectivos como para ordenarnos, pero nos mezclamos todo el tiempo en el hacer. Y en las reuniones. Y en los brindis.

 

Y tengo una foto maravillosa, un poco oscura por la falta de luz, pero brillante, donde tres mujeres sostienen carteles con las leyendas: “Abrazos feministas”, “Abrazame hasta que sea ley”. Cuando la subí, una de ellas me escribió: “La de la derecha soy yo”. Y al ratito recibí otro mensaje: “Vero, ¿podrías pasarme la foto? La del medio es mi mamá! Gracias desde Rosario!”.
Y acá estamos, conocidas, desconocidas, cercanas o lejanas, conectadas por redes, por mensajes, por fotos, por pañuelos, por abrazos, emocionadas, formando una gran marea verde que está haciendo historia, que grita “ahora que estamos juntas, ahora que sí nos ven” y que está avisando que esto recién comienza.

 

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Doña verde

 

Por Erika Halvorsen

 

Hace diez años, cuando empecé a trabajar en televisión, antes de escribir mi primera escena, me presentaron a la famosa “Doña Rosa”. Doña Rosa era como el viejo de la bolsa. Era conocida por cuentos pero nadie había visto su cara. Era una tirana con olor a vainilla. Jefa de estado de una patria inverosímil que nos vigilaba desde atrás de su tabla de planchar. Su látigo era el control remoto y, si la hacías enojar, cambiaba de canal.

 

Doña Rosa tenía que enamorarse de nuestros galanes y amar a nuestras heroínas. Nos pagaban por mantenerla contenta, contándole historias que no la ofendieran. Pero las autoras no somos tan inocentes. Somos creadoras de cuentos y siempre supimos que Doña Rosa no existía. Nos guiñábamos el ojo entre nosotras, como hermanitas esperando el regalo de los Reyes Magos después de haber visto pasar a nuestros padres en calzones tirando el pasto de los camellos. Esperábamos atentas porque sabíamos que llegaría el momento de mostrar que siempre estuvimos despiertas.

 

Doña Rosa era un simulacro, una construcción. Una espectadora inventada por productores para controlar nuestras libertades. Para mutilarnos. Doña Rosa era una carcelera pacata y machista que nos decía hasta lo que podíamos imaginar. Y esa es la peor de las censuras. Cuando te limitan desde adentro y ya no sólo te reprimís al escribir. Empezás a imaginar lo que el otro desea.

 

Doña Rosa jamás comprendería a una mujer que interrumpe un embarazo. El aborto es “piantavotos”.

 

Las guionistas escuchamos esta frase infinidad de veces. Y no había argumentos para convencer. Podíamos contarle a productores y directivos nuestros propios abortos o las veces que acompañamos a una amiga. Pero ningún testimonio de la vida real conmovería a esa Doña Rosa severa a la que había que conquistar.

 

Vivíamos, en nuestras realidades, situaciones que no podíamos escribir en la ficción. Escenas clandestinas, secretas, imposibles de mostrar y hasta de imaginar. Nos mutilaban la posibilidad de contar heroínas decidiendo sobre sus cuerpos. Dimos pelea, perdimos batallas. Buscamos otros espacios de libertad, como el teatro independiente o la literatura, pero la televisión abierta se resistía a la liberación de nuestras mujeres. Alguna vez nos permitieron llevarlas a consultar. Mostramos comadronas dando consejos y pastillas. Las metimos en lugares prohibidos pero, aunque tuviera la intención y una tímida e incipiente decisión, la pérdida del embarazo debía ser natural o nuestra protagonista debía arrepentirse a último momento y salir corriendo.

 

A partir de esta sesión histórica las autoras argentinas somos más libres. Y lo somos gracias a ese aluvión de mujeres que salió a la calle para gritar la verdad. A partir del 13J las heroínas de ficción podrán contar otros cuentos. Saltaron para siempre de esa torre donde las tenían cautivas. Se cayó el barbijo de los hipócritas que no querían salpicarse con la mugre de la clandestinidad. La mordaza se convirtió en pañuelo y nos liberó a todas. El grito se hizo canción. Gracias, mujeres argentinas. Nosotras y nuestros personajes ahora podemos tener la misma voz. Nos queda la responsabilidad, y hasta la obligación, de imaginar sin límite. El cuerpo es nuestro y ya no quedaremos presas de ningún corset. Lo obsceno es no denunciar, no rebelarse cuando nos quieren atar de pies y manos. Ni culpas, ni miedos, ni vergüenzas. Tenemos el compromiso de ser libres y de andar con los ojos bien abiertos para mostarle al mundo que esa Doña ya no es una, somos todas. Y que ya no es Rosa ni pacata. Es Verde, desobediente y feminista. 

 

 

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Chat analógico

 

 

Por Mariana Levy*

 

Invierno de 1995. Tengo 15 años, entro al baño del colegio, me subo la pollera y me bajo las medias de lana. Mientras me congelo el culo haciendo pis leo en la puerta una inscripción hecha con liquid paper: “estoy embarazada y no sé qué hacer”. Una chica le responde en birome, otra con marcador negro. Con las medias de lana por la rodilla pienso cuánto tiempo habrá pasado entre una inscripción y la otra. ¿Le habrán respondido a tiempo? ¿Habrá llegado a hacerse el aborto? ¿O será esa chica de quinto embarazada que todo el colegio hace como que no ve?

 

Yo era sexualmente activa. Sabía que si quedaba embarazada no lo iba a tener y que mi mejor opción para informarme sobre un aborto era escribir en la puerta de un baño. Tuvieron que pasar muchos años después de terminar la secundaria para que se me fuera ese temor paralizante cada vez que tenía un atraso.

 

Durante el debate de la ley, muchos diputados y diputadas usaron el hecho de tener hijes como razón para votar en contra del aborto. A mi me pasa lo contrario. Ser madre me hizo darme cuenta de lo difícil que es la maternidad, incluso la deseada. Pienso en mi cuerpo tomado, en las secuelas del después. Me imagino lo que es que te obliguen a continuar con un embarazo, a criar un hijo porque es “lo que tenés que hacer”. Es un panorama más aterrador que el de estar encerrada en una casa del bosque con un asesino serial. Sobre todo porque una cosa pasa mucho más seguido que la otra.

 

Juego a pensar a qué cosas le tendrá miedo mi hija cuando vaya al secundario y no se me ocurren. Pero de lo que no va a tener miedo es de decir: “Mamá, quedé embarazada, ¿me acompañás al hospital a hacerme un aborto?”. Este derecho que estamos conquistando es para nuestras hijas, y para la Mariana de 15 que todavía está muerta de miedo leyendo graffitis en un baño.

 

* Guionista y dramaturga. Escribió y dirigió varias obras de teatro y dio clases de guión de series en la ENERC. Hizo una obra donde metía a Verónica, la ex de su ex, en un cartón de leche gigante. Después de eso descubrió el feminismo y su actitud con la ex de su ex le pareció muy poco sorora (pero la idea le sigue pareciendo irresistiblemente graciosa). Continuó firme con la militancia feminista, pero no pudo abandonar las series, así que empezó un podcast sobre series y teoría de género llamado #LaPodcast. Actualmente, escribe para cine y TV junto a Armando Bo.

 

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Resumen de una jornada emocionante

 

 

Por Sol Levinton*

 

Me senté en la cama matrimonial junto a mis hijas adolescentes para escuchar los testimonios de los diputados. Lo viví con nervios y expectativas. Me enojé por discursos que lo mezclaban todo y se referían a la movida de los pañuelos verdes como personas insensibles, deshumanizadas a las cuales parece no interesarles la vida. Muchos basaron su negativa a la ley en la alegría que sintieron cuando fueron padres o madres, y expusieron que no pueden siquiera imaginar qué hubiera pasado si alguien les hubiera propuesto abortar. Otros compararon los fundamentos de la ley con lo que sufrimos en la dictadura militar. ¡Casi salto sobre el televisor!

 

Otros testimonios nos llenaron de entusiasmo, emoción y esperanza. Hubo historias personales desgarradoras que muchos y muchas tuvieron la valentía de contar. También los testimonios corporales de quienes estaban en la plaza, en las calles aferrándose al pañuelo verde, cantando canciones por los derechos y la libertad.

 

Cuando cerraron la votación y la media sanción se convirtió en una realidad, nos abrazamos y lloramos juntas. Y llamó mi madre también para decirme: ¡Lo logramos! Y lloré con ella también. Y compartí las emociones con mi marido, con mis amigas, con un grupo de guionistas casi nos abrazamos a través del Whatsapp. Y cuando me senté a escribir pensaba en eso: cuando la ley sea sancionada va a salvar muchas vidas. Pero esta media sanción que obtuvo hoy en el Congreso ya nos permitió mejorar un poco como sociedad. Fue una jornada de comunión, de escucha, de sororidad, de celebración compartida por gente de edades, perfiles, mundos y hasta afinidades políticas diferentes. No volveremos a ser las mismas y seguramente tampoco será igual nuestra sociedad.

 

* Sol Levinton es Lic. en Artes (UBA), guionista, dramaturga y directora teatral. En teatro representó numerosas piezas: La Caja (ciega), Breve Relato de Soledad Compartida, representada en el Centro Cultural Recoleta y en Estados Unidos (Brief Conversations), Sin Nombre y Operación Cállate, ambas en el marco de TeatroXlaIdentidad, entre otras. En televisión fue parte del equipo autoral de La Leona (El Árbol – Telefe). También de La Reina de la Basura (Televisa), En Viaje (producida por Zona Audiovisual) y Volver a Nacer, distinguida con el premio AFSCA “Construyendo Ciudadanía”. Participó de Familia en Venta (Fox), Señales del Fin del Mundo (Yair Dori, TV Pública) y en telenovelas  como Oh, Sole Mía y Muñeca de Trapo de Enrique Torres.

 

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De esto sí se habla

 

Por Vicky Crespo*

 

Nací en el 76 pero no hace mucho que me intereso en la política. Vengo de una familia tradicionalmente hermética: “de eso no se habla”, “algo habrán hecho”. No los culpo, cada cual se aferra a lo que puede y le teme a lo que le enseñaron a temer. En cuarto año del colegio privado y católico al que fui teníamos clases de educación sexual con un cura que imponía: “no a los anticonceptivos”, “sólo pueden tener relaciones para procrear, guarden sus hormonas para después del casamiento”.

 

En el tupper en el que viví durante la adolescencia no necesitaba tener convicciones. Era más fácil quedarse ahí, pensando igual que los que te rodeaban. Y si algo te hacía ruido, a distraerse con otras cosas (que no sean sexo, claro). Sigo sin culparlos, en mi familia se enseñaba a no cambiar, a aferrarse a lo establecido, a temer, a no protestar, a resguardarse en tiempos violentos y sobrevivir.

 

Nunca fui a una marcha. Todavía me da miedo ir a la plaza, salir a la calle y unirme al mar de pañuelos. Aún me da miedo expresar lo que pienso. Pero hace un tiempo pasan cosas que me obligaron a quitarme las orejeras. Empecé a escuchar, a seguir los debates de senadores y diputados, informarme, debatir y sobre todo a sentir mis argumentos.
Gracias a la marea de pañuelos que sale a la calle a decir lo que piensa, siente, necesita. Gracias a la gran ola de mujeres que están saliendo a gritar “basta”, y no solo a la plaza, lo hablan libremente en cualquier momento cotidiano que salga el tema y en cualquier circunstancia que necesite un freno. Gracias a amigas, conocidas, colegas y vecinas, muy valientes todas, nos están obligando a nosotras las tibias, a dejar entrar el ruido y que nos sea imposible distraernos con “otras cosas”. Nos están enseñando a pensar, en lo que nadie quiere pensar.

 

Por suerte, cuarenta y un años después del 76, siento la imperiosa necesidad de expresarme y digo: vamos a hablar de esto, vamos a analizar todo lo hecho, y vamos a traer a todos los putxs, gays, lesbo, trans, mujeres, minorías y cualquier ser diferente de este país y vamos a poner todos nuestros asuntos sobre la mesa, abrazando las diferencias pero entendiendo que hay temas de los que sí hay que hablar y que no son de credo: son pura realidad, y deben ser política de estado.

Ayer se demostró que, con la presión social y las convicciones bien puestas, se puede lograr que un diputadx cambie su opinión, que reflexione, que se dé vuelta. Ayer se demostró que la tapa del tupper se abrió. Que la olla que miles de mujeres vienen destapando hace rato, anoche hirvió y ya no se puede apagar el fuego.

 

* Nació bajo el signo de Escorpio. De chiquita su juego favorito era recolectar bichos bolita y guardarlos en el bolsillo de su vestido. También jugar al fútbol con los varones del barrio, pero como siempre la mandaban al arco, volvía una y otra vez a los bichitos. Después de estudiar cuatro carreras universitarias sin terminar ninguna, en 2000 hizo un taller de Guión de Jorge Maestro y encontró su vocación. Trabajó en “El sodero de mi vida“, “Son Amores”, “Media Falta” Y “Juanita la soltera” (Polka). Para Telefe hizo “Niní” y “Frecuencia 04”, entre otras. En 2013, junto a Jessica Valls, ganó un concurso del Incaa por una TVmovie que salió una sola vez en canal 9: “Bienvenido Brian”, su operita prima que hoy vaga libre por YouTube y obtuvo dos premios: Argentores 2013 y Premio Nacional de Cultura a las producciones 2010-2013. Actualmente escribe juegos interactivos que se distribuyen en Google Play, Play Store y Apple, además de proyectos personales que no puede revelar.

 

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El hilo verde

 

Por Tatiana Mereñuk*

 

Volví a casa con el cuerpo cansado, vibrante, feliz. Sentí que estuve donde tenía que estar. En la calle. Con el pueblo. Con las mujeres. Con los hombres. Con les chiques. Y con mis compañeras de lucha en esta historia: las autoras argentinas que desde hace un tiempo nos fuimos juntado impulsadas por una fuerza que nos arrastró a conocernos, reconocernos, compartirnos, abrazarnos y encontrar en las otras algo de nosotras mismas. Estuve donde tenía que estar, juntos a ellas comenzando a escribir las historias que van a dar voz a tantos años de vergüenzas silenciosas.

Volví con el cuerpo y el alma que ya no eran los mismos que apenas unas horas atrás. La casa estaba oscura. Todos dormían y tuve el impulso de ir hacia el cuarto de mi hija, Antonia, meterme en su cama, abrazarla, y llorar de emoción, de alegría, de miedo, de orgullo. Necesitaba abrazar a mi hija. Necesitaba de ella para sentirme completa.

 

Antonia es una niña aún. Pero una niña nacida hace nueve años atrás en un mundo que ya no era ese que yo creía. Antonia ya nació bajo el cielo verde que en estos días cubre nuestro país. Y es la niña que me deja sin palabras cuando en nuestro cotidiano aún, y sin darnos cuenta, habitamos esos espacios que ya están obsoletos, destruidos y vueltos a reconstruir por nosotras mismas. Antonia es la que cuando la mando a bañarse me contesta: es MI cuerpo y yo decido cuando quiero lavarlo. Antonia es la que imagina que cuando sea grande “y me case, todavía no sé si con una mujer o un varón, voy a irme de viaje a China”.

 

Antonia es la que me chateó tres noches atrás diciéndome: “Mami es muy importante que salga la ley del aborto seguro, legal y gratuito”. Y la que cuando hablamos del tema me dice con toda naturalidad y sin ningún tipo de contradicción: “Yo no sé si quiero tener hijos. Un día lo voy a decidir. Pero lo voy a elegir yo misma ¿eh?”. Antonia es esa niña a la que el deseo la guía sin tapujos. Así, atravesándole el cuerpo y el alma en cada pensamiento, en cada acción.

 

Y yo abrazada a ella en la cama, pienso que ojalá ese deseo no se apague nunca o mejor dicho que nunca se lo hagan apagar. Y de a poco me voy tranquilizando y siento que ya no! Que hoy no solo se está conquistando el derecho a decidir sobre el propio cuerpo libremente respecto al aborto, sino que estamos atravesando una revolución mucho más profunda y que tiene que ver con el derecho que tenemos las mujeres a ser libres y deseantes en las decisiones que tomemos.

 

Las Antonias futuras llenarán el país de deseos propios y colectivos. Porque esta revolución ya está inscripta en sus cuerpos. Hay memoria en ellos de las mujeres que las precedieron y seguramente ellas estarán en las que vendrán.
Anoche me dormí abrazada a mi hija sintiendo que un fino hilo verde salía de su cuarto multicolor, bajaba las escaleras y nos iba uniendo a las miles de mujeres argentinas que en esa fría noche del 13 de junio de 2018 estábamos escribiendo a conciencia y corazón nuestra propia historia.

 

* Es guionista egresada de la ENERC. Desde 2000 se desempeña como Directora de Contenido y Guionista en distintas productoras audiovisuales. En 2008 estrenó “Yo soy sola”, su primer largometraje.

 

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Estado de loop

 

Por Sole Girardi*

 

Soy guionista, y desde hace muchos años me dedico a realizar documentales, docu-realities, realities, docu-ficción, entre otros formatos donde los relatos pertenecen al mundo de la no ficción. En este tiempo sólo una vez pude escribir historias de mujeres que necesitaban o querían interrumpir un embarazo no deseado, con un final al menos amable para ellas.

 

¿Por qué sucedía esto? Porque hablar de aborto estaba prohibido. “No podés hablar de aborto, de adopción y de amantes” fue el kit de bienvenida en un conocidísimo canal internacional dedicado al público femenino. Y porque las mujeres que vivían la experiencia de interrumpir su embarazo de manera clandestina y muchas morían y siguen muriendo, injustamente.

 

Como autora y guionista argentina creo que es hora de cambiar nuestras historias. Con mis colegas tenemos el derecho de contar amores y desamores gozosos que no terminan siempre con la muerte de la protagonista en la clandestinidad.

 

Queremos reflejar la equidad de las mujeres construida desde las mismas posibilidades de acceso a un aborto legal, seguro y gratuito. Tenemos derecho a mostrar un universo femenino dueño de su cuerpo, libertad y sueños. Y reflejar cuán firmes son los vínculos que tejemos entre nosotras.

 

Me hago cargo de este deseo. Así como espero que también se hagan cargo de las consecuencias del aborto clandestino quienes bregan por la no sanción de la ley. Vivas nos queremos. Ni una menos.

 

*Soledad Girardi tiene 52 años. Es mamá de Antonia, a quien decidió tener a los 40. Estudió Letras y Periodismo y en los ratos libres corre ultramaratones. Actualmente trabaja en Canal Encuentro donde pudo guionar un programa sobre aborto con supervisión de una asesora de género. Una manera de contar historias respetuosas hacia las mujeres y algo parecido a tener un final feliz.

 

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Hacer el contraplano

 

Por Lily Ann Martin*

 

No hace falta ser negro para odiar la esclavitud. No hace falta ser gay o lesbiana para apoyar el matrimonio igualitario.

No hace falta haber abortado, ni conocer a alguien que haya abortado, ni haber deseado abortar para estar de acuerdo con su legalización. Es más, ni siquiera hace falta ser mujer. Lo que sí hace falta es tener empatía. Ponerse en el lugar del otro. Hacer el contraplano -como decimos a veces los guionistas- es decir, poner la cámara del otro lado.

 

A lo largo de estos meses varias personas cercanas, amigas y familiares se sorprendieron con mi actitud a favor del aborto legal en las redes o al ver mi pañuelo verde colgando de la mochila: “¡Qué raro, justo vos, que tenés dos hijos adoptados!”, “¿Cómo podés estar de acuerdo con la ley del aborto vos que te costó tanto ser mamá?”

 

Es cierto. Nunca estuve embarazada y durante muchos años puse todo mi empeño en lograrlo. Mi ex marido y yo soñábamos con formar una familia. Después de muchos intentos que fracasaron -cuatro tratamientos de fertilización y hasta promesas a la Virgen y a los Santos-, en lugar de bajar los brazos redoblamos la lucha y fuimos padres por adopción. Los padres más felices del mundo. Y ellos, los hijos más deseados del universo.

 

Hoy, el mayor está por cumplir 16. Me llena de orgullo ver que también lleva su pañuelo verde atado en la mochila. Me conmueve profundamente que él, sus amigos y amigas, sus compañeros de colegio, toda esta camada de pibes y pibas que llenaron la plaza anoche consiguen naturalmente lo que a tantos adultos les resulta imposible: salir de sí mismos. Ponerse en el lugar del otro. Sentir como propia la alegría y la libertad de todas las mujeres que ya no tendrán que morir o ir presas si deciden interrumpir un embarazo.

 

De eso se trata una conquista de derechos. De luchar por lo que tantos otros necesitan, aunque no te afecte a vos, aunque nunca tengas que pasar por una situación similar, aunque no conozcas a nadie que la haya vivido en carne propia.

 

Soy mamá porque en dos provincias del Norte argentino hubo dos mujeres que pasaron por embarazos no deseados, los llevaron a término y decidieron entregar esos bebés en adopción.

 

No sé si ellas optaron por continuar con sus embarazos por motivos religiosos, si lo hicieron por miedo a abortar clandestinamente, morirse en el intento o terminar en la cárcel. Tampoco sé si cuando tomaron la decisión de seguir adelante ya sabían que los iban a entregar a otra mamá para siempre y tal vez no volverían a verlos. Es muy probable que hayan pensado en todo eso y cambiado de opinión más de una vez. Nueve meses es mucho tiempo.

 

Pero lo que sí sé es que me hubiera gustado que decidieran en libertad, seguras, cuidadas, apoyadas. Sin miedo.
Me gusta pensar en un mundo donde una mujer pueda decidir con absoluta libertad qué quiere hacer desde el momento en que se entera de que está embarazada. Me gusta pensar en un mundo donde dos hombres o dos mujeres puedan caminar por la calle de la mano, besarse en público o casarse sin que a nadie le resulte extraño. Quiero creer en un mundo donde no hace falta sufrir para entender que hay otros que sufren y querer evitarlo.

 

Ese mundo existe si lo construimos nosotros, si somos capaces de salir de nuestras burbujas y hacer el contraplano. #QueSeaLey

 

* Nació en Madrid en 1966. De nacionalidad irlandesa, se radicó definitivamente en Buenos Aires en 1978. Es Licenciada en Letras por la Universidad del Salvador, también estudió Publicidad, Diseño Gráfico y Cine. Trabajó en agencias de publicidad. En 2013 comenzó su labor como guionista en cine (Noche de ronda, Elsa & Fred, Tocar el cielo, Anita); TV (Amor Mío, Bella & Bestia, Valientes, Malparida, Lobo, Solamente vos, Esperanza Mía, Loco por vos, Kally’s Mashup, Simona, Campanas en la Noche); y teatro (El año que viene a la misma hora, Familia, Adictas a vos, Criatura Emocional, Colección primavera-verano). En 1999 publicó un libro de poemas (Pianos incoherentes) y tiene varias novelas inconclusas. Su género favorito es el cuento.

 

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“Mami, hoy las alas que me diste brillan verdes”

 

Solange Keoleyan*

 

Estoy fuera del país. No acompañé a mis hijas físicamente en este momento histórico. Ellas, mis cachorras feministas, que no se avergüenzan de la palabra porque la entendieron de una cuando a mí todavía me costaba. Ellas que se empoderan con las marchas porque luchar por la libertad es orgullo y esperanza. Ellas son mis hijas, mis sobrinas y todas las que gritan sin miedo lo que mi generación tuvo que aprender a poner en palabras.

 

Mi madre me dio una infancia llena de maltrato porque se perdió a sí misma en un camino de frustración y ahogó su esencia al someterse. Deprimida, descargó su dolor y su rabia en sus hijas. No pudo otra cosa. A su pesar, siempre fue un ejemplo de lo que no, pero hubo un gran sí, valioso como todo: supo transmitirme su anhelo de libertad, ese que ella sabía que le faltaba.

 

Obsesivamente me inculcó la necesidad de independencia económica. “No dejes de trabajar, tenés que ser libre, libre de irte, de quedarte, de elegir. No hagas como yo”. Esas fueron siempre sus palabras.

 

Pensar que me esforcé tanto en no parecerme a ella. Sin embargo, ese fue su gran legado y le hice caso. Nunca dejé de trabajar. Pagué sin dudarlo costos que no vienen al caso, pero le estoy agradecida.

 

Esta mujer, anulada y perdida, que hoy tendría más de noventa años estaba a favor del aborto, ni siquiera se lo cuestionaba.

 

Será por eso que esta mañana cuando miré las fotos y videos de las chicas en la plaza pensé en las alas atrofiadas de su abuela; en las mías y en los años que tardé aprendiendo a desplegarlas. Los legados se transmiten por el alma. Fue cuando sin saber nada de esto, mi hija me dijo a la distancia: “Mami, las alas que me diste brillan verdes”. Cerré los ojos y las vi. Mi hija, mis sobrinas y todas las pibas en la plaza, con sus alas verdes desplegadas, encandilando y redimiendo a generaciones de mujeres que murieron con el alma mutilada.

 

* Autora de Violetta, Floricienta, Bella y Bestia, entre otras. Para ella el trabajo del escritor no es solitario. Escribir la hizo abrazar al mundo. Jóvenes de todas las razas y culturas le envían mensajes en múltiples idiomas. Le gusta pensar que escribir rescata.

 

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Ni heroína ni altruista

 

Por Jéssica Valls*

 

La primera vez que viví de cerca una situación real de aborto (hasta entonces el aborto era para mí un video que me pasaban en clase de catecismo con un feto gritando) tenía veintipocos. Me tocó, en esa historia, ser la amiga ordenada que presta todos sus ahorros guardados celosamente en un frasco de café (el 10% de todos mis sueldos desde hacía 3 ó 4 años) a quien quería interrumpir un embarazo no deseado. Lejos de generarme una contradicción, consideraba que ayudar a mi amiga, a pesar de que estuviera en contra de mis convicciones, era un acto altruista.

 

En la segunda relación real con un aborto ya estaba cerca de los treinta. Otra vez una amiga en apuros. No necesitó de mis ahorros sino de mi empatía y de algo que recién hoy sé como se llama: sororidad. Se la brindé sincera y amorosamente sin necesidad de revisar mis convicciones. Creía que el hecho de no juzgar a quien actuara distinto a como lo haría yo, me convertía en una especie de heroína.

 

Hace pocos años, ya con más de cuarenta, una amiga que temía estar embarazada y que estaba en una situación sentimental complicada me advirtió que si eso finalmente se comprobaba pensaba abortar. “¿Vos no estás de acuerdo, no?”, dio por sentado y nunca le (me) respondí.

 

Recién hace unos meses, a raíz del auge del feminismo y de un Tweet que decía que legalizar el aborto era un asunto de salud pública y no una decisión moral ni individual, me di cuenta de que si no lograba entender del todo la diferencia entre decisión individual y salud pública era porque había mucho que ignoraba del tema. Si seguía repitiendo como loro sin poner a prueba mis palabras (disfrazada de convicciones) yo, que vivo de las palabras, era una irresponsable. Ya no podría echarle la culpa a mi educación religiosa y conservadora, ni a la impresión que me causó de niña el video de un supuesto feto gritando. Me propuse desestructurarme, desarmarme, informarme. Escuché y agradecí el debate en el Congreso, leí, aprendí. Y finalmente entendí que mi postura frente a mis amigas no había sido ni altruista ni heroica sino simplemente consecuente a lo que sentía.

 

A pesar de las veces que me declaré en contra del aborto, sé que siempre estuve a favor de lo que hoy se le reclama a la Ley. Que mis ahorros suplieron la no gratuitidad y mi empatía la no legalidad. Mientras acompaño a mi amiga, entre ella y yo, el aborto deja de ser clandestino y tabú.

 

Estoy segura de que muchos de los que se declaran en contra de la legalización del aborto lo hacen porque todavía no se pusieron a analizar sus acciones. Hagan la prueba y verán las veces que actuaron a favor de lo que dicen estar en contra.

 

* Nació en Buenos Aires. Estudió cine en el Enerc. Es autora de TV y de historias interactivas en aplicaciones WEB. Se desconstruye y aprende cada día.

 

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Pañuelos blancos, pañuelos verdes

 

Por Nati Kaminsky*

 

Qué emoción más grande pertenecer a una generación de mujeres que puede tomar la necesidad de otras y hacerlas propias, luchar por ellas, por todas.

 

Qué emoción ser parte de la historia, vibrar con cada discurso, hermanarse con las mujeres empoderadas tomando las calles con alegría, con esperanza, con la certeza de que ya habíamos salido de la clandestinidad, porque ya todes hablamos del aborto.

 

Qué emoción recorrer las calles y su marea verde. Qué emoción sentí cuando una mujer subió al vagón de subte repleto y gritó: “Sepan todos que hoy es un día histórico, de conquista para las mujeres de nuestro país”. Y cuando todos comenzaron a aplaudir me sentí más segura de que toda la ciudadanía acompaña esta deuda que hoy empezó a saldarse gracias al empuje de todas nosotras, que nos reconocemos en la mirada de la otra.

 

Lo que nos sucede es de todas, tan dispares y diversas, tan sensibles y capaces de reconocer que nuestras creencias individuales e ideologías no nos separan. Quedó demostrado que nos unimos en la disidencia y aplaudimos a nuestras legisladoras sin importar color político. Hoy la marea verde tiñó nuestros corazones y revindicó a todas sus precursoras, incluso aquellas que ya no están entre nosotras. #QueseaLey.

 

* Nació exiliada temporalmente en Montevideo de una panza que tuvo espacio para uno más, un hermano varón, su espejo masculino. Con esa masculinidad femenina recorrió los pasillos de la Facultad de Psicología para luego colgarle el cigarro a Freud y meterse entre las teclas de Walsh quien la fascinó con su periodismo urgente. Como productora de TV conoció a grandes maestros que inclinaron su balanza por las letras, historias, estructuras, escaletas, personajes, la artesanía del guión. Hoy equilibra su balanza libriana entre libros, guiones, entrevistas y más periodismo. Y siempre con un mismo objetivo: darle voz a los que no tienen.

 

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Recuerdos del miedo

 

Por Laura Barneix*

 

Acompañé a una amiga. Fuimos en tren a Morón haciendo chistes para tapar lo denso que se sentía todo, no por lo que íbamos a hacer, sino por lo clandestino y lo solas que estábamos. No preguntamos nada, todo se hizo en silencio. A partir de ahí puro miedo: miedo a que no salga bien, miedo al volver en el tren, miedo cuando se quedó a dormir en mi casa. ¿Y si le pasa algo qué hacemos? ¿Adónde hay que ir? ¿Qué hay que decir? Miedo a futuro. ¿Hay que contar que tuviste un aborto? ¿Te pueden hacer algo? ¿Podrá tener otro embarazo? Culpa no, miedo sí. Y nada de contención ni información.

 

Y a partir del recuerdo de este miedo miro hacia atrás y están todos los miedos que tuve siempre por ser mujer.
La nena es machona, juega con los pibes, sube a los árboles. Los vecinos me hostigaban, le hacían planteos a mi mamá. Algunos chicos cuando se enojaban conmigo y no sabían cómo manejarlo querían arreglar cuentas a las piñas con mi hermano. Después vino el viejo “mira cola” de la vuelta de la escuela. El vecino de mi abuela y sus miradas lascivas, sus abrazos largos y desagradables me tocaron sin permiso por delante y por atrás, me dijeron groserías horrendas, presencié masturbaciones callejeras. Y más tarde tuve miedo a salir y volver. Un hombre intentó agarrarme cuando entraba a casa, forcejeamos, pasó un auto, me pegó una piña en la panza y se fue. Vacaciones, estaba borracha, un chico me quiso forzar, corrí. Durante mucho tiempo me sentí débil por no haber podido gritar. No me salió la voz. Tampoco me salió la voz cuando un jefe “miraba por demás” y se corrían rumores de que las manos se le habían “soltado” más de una vez. Esa costumbre de no llamar a las cosas por su nombre: acoso sexual y laboral. Esa costumbre de no meterse, de callar.

 

El 13J fui a la plaza y había una marea verde de personas, la mayoría mujeres, chicas muy jóvenes, cantando, gritando, sin miedo a hablar, decir, denunciar, luchar. Y algo en mí se terminó de romper. Me sentí parte de algo inmenso, imparable. Mis miedos se empezaron a diluir y eso me permitió ver el miedo en los ojos de la gente que le teme a la libertad de los demás y, sobre todo, a la libertad de la mujer. La revolución de las hijas ya no se puede parar.

 

* Diseñadora de imagen y sonido UBA. Trabajó como docente muchos años. Guionista TV (Dulce amor, Somos Familia, Golpe al corazón entre otros).

 

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Revivir

 

Por Mara Pescio*

 

Fue hace un par de años. Mi pareja estrenaba una obra de teatro. En ella, una chica abortaba y se quebraba en medio de una fiesta descontrolada recordando el momento vivido horas atrás. Se la veía inestable, aún inmersa en un mundo muy alejado de esa fiesta.

 

La escena me chocó, me dio bronca y me hizo llorar. Un llanto que me vino de forma desprevenida. La escena era mi propia historia representada, mi realidad hecha ficción. Esa misma noche, a la salida del teatro, me acordé con lujo de detalles de todo lo vivido no una, sino dos veces y más de dos décadas atrás. Un médico que no tenía nombre. Una enfermera que no tenía cara. Una sala de espera repleta de mujeres que hablaban en susurros y rehuían la mirada. Porque la culpa se hacía, se hace, pesada en esos consultorios clandestinos, como si debiéramos pedir disculpas y callar por hacer con nuestro cuerpo lo que creemos mejor.

 

Eran necesarias chicas y mujeres enfundadas en pañuelos verdes para que mis recuerdos se agolparan y tomaran forma. Me hacía falta recordar para verme tal cual soy y poder así unirme a ellas.

 

* Guionista junto a los realizadores Diego Lerman, Paula Hernández, Jorge Gaggero, Lucía Cedrón, Pablo Fendrik y Ulises Rosell. Actualmente está rodando su primer documental y en 2019 filmará su ópera prima de ficción.

 

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Volver a los 17

 

Por Teresa Donato*

 

… después de vivir rato largo. Eso sentí mientras saltaba gritando consignas con la garganta partida. En los ochenta teníamos una causa urgente: volver a la democracia. Hoy, la libertad de las mujeres. Nuestra libertad. Estuve rodeada de chicas jóvenes con ganas de comerse el mundo y con los ojos emocionados volví a esos días sin irme de estos. Sentí orgullo y pasión. No me amedrentó el frío. Eso pasa cuando los ideales son fuertes. Las banderas que me rodeaban eran las mismas que me rodearon. ¿Cómo no emocionarse?

 

La memoria me llevó a cuando a los veinte acompañé a una amiga a abortar al Hospital San Martino de Génova. Trabajábamos en un barco y aprovechamos la parada en ese puerto. Ella estaba tranquila, yo sentía que estaba haciendo algo prohibido. Me sorprendía que ella lo contara a los compañeros sin esconder lo que estaba viviendo.
En la sala había 8 camas con mujeres de todas las edades y en todas las situaciones (una recién había parido). Yo temí su reacción, ¿ahora qué van a decir de Simona que vino a abortar? La recibieron amorosamente, le dieron consejos y trataron de quitarle el miedo por la intervención. Así era todo más fácil. Escribo y me acuerdo de la cara de algunas y también de la mía. Las enfermeras no la trataron como si fuera una delincuente y los médicos le pusieron una mano en el hombro desdramatizando. Para eso está la ciencia, ¿no? Pero ellos lo entendieron en los setenta cuando una ola que no era verde pero igual de poderosa tomó las calles y exigió respuestas.

 

Simona no estaba haciendo nada de malo pero para mí, que venía de este lugar oscuro, hacer un aborto implicaba colectas entre amigos, encubrimiento y terror de que algo saliera mal. Pero todo salió bien. No había forma de que no fuera así en un quirófano como corresponde con enfermeras y médicos en condiciones higiénicas. Cuando les conté cómo eran las cosas por acá me miraban con pena entendiendo que la cosa era difícil. Había mucho por recorrer.
Volvimos al barco y entre los compañeros cubrimos a Simona para que descansara como cualquier persona que pasa por una intervención quirúrgica. Sin dramas, ni llantos ni situaciones de telenovela. Simona no quería ser madre y ya. Simona sigue sin serlo hasta hoy y cuando nos encontramos no recordamos el momento como si fuera una fecha patria. No carga pesos en la conciencia ni se hunde en el remordimiento que, a veces, pretenden desde algunos relatos.

 

Ese día sentí que otro mundo era posible. El 13J sentí lo mismo. La cosa se había vuelto más justa. El 14J por la mañana, yendo a la radio semi dormida por la vigilia y nerviosa, se desató un bocinazo como si hubiéramos hecho un gol en el mundial cuando salió la votación. Sí, sí, estoy segura se viene un mundo mejor.

 

* Autora de TV y radio. Dramaturga y otras cosas varias como la radio en “Black & Toc” con Vernaci y Tortonese.

 


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