A medida que los dos colectivos avanzan a Paraguay, los “misioneros de Francisco” mezclan mate, cantitos futboleros con letras religiosas y definiciones políticas. Se sienten reconciliados con una iglesia que los había expulsado. Con el nuevo Papa, dicen, los vecinos de los barrios se apropiaron de la religiosidad. Para ellos, la misa dejó ser dominguera y ahora es militancia cotidiana. Una cronista y una fotógrafa de Anfibia acompañan a estos 84 peregrinos en busca de Francisco.



Después de la noche larga y fría en Constitución, las primeras horas del viaje son silenciosas. Atrás quedaron los nervios y el miedo de no llegar. Ahora todos duermen con placidez.

 

En la primera fila del piso superior, con la voz baja para no despertar a nadie, Marcelo “Bombín” Ibarra acaricia la única virgen que no viaja embalada mientras cuenta su historia: la desolación de los 90 en la villa Las Tropas de San Fernando, la vida de changarín devenido cartonero, la pelea con TBA por el Tren Blanco, la desesperanza. Fue en ese tiempo cuando la Iglesia lo decepcionó y lo dejó al borde de perder toda fe. Un rosario cuelga por fuera de la remera del Movimiento Evita; su cuerpo enorme se relaja sobre el asiento y apoya los pies sobre el parabrisas:

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—La Municipalidad nos ofreció viviendas para sacarnos de ahí porque querían hacer una avenida. Pero, a cambio, teníamos que entregar los carros. Nos daban casa pero nos dejaban sin trabajo. Qué íbamos a hacer?

 

Intentaron resistir, pero se ponía difícil. Entonces fueron a buscar apoyo en la parroquia del barrio. 

 

—El cura nos dijo que había que hacer lo que decía la Municipalidad y que era importante hacer la avenida para mejorar el barrio. Yo era creyente, pero ahí me fui y no volví más. 

 

Empezó entonces la militancia en el barrio, para ayudar a los vecinos y organizar a los cartoneros. Recién entre 2008 y 2009 se sumó al Movimiento Evita en Villa Jardín, también en San Fernando y lindante con San Isidro, donde hace unos años vecinos y autoridades pretendían levantar un muro.

 

—El muro de ladrillo no se hizo, pero se vivía. La única iglesia del barrio estaba del otro lado, y aunque no nos prohibían ir, no podíamos ir. 

Por eso la llaman “La iglesia blanca”.

 

—Es donde va la gente de las Lomas de San Isidro y si nosotros vamos a pedir un turno para un bautismo, con suerte te lo dan para cuando el chico cumple 18.

 

En esos años, Bombín fue juntando enojo y perdiendo fe. Alguna vez llevó a sus hijos a Luján, dice, pero no más que eso; y cuando Bergoglio fue elegido Papa le importó poco. 

 

—Yo ni lo conocía. Sabía que había otros cartoneros que tenían contacto con él. Pero qué se yo. Uno no se podía imaginar que desde el Vaticano iba a hacer esta revolución.

 

Fue un compañero del Movimiento Evita, muy cercano a Pérsico, el que lo tuvo que convencer de que Francisco era “distinto” y de que poner trabajo y energía en levantar una capilla en el barrio era importante. 

 

—Todavía la estamos haciendo y ya es una locura todo lo que pasa en Villa Jardín alrededor de la capilla. Varios han recuperado la fe popular. Yo soy uno de ellos.

* * * 

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Llegando a Gualeguaychú, el micro queda parado varios minutos y avanza a paso de hombre detrás de una fila larguísima de autos, camiones y camionetas.

 

Una morocha, los ojos delineados, vestida casi toda de negro, se inquieta. Pregunta si ya desde Entre Ríos va a estar así de complicada la ruta. A sus 25 años, un piercing en la nariz y un tatuaje en el pecho le dan un aire adolescente.

 

Empezó a militar en la adolescencia, cuando se dio cuenta de que la tarea “misionera” que le proponía su escuela parroquial le dejaba un sabor amargo. Entonces, por un compañero, se acercó al Movimiento Evita y empezó a alfabetizar en el barrio Ejército de los Andes.

 

—Mal llamado Fuerte Apache —dice.

 

—Yo no quería llevar ropa o comida a un barrio y volverme a mi casa. Me parecía poco, trucho. Quería militar en serio.

 

Hoy es una de las líderes de los Misioneros de Francisco Tres de Febrero y la responsable en el barrio Libertador, en Loma Hermosa. Allí, mientras construyen la capilla, usan el comedor como núcleo del grupo y de todas sus actividades con el padre Adolfo, un cura tercermundista de San Martín: meses atrás hicieron un bautismo popular de 30 chicos; 30 comuniones y dos casamientos.

 

—Los barrios más populares quedaron excluidos de las iglesias. Faltan capillas. Ya un techo es excusa para que la comunidad se reúna ahí, con cualquier tipo de actividad.

 

Como muchos de los Misioneros de Francisco, ella es una católica que se sintió expulsada: cuando fue con la familia de un chico asesinado a pedirle a un cura que les prestara la parroquia para velarlo y le cerraron la puerta en la cara; cuando pidió que evacuaran a nenes inundados en el barrio en otra Iglesia y le dijeron que “no, porque esa gente rompe y ensucia”.

 

—Cuando lo que tiene que pasar, y está pasando ya, es que a esos hay que decirles: “No, no, curita, andate vos de este barrio si no te gusta. Nosotros nos vamos a quedar”.

 

Como muchas otras cosas, dice Yésica, ese también es uno de los cambios que generó Francisco: que la gente empiece a reclamar y a apropiarse de su religiosidad, que militen su fe. Es lo que ella hizo junto a muchos otros del Movimiento Evita que se sintieron convocados por los gestos del Papa argentino y decidieron acompañarlo en una “cruzada” que creen revolucionaria.

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—Nosotros venimos a condicionarlo. A decirle que vaya por más y que cumpla. El nos convocó cuando fue a Medio Oriente apenas asumió o cuando dijo que el que paga salarios indignos es un pecador. Nosotros respondimos a su llamado y esperamos todo de él.

 

—Ser Misionero de Francisco implica la discusión política e ideológica, no sólo ser un católico practicante.

 

—No, de hecho la mayoría no va a misa todos los domingos, sino que la misa es cotidiana y es en el barrio: tomando mate con los vecinos, viendo que necesitan, estando y acompañando cuando les pasa algo bueno o malo. Y eso es lo que queremos llevar a la gente. Porque aunque no seamos partidarios, queremos que se vea que vamos por estos valores, tanto en la militancia como misioneros como en la vida.

 

Se queda en silencio unos segundos, como pensando.

 

—Cuando empezás a entender eso ya no ves con tanto miedo a la política. La idea es poder ser amplios y respetar a los que van llegando. Porque nosotros a veces pecamos de querer avanzar con algunas discusiones que los compañeros todavía no se dieron. Esto es un movimiento y hay contradicciones que deben canalizarse para que no se nos corra de eje quién es el enemigo.

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—¿El enemigo quién es?

 

—Para mí hoy Satanás son los yanquis, el capitalismo, los que juegan con el hambre del pueblo. No el vecino o alguien que nos miró mal o nos chicanea por pavadas.

Unos kilómetros más tarde, llega la respuesta de las demoras: productores agropecuarios entrerrianos protestan y cortan un carril de la Ruta 14. Son entre cincuenta y ochenta hombres que levantan carteles con reclamos al Gobierno y contra la “década ganada”. Sobre el pasto que divide las dos manos, hay una hilera de cuarenta autos y camionetas 4×4 estacionados.

 

Por primera vez en toda la charla, Yésica levanta la voz con un tono que no es el de la arenga para el grupo:

 

—Andan a pata, che.

 

Enfrente desde adentro a uno de ellos, de boina y camisa, le muestra un volante a través del vidrio.

 

—Se los ve muertos de hambre y con muchos problemas realmente —ironiza.

 

Se da vuelta y sigue tomando mate.

 

—Ellos también son enemigos.

* * *

En Gualeguaychú, la parada es de 45 minutos. La mayoría repite el menú de la noche: sandwich de milanesa; algunos aprovechan para tomarse una cerveza. También se repiten las conversaciones: quién conoció a Francisco cuando era Jorge Bergoglio, el mensaje de la encíclica papal, las ocho horas que se demoró la salida, la procedencia de cada uno, las peticiones de conocidos y familiares, la suerte o la bendición de ser uno de los 84 peregrinos.

 

Antes de subir al micro con destino a Resistencia (en las próximas diez horas no habrá paradas), el clima cambia: por primera vez se relajan un poco.

 

En la puerta del parador rutero El Tagüé, Bombín arranca y de a poco se van sumando los demás hombres. Las mujeres miran y aplauden desde lejos.

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—El cancionero que armamos es parte de la religiosidad popular. Porque están las canciones de la Iglesia, que son muy hermosas, pero esto es como traer algo de la militancia a este viaje y del sentir de la fe en los barrios —explica Mariano, militante de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular y uno de los integrantes más nuevos del movimiento que inspiró el cancionero popular que incluye versiones de “Amor clasificado” de Rodrigo y “Las tres marías” de Andrés Calamaro.

 

Uno lleva el redoblante de cancha y otro un megáfono. La música la conocen todos. “Brasiiiiilllll, decime qué se sienteeeeeee”, la letra es otra. Son ocho que saltan y agitan los brazos con experiencia de tribuna popular.

 

Al principio, el padre Farrell no la tiene tan clara, pero alguien le alcanza una hoja y él, como si fuera un salmo, empieza a estudiarla.

 

“Vengooo misioonando mi barriooooo, 
juntoaa la Virgen de Lujaaaan, 
conaalegría y esperanzaaaa, 
al Papa lo vamo´ a saludar”.

 

Con estilo futbolero, se acompañan golpeando el techo con el brazo.

 

“Misionero soy señor, 
de Francisco y para Dios, 
de la iglesia y a la Patria un servidooooooooooor”.

 

“¡Vaaaaaaaamos cheeee!”, grita uno del fondo. Y todos:

 

“Vengooooooooo misiooonando mi barriooooooo, 
junto a la Virgen de Lujaaaaaaaaaaan”…

 

Porque estos también son los Misioneros de Francisco.

 


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