noviembre 26, 2014

Cátedra de teatro

En Othelo de Gabriel Chamé Buendía, un grupo de payasos interpreta a Shakespeare. Lo hace muy bien: la falta de respeto a la obra maestra campea, airosa, en la repetición de toda clase de gags del humor más bobo que existe. Y el contraste es brutalmente gracioso. Alejandro Margulis, lector anfibio de pluma exquisita, recomienda esta obra desopilante que se presenta los jueves en La Carpintería.

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Por Alejandro Margulis (Comunidad Anfibia)

 

Primero está el recuerdo de Shakespeare: ah, los celos, los celos de Othelo. Después la duda: ¿me habré equivocado de sala? Enseguida, la comprobación feliz: es Othelo, es Shakespeare, es teatro del bueno. Así se me encadenaron las sensaciones frente a este espectáculo de Gabriel Chamé Buendía, el mismo Chamé que al menos yo recordaba como uno de los payasos estrella de los años 80, cuando él era uno de los miembros del Clú de Clown, mítica escuela de payasos que tenía, entre otros, a Batato Barea entre los suyos. Pero como digo, duró muy poco la incertidumbre, y eso hay que recalcarlo porque el breve desconcierto pronto dejó paso a un código cómico total, capaz de suspender toda incredulidad hasta hacernos reír a morir.

 

En poquísimos minutos el encumbrado texto shakespearano se confundió con su reelaboración payasesca de un modo aviesamente cómico, de una irreverencia memorable, por no decir menipeo, que es lo alto y lo bajo juntos, como no todo el mundo sabe. 

 

Disfrute del desastre

 

Para el clown, me enseñaron una vez, el problema es fuente de inspiración y de goce; nada mejor que equivocarse, que no poder resolver un desafío superior a las propias fuerzas, para conseguir la risa del espectador. Los buenos payasos lo saben y agradecen el pifie. Y a la hora de encarar lo más alto de la dramaturgia universal (del “Shéspir”, como dicen en escena), la lúdica bajeza de esta propuesta les vino de maravilla a los cuatro capo cómicos dirigidos por Chamé. Mientras los veía, trataba de imaginar cuánto de premeditación del director y cuánto de improvisaciones de Julieta Carrera, Matías Bassi, Hernán Franco y Martín López Carzolio hubo durante la elaboración del espectáculo. Me gustó imaginar que Chamé fomentó el embrollo de los payasos intérpretes, obligados a sortear los laberintos de un texto casi fiel a la letra clásica (con una que otra licencia en el uso del coloquial), pero tal vez imaginé de más.

 

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Porque la gracia y el talento de la puesta, su eficacia absoluta, va más allá del predecible disfrute en el desastre típico del clown.

 

Falsedad nunca cínica

 

En escena casi no hay elementos con peso; bien en el código del todo-vale circense, el cotillón manda y genera efectos inolvidables, como las serpentinas de papel aludiendo la profusa sangre del teatro isabelino. La escenografía se resuelve con unos pocos cubos huecos, unas mesitas como de escuela, una carpita y plásticos o telas que remedan el mar a la manera, quizás, de la última escena de “Y la nave va” de Federico Fellini. El vestuario está armado apenas con unos pantalones y unas camisas, un par de corbatas, otro de vestiditos sencillos, un pilotín amarillo, un delantal que podrían haberse encontrado en una feria americana, y a lo sumo hay algún anteojos de show para niños, barbas postizas, nada. La utilería son espadas de juguete, flota-flotas, una sombrilla de playa…   

 

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La falta de respeto al modelo campea, airosa, en la precariedad de esos objetos y en la repetición de toda clase de gags del humor más bobo que existe. Y el contraste es brutalmente gracioso. No es poco que uno de los leit motivs de la obra sea la reverencia repetida a la figura del bardo inglés, colgado en un cuadrito sobre una de las paredes de la sala, cada vez que suena alguna de sus líneas poéticas más ejemplares. Y es que la actitud seria de los protagonistas-payasos es tan evidentemente falsa que -mérito de fondo- en vez de caer en el cinismo de disimular su condición de tales la exacerban hasta el desquicio feliz. O dicho con palabras más fáciles: todo el tiempo está claro que se trata de un grupo de payasos interpretando a Shakespeare, y que hacen lo mejor que pueden, que es muchísimo.

 

Pericia de artistas

 

De modo que el aplauso y las carcajadas van premiando la insolencia, los dosificados disparates. Con recursos mínimos, con cierta quizás inevitable apelación al placer de la cita en código, el éxito da lustre a la propuesta desde hace más de un año. Y sin embargo no se trata de una parodia ni de una burla; mucho menos de una versión fallida de la obra canónica; la mano del director es visible en cada despropósito, y los actores se lucen con cada nueva ridiculez. Como frutilla, se salen todo el tiempo de sus personajes, nos miran  a los ojos, nos interpelan en vivo y en directo a los espectadores, comentan lo difícil que es trabajar en eso y de ese modo, y uno les agradece la verdad de esa -también astuta y sagazmente prevista, qué duda cabe- interpolación.

 

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Cuando el espectáculo va terminando si algo de verdad queda en evidencia es cuánto de actoral, en su matriz más poderosa, tiene el trabajo de los más vapuleados cuando se les da la oportunidad de lucirse. Hay un objetivo bien cumplido en esta versión del Othelo: haber demostrado, con los recursos genuinos del arte a secas, que todo actor que se precie debería alguna vez atrevérsele a Shakespeare en traje de clown.

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